
Por voluntad del autor, soy albacea de esta obra. A lo largo de los años la he ido dando a conocer no como se merece y es lo que hago aquí sino donde y como he podido, en medio de funestos aconteceres de vida poética que son y han sido públicos; he intentado asimismo su edición definitiva, sin éxito hasta ahora, en Valencia (donde Paco nació), en Barcelona (donde vivió y produjo gran parte de aquella) y en México, donde debería yo poder servirme con la cuchara grande del espíritu si hubiera justicia espiritual oriunda en este mundo matraca, pero tal impide cuando puede y en el caso pudo infame, envidiosa, estrepitosa, mediocre y mezquina la máquina administradora cultural de Ranchogrande –en cuya representación se pulió a pujidos y jedió una plasta de mierda cualquiera, la cual no distinguirías del resto si te digo su nombre. El texto que precede a la muestra constituye mi prólogo a la obra paquiana. Me quedan más trabajos que días sobre la tierra y por ello y porque publicarla por mis medios me rebasa, pongo a la disposición de cualquier editorial digna de ella la obra completa de Paco y oigo propuestas •
Francisco Seguí
Tiempo, Caos, resplandor de lo vivido
Orlando Guillén
La oscuridad de pronto hace posible el resplandor de lo vivido; nos cierra el párpado solemnemente: rito de muerte en préstamo de vida, nos apaga la armonía del ocaso reluciente en plano oblicuo de ser otro conforme a la belleza: último Caos del orden humano que siendo de cada quién repercute por amor o por odio en la máscara sobreviviente de los demás.
Hay muertes propias y ajenas indiferencias. Hay… Música turbia del osario común. La muerte del poeta es muerte de paso que habitó un espíritu. Eso si bien no es consuelo queda como tiempo estanco por un segundo una poca de mar en la cuenca de las manos; es recuerdo, es obra y es vida. La flor negra del Caos y el tiempo en la solapa, resplandor de lo vivido en la memoria y… y no más digo ¿qué estoy diciendo? de la muerte de mi amigo, de mi hermano Paco Seguí (Valencia, 1944- Barcelona, 1994), en tanto enfrento ahora la evidencia de su obra completa, sinfonía a trancos inconclusa.
Paco escribe esto: «El Caos vendrá después de varios siglos/ cuando el que prolonga el ser perfeccionado hasta la delicia,/ le devuelve el rostro a la delicia/ con látigos y fósforos que tiemblan». Y también: «vendrá el Caos,/ este vacío irreprimible,/ horrible desazón enlutada en los viejos refranes desacompasados, y diremos que sí/ a todas las bárbaras plegarias rezadas en silencio,/ porque no van con nosotros los crímenes del hambre y de la guerra…/ dos tres siglos de eróticos sentimientos sobre la tumba de los desconocidos,/ algún amor profano con la margarita de los colores estériles:/ helados y pretensiosos discursos/ para alimentar los senos de las parturientas más delicadas, un abucheo de ayes corrompidos/ y soñar,/ tapados el tímpano y el cerebro,/ soñar,/ colorear de besos los esqueletos vivos de los asesinos».
La poesía de Paco Seguí entra en el tiempo o en los siglos por vía del Caos, de un modo diverso al de José Revueltas (itinerante espiritual de experiencia al mismo tiempo cercana y lejana a la suya) cuando desapanda el ser hondo y umbrío de «Los días terrenales»: En el principio había sido el Caos, pero aquel apacible sortilegio se disipó y la vida se hizo; la atroz vida humana –cito de memoria. En Revueltas Caos es principio, origen. En Seguí, futuro, fin. Mas de lejos o es igual de cerca emparenta la ventura conceptual que ambos expresen instante desde el interior bullente de la atroz vida humana. En ambos precisa, la condición de atrocidad define la vida humana, y en esa mesura son autores límite, y Caos es concebido dimensión tiempal y no solamente espacial. Lo que asiento no es símil ni disímil. Fin y principio se tocan aquí por el extremo de la utopía. El Caos de Revueltas es (apacible sortilegio) utopía de origen, y se disipa; el de Paco, ominosa utopía de la ruina, de destrucción total bajo los escombros del poder que la atiza, y se disipará: beckéttica utopía de fin de partida.
El espectáculo de mundo, su reducción esperpentacular a la infamia en el ejercicio del poder y los sistemas de vida impuestos sobre la especie llevaría a Paco a la noción de la indolencia como categoría de la tragedia en su madura última edad creadora; en cambio en los encabalgados, sostenidos poemas de Prohibido amar las cucarachas (a la intentona principiante y casi meramente referencial de La carne y el verso [1969] , como tú comprenderás, posteriores), libro de 1973, su primero notable (en este lugar, de una buena vez lo adelanto, de él me valgo para procurar una poética), aquella afección o percepción vital no se manifiesta ni siquiera ente abstracto (lo cual significa que la indolencia, concepto poético, es producto de larga meditación y una evolución espiritual en cuya razón no ostenta rayas de desencanto sino rabia que la poesía revierte floreciente en rosas de sangre coagulada). Algo prójimo a la estética del odio, desde la sabiduría expuesta hecho de que en un mundo como este (signado por la rapiña, el hambre, la guerra, la bursatrapía…), las cucarachas han prohibido literalmente amar. Esto supone una defensa del amor (en frentados frentes contemporáneos: en los términos de Shakespeare por ejemplo se sostiene con la muerte y con la vida básicamente el libre derecho al amor) mucho más acá y mucho más allá de su simple glosa (boleada que lustra pies de barro a tantos amorosos egosexuales y, cómo no, embija de betún las mañas), la pureza cruenta de su práctica.
Escueta, pues, y apuesta la propuesta primigenia del título de este libro, su disposición sintáctica lo implanta sin embargo en dialéctica de doble sentido y en el juego de oposiciones entre el sujeto y el predicado, más que en la lógica inerte de la «ambigüedad» del pliegue de la palabra. Ese tipo de ambigüedad en repliegue no es rastreo, búsqueda, movimiento (idea humana en movimiento; belleza humana en acto): es estática en azar y circunstancia, atole con el dedo de la metáfora, pasmo. La poesía de Seguí no es en esta perspectiva ‘ambigua’ sino contundentemente espiritual, sombríamente vivencial, amorosa en acecho y cuajadamente conceptual. Delicadamente el cuerpo y el amor salvajemente se enlazan: forman líneas espirituales y espacios de poesía: ámbitos huecos pero llenos. Sus presencias silvestres vivas adorables son exclamaciones malditas: la historia, la piedad, lo sagrado. Contra ellas El Otro se deslinda. Tres términos que la muerte convoca alucinantes elevando en persona el rito a la grandeza. Aún cabe otra lectura –en tiempos grafiti que proclaman prohibiendo la prohibición de prohibir y demandan la ‘invención’ de nuevas perversiones sexuales: si está prohibido prohibir todo está permitido, y donde no hay restricciones no se defiende la vida por sus puntas ni la libertad conductual electiva y ética o el amor que a todos corresponde en dignidad de ser sino la impunidad vital al antojo de cada quién (lejos, muy lejos del lema amoral de la abadía de par en par práctica utópica thelemita rabelesiano “haz lo que se te antoje”, de absoluta raigambre amorosa gozosamente libertaria desprejuiciada de época –lejos también de los crowley de este mundo), lo cual es dar todo poder egocrapulado por omisión y por comisión al poder individual vuelto Estado corporativo por sobre lo social solidario –o lo que es lo mismo: contra el valor clánico general de lo humano. Pero se vive en la vida no en el sistema (aunque lo pinten ‘liberado’ o peor: ‘liberador’) y Prohibido amar las cucarachas como expresión entendida grafiti antigrafiti es una estampa gráfica de verdadero pensamiento y sentimiento libertario cuando o donde [hasta] el sentimiento me hace menos sensible.
El dilucidamiento de un arte poética en esta obra de madrugada en trance será base de largo alcance por evolución de espíritu y voluntad de estilo; impone exigencias oscuras de difícil asunción, porque ni es suficiente con ‘comprenderla’ ni bastan para el propósito complicidades elementales. Esta obra las rechaza, y ya está. Listo. Su destinatario es la lucidez, la conciencia, la atroz belleza de la especie, y aplasta con pata ciega el dictum de dos patas blatodeo.
El lector ideal de esta poesía es poeta de por sí o será poeta en Utopía. «Asómense al pétalo veleidoso/ De un temperamento humano/ A su intranquilidad/ Yo los invito a la inquietud/ A la violenta posesión de los seres amados/ Al cianuro siempre dispuesto de una ofrenda grave/ Al dolor despellejado de cualquier ornamento inútil/ Al orgasmo que transporta la música/ A la abierta oposición del presente».
Y, 1) «Yo les invito a perderse en el sexo»; 2) «insatisfechos el numen y la vida yo les invito a la hostilidad»; 3) «Yo les invito a la soledad (donde uno puede seguir siendo ninguno)»; pero, por encima, 4) «Al humano animal que prende fuego/ en la tierra seca a la hojarasca/ Al solícito vivir de una chispa humana/ que devora soterradas raíces/ e incendia relámpago un cuerpo bello/ más bello aún que su hermosura». Sobredosis de poesía en reclamo al ser y a la conciencia en activo de los días para cambiar la vida con la vida y más que iluminarlallamarada, alambrarla con relámpagos de púas. Cambiarla. No en el sentido de Rimbaud –inquilinato de temporada entre las llamas cuya pretensión inconsecuente es salir ileso, o sea salvarse (de qué, de quién, ¿de Dios, de Cristo, de Satán, del Ánima de Sayula francesa de fayuca [«Pero di, ¿cómo te llamas?/ ¿Habitas entre las llamas/ O habitas aquí entre nos?»./ «Me llamo Agapito Zurras/ Dijo el fantasma en secreto/ En vida fui buen sujeto/ Y puto mientras viví/ Y el favor que yo te pido es un favor muy sencillo:/ Que me prestes el fondillo/ Por el cual ando penando»], invidente licenciao [pro]vidente de los capos futuristas del tráfico de armas?)–, y sí en poseso ejercicio de poesía implacable –en todas y cada una de las edades que nos sean dadas (para eso son: a la claridad de cabeza de fósforo de una cajetilla de relámpagos somos por una única vez, y ellas son y van con nosotros de paso, y ninguna es ‘temporada’: sólo andanza, andancia y andadura); trayectoria poética eriza y erizada en creación y vida que Paco siguió suya hasta la muerte.
Se trata, y es rayón en esa línea, de un planteamiento de forma y contenido que da sentido a la vida cambiando la hermosura, la pisotees o no cayéndote de borracho de bruces entre la uva en flor. A propósito o a voluntad va el reinicio: El sentimiento me hace menos sensible. Un bosquejo de elegancia por todo lo alto. ¿Deslumbraríamos al entonces pretendiente del mar? Durante un tiempo un engaño sin nombre y el escribir locuras donde no llega el cerebro a serenarse, a pincharse o destruirse: PROHIBIDO AMAR LAS CUCARACHAS Y ANIMALES ARÁCNIDOS. Un trozo de madera recién pintada para no resolver nunca nuestra íntima situación y los brazos tendidos que me imagino lanzas desconsolada, presta nunca a obligarte a ver las cosas con un sentido nuevo, una machacotada de azafrán para una boca linda, un cuerpo hermoso con el que destruirse, anegarse, tumbarse, desoírse, calentando algún trozo de papel para algún desconocido donde no hay nadie pero se presiente, que es y que al mismo tiempo no es, de ahí su presencia irracional maravillosamente irracional, lúcida ingenuidad de temblor y chispazos ilusorios avasallantes por su poder abstracto, pero que indudablemente existe, delante del cuadro contemplación de un nacimiento nuevo donde la imaginación, sólo la imaginación puede redimirlo, crearlo: un artista recogido y asesinado por su misma índole de asceta, al estupidismo de la ignorancia. Sobrada región flotante para no entender el qué y el cómo Y NO ME DIGAS QUE ESTÁS TEMBLOROSA ni esas lindeces de niña sentimental porque a uno le están cayendo las telarañas de los ojos y no verá más ni sentirá más, ni escuchará más el gemido de aquel moribundo lento en reflejos, cortado, indolente, escapándose un hilillo de materia gris por la herida de una uña, y resucitará recién alimentado PROHIBIDO, explotado con calor y una pequeña cicatriz en los cartílagos: una de dos, o tres, o uno que estuvo allí y no le vieron nunca.
Este versar versos de Paco sí que vale bien su prosa. A lo que ya ha quedado dicho viene a desplegar una poética programática o mejor sarcásticamente poemática, ambas inclusive, y se resuelve en teoría de la poesía. La diríamos desprendida de un poema de amor subtemático: lúcida ingenuidad de temblor y chispazos ilusorios avasallantes por su poder abstracto, que indudablemente existe, delante del cuadro contemplación de un nacimiento nuevo donde la imaginación, sólo la imaginación puede redimirlo, crearlo: un artista recogido y asesinado por su misma índole de asceta, al estupidismo de la ignorancia. En el centro sistemático y masivo del vuelo reposado de la imaginación convergen todos los sentimientos letales: el amor y el vanidoso instante en que se vive, la profecía del Caos siempre a un paso del amor y… y su perversión varicosa y bajo control de las imposturas religiosas y morales, cubre el espacio extracto y metaforme del tiempo con verdura de la era humana y música entre el síncope y el grito: música tótem, música de mito. Arriba he dicho rito.
La poesía de Paco Seguí mana y mama de la raíz del tiempo con variaciones de música indivisa. Es sangre mortal de siglo XX, las horas a cuchillo. Recuerda otra la teoría de la poesía como insurrección solitaria en Carlos Martínez Rivas (a la cual alude, en uno de cuyos temas que fueran grandes cuadros: la mujer de Lot) o la teoría de las edades en la muerte desgajada de la práctica poética de Joan Vinyoli –dos poetas estos por cierto simultáneos y al mismo tiempo lejanísimos, pero de espíritu tocayo en cuánticas someras cuestiones de espíritu. Proceso de lucidez por otro lado el mismo: si música es el arte de bien combinar los sonidos y el tiempo, según el breve agravio de Hilarión Eslava, que prescinde sentido humano en mérito de pie de piedra al eros pedagógico, habría que ahondar en cómo en Paco el tiempo es música humana. El paso de los días despliega en esta obra créditos ostensibles en la meditación para descargarse del fardo del catolicismo –y su extensión en intención: el cristianismo (en todo caso apenas referenciales en Prohibido amar las cucarachas, pero tendrán base por altura sobre dos en la espléndida novela Pátalo (1984) y en De Ánima Vilis), mas su sostén sin duda en el sonido pando del idioma al crepitar de leños en la aurora: meditar en el remanso del lago me abre el apetito del amor como otra operación sin sustancia del sonido por una curiosidad emocional que relame el pubis y crea la parábola. Correría todos los peligros de la deformación si orara la quietud o hiciera de la contemplación un simulacro de experiencia.
Contemplar es experiencia equívocamente pasiva. La experiencia como se entiende en el verso es involucramiento directo en lo humano de la vida: es acto, y estricta protagonía sin pretensiones: ante todos, y en privado: su dimensión es ética. La vida por encima de la contemplación de la vida, sin que a la otra la una la niegue… Pero es falsear la realidad, correr los peligros de la deformación querer pasar la contemplación por experiencia; reducir simulacro la experiencia. Poesía que prima la vida por sobre las formas de contemplarla o incluso de expresarla, porque poesía y vida integran o son verdadero ser dual, tronco de eternidad y muerte: sueño de la finitud del sueño y la infinita finitud del amor. En una historia de vida que toda una poesía sostiene, no nos une el amor sino el espanto –esta línea la dijo, la hizo célebre o quizá nomás la recogió de la biblioteca Borges, según difusamente creo recordar de los 70, pero desde luego Paco le ajustó las correas a la cintura de lo suyo y se la abrochó, o a lo mejor en aquello yo ando del todo desencaminado… Porque y pero no es lo mismo decirla que vivirla hasta su consecuencia absoluta. Poesía de agresión y estertor, de ternura y sarcasmo de las masas de gris blanco y vivo en vuelo de gaviotas que la surcan: Sofía no puede desnudarse más que los senos redondos bronceados y no tiene más que contarme: la ermita de sanmiguel el sacromonte no serán sino paisaje donde poder reírse de la intensa llamarada de la vida. La [pre]indolencia en esta parte del ser es omisión de diana, deshonra de dardo, entendida oposición al ejercicio directo de la vida. La indolencia a pie de letra convencional no cabe ni aquí en la concepción de la poesía de Paco ni en ninguna poesía, y de manera expedita saco en Prohibido amar las cucarachas: aquel moribundo lento en reflejos, cortado, indolente, escapándose un hilillo de materia gris por la herida de una uña, resucitará prohibido, explotado con calor y una pequeña cicatriz en los cartílagos: eso así contiene por lo arduo uno que estuvo allí y no le vieron nunca, elegante esteta y poeta de la vida que se escurre en la sombra sin dejar no más que obra. Paradoja de la [pre]indolencia en la poesía de Paco: si alguien resucita, no está prohibido resucitar ni siquiera por las cucarachas; y ese alguien no podría resucitar prohibido o permitido sino ser. Paradoja y sarcasmo, como vindicar para la vida al nacidomuerto, la más bestial dialéctica de las contradicciones árticas o el polo antártico de los opuestos. Así el resucitado sea el poeta, cosa nunca remota, y también paradójica.
Como fuere, establecido un arte poética, un instrumento de indagación y escrutinio de la vida y del sentido de la vida desde una ética de la muerte, era natural el surgimiento de un proyecto poético de vida en dimensiones cósmica, espacial y tiempal de profundas y melódicas incisiones humanas: el ciclo De la presencia al estallido, donde Caos cobra forma de estructura dispersa o fuerza en dispersión: resumidero de libros que son apenas algo más que la línea de su título (Embriaguez de sombra, Mundo estupidera, fechados en 1980 y 1988, respectivamente, y publicados en México), pero al que pertenecen entre éditos y póstumos que esta edición recoge Avara presencia (1980), Poemas del indolente (1978-1986), Octubre nunca pasa (1992; aparecido en 1994), De Ánima Vilis (1988; aparecido en 1992), y al que corona sorprendentemente la sorprendente novela Pátalo (1983-1984), a pesar de su data. Aporta más caos con minúscula a este orden que apareciera primero el libro segundo del ciclo (Avara presencia) y, el colmo, el epílogo (De Ánima Vilis), mientras el cuerpo central ciclópeo permaneció inédito en vida del autor . La noción de la indolencia, categoría trágica, está íntimamente ligada al depliegue de este ciclo a partir de Prohibido amar las cucarachas. Se desplaza en arco que va de 1978 a 1994, y puede decirse que toda la obra de madurez de Seguí es producto de esta miradura, lo que confiere a Avara presencia relieve de autonomía transicional y factura y textura circunstanciales. Pero quizá, como quiere Salvador Espriu , toda poesía sea circunstancial y sólo por ello ambigua.
El título paquiano remite a la poesía, cuya avara presencia se produce después de pródigos tramos vitales de sequía creadora. Pero debe entenderse una definición personal de la presencia arcana de la poesía en este ciclo, porque a pesar de sus singularidades azarosas el libro pertenece a él: es más, en la práctica arranca con este libro. Entonces pues aparece la poesía como muñón avaro y no se desparrama generosa: más bien tensa, densa, contenida hasta el chicotazo manco, el estallido. Esta definición conlleva la angustia creadora más allá de la «ambigüedad» y la desesperación de su momento estériles. Así, Avara presencia es un libro temáticamente circunstanciado, avaro de su límite, a su pintura hermético, intenso en amor de sombra y contraluces y escrito en contrapunto musical al diapasón a tragos de Prohibido amar las cucarachas. En contrapunto, digo, no en oposición, pues este dominio ritmal y melódico es una extensión y un resultado de la respiración diríase prosódica de las tajadas confluentes versarias y prosaicas que acompasan y desacompasan al libro anterior. No la sintaxis de la música sino la música de la sintaxis. Se podría especular aquí, a contraluz de que lo ofrezca libro segundo De la presencia al estallido y al inestimable aguijón titular, si, en una chispa de inteligencia dable, Paco Seguí no llegara a pensar (así ni lo haya dicho ni acaso asumido), que Prohibido amar las cucarachas fuera en realidad libro primero. Ello daría a la totalidad de su poesía (si exceptuamos, y debiera ser de toda obra exclusión crítica lo obvio, su aprendizaje), un carácter unitario cuyos movimientos de espíritu caerían en conjunio dentro de un solo ciclo vital de creación. Puede leerse tal en sintonía ahora que ya es obra acabada, pero ciertamente no fue voluntad expresa del autor en vida y en longitud de onda Prohibido amar las cucarachas merece extrapolarse autónomo y claramente representativo de su juventud.
La música en Avara presencia adquiere perfiles estrictos no necesariamente escandidos: son golpes de oído que pueden o no rayar la perfección (el gusto por los rompimientos súbitos, raramente bruscos permanecerá brusco en Seguí hasta el final), e incidentes melódicos de respiración que obedecen a impulsos de espíritu: «Alas. Blancas, rojas, negras alas/ Negras y rojas. Alas blancas. Rojas./ Un eco, un atisbo, ¿quién goza? Aquí,/ Acaso el cuerpo grita o pide y no se/ Espanta. Piedras en abanico/ Las contiene. El gozo temporal/ De la mirada, el gesto, los contiene/ Con crueldad a pedrada y a tierra./ Levanta el vuelo y el humo de las/ Campanas y el aliento de las alas/ Negras y rojas y el aroma blanco/ Eyacula la efímera insistencia/ La calma auroral de la voz herida», es una muestra donde el deca y el endeca sílabos se dan la mano fugaz mientras se cuela uno de doce que, al encabalgarse con el verso que le sigue mantiene el juego rítmico y melódico: Acaso el cuerpo grita o pide y no se/ Espanta… Este hervidero lúdico, por lo demás, cubre el movimiento, el sonido y el tiempo de Quinta naturaleza, la serie de cinco poemas que abre el libro. Pero «Se queja la otra mitad/ Del agua de mi sangre.// Han callado la fuente,/ Han cortado su dorada cabeza/ Y la han dejado caer/ En un pozo sin límites./ Atentos esperamos/ En silencio/ Un dolor hilarante o un golpe/ Seco».
Extraño a las veleidades de la autocompasión, el artista enfrenta la ascensión física de la muerte propia en su propia madriguera: el cuerpo propio; testimonia allí, pero no queja: el espíritu espera un dolor hilarante, un dolor para cagarse de la risa, no para sufrirlo: toda introspección es conocimiento abstracto y revierte realidad concreta; la muerte, permanente, diaria, y más sabia la burla si se crece al castigo. Paco parece haber intuido algo que yo sé burlaburlando ahora y no entonces: la verdadera tragedia griega la escribió Aristófanes. Enfrente está el asedio, la guerra sucia (¿la hay limpia?) de las imposiciones y los condicionamientos de las fórmulas opresoras: «Cruje la espuma:/ Un aroma húmedo reposa./ No sabes de qué color/ Te matan». Porque es «diente de ti lo cósico». El tiempo se dilata si «se explosiona/ Hinchándose sin alas/ A la orilla». En este libro, «Acartonado te inoculan/ El interior del espanto», y en él el cuchillo contracatólico se hunde en carne de excrementerio, adquiere identidad material: «La larga marcha de peregrinos sórdidos a envenenar/ De verde, sus diminutos puntos, la ancha plaza/ Del vaticano como otras plazas y plazas de columnas vastísimas/ Donde palomas blancas y grises pavonean la espera/ Del balcón romano, la salida en punto del monarca/ De dios, el hierofante alma contoneándose/ En oro y plata finos hasta los pies de lechuguinos oros,/ Zapatitos diamante y báculo de escarcha,/ Escarcha roja que dora la inhumana riqueza/ Y la humana miseria que lo adora». Desnudo a pie gritando la misma intensidad, el autor se decanta por aquello de volar (pero son pocos) y la avara presencia poética se expresa en el límite de lo humano como «Un pensamiento acorde/ Al son/ O al grave son su música/ A modo de pétalo caído».
Inmediatamente o a libro seguido la indolencia es agonal. Los poemas del indolente son agonías en actos, en actitudes, inteligencias y sentimiento; pero son agonías sarcásticas. Sin embargo son caídas profundas, y llevan la burla adentro porque me dio por decirlo así el espíritu de la vida no muere a la primera agonía. Y menos donde la agonía se apaña instrumento de trabajo. Una meditación constante sobre la poesía y sobre la servidumbre a la poesía rinde y cosecha: la agonía de la puerta de todas las llaves y ninguna; un modo de entrar manifiesto por la Reina. «Y sobre todo aquel, recuerdas,/ Que me detuvo los ojos/ Por otear el inmenso/ (Sam Peckimpah)/ Trallazo de la muerte./ El que me devolvió/ A los orígenes/ (Ojos también la nada)/ De mi indolente páncreas/ Agónico». Trasvase de la agonía física al llano espiritual: conciencia de una muerte concreta, dependencia de esa muerte al margen de cualquier otra posible; cultivo de esa muerte; amor, odio y ética de esa muerte; sujeción involuntaria o no a esa muerte… Agonía de acontecer, de tiempo, de suceso cotidiario que, oscuramente, con la lucidez de la propia muerte puesta, desarrolla un propósito de vida poético desmesurado, simultáneo, libertador conceptual y espiritual, como es un hecho toda poesía.
De una muerte cierta una poesía del vértigo tranquilo y lejano, pero profundo ya lo dije y sombrío, por caso desconcertante en intensidad de sus tonos de amor, sarcástico con todos y con todo, y consigo misma por supuesto; una poesía cínica e incauta en su ingenuidad; poesía que va de la (avara) presencia al estallido. Averosímil destino el de Paco, que supo cumplir como un hombre de la poesía, hasta el límite de la vida aullante que llamamos muerte. «La Amanecida/ Cuando el agua comienza de su volumen abisal/ A destruir/ Corazón de la marea/ Un remoto sentimiento de impotencia/ Anega devorándonos: trepanación/ De un universo alimentándose/ De alevosos homicidios en cadena/ –A medida que el agua te cubre poco a poco–/ Inoculan,/ Cuando todo es silencioso y siniestro,/ La siembra del amor,/ Desde la cósmica inmensidad que nos arroja». «Sólo un vasito de agua/ Cuando te querían poseer el sentimiento/ (El escondido)/ En medio de la cópula/ (Gato ella/ O perra la costumbre)».
Acababan de sacar dos lagartijas de las orejas del tembloroso delincuente: el que voló misántropo su pascua a pesar de tu vómito, y esa miseria posiblemente sea una vaca, un cerdo, y hasta se nos hubiera podido escarnecer sin delito, incluso se nos hubiera podido ahorcar, o agarrotar, o fusilar sin ninguna malquerencia, sin odio, sólo por capricho, un capricho ancestral como un vahído. Entremos ahora por este atajo neo a la noción de indolencia. Es fruto de un cruce semántico en árbol de más acá de lo susodicho: viene de índole (en el sentido de ser; en Paco reduce la circunstancia óntica, y así la amplía, a ser poeta); de dolor (al ayuntarse con la primera pare los verbos gemelos indoler e indolecer; el primero extensible a la doble índole del dolor en términos físicos y espirituales, y el segundo expresión de un estado de ánimo de reloj de avanzada espiritual participante ya de la indolencia ostensible viva categoría trágica creadora –y asienta noticia matriz del poeta sucumbiente a su encanto y creando poesía. Indolecer; Indolencia: índole y dolencia). Saltan de este modo a la lumbre de la Noche uno y otro los Poemas del indolente (1978-1986); de ellos ya he dado antes por ahí alguna probadita de gloria. La indolencia de Paco no es pues una desestimación del mundo y de la acción ni mucho menos huera despreocupación al desembocar parálisis sino modo de ser poeta en ocio creador y ejercicio por obra. Este modo desolado aparece re[n]frentado (a veces por pura nominación externándose en rechazo) al poder en todas sus presentaciones y a la mierda en activo del mundo. La agonía como instrumento le imprime carácter trágico (correlativo al físico exterior que el poeta soporta) a esta miradura poética: desde este libro y hasta el último (Octubre nunca pasa, 1992) dará sostén a su puesta en mundo. «Porque ella dormía con los ojos abiertos/ Y soñaba con los ojos abiertos,/ Y no acababa la desazón del pánico/ Y su bestia prolífica. Debías haberme llamado para joder/ Aunque de aquello saliera, también,/ La desinteresada, haciéndote el amor vacío de tu muerte,/ Aquella noche verde de la nube, embebido/ Al agujero matutino, después:/ Que no debe el amor,/ Que se nos moja,/ Que nos empapa enorme,/ Que altivos, congruentes, vosotros/ Teneis pánico, vosotros/ Vivís pánico/ Porque no teneis materia suficiente que pese más que el tiempo». Esta penuria de asceta come para defecar frugales resurrecciones; el ser poético de Paco es ascético propenso, y el (y lo) pasado un cubo de cenizas. La ascesis que sustenta es solitaria en creación y vuelo de espíritu, pero no mística ni supone rémora católica ni vocación de claustro. La encendida espada cantante troza de canto contracatólica el aguayón aguañoso de esa res pública: «Y lúdicamente/ Te indoleces y prestas al recuento/ Y los demás te adoran donde el hueco hace/ Vientre del orín y donde el sacro espera/ Otra artrosis y cantas:/ Me agriaron escoliótico y fingido,/ Bésame,/ Babéame y romperé el silencio y seré/ Desde todas las noches aquel,/ El que mesuraba la paciencia y el miedo y que dijera:/ No me soporto más allá e indefinidamente/ Hasta toda la eternidad católica del alma/ Y del prepucio».
Esta poesía oficia en este punto el ritual escatolúdico en verbo de vida y muerte, sacude el panal jediondo donde se embarran zánganos y reinas y obreras: A la fiesta opípara de toda vuestra mierda: aquella presencia a la sombra del eucalipto son crepuscular huraño y colérico, abriéndose de costal a costal, empedernido centinela de niebla, acurrucado y tembloroso para el pánico y el terror de todos defe/Cándose, empecinados a ti: El honor, la nobleza y el orgullo a la huida de alondra, madrugada; a la caza de alondra, madrugada, y despierta por el frío, el miedo, acusándonos más tercamente aún (que hubiera estado dispuesto a dispararme). La muerte de la vida tan próxima (aunque llevara un ramillete de violetas). La muerte de la mierda tan próxima (recién arrancadas de toda vuestra tumba). La sangre de la vida que os espanta. Un ramillete de violetas recién arrancadas de vuestra tumba perfuma la forma de no ser sino ocio y aroma de vida en la hora de nuestra muerte sin amén. En los huesos de la tierra han dejado tu ser. Todos los sentimientos abiertos de la carne: mismo ser de otro ser sin agua provocándoos, elementos de vida en los lindes de la muerte que dan entorno a la soledad: incendio de desnudos. Odio es lo que barrena al cisne.
Evidentemente, otra es la música que se puede amedir, denombrar si estamos ebrios. De Ánima Vilis (1988; publicado en México en 1992) es un alegato conceptual lírico contracristiano en dos tiempos sucesivos de la paradoja que los enrosca simultáneos: 1) el del desembarace por enfrentamiento directo del lastre del cristianismo, y 2) el de la expresión abierta de un espíritu libre –antecedente por tanto de Pátalo como libro publicado aunque este sea de 1984, porque permanece inédito hasta esta edición. Esto vale para el lector, por supuesto, no para el autor y el reducido monte chapeado de sus amigos y demás prójimos con acceso. Paradojas como estas aparentes están o son lugar en la estructura [Caos] De la presencia al estallido… Poemas del indolente, Pátalo y De Ánima Vilis de algún modo son simultáneos, sin duda contemporáneos e hijos de un mismo semen creador tiempal. Los dos tiempos del poema responden así a dos plásticas distintas: la primera se expresa con la imagen de quien cuelga de la soga, incómoda postura por lo menos para la prédica, y hasta donde lanza (en el desierto de espíritu que se sacude), desde donde desgarra, digo, ubérrimo su grito libertario; la segunda construye un paisaje espiritual móvil en cuyos espacios, asistido por las «almas» de sus amigos, la suya se dirige a sí misma y al espantajo enquistado (todavía) en ella: el guiñapo sangriento y pío impuesto en la conciencia de la infancia. Ambas plásticas son únicas, mas ubicuas. Habría sido una pantomima si no hubiera, de aquellos que asistimos abiértonos el ánima.
El cristianismo es inhumano por exigencia y castrante por imposición e inmovilizante en rígida conductual dogmática. Las nociones de culpa y pecado son extrañas a la libertad del espíritu humano (viejas grandes culturas no tuvieron primero que tragárselas y luego expulsarlas para crecer en libertad de espíritu y de creación), y enemigas; el juego de enanos que oferta y demanda premios y castigos, y la caridad, la esperanza y la fe inoculan diría Paco no una ética –pues tal le viene guanga por amplitud estricta de ser–, ni –como podría la bala de salva de la ingenuidad esperarse– su propia moral modélica sangrienta sino la moraleja unívoca encanquestada en trino de acatamiento, miedo y jerarquía.
¿El tráfico de órganos del más allá ofrenda corazones humanos al Padre Sol…? La culpa y el pecado originales chocan con la inocencia original de la libertad. La universalidad intolerable de la intolerancia católica: [No] prohibirás a la mujer de tu prójimo [¿[ni] al marido de tu prójima?].
Prosigamos. El arrepentimiento: «¡Que era así, desgraciados!/ Que padecereis ignominia, sodomía, justicia y castigo/ Públicos e ímprobos/ Y todo se andará o se avendría con su Verbo elocuente contra todos,/ Porque está contra mí el que no quisiera estar conmigo». «¡Que os arrepintierais! Porque vendrá el día». El arrepentimiento, a pagar con la cartera vencida. Gloso, esta vez advierto, por la primera cuarteadura plástica: Esas fechas indecisas que van de boca en boca envenenándonos el ánima, que de tan vagas e inconclusas y al mismo tiempo tan terribles, se te estremece el corazón al conjurarlas y las quisieras apartar, pero son tinieblas que te espantan por el puro miedo de estar pendiente, pendiendo de su soga, dependiente del qué piensa de ti; desde su soga, sometido a los latidos de su sangre; desde su soga, obediente de sus consejas (que te dejarán huérfano, sin herencia seminal); que no podrás asistir ni a tu muerte propia (porque ya no eres tú sino de él, desde su soga). Y desde esa soga cruel e intolerante te impondrán el contubernio de ser tú –o desde él y de ellos– y lo decretarán y lo escribirán Ley. Y al ramalazo de tu grito te habrán roto la boca. Y así por este calvario licencioso, la recompensa eterna ayudará con tu equipaje y se hará ardua, y te pesará como una rueda inmensa sobre tu espalda efímera.
Y cuando se pende o se ha pendido de su soga, el sujeto se deslinda y despoja, y lo que es prenda de alegato lírico propiamente es lo que acosa solo, rémora a rémora con lenguaje de imagen subrepticia airado; no en voluntad: porque «la voluntad es una ley de que se sirven para doblegarnos, y tú ya has sido afanosamente voluntario»; no en consentimiento: porque «consentir es esa vaga paciencia impuesta que te oponen a morir, y tú ya eras consentido por indolente»; no por miedo: porque el miedo es esa inseguridad verde que resbala violeta por tu cuerpo indeciso, y tú ya eras miedoso desde que ese fantasma te buscara en insomnio espeso y envolvente y lloraras casi todas las noches del mundo; no humillado: porque esperas consejo de un humilde «que te humilla por esa misma delectación que es el humillar al humilde hasta que ya no puede más y desaparece», y «tú ya eras humilde y voluntario y consentido por indolente»; no por caridad: porque esa obligación ajena de pedir «se ha convertido en su vergüenza propia de robar»; no por mérito: porque ¿quién merece algo, de alguna cosa o de alguien? O ¿quién no merece algo, de alguna cosa o de alguien? ¿Qué idolatría tan asquerosa es esa de haber o consentir merecimiento o no (que con la negación del merecer también es asqueroso el poder serlo); ni mucho menos arrogante: porque ese arribismo tan sutil y deferente «nos empaña la boca y aún los ojos de tanto repetir el soliloquio: Yo soy yo y soy un único e intransferible, y mi propia muerte, y mi propia vida».
Los espacios astutos del paisaje de espíritu son diversos en el poema y pueden ser íntimos y abstractos pese a la presencia real de los lugares que se nombran, y paisajes de puro espíritu, absortos en la pureza. 1): Y recalcitrante que era que ni siquiera tuvo valor de enfrentarse a las civilas que de pasada se le quedaban mirándole la entrepierna por si volvía a las andadas. Y eso que estuvimos no ya dos sino tres: uno en calonge, otro en calella, otro en barcelona avisándole que de cuajo arrancaríanle las turmas por si acaso se le ocurriera pavonear su sensibilidad primigenia, la más insólita, y no quejó tampoco de sangría. 2): Y taciturno paseábase desde lo de arriba a lo de abajo aún sin ni siquiera notar las cinco presencias, insaciables cinco ánimas ayunas que impedíamos nos lo arrebataran, por si acaso se escapaba buscando una otra sexta que llegó agorera desde baires, y él anduvo cecijunto e insolente, tanto que no quiso gritar cuando sus cuencas aún hilaban un hilillo de sangre y nuestro escrúpulo. Y, 3) Y por si fuera preciso atarlo otra vez a la placenta, vino la quinta ánima desde acayucan, y a la vez, así pues, que a la primera yo sí estuve y el otro y el otro, más el de ligure, y fuimos cinco después; así estuvimos en enredadera voraz platicándole las cuarenta al mancebo de nuestras ánimas, hasta desternillarle de un boquete la sien, recién perforado el lóbulo interior de su memoria.
Una encerrona a muerte de amigotes y compinches poetas con ‘el mancebo de nuestras ánimas’ o [y] la cabeza titular del cristianismo en el cuchitril implacable y desconchado y desierto de la conciencia, es y da el clima en la sombra. La vida ensoberbebe humildad y orgullo, gallos puque, chorreante de sangre y muertos y hecatombes y amores a la segunda caída de Dios Hijo, o a la primera de Dios ante la avara potencia. El cristianismo es históricamente la crónica hipócrita criminal de un atentado fracasado, la apología de un fracaso en términos filosáficos fraude, y a modo de teatrino de la crueldad un baño de sangre y miedo a galope de siglos de jamelgos de oro tirados por travestis de ropón ritual. Al súcubo entonces advenimiento de La Matancera, la poesía es verdad que existe, porque es materia y es sueño la belleza. La verdad y la belleza. La poesía infinita en la multitud de la especie finita y sucesiva.
Octubre nunca pasa («Anotaciones», «Clínico», «Poemas») es poesía (misteriosamente retoma algunos poemas anteriores que Paco transcribe indolente sin modificar prestancia sino contexto, lo que les hace cobrar nuevo significado o vida nueva, y el lector de poesía los reconocerá ‘cambiados por la circunstancia’ al toparlos) desde el umbral conciente de la muerte: su nombre en triple divisional lo indica; eludo la metáfora de la anecdótica. Esta homicida, resentida sombra de logreros que especulan sobre la escasez y la miseria: La rata. He visto al dios de las ratas. Anhelante hocico, ojos, cerdas, negros, rabo, rata succionaba hocico el niño muerto a dentelladas, anhelante, ojos, cerdas, negros, rabo, rata, en presencia de la puta madre. La enfermedad poco a poco terminal como en suspenso, y la mente y la imaginación en delirium tremens de la borrachera de la muerte. O el alucine. Y la fiebre. La partición en «Anotaciones», «Clínico», «Poemas» no es jerárquica pero saja de la jerarquía de la alta gloria pues comparte de un mismo envío impulso creador, y es útil para agilizar y amansar la densidad del sobretono moridor del conjunio poético, así cosmos ella la noción de exogamia me sirve ahora para dar registro a una presencia permanente en esta obra: el erotismo, que va de la celebración de la presencia a la necrofilia o el estallido burbuja de la imagen probeta: «Cuando se oye la zumbalera, sonido que zumba al pasar el aire por el interior hueco de un hueso humano, entonces los machos se lanzan en busca de hembra para depositarse. Y ellas, también, oída la zumbalera, corren abiertas al encuentro del nuevo semen inaudito, extranjero y fantástico». No es de la intención de este prólogo autónomo a las mancas que lo escriben, hablar del erotismo en esta poesía, pero sí darle rápido registro, y a las puertas de la muerte tenderlo vivo. Esta folla en la Tierra ha hecho posible la Humanidad. Leído de un libro sagrado.
Antes de concluir atenderemos estotro: se ha dicho algo (también por ahí, en algún tenderete) en torno a la supuesta alineación de Paco en el plantel titular de Vallejo, autor a quien ciertamente como yo admiraba y con quien comparte como yo muchas cosas pero a cuya experiencia espiritual no es afín ni yo tampoco –y estilísticamente cada quién anda en lo suyo diverso. César Vallejo es poeta del dolor en fondo y Paco poeta trágico, y con esa sustancia de espíritu me callo de esto.
Y me sigo: hay rasgos de estilo acendrados por la muerte que mira de frente al poeta y al revés y como tales merecen breves individuaciones: la ironía, al acecho siempre en esta poesía. El sarcasmo y la rabia. El metafiling del miedo. La proclividad hilarante de súbito en la tragedia. Los peculiares abalorios del juego de palabras… Pero aquí estoy hablando en términos generales y esto es un seguimiento a la evolución de la humanidad lírica montando momento de la obra ya completa de Seguí. Y en el caso de Octubre nunca pasa la tragedia curva caracteres de conciencia. Conciencia y lucidez que son relámpagos entre los desgarrones del delirio; la poesía pisando la raya de la locura, el placer sombrío de lo macabro, raras reminiscencias de Goya, La Elegancia Esperpentácula de Valle Inclán… Aquí está vivo el horror que pintara Revueltas en su visita al leprosario de Guadalajara en México: en este hombre leso pero de canto ileso, como en aquel específico orador entre aquellos de quienes habla, hay conciencia brutal de la enfermedad.
Aún cuando de entrada niegue, Paco Seguí tenía conciencia de la enfermedad –y era camino; y tenía conciencia de la muerte –y era arribo: No estaba preparado para la muerte. Es un sentimiento, primero. Después un pensamiento. El sentimiento es un caballo, o una yegua joven que cocea, intermitente. Se abre como el ala de una enorme águila, se abre como el muslo de la yegua al ser penetrado, se encoge y repliega como los estambres al atardecer. Es una volatería pertinaz, y una jauría a las que han disparado una sarta de fantasmas de plomo. Hasta voces tiene. Pero no se oyen, no se inhala el aleteo que provoca, ni el rugir, al pensamiento. // Teeto habla del conocimiento y Platón pone en boca de Sócrates qué es el conocimiento. El de la muerte.
Y me digo: ¿Sócrates estuvo preparado para morir? Quién sabe; pero fue conciente, eso es seguro, del conocimiento muerte. Y por cercanía con Paco, Bartra: pero aquel desfiladero de nacer predispuesto a la muerte, no… Retóricas del consenso vitalista del sentimiento: tú tomas conciencia del conocimiento muerte; la enfermedad irracional se va por el viaducto irremediable del pensamiento muerte, agua que desemboca agua de otro sol. Germán Gaudisa pudo vislumbrar la llegada de la muerte cuando me llamó antes de morir, porque estaba siempre en vísperas. Mas no obtuvo la lucidez por el reflejo sentimental –todo él era sentimiento– de ese tiempo que se le acercaba, ni visceral sentido con pelos y señales de identificación moral. No. Germán Gaudisa se anticipó a su muerte hablándole desde el pensamiento, desde ese compromiso de él con la palabra, con la bocanada de la vida en plena efervescencia.
No espantas a la muerte con sarcasmos, pero tampoco nos espanta. Esta sabiduría es conciencia plena de la muerte, y esta escritura última es hija de esa conciencia y de su delirio tremendo. «Yo, que escribo por obsesiones, por nebulosas pintarrajeadas, acalorado. Masa de jugo gelatinoso, sanguinolento mas locuaz. El estampido, la tos, la flatulencia, música rota y rata de corrido, canto agorero, sonámbulo, balbuciente. El abuelo Luiso: Eres de perra, niño. Y machacó martillo hasta cinco cabezas gato: Los mato porque no puedo darles de comer. El dios Marte de Marta. Que me preguntó qué era el hambre, la destrucción del hambre. La guerra Marta, tan ella, tan pálida, tan sus ojos de miel» –aquí ya no sé si cito literal o de memoria o si ya entrado en verso reescribo o plagio. Las muestras de la presencia del amor como esta última paterna son escasas pero indican un valor desde o frente a la muerte: el amor es también final acicate y probablemente lo apresura. La luz, el entorno de luz, blanca. El almidón, la suave sábana para cubrir, oh amor, tu cuerpo desnudo. El amor y su crítica: la hipócrita sensatez que nos ama.
Morir en la poesía es propósito de vida y alcanzarlo gloriar un destino. Los flashes patálicos que por sorpresa lo abordan (¿qué hacen los muertos en la muerte –que es y no es racimo?), retrotraen su de dos dedos tenaz frentamiento con la cabecera municipal de La Cristiada, en rangos de los de sobra y menosprecio a los de finiquitar. «Entonces, ella arropó ausente la voz del victimario, arropó la serpiente y le abrió los ojos desde la oscuridad de Pátalo-Tiresias, a pesar del peligro. Y desde la comisura de la ventana oscilaron reconociéndose. Y ambos yacieron sobre la loma del mundo, bajo el cedro, sobre todas las noches. Ite misa est». La fundición de ambos mitos (aunque Pátalo tenga más de icono que de mito) al finir el rito crístico da muerte católica, ecuménica, a dos individualidades separadas por los pueblos y el tiempo, que aquí son ya Uno: uno, un solo oráculo atrás mano, monosexual en lo sexual y bíceps, y en lo ético negación de un destino solitario por afirmación de otro mutuo pero mortal. El sacerdote-sacerdotisa agorero simbólico poeta de los dioses, y el Hijo virtual de Dios –amante de María Él y el Otro también. Metáfora irrecurrente, impersonal, fuera de circuito resurreccional…
Y es que las resurrecciones no se alcanzan por mutuo consentimiento. Sólo por la inmovilidad definitoria mortal pueden desprenderse dos oráculos en Uno, y sus viejos yo yacer cadáveres bajo el césped y las rosas de la luna de octubre. Octubre es ahora el mes más cruel. 46 de octubre. Octubre nunca pasa.
Pero la agonía de un ciclo tiene su corona en Pátalo.
Pátalo es prodigiosamente una novela de poeta. Corona acrónica el ciclo poético De la presencia al estallido, es única del autor en un género distinto a la lírica y tiene su contracanto, sobre todo, en los versos por pie de ritmo quebrado agilísimos de Prohibido amar las cucarachas (que pudiendo ser su consecuencia extrañamente y por mucho le preceden) y su antecedente publicado en De Ánima Vilis. En el conjunto de este ciclo Seguí des(y no de)construye para aniquilar una fe: la cristiana por la base en su vertiente católica, pero en Pátalo acomete una biografía laica, al mismo tiempo mágica, esotérica y satírica de Cristo, para quien ya me dirás tú incluso ficta no hay piedad. Se trata, oigámoslo aquí, de un grito desesperanzado y nihilista desde las gargantas oscuras de la inocencia, y la confirmación de esto: la ética cristiana no soporta la menor confrontación con la realidad. Fuera de tal sacudimiento de encima de un rito suplantador del mito en el alma de un pueblo de la asunción del misterio en el logismo conocido como religiosidad (corresponde realmente a la conciencia del cosmos, y desde luego a la de la especie frentada a su digámosle todavía destino), la novela ejerce la libertad absoluta del lenguaje (esplendor por el cual Pound viera en Joyce al abigarrado escritor de lo estricto) y despliega a punta de imagen una galería de personajes cuyo crédito cobra sólo de su propia estirpe: tales Epafrodito, Paulino o Empecinado –símbolos de liturgia rancia o, en el último caso botón de lúgubres vindicaciones populares. La alegoría de la segunda parte del poema perdido de Filipo Miamor (que por homenaje insepulto hace radicar en la memoria de Villon), opone al ecumenismo presunt[u]o[so] del credo católico la universalidad verdadera de la poesía: a la creencia que acosa y derriba, la creación, instrumental y de vida, del amor y la muerte. Desdoblada por punta implícita en la más sarcástica crítica contemporánea de la llamada «transición a la democracia» [española] que se haya escrito uno por uno en fondo, Pátalo es entre otras cosas la novela de la liberación espiritual de la España de fin de milenio •
Barcelona, enero de 2000
[Revisión, 11-24/09/2026] •
Muestra •
De Prohibido amar las cucarachas
cero
Son desconchones estas lápidas vivas
donde se entierra el tiempo
dos tres siglos
y mi historia quemada espejos y chispazos
es una vida ardiendo
dos tres siglos
de sífilis y drogas
para la vida sentimental
restos de cajetillas y trapos
desconchones las lápidas
el aire íntimo del paseo nocturno las linternas
repollos
cascarones
dos tres siglos
de palabras vacías
vociferantes bocas apelmazadas
y mi historia repito
quemada con lentes en aumento
mi cabeza esta pulpa de restos de un naufragio
la niebla vomitona
en el puerto
el salitre
la nave descubierta
estampido
el trallazo
y la soga
Qué me pides del caos
dos mil palabras que se rompen la música.
B
Calentarse con el dolor del alacrán
Alrededor del fuego y las pinzas del alacrán y otros
niños del alacrán con agujas
Pinchándose
Quemándose la casa
Y ardiendo el nogal de un letrero humano:
Se autoconsuela al crepitar de hojas y de avispas.
C
Pienso otra vez: no existe la belleza
Belleza del corazón
Sin un sexto sentido de difunto
E
Mis hermanos
Como siempre
Mis queridos hermanos.
Hoy tengo que irme: adiós.
La calle
A la calle vais a ir todos los hermanos
Del mundo.
Todos los queridísimos hermanos del mundo.
Incendiar las maravillosas luces de metal y los girasoles del trópico.
Calentar un poco lo aglutinante.
Vais a reventar como unos topos de porcelana.
UNO
La historia la piedad lo sagrado
Tres términos alucinantes que la muerte convoca
Elevando en el hombre el rito a la grandeza
El cuerpo y el amor
Delicadamente se enlazan
Forman líneas y espacios
Ámbitos
Huecos
Sus presencias malditas adorables
Exclamaciones vivas
Se van perdiendo contornos y piedras que señalan
Deliciosamente música
La armonía del ocaso que reluce conforme a la belleza
Nos apaga la luz
Nos cierra el párpado solemnemente
Como un rito que la muerte rinde de préstamo a la vida
La oscuridad de pronto que hace posible el resplandor de lo vivido •
De Embriaguez de la sombra
•
Si quieres, yo te inundo de arañazos y dientes.
Si quisieras, te abriría dando voces al sueño.
Tú no sabes que tiemblo cuando pienso en tu vientre,
porque una gota de esperma te abrasaría los labios.
••
Si quieres, cuando vengas a dormir en mi aliento
unas garras terribles te arrancarán de cuajo
y unas alas enormes te envolverán los muslos •
De Avara presencia
1
Se despierta, se agita de placer
Insomne aún, callado y aturdido
En un silencio muerto de rosal
Troceado, de pocas o aparentes
Emociones conscientes desmembradas
Hacia un color envenenado y desierto.
Caída la almohada, la mecedora
Insiste dando cobijo al aire,
Y el vacío que queda entre la almohada
Y el rosal, entre el placer y el sueño,
Con lesa fragilidad se desplaza
Y se esparce y ni las sábanas quema.
ROMA-1976
A Rafael Alberti,
María Teresa León
1
A Roma le pusieron una alfombra
De laurel en la mirada, y unos dedos
Romos para templar el arpa.
La sementera la cuidan en la alegría
Del trastevere, por las calles bajas.
Al lado del coliseo nos dieron
Simiente de retama y nos subimos
Al raso del arco con el agua
Hasta la frescura verde de la villa borguese
A la mañana. Nos dieron pan y miel
Y bronceados de araña, insecto tembloroso
Al atardecer, rosas blancas y rosas amarillas,
Fachadas pardas, rojas y un murmullo de agua
En rincones nocturnos. Un alba de recién
Llegados por las cuestas largas hacia vía venetto,
Arrumbando los sueños, sintiendo que esas calles
Nos llenan de intensos latidos las gargantas.
En un ir y venir aceras grises, pardos
Oscuros las entradas, los dinteles, cornisas,
La malva escalinata al monumento regio
Descomunal como romano altivo
Con ademanes habla.
2
La larga marcha de peregrinos sórdidos a envenenar
De verde, sus diminutos puntos, la ancha plaza
Del vaticano como otras plazas y plazas de columnas vastísimas
Donde palomas blancas y grises pavonean la espera
Del balcón romano, la salida en punto del monarca
De dios, el hierofante alma contoneándose
En oro y plata finos hasta los pies de lechuguinos oros,
Zapatitos diamante y báculo de escarcha,
Escarcha roja que dora la inhumana riqueza
Y la humana miseria que lo adora. Una tiara
En bordados de rica trama diamantina
Y leves perlas y bucles áureos y argentas alianzas
En escuálidos meñiques. Bronces de sangre añoran
Incruentas rapiñas.
Pero la tierra y el hombre
Son una sombra ancha y larga para tragar de impulso
Semejante grandeza. El romano es pequeño
Mas adusto y lo alberga de laurel en la mirada,
Aunque el odio del fuerte lo avasalle, la fiesta
Que lo alarga hasta las noches núbiles
Complace la miseria de su vida
Con ese resplandor que mitiga su alma
Y cree que la ennoblece, mas la apaga.
Es la humana sordidez que lo adora •
De Poemas del indolente
El corazón blanco.
El ánimo desnudo
Afónica la voz extraña.
Ya no nos sirve estar
Ausentes
Y deambular insolencia la nada.
Hacia dónde tenemos que partir.
Cuántos sois.
De qué milagro origen.
Tu palabra, alma de posesión que es única
A sobresaltos inicia cautiverio de ser:
Lo copula
E intransigente aprieta su dureza al vacío
Y lo allana y vitupera.
Aunque aterido y desgajado
Se desdobla en voces vírgenes
(Es un balcón cualquiera
Dos patas azulíneas hubieran embebido
Aquel asesinato)
: Las que te rompen, esquilman, tactas
Porque te envenenan una forma no
Porque lamieron de cada ejecución una orgía
Hasta el coágulo de quedarte a solas.
Y arrancas desde el hueso del alma que te aterra
De tu insolencia el fuego,
Apasionado y loco
Ante y sobre y desde todo lo que existe.
Óyeme Jacinto.
La nueva casa del delantal
Con flores. Óyeme.
La sarna y en octubre el veneno.
Casi un dios sofocado con el látigo
De otro dios
Efímero:
Las memorias oh diosa
De una aduanera en noches como globos
Cuando lamimos el cordón umbílico
¿Te acongojas?
¿Ves al perro?
No el eclipse entre dientes
Una sonora imbecilidad sino
¿Tienes miedo?
No el eclipse que incogimos
Gritada efervescente del agua de su boca.
Meándose.
Y yo muerdo mi silencio
Como comió su espasmo,
Ahogándose por otro miedo enorme:
Ateridos.
(Las adolescentes tienen cara de perro
Y se lamen como los perros
Y se masturban como los perros.
Una noche el tobogán se puso
A abrinconar
Sobre sus plataformas metálicas
Y las lesbianas
Hacían mover sus senos
Acercando los pezones en barandillas
Eléctricas.
Eso ocurrió en verano
Y en la lengua de todos)
II
UN VIENTRE
Otro de los misterios era,
Anodinamente,
La opacidad de las paredes vuestras,
Nuestras quizá, neutra toda la ceniza
Y dijera: Premura de la entraña
No te has ido.
Y fuiste capaz de sonreír
O tu cinismo
¿Por delación?
Con la cadena de hierro
En la garganta
Abrió la boca del alfiler
Desde el paladar a la lengua.
Y la cerramos
(Que a todos nos delata)
Debajo de las sábanas violeta
La desesperación calienta el homicidio
(Otra vez no nos dejes)
Oh, amor, en dentadura postiza
Qué besas:
Un colmillo del difunto mañana
Una muela del oropel que presume la caries.
Oh, animal, su blancura te ciega.
Te van a cercenar los pies
Y desde su misericordia te vagínan–
Se
Porque han visto el fondo donde te desnudas
Conocen el sabor de tus ojos
Y acabarán desparramándote.
Es la hipócrita sensatez que nos ama
(A pesar de tu grandeza
Aquella navaja que sube desde el vientre
Abriéndote –a pesar de tu boca–
Hasta tu boca)
Y aún chuparás que te amamanten
Con la ausencia que alegora la vida
Que trepa y te abandona.
A veces el sopor de la memoria se te enfría.
Si al menos, entre todos los cuerpos
Escapara un sentimiento de ternura.
Si aún quedara entre las sábanas
Ese tacto senil que envenena la sangre.
¿Es posible el milagro del amor?
A Florentino Huerga
La Amanecida
Cuando el agua comienza de su volumen abisal
A destruir
Corazón de la marea
Un remoto sentimiento de impotencia
Anega devorándonos: trepanación
De un universo alimentándose
De alevosos homicidios en cadena
–A medida que el agua te cubre poco a poco–
Inoculan,
Cuando todo es silencioso y siniestro,
La siembra del amor,
Desde la cósmica inmensidad que nos arroja.
Y sobre todo aquel, recuerdas,
Que me detuvo los ojos
Por otear el inmenso
(Sam Peckimpah)
Trallazo de la muerte.
El que me devolvió
A los orígenes
(Ojos también la nada)
De mi indolente páncreas
Agónico.
A Francisco Sitjà Príncipe
O el lugar que desestimas por inocuo
En contra de nariz: lo hueles
Y los huecos que encontramos deshilvanadamente
Dentro de la furia
O para simplemente ajeno
Cuando supimos que vendrían
Por el desasosiego
O desintoxicó-
Se
Deliberadamente.
Incólume tu cuerpo
Años ha, tiempo al aire,
Despavorido, inicuo
–Lo que tanto te amabas–
Hasta que no pudimos o desmesuradamente
No quisimos, lerdo estúpido
Y te acojonaste en plena bacanal
(Reticentemente expresos)
De alta melodía, qué gracia
(Qué ademán o qué facha)
Y dónde estábamos de esos lisonjeros
Estímulos para orinarnos
Dentro de esa nada que provoca la nada
Para aliviarnos iconoclastas del no
(Impertérritos por si ocurriera de nuevo)
Porque se puede –amigo, no in sino icono–
Amar toda la existencia
Que desranca en propio ser
La intimidad del ojo o el culo de la rosa:
La difteria.
Para Ramón Hervás
Pasos vacilantes hasta el chasquido
Próximo. La alondra desolada
Que cae súbito la sangre negra,
Abarcándonos más allá y tan próxima
Y aún más allá sobre y desde encima
Acusándonos
Vientre abriéndose:
Una alondra cárdena que a todos,
Sobre todo y desde todo nos vomita
(Ah, si la presencia fuera un súbito
Nada más): No nos preguntarías lo que
Acerca más tercamente aún
La muerte de la vida tan próxima,
Errante boca alenguada y abierta,
O que nos pidieran hambre de basura,
Racimos de mierda que sobresalen
A flor de miel, a polen, desmadejados,
Sueltos salpicándonos desde todos
Los tejados del mundo, orinándose.
No nos preguntarías aquello que
Acerca más tercamente aún
Los labios a la siembra, vida errante,
Ala, boca abierta de la alondra súbito,
De la parda sombra más allá de la
Noche muerta, más tercamente aún
La alondra alicortada, decapitada,
Que todavía tiembla tu carne
Abierta, gota a gota descolgándose
La mancha de la parda tierra porque
Retienes el acento ancestral y que
Jamás has vuelto a devolver la torpe
Voz, al lugar encendido la palabra,
A la fiesta opípara de toda
Vuestra mierda: Aquella presencia
A la sombra del eucalipto son
Crepuscular
Huraño y colérico,
Abriéndote de costal a costal,
Empedernido centinela de niebla,
Acurrucado y tembloroso para el
Pánico y el terror de todos defe-
Cándose, empecinados a ti:
El honor, la nobleza y el orgullo
A la huida de alondra, madrugada,
A la caza de alondra, madrugada
Y despierta por el frío, el miedo,
Acusándonos más tercamente aún
(Que hubieras estado dispuesto a dispararme)
La muerte de la vida tan próxima
(Aunque llevara un ramillete de violetas)
La muerte de la mierda tan próxima
(Recién arrancadas de toda vuestra tumba)
La sangre de la vida que os espanta •
De Mundo estupidera
RELEYENDO
A CÉSAR VALLEJO,
VALLEJADO
[Calonge, 1986]
Emigrado, sostenido según
Él, desde el ángulo con una vasta
Visión.
Lento cuerpo yéndose, negra
La baranda, por el remo, gritándonos
Que no se asome nadie. El cuerpo plateado de figura,
Cuerpo de posesión
Es sólo el grito mío
O alguien mató, calor, la silla
–Que se deja entrever–
Que no se agrieta
Él, muerto,
sentado no amará
La noche
Y yo desierto blanco contra un cuerpo.
Muerto él, tú nunca,
voz o terco sonido aún,
Pasto de jauría.
Sentado no podrá la noche,
Abrasado, alas con que salir derrota
Hacia otro punto,
Indefenso,
Oscuro vasto sentido de la cópula,
Pasto de una sola palabra
Punteado los ojos, sifilítico,
Otra Noche,
Yo nunca
Que no se mude nadie
Que no se mude erecto limpio y báculo.
Contémplanos
A los ojos, otra noche,
Desde esta noche,
Desde todas las noches abrasado,
Si vivieras •
De Octubre nunca pasa
POEMA
Si supiéramos la cantidad de miedos
que repetimos,
que lanzamos sobre
la cara despavorida
de la memoria,
y torturándola así de espantos
adivináramos de quién es el rostro
que se nos avecina
de entre todas las bocas
en el sueño:
Por cuánto,
por cuál nos decantamos
tú espina de la noche:
Que el tú
que el mono diletante
que la boquita roja
que la alegría
que el yo
que la alegría
que el tú
que el mono diletante
que la boquita roja.
La rata. He visto al dios
de las ratas. Anhelante hocico,
ojos, cerdas, negros,
rabo, rata
succionaba hocico
el niño muerto
a dentelladas, anhelante,
ojos, cerdas, negros,
rabo, rata,
en presencia
de la puta madre.
La casa de los hijos de la santa
íncuba.
La casa de la lujuria.
Los gemidos de los deshauciados,
de los sin sangre
y los eruptos anales
expansión del espasmo
antes de exhalar su tremenda vida.
Porque aquí se asombra uno hasta del vuelo
aquel,
el que voló misántropo su pascua
a pesar de tu vómito.
Y esa miseria posiblemente sea una vaca,
un cerdo
y hasta se nos hubiera podido escarnecer
sin delito,
incluso se nos hubiera podido
ahorcar,
o agarrotar,
o decapitar
sin odio, sin malquerencia alguna,
por un capricho solo, ancestral
como un vahído.
(Acababan de sacar dos lagartijas
de las orejas del tembloroso delincuente)
O cuando te pusieron alquitrán
dentro de la boca
y no sabías cuál de todas era la más
displicente.
Sólo un vasito de agua
cuando te querían poseer el sentimiento
(el escondido)
en mitad de la cópula
(gato ella
o perra la costumbre)
ANOTACIÓN
Es la enfermedad, y nosotros apósitos. La puta enfermedad, la entrañable y puerca enfermedad.
Nacemos enfermos, monos enfermos, nos dejó escrito
Umanno. Sinónimo de enfermo.
La luz, el entorno de luz, blanca. El almidón, la suave sábana para cubrir, oh amor, tu cuerpo desnudo. Teresa de Silencio. La mirada, blanca. Labios rojos. Cuarenta días sin besar la boca carnosa, abiertos los labios como esponjas cárdenas. Sólo la piel. Los labios rojos. Que el yo. Que la alegría. Que el mono diletante. Que el tú. Que la boquita roja.
CLÍNICO
Desde que me introdujeron, una retahila de traumas, transfusiones, inhalaciones: El de la cabeza cana que gesticulaba y se regodeaba de cintura para arriba oteando ansias por los ojos. Ansias de vivir. Atónito. Oteándonos.
Y el incandescente intolerante que quería avasallar con sus manazas y sus piesazos todas las horas de todos los apositeros, porque éramos apósitos de la Enfermedad total, de la blasfemia enmaculada de la vida. Mácula. La cárcel que pesa en nuestro pozo. Enmaculados.
Los puntitos en las diez yemas de los dedos, hasta cuarenta en cada una para sonsacar las gotas de la azucarera del apósito.
La fiebre consuetudinaria del calentor invertebrado de la pachanga corporal. El mercurio. El dios mercurio. Marte, sí, el de la guerra. Mercurio –preguntó Marta, la princesa. En ese momento de desconcierto ni acerté a inventar, siquiera, el rey del frío, del desaliento, que tampoco se lo creyó. Marta que me preguntó por dónde me abrirían. Y zas, el tajo, el tapón afuera y recosido el hepático del pathos. Así, zanjado.
Él venía cuando quería, lo quería o lo necesitaba o él sabe qué, con ese estímulo que lo hace adorable y amado. Isaac.
Todo vuelco del corazón, el hervidero, la consanguinidad, sin tapujos.
La biopsia, cuando las dos punzadas. Él vino, pero no sabía de ese dolor. Tampoco yo, ni el que nos agujerea bien de espina. Un descubrimiento rencoroso, malva y blanco, depositado yo por la ventana. Yo que escribo por obsesiones, por nebulosas pintarrajeadas, acalorado. Fue casual la atemperancia del ánimo, o a causa de su temperamento. El de Isaac, informal y entredicho pero sano, tierno.
La endoscopia. Masa de jugo gelatinoso sanguinolento mas locuaz. Indagar. Indagar en las raíces. Lombrices, úlceras, várices exofocales, miasmas, líquenes, restos de un naufragio, el estampido, la tos, la flatulencia, música rota y rata de corrido, canto agorero, sonámbulo, balbuciente.
POEMA
Le han suspendido la voz
y no sé hasta qué femoral van a dejarlo ciego:
La suya o la mía o la del otro:
Avísame cuando te abran en canal
e iremos los tres a vomitarla.
CLÍNICO
La vena que hílante hasta el corazón. Hasta el perro corazón. La yugular que te la inhilan hasta el cerebro. Hasta la perra cabeza. Cabeza de perro, de can caníbal, can inhilado. Cannis. Caínes. Cainíticos.
La femoral que hílante hasta el hígado. Hasta el hígado perro al que muerden los caínicos.
El abuelo Luiso: Eres de perra, niño. Y machacó martillo la baranda hasta cinco cabezas gato y dijo: Los mato porque no puedo darles de comer. El dios Marte de Marta. Que me preguntó qué era el hambre, la destrucción del hambre. La guerra marta, tan ella, tan pálida, tan sus ojos de miel.
CLÍNICO
La vena que hílante hasta el corazón. Hasta el perro corazón. La yugular que te la inhilan hasta el cerebro. Hasta la perra cabeza. Cabeza de perro, de can caníbal, can inhilado. Cannis. Caínes. Cainíticos.
La femoral que hílante hasta el hígado. Hasta el hígado perro al que muerden los caínicos.
El abuelo Luiso: Eres de perra, niño. Y machacó martillo la baranda hasta cinco cabezas gato y dijo: Los mato porque no puedo darles de comer. El dios Marte de Marta. Que me preguntó qué era el hambre, la destrucción del hambre. La guerra marta, tan ella, tan pálida, tan sus ojos de miel.
POEMA
Octubre, como te dije, nunca pasa.
Él te había observado el semblante macilento
cuando te dijo que no.
Y su semblante frío
cuando tú también le dijiste que no.
Quelno. Quelyó. Queltú.
Y te lo refería desde el tridente de la baranda
de la terraza roja.
Y apretaste su mano lacerada
pero él no apretó la tuya:
Y se mordió de la memoria el dedo yugular
porque, acerado, no podía
apartar sus ojos de tu vientre,
y porque tú no querías que el temblor de tus labios
te delatara las ganas de saltar sobre su hocico,
que te entrara a degüello
y extenuarlo otra vez despavorido.
Porque no tenía el corazón en la boca
como la primera vez.
Ni tú podías anudarlo
como la primera vez
a tus entrañas.
No me mirasteis ni una vez siquiera.
CLÍNICO
La vena, que te la abren y te la penetran como si te violaran. La yugular, que te la abren y te la penetran como si te eyacularan.
La femoral, que te la abren y te la penetran.
La vena, la yugular, la femoral que te las inhilan y espatarran y te las penetran como si te incendiaran por todo el organismo orgiástico, alucinante. Lastimosamente expuesto al hambre del logrero, del homicida consentido, del milagroso, del puro, del consciente, del sabio blanco que especula, santo, sobre la escasez del huérfano apósito y de su ignorancia. Y dice que nos salva. Y expolia tu sentimiento. Expolio. De tu pensamiento. De nuestro origen vivo-muerto, sin dejar de vivir, inconsciente, irracional, el dios rata, el dios perro, expansión, eclosión, antes de inhilar la tremenda herida. Tú. Que el tú. Que el yo. Que el mono diletante. Que la boquita roja.
“Y yació allí, sobre la loma, bajo
el cedro”.
E. P.
Lo había contado, el XX. El régimen de uno y otro. Veinte intervenciones u oclusiones, aberturas desde la nostalgia, sobre la loma. Según el médico de turno. Sólo por inmovilidad pueden desprenderse los oráculos. Tiresias tenía una voz y una serpiente. Pátalo entretuvo los ojos y la serpiente, pero prosopopeyó la voz y la inundó de ánima. El médico de guardia no quería despeinar su socarronería nocturna y esta lo sobresaltó: Otra ingestión de bilis. Ánima vilis, decía. Pero eran la náusea y el ser y la nada de la dictadura del proletariado. Por eso lo andaban buscando por si de veras hubiera desmejorado en su último invierno, desde su errante carrera fantasmal y alocada, en la noche de los cristales rotos. Entonces, ella arropó ausente la voz del victimario, arropó la serpiente y le abrió los ojos desde la oscuridad de Pátalo-Tiresias, a pesar del peligro. Y desde la comisura de la ventana oscilaron reconociéndose. Y ambos yacieron sobre la loma del mundo, bajo el cedro, sobre todas las noches. Ite misa est.
Acababa de socarrarme una várice tras otra, en la parte interoanterior del esófago, en la pared inflamada de los amantes de la casa de la lujuria. El dinero que apesta a los infames. El blanco. La luz blanca. Chamuscado. Hepatético.
ANOTACIÓN-CLÍNICO
Estará cabalgando entre el puerto y la acometida sin recibir aliento, mensaje yugular y nódulo necrótico, abierto al aire. Llamará para cerciorarse. Y su voz apagada, aguardentosa y rala despertará sublimidades heterodoxas en los oídos vírgenes de la boquita roja. Entonces se abrirán las fauces de la infamia y la canalla fantasmal seguirá el cortejo festivo de la insurrección. Se oirán el tableteo de la ametralladora y las corridas sibilinas de los asesinos, ramblas abajo, ramos de terciopelo granate al revuelo del aire y pétalos blancos, amarillos, negros, hacia el gobierno militar. Él, herido también del hígado, embalsamado repetía con fruición: los asesinaron: uno en el frente de Madrid, otro en las atarazanas. Se acabó la honradez. Así lo contó el amigo conspirador de ambas masacres.
El otro hizo el resto, porque viendo la luz cegadora ensayó un cristo con todos los atributos de su investidura: Una cruz y un rostro: La cantina cantinela de los beodos y sus harapientas congojas envueltas en plumas y brocados en oro, incienso y mirra eternos y viscerales, y debajo de sus túnicas logreras amasaban la esperma flaca sin destino real donde abrigarse. Y creó del celibato la hombría y la mujería, alegoría primera, antecesora por milenios de la cristiada pablera y simónica. Hasta el aquelarre.
ANOTACIÓN
(Sobre La Escritura
Interrumpida
De un
Relato Que Estaba Yo
Hilvanando Cuando
Me
Ingresaron)
Tuvimos que interrumpir la travesía desde Calella de la costa hasta nuestra tierra de promisión. Y nos pusimos a varear, o algo así. La espuma blanca, la piel cetácea de la mar. Las batas blancas. El Clínico con las quintas hemivértebras, y la del sordo y la de la galería de los presos políticos. La de los expedientados. Y descubrí que nuestros padres pudieron haberse conocido en su guerra cruenta e incivil, en Puebla de Valverde y Puerto Escandón. Ya hubo, pues, otro acercamiento abisal entre tú y yo. Pero estábamos en esa capilla seminal donde se inguardan los coletazos del ansia y la tremenda desazón de la hemorragia.
Estaba relatando nuestra travesía y nos hallábamos, anacrónicamente, asomados al aquelarre de la intolerancia fantasmal y alucinatoria. Aquelarre que removía la historia de la humanidad y deshacía las imposturas de los impostores que bendecía Roma, que torturaba a los que creían en dios y no en la iglesia de ellos. Esa iglesia que otorgaba el poder de los asesinatos, fueran masivos, fueran indivisos, fueran indecentes e incluso infames. Crímenes a coto y caza, a acoso y exterminio, que lo fueron.
Amparados en la ignorancia medrosa, entre el temor y el terror consensuados por las plegarias devotas de la clericalla, y de los hisoperos. Hizoperros, e llegaron a aventajar, e más aún insuflar a los resurgentes nazionalistas.
Nosotros, ebrios de terraqueidad, removíamos sus esqueletos.
El caso es que interrumpió este colapso hepatético, cual iconoclasta fidedigno de mi naturaleza, una travesía abisal y legendaria. Y anclamos en mitad de la marea cetácea con aquella esperanza de oír, otear, anhelantes, desde el fondo de la mar, otra vez y con más ímpetu a la Venosa.
POEMA
La mosca se detuvo en el labio.
Dejó un puntito negro
y voló y voló hacia la eternidad.
• • • •
Milagro: Lo han visto suplicar por una estatua.
Lo han visto llorar por una catedral.
Milagro: A todos los ricos del mundo los operan de la próstata.
A todos los pobres del mundo los operan de por vida.
A todos los adolescentes del mundo los operan del glande.
A todas las adolescentes del mundo las operan del clítoris.
El gran milagro del mundo
consiste en creer en lo que se cree •
De De Ánima Vilis
Este epílogo (o inicio de epítalo) está dedicado como testimonio de un poeta mexicano a un amigo. O del revés
A ORLANDO GUILLÉN
1
Habría sido una pantomima si no hubiera,
De aquellos que asistimos, abiértonos el ánima.
Como si nos deletreara: Racimo de minúsculas
Puntitas de pezones granate, incrustados de punto
De la frente en derredor en carne viva y sus ávidos ojos.
Y nos lo dijo como cuando te vomitan un erupto después,
Como decreto de alta alevosía jurídica y pagana
Que se le atribuyó de sí un si es no es muy relamido
Y por la conjurrencia placídica, ágora ahora de la fiesta
Y agapeda;
Y atribuyósele, también, la toda su conciencia y ser la única
Conciencia universal que todos acatar teníamos por la Razón
O desRazón del que nos hizo gala y gula, que aún bendijo
Que si no fuera por ÉL
Ahora estaríamos desnutriditos de ánima
Y hasta ayunos. ¡Qué pasma!
(¡Que era así, desgraciados!
Que padecereis ignominia, sodomía, justicia y castigo
Públicos e ímprobos
Y todo se andará o se avendría con su Verbo elocuente contra todos,
Porque está contra mí el que no quisiera estar conmigo)
Porque su intolerancia universal no nos dejaba dormir,
Ni fornicar, ni masturbarnos, ni escondernos
En ese ratito de felicidad que dicen es imaginar una minúscula
Emoción de sentirse un poquito asombrado.
De un mortal descubrimiento, así de diminuto, que dicen es
Fantasear una irrisoria caricia que, de tan leve, apenas
Ha el recuerdo, tan niebla.
Y con la punta del dedo meñique sin llegar
-Ni soñando en pequeño- a dejar una huella, un roce
En el inmenso desierto de la arena caliente que nos quema.
(¡Que era así, desgraciados! Nos dijeron después
De un largo e inveterado compromiso que nos avino
Desde la eyaculación divina hasta nuestros tiempos
Que corren como un antídoto, un preservativo
Que desecara los miserables espermatozoos que la esperma vivía,
Contra todos y contra nosotros mismos.
¡Que os arrepintierais! Porque vendrá el día)
Esas fechas indecisas que van de boca en boca
Envenenándonos el ánima, que de tan vagas e inconclusas
Y al mismo tiempo tan terribles, se te estremece el corazón
Al conjurarlas y las quisieras apartar, pero son tinieblas
Que te espantan por el puro miedo de estar pendiente,
Pendiendo de su soga, dependiente del qué piensa de ti,
Desde su soga,
Sometido a los latidos de su sangre,
Desde su soga,
Obediente de sus consejas (Que te dejarán huérfano,
Que te dejarán sin herencia
Seminal,
Que no podrás asistir ni a tu muerte propia,
Porque ya no eres tú, sino de Él,
Desde su soga).
Y desde esa soga cruel e intolerante te impondrán
El contubernio de ser tú
-O desde Él y de ellos-
Y lo decretarán y escribirán Ley
(Porque está contra mí el que no quisiera estar conmigo)
Y al ramalazo de tu grito te habrán roto la boca.
Y así, por este calvario licencioso,
Que no de Él o de ellos si lo fuera,
La recompensa eterna ayudará con tu equipaje y se hará ardua
Y te pesará como una rueda inmensa sobre tu espalda efímera.
(¡Que será así, desgraciados!) Y sigue rémora a la rémora
Y pierdes paso y peso y nunca pasas.
Y desde que, desde su soga, pendieras: No en voluntad
-Porque la voluntad es una ley que se sirven para doblegarnos
Y tú ya has sido afanosamente voluntario.
Y desde que, desde su soga pendieras: No en consentimiento
-Porque consentir es esa vaga paciencia impuesta que te oponen a morir
Y tú ya eras consentido por indolente.
Y desde que, desde su soga, pendieras: No por miedo
-Porque el miedo es esa inseguridad verde que resbala
Luego en violeta, a cada instante, por tu cuerpo indeciso
Y tú ya eras miedoso desde que ese fantasma te viniera en insomnio
A buscarte espeso y envolvente y que lloraras
Casi todas las noches del mundo.
Y desde que, desde su soga, pendieras: No humillado
-Porque si de verdad consejo aguardas de un humilde
Que te humilla por esa misma deleitación que es el humillar
Hasta que ya no puede más y desaparece,
Tú ya eras humilde y voluntario y consentido por indolente.
Y desde que, desde su soga pendieras: No por caridad
-Porque esa obligación ajena de pedir se ha convertido
En su vergüenza propia de robar.
Tú ya eras pedigüeño e incluso más caritativo cuando invitabas al ágape
Que no era de nadie porque todo es de nadie
A todos los pedigüeños del mundo.
Y desde que, desde su soga pendieras: No por mérito
-Porque ¿Quién merece algo, de alguna cosa, o de alguien?
¿O Quién no merece algo, de alguna cosa, o de alguien?
¿Qué es eso del merecer? ¿Qué idolatría tan asquerosa
Es esa de haber o consentir merecimiento, o no
(Que con la negación del merecer también es asqueroso el poder serlo)?
Y desde que, desde su soga, pendieras: No arrogante
-Porque ese arribismo tan sutil y deferente nos empaña la boca
Y aún los ojos de tanto repetir el soliloquio. Yo soy yo y soy
Un único e intransferible, y mi propia muerte, y mi propia vida.
Quiero vivir mi vida como un extraño en todo, y soy mío y soy de
Nadie, y soy el que soy
Absolutamente…
Y desde que, desde su soga, pendieras: Eso sí, indiferente
(Porque es así, desgraciados, nos ha dicho,
O acaso se lo ha dicho desde la soga sombra de su orgullo:
Que pierdo paso y peso, que pendo y nunca pasas) •
De Pátalo
Ámbulo Uno
–¡Filipo, Miamor!–, gritó Pájara viendo que la verga Miamor se iba endureciendo sólo para ella. Aunque Pájara no supo nunca los pensamientos seculares de Filipo, los filipenses y sus vergas (porque la verga piensa o si no pregúntenle a Roque cuando quiso engatillar a la gallina si aquella no quejó).
–¡Filipo, Miamor!
Y Filipo Miamor completó el oráculo: Nacería de Pájara un Pétalo de Nenúfar. Y lo pronosticó Filipo cuando llegó la primavera e hizo estragos entre las maritornes. Pájara, ni quejó.
Y Filipo Miamor, enjuto y esmirriado como era, pero con posaderas y cascabelones, pedantón Roque o tiránico Hilario (fuentes no las únicas de información secular), con casi voz de virgen embarazada relixit:
–Me orino en vuestro Mare Nostrum, y en vuestras culonas. Me orino desde que era niño; y ya que habeis desentumecido mi agnóstico, locas de semental, ahora, os devuelvo el odio que sintió mi madre cuando me vio crecer, y me dijo, y nos dijo, y nos lo dijo a todos los hermanos: ‘Os he parido gracias al espíritu divino de vuestros padres, que fueron como patas de orangután, y os he parido para vuestro escarnio. Y a pesar de todos mis dolores maritales (mi madre había sido una santa en su niñez, y al recordar aquellos atardeceres sórdidos y llenos de alimañas, ella, toda inocencia y beatitud, no podía dejar de sentirse virgen aún después de sus incontrolados partos), y a pesar de todo –prosiguió–, a pesar de todo, os amo’. Y pensó, aunque no nos lo dijo: ‘¡Os amo, hijos de pataorangután!
–Y yo, como mi madre, también os amo. Os amo desde el día que uno de los orangutanes me enseñó que una melindrosa efervescencia triquinal ha de ser capada in situ. Y si no (a Filipo Miamor se le escapaban las lágrimas), preguntadle a Pájara qué ha hecho de toda mi seminal elocuencia… Preguntadle en qué segundo o milésima fue concebida…, y quién fue el arcángel hermafrodita que le avisó o se avino. Porque ella lo sabe… O sabía…, porque Pájara, desde la jaula donde la encerramos, ha perdido la noción menstrual y sólo remilga esconder el orificio de sus nalgas, y mirarme y mirarme mientras la orino. Ella lo sabe. Sabe quién diablos la ordeñó. Y lo juro por lo más sagrado… Pero si no os contesta, uñadla los pezones, y hablará y será tan elocuente como yo lo fui. Filipo Miamor ni se encogió de hombros. Había descubierto que en el tazón donde la leche, el apio, la manzana y la miel, las cebollas y el arroz se removían, lo estaban adobando. E, insignificativamente, empezó a vomitarnos.
Mientras, Pájara paría un Pétalo de Nenúfar.
I
La trascendencia motivó, a los siete años de viudez de Pájara, que Pátalo asumiera a la vez la ternura del hijo y la elocuencia espiritual del padre. Porque Pájara, como recipiente de pataorangután, integró en sí misma idéntica virginidad que la madre de Filipo, y sus pérdidas menstruales eran, cabe el síndrome menopáusico, más pálidas y sin apenas mácula.
II
(Donde pueden sobreleerse las acotaciones que,
en un momento de rencorosidad, Filipo Miamor
dejara escritas en un cuaderno y que depositó
en la faltriquera de Pájara)
Primera acotación, días antes de parir Pájara
Has vomitado a mi madre y a mí, y en lo que vendrá. Mi oráculo es infalible. A mí no me engañas. Estaba predestinado. Ahora, que te endilguen.
Segunda acotación, días después de parir Pájara
Te he desenjaulado porque me lo has pedido. El recuento no podía hacerse sin ti, y has provocado holocáustica el holocausto de los infantes. Ahora Pétalo de Nenúfar suplantará a su padre. ¡Maldita seas!
Tercera…
[Habrá que advertir que, en toda esta historia las Acotaciones
fueron un amago de la obra poemática de Filipo Miamor: un
Poema dedicado e intradirigido a Pétalo de Nenúfar. Y además,
las Acotaciones son una intrusión al sentimiento del espectador
que no lector; porque es su expectación lo que le proporciona
espectacularidad. De ahí que acotación signifique acercamiento
o visión cercanera de un hecho espiritual, siempre que los hechos
para el lector que no para el espectador, sean espirituales]
…acotación, noche antes de morirme
Sé que debo morir… Que me habeis suplantado… Que somos irreconciliables y que él tiene su camino, su mensaje, que él será contra ti y contra mi ascendencia… Pero lo que más me consuela es que a ti te ha puesto en la picota como a una ramera, y te lo dirá el día menos pensado, y tú, aunque te abras de piernas como lo hacías conmigo, tú también te acabarás como yo… Y él te quemará los pezones, y te sodomizará, y te hará escarnio público. Y lo sé porque a pesar de mi muerte, mi oráculo es infalible.
(Estos fueron los últimos coletazos de Filipo Miamor
a pesar de sus filipenses) (Leed la carta de Pablo a
los filipenses en su traducción católica)
III
Y aquellos coletazos del padre, por aquella trascendencia [aquellos, aquella: en esta narración se incalculan pretéritos futuros o simplemente pretéritas, por lo del concepto femenino de los pre: prelada (la), preanal (la), (la) preconciliar]
fueron del conocimiento público.
Un domingo de madrugada
(el cielo gris, las gaviotas desperezándose, los gemidos de alguna engatillada, los jodíos puercos y la lengua letrina de los sonámbulos)
semidesnudo estaba Pátalo de Nenúfar asomado a la ventana pajaril donde antaño su madre solía publicarle los racimos, cuando una gaviota (seguramente aquella) escorzó sobre él, y antes de llegar al ámbito oscuro de la habitación se detuvo. Aleteó unos instantes y se posó en la palma de la mano que Pátalo le mostraba. Cagose en ella y abrió el pico gris y el hijo de Pájara pudo coger la ramita de espliego que llevaba. Después voló y voló, y Pátalo mordisqueó suavemente la ramita aromosa. Limpió su mano cagada como pudo en la comisura de la ventana y sonriendo volvió al lecho donde Pájara, dormida, tenía descubierto el seno izquierdo. Pátalo acabó de limpiar su mano en el pezón de Pájara y una resurrección abisal le atemperó el estómago y, de inmediato, ella entreabrió los labios.
IV
El alcalde Cirilo de Saltamontés, con gayata y faja y gorra de franela, dispuso elocuente un prefacio dominical, y por fin llegó al meollo del asunto:
–El Hilario nos ha detenido el miasma; nos ha, hasta degenerado. ¡He decidido que consultemos al hijo de Pájara!
–¡No puede ser! –vociferó el santón Roque–. Escuchadme. Yo soy también él, el Roque, y tengo méritos, y fuimos juntos a cuaresma. Y no consiento que el hijo de Pájara se nos imponga. Porque si viene, se impondrá.
Hubo un grave silencio. Unos solapaban, otros se miraban impotentes; los más, como idiotas, asentían. Y el que era portavoz cariedentado farfulló:
–¿Vendrá o no el hijo de Filipo?
Ninguno se movió. Pero todos sus corazones se movían, y tuvieron cuervos que empezaron a carnear, y a incitar las colmenas de abejas que, aunque no carnalmente, inoculaban sus lechos con mansedumbre hipócrita…
[¿Hipócrita o implícita? ¿Significaba el oráculo de Filipo Miamor,
o era la resurrección de Pátalo?]
Mas ninguno se movió. Callaron como rameras cogidas en espectáculo.
–¡Concretemos! –gritó serio, impoluto, azafranado y enclenque gimiéndose con su gayata Cirilo de Saltamontés. Y repitió: ¡Concretemos!
–¡Qué coño concretemos o concretamos! –enardecido el vociferante Roque no sabía cómo coño recuperar su santidad porque la resistencia de Saltamontés le estaba provocando una meada–. ¡Y no me desahogo en tu cara porque…!
Un maniqueísmo con ternura simulaba el conciliábulo.
Mas ninguno se movió. Hubo cuchicheos:
–Acabará por ahogarnos
–Resultaría pecaminoso
–No es de los que enarbola el fusil
–Me duele la huevada
–Me preocupa mi hija porque la gaviota se alejó
–Estoy muy jodido
–Somos briznas sin aire
–Ojalá lo caparan
Arrogante y pascuero, uno de los insólitos ilotas de la concejalía, mientras miraba absorto y señalaba la puerta principal, preguntó:
–¿Qué tenemos que decidir si ya Filipo Miamor escribió sus Acotaciones?
Callaron. Todos callaron. Todos miraban la puerta de la concejalía.
–¡Es él! –exclamó de repente una voz semiahogada.
Pero Pátalo no había venido.
VI
Fue al domingo siguiente, viernes de Pentecostés según el calendario ortodoxo, cuando Pátalo, irrumpiendo en las pescaderías de las pescaderas, entre la faenada de ventas de abalorios, entre la voluptuosa compra de las vírgenes embarazadas, enarboló su látigo y gritó:
–¡Que las campanas toquen a arrebato!
Y un insignificante holgazán, insignificante entre los iracundos que escuchaban al hijo de Filipo, le tiró del pantalón y cuchicheole:
–No se dice a arrebato. Sólo arrebato.
Y el hijo de Filipo, cogido por sorpresa, relampagueó:
–Arrebatarás tú, ¡hijo de perra!
Y le escupió en la cara.
Mas el Insignificante, viendo el alboroto que había levantado en torno a Pátalo y ojeando que todos le miraban aviesamente, notando que el escupitajo le resbalaba hasta la boca, se levantó la faltriquera y gritó:
–¿Para esto hemos venido a este mundo? ¿Para esto tenemos que morir?
Se quitó el sayal y la toga y dijo: –¡Mierda!– y se fue.
Pátalo se recompuso, posó su estremecedora mirada sobre la concurrencia, y solidificó:
–¡Que toquen a arrebato! ¡Que arrebaten!
Y los atónitos, los inconcientes, los mercachifles, los ladrones, los asesinos, los terroristas, los militares, los frailes y las comadrejas de sus correspondientes séquitos se fueron convirtiendo, y poco a poco se patalizó la plaza.
Entonces, como irradiando un frescor escarlata, patalizando no de por sí sino por su abuela, Pátalo se abrió camino hasta la concejalía.
E iba solemne en su patalidad.
Allí, los ímprobos espectaban.
El aire era azul y los cuervos blancos. Y Pátalo mostraba a toda la concurrencia su explendor aborigen. Mas hubo quien lo detractó, y hasta gallineó a la hija de Magdala, e incluso a la entrada del concejo, justo en el umbral, algunos piadosos descarnaban sus heridas. Pero Pátalo era único. Y Magdala empujó a su hija hasta que rozó el pantalón de Pátalo. Y este la miró, y la niña lo miró, y fueron niños para un eterno gozo.
Desemocionándose, Pátalo retiró el mechón de cabello que le caía virgen sobre la frente y dijo:
–Estará conmigo en el Paraíso, oídlo. Aunque será ramera como su madre.
Una esplosión de júbilo acompañó a Pátalo de Nenúfar hasta que abrió la puerta de la concejalía. Los ímprobos le fueron detrás.
Del salón en el ángulo oscuro, santón Roque y el Hilario le miraban. Los ímprobos se sentaron alrededor de la enorme mesa y el que le había detractado se encogió de tal manera que casi desapareció. Era el primogénito de Magdala y se las había y se las avenía con su madre y, con el tiempo, supo arrogarse el oficio de proxeneta. Y aunque Pátalo conocía sus andanzas, no sólo lo miró sino que haciendo caso omiso a la ímproba concurrencia, fue hasta él y le besó en la boca.
El silencio fue entonces expectante.
Y Pátalo, triunfante y orgulloso y angélico anatemizó:
–Desde hoy, este –y miró con ira al hijo de Magdala–, este será mi preferido ante la curia concejil. Que nadie le ponga trabas porque desencadenaré terribles escarmientos –hizo una breve pausa–. Y ahora, decidme lo que me espera.
Una voz hilarante emergió desde uno de los cubos de basura, y se detuvo delante del aliento patal:
–Te hemos llamado porque hay que planificar las mejoras municipales. ¿Qué nos aconsejas?
La ira se había convertido en desprecio. Pátalo le dio una sonora bofetada.
–Yo no aconsejo, imbécil. Yo impongo. Y desde ahora todos me lamereis los pies. Y el que no esté conmigo –sacó de un bolsillo una reluciente navaja, una bola de billar y un paquete de altramuces–; el que no esté conmigo, está contra mí.
–¡Qué dice! –vociferó el hilarante.
Pátalo le dio otra bofetada y cogiéndolo por la solapa lo devolvió al cubo de basura.
VII
La luz del mediodía filtrábase por entre las rendijas de la puerta y las ventanas y la poca claridad se conformó de luz en la boca de Pátalo y con siniestra mirada repasó su lengua clitorial por entre los ojos desvanecidos de cada uno de los sanedrinos… Chasqueó la lengua y la eterna saliva fue depositándose en los labios efímeros de los concejeros y, al unísono, la veintena de voces que soportaban los efímeros labios coreó:
–¡Hijo de Filipo y de Pájara, estamos contigo, somos contigo!
–¡No sois conmigo, cretinos! ¡Estais aquí y yo os veo, mas no sois conmigo!
De pronto la enorme masa comenzó a tiritar, se tambalearon las felpudas butacas y el alarido gallínico de aquella que fue engatillada irrumpió en la sala:
-¡Kikirikí, kakaraká!
Y de nuevo un silencio expectante.
Pátalo, sin embargo, meditaba paciente sus siguientes anatemas.
Y el Insignificante, aquel al que todavía le paseaba la cara el escupitajo, mas no de saliva sino de sombra, apareció de debajo de la mesa concejil y arrulló entre sus manos los genitales de Pátalo sonriendo, y bobaliconamente gritó:
–¡Kikirikí, kakaraká!
–¡Has vuelto! ¿Veis…? –Pátalo levantaba del suelo al Insignificante por la nariz–. ¿Os percatais de su humildad? ¡Ha vuelto!
Y hubo un estruendoso aplauso. Y risas y gritos. Y una melancólica vocera insinuó:
–¡Que baile, que baile encima de la mesa!
Pátalo chasqueó los dedos, y con mirada cruel y patética el Insignificante se levantó la faltriquera, se quitó la toga y se puso a orinar conscientemente.
Pero la voz de Pátalo casi interrumpió el soliloquio:
–¿Quién engatilló a la gallina? ¡Hilario, Roque! ¿Quién de los dos, maldita sea, engatilló a la gallina?
Del salón en el ángulo oscuro, Roque no quejó; Hilario se limpiaba los mocos con la manga del zurrón, y Magdala, semioculta, mientras con papel de lija rozaba uno de sus pezones descubiertos, dejaba oír susurros vaginales.
El Insignificante había recogido su elocuencia y se retiraba poco a poco hacia el cubo de basura. Desapareció en él mientras Pátalo, sobrecogido y desierto murmuraba para sus adentros: “Mi reino no es de este mundo”. “Mi reino no es de este mundo”.
UNO
En el centro mismo del desierto, en un oasis llamado de Epafrodito, al que circuncidaban siete palmeras, se hallaban sentados en sendas mecedoras Pátalo y el dueño. Este rememoraba la ascendencia de Filipo Miamor desde los cíclopes hasta la abuela de Pátalo.
Había transcurrido mucho tiempo.
–Tu tatarabuelo ya era poeta, y no me extraña que tu padre también lo fuera. ¿No te dijo nunca que escribió un poema antes de nacer tú?
–Recuerda que él murió de un coma diabético inducido cuando yo tenía siete años –replicó Pátalo, aunque disimulando el enojo de la muerte.
–Aún así. Tú ya sabías hablar. ¿O no? ¿Cuándo empezaste a decir: “Mi reino no es de este mundo”?
–Se me ha perdido en la memoria.
Ambos se miraron. Epafrodito mordisqueó una ramita de palosanto, acercó la jarra de vino y se la ofreció a Pátalo.
–¿Sabes que este vino ha estado madurando desde hace setenta y nueve años? El mismo día en que nací, mi padre lo entraba en la bodega… Hoy lo hemos abierto por ti… Y cuando vino el querubín a decirnos que venías he bajado al sótano y he abierto uno de los barriles. Cuando vayas a las bodas, te enviaremos siete.
–Sé que mi padre y tú fuisteis buenos amigos.
Se quitó una abeja muerta del labio inferior; aspiró el aire del mediodía, caliente, áspero; se atusó el cabello y mirando fijamente el culo del camello que lo había transportado, continuó:
–Ahora quisiera leer el poema de mi padre.
Epafrodito bajó la vista:
–Ya no lo tengo –dijo.
–¿Qué dices? Entonces, ¿por qué has enviado a por mí?
–Ha sido un error, lo sé. Mas déjame que te explique.
Un arcángel en aquel momento desde la lejana cordillera levantó su vuelo andrógino y voló hacia el oasis. Hizo un guiño a una paloma negra que quiso posarse en una de sus alas y planeó beatífico sobre las siete palmeras. Descendió poco a poco y aleteó alrededor de los dos hombres. Con paso de ganso se detuvo al lado de Pátalo.
–El alguacil ha ido a soliviantar a tu madre. Quieren que vengas para el asunto del poema de Filipo Miamor.
Epafrodito intervino casi sácandole la última sílaba al arcangélico:
–Quería explicarte que, seguramente, os cruzaríais en el camino.
–Sólo hay un camino –interrumpiole Pátalo.
–Lo sé. Lo sé. Mas la infinidad de caminos en uno solo… Es decir, la infinitud de un solo camino… Perdona, pero a veces se me escapa mi alma irracional. Compréndeme.
–Está bien. Está bien –consintió el hijo de Pájara, y se bebió sin respirar el contenido del jarro azul. No sabía a vino. Se había convertido en agua. Y estornudó.
El arcángel lo arrulló entre sus alas y musitó algo en sus oídos.
–¡Pues tráelo! Ve y tráelo. Quiero leerlo hoy.
A diferencia del alguacil el arcángel sí hizo mutis, pero este entre la arenisca, y alzó el vuelo con mansedumbre.
Y alejose.
–Quiero que me comprendas –insistió Epafrodito, cabizbajo y doliente.
–Lo que me preocupa es que toda esa jauría de estúpidos haya leído el poema de mi padre.
–No creo que se hayan atrevido a profanar la obra póstuma de Filipo. Recuerda lo que ocurrió con sus acotaciones. Tuvieron, eso sí, un amago de insurrección; pero tu presencia los detuvo.
Bebieron de la misma jarra azul. Bebieron desde su misma embriaguez, desde la misma consistencia que crea el verbo y enarbola la parábola.
–¿Crees que la obra de mi padre se puede interpretar como un rechazo hacia mí? Tú la has leído. Y además, sabes qué es lo que se propuso Filipo al escribirla.
Epafrodito alzó el rostro… Miró a Pátalo, y con la sobriedad del anciano que no oculta su amargura, su reticencia, su saberse moribundo, ilicitó:
–Lee el poema, Pátalo de Nenúfar. No te digo más.
DOS
Al atardecer el arcángel volvió y depositó el manuscrito en las manos de Pátalo. Le susurró algo al oído y voló y voló hacia la eternidad.
El hijo de Filipo miró en torno suyo. Epafrodito se levantó y dirigiose a la casa. Pátalo quedó completamente solo.
A mi supuesto hijo, por todo lo que existe
Qué calle cruza, entre dos puntos oscuros, la salida más
Próxima al olor de tu cuerpo. Qué esquina doblaría
El espacio entre dos túneles amarillos,
Donde el aire se rompe
Y se dispersa. Por dónde acabaríamos
Entregándonos
A los cinco centinelas de verde
Que insistentes se asoman
A este vacío inmenso y a esta calma azul.
Qué harías, un solo transeúnte divagando en la niebla,
Ante la posible escapada de tu espanto.
Todo podría parecerse a la calima, y pondrías
Las azucenas encima del ombligo del primer militar
Que se asomara
Porque alimenta la pólvora y el estampido
Lo atónito y la sangre
Al estallar el terciopelo granate
Que cubría tus piernas.
Y hacia allí, tú el primero, la piedra,
No nos llames, el presunto silencio.
En la noche desde donde te hablaba
Todo está cubierto de sangre.
Pátalo de Nenúfar enjugó las lágrimas que resbalaban por su rostro cetrino. Alzó los ojos. Observó el horizonte. Se levantó y tímidamente deambuló indolente la nada… Con el corazón blanco, el ánimo desnudo y afónica la voz extraña se dijo:
Ya no nos sirve estar ausentes y deambular indolentes hacia…
¿Hacia dónde tenemos que partir?
¿Cuántos sois?
¿De qué milagro origen?
TRES
Epafrodito había permanecido oculto observando las reacciones emocionativas del hijo de Pájara. Se ocultó aún más cuando este se levantó.
Pero Pátalo sabía de la presencia oculta de Epafrodito.
–Ven aquí. Arrodíllate conmigo.
Ambos estiraron sus cuerpos besando la tierra.
–Ahora hemos de hablar de ti, amigo mío.
–No hemos, Pátalo. Tú no puedes hablar de mí. Únicamente me preguntarás y yo te contestaré… Aunque sé que no lo ignoras del todo y a ti se te ignoran pocos catecúmenos, no conoces sin embargo mis indolencias espirituales.
–Convengo… En verdad te digo que convengo… que convento… y que… me da igual convengualidad que conventualidad, porque convento. Tus raíces, es cierto, provienen de mucho más allá de los cíclopes. Tus raíces debieron germinar mucho antes de que el ciclópedo mundo se presentara con lo que después fue el origen de mi padre. Contéstame sinceramente: ¿somos todavía agricultores?
–No intentes disimular tu conocimiento, Pátalo. Sé que serás anatema. Sin embargo te niegas a reconocer en público, ni ante mí siquiera, que los precedentes serán insignificativos en nuestra meditación. Y lo que me preocupa no es precisamente tu elocuencia sino el desgarro que tienen que soportar encendiendo tu ínfula.
–¿Mi ínfula…? ¿De cuántas ínfulas sobrevive este degenerado género animal, o, perdón, animado? ¿Hasta cuándo esos animalitos serán lo que les vino a ser, en sí mismos o en ser? Tú lo has dicho, Epafrodito: he escondido mi conocimiento. Mas no por ser en mí (que ya lo era), ni tampoco ser en los otros… No. Ni ocultación es mi vida. Mis devaneos son mi vida patálica o como quieras llamarla. Y son mi vida resurreccional. Mi vida resurreccional. Mi vida resurreccional.
–¡Tú, resurrección! ¡O tu resurrección! Lo acabas de decir.
–No seas hipócrita, Epafrodito. Ahora caminemos hacia la casa.
Hubo una sombra ancha que oreaba el aliento de las palomas vírgenes (Ante el umbral de la casa blanca se detuvieron. Pátalo sacó el cuchillo oculto y asestó una puñalada mortal a Epafrodito. Y este, ni quejó).
CUATRO
De madrugada, Pátalo desnudó su cuerpo cetrino y hermoso y se llegó hasta el agua cristalina del oasis. Sacó de su boca trozos de pergamino, ramas de heliotropo, patas de sapo, alas de mariposa, cangrejos y libélulas. Desnudó también su espíritu. Sumergió hasta el cuello su cetrinidad. Somorgujó de pronto su cabeza y vio el oasis lleno de flores y de sombras lleno… Hubo, sin embargo, un testigo del milagro patal que, escondiéndose bajo la grupa de uno de los camellos, intentó apagar la llama testigo de la noche. Porque el amanecer se ocultaba tras el fuego.
–Ven aquí, Epafrodito –dijo Pátalo cubriendo su cuerpo con sábanas blancas–. Ven, y tendré que matarte setenta veces siete.
–No has comprendido, Pátalo… Yo no moriré mientras tú no comprendas esta sentencia. ¿Por qué Filipo Miamor, tu padre, escribió aquel poema?
Pátalo colérico le lanzó una patada a los testículos. Lo levantó de otra patada en la mandíbula y cuando estaba a punto de caer, el arcángel lo recompuso y dio los buenos días.
–Lárgate, hermafrodita. Ya te avisaré cuando te necesite.
Epafrodito reclinó la cabeza sobre el hombro del hijo de Pájara.
–¿Qué deseas saber?
–Quiero entrar, maldita sea, en el entendimiento del poema.
–Conventualicemos. Seamos, al menos, honrados con nosotros mismos. Pero no me mates otra vez entre paréntesis. A veces alucinas.
–Tu próxima muerte será patálica, te lo juro… Ahora hagamos de nuestro amor por mi padre un holocausto con los advenedizos… Sabes quiénes son, conoces sus pensamientos y hasta dónde se interrumpen. Porque, escúchame, no saben seguir; no han sabido nunca ser consigo mismos. Y además, me aburren.
–No minimices, Pátalo, el concepto espiritual de la progenie.
–Se interrumpen, y tú lo sabes; se interrumpen… Llegan a un punto y no saben qué pensar, qué decir, qué hacer. Y ni sienten. Tampoco saben qué desear. Eso es grave, Epafrodito, y me fastidia… ¿Por qué putas tengo que fingir que muero por ellos? ¡Que se jodan!
–No te excites, que me provocas.
Epafrodito hizo una pausa y continuó:
–Tengo que desnudar mi corazón. Ahora vete, y déjame solo.
Pátalo lo miró con ojos de tarántula y le intimó:
–Es mejor estar sola. Solo no sabrías qué meditar de tus orígenes.
Epafrodito se tapó los oídos con arena. Abrió la boca para escupir y un sapo le taponó el escupitajo. Al fin dijo:
–Vete, Pátalo. Mañana te buscarán y estaré contigo.
Con toda evidencia o evidencialmente, evidencial o demencial, Pátalo fuese, escondiose, ocultose en el sueño como vivencia o experiencia o vitalismo o nonada.
CINCO
Volvió el arcángel y susurró al oído de Pátalo que deambulaba, posándose en su hombro:
–Seicientos veinte. 620.
(En esta expresión los tres números no se lengüizaron. Es decir, no se movió la lengua. Posiblemente Pátalo los introdujo y el arcángel pajarizó)
–No me encorajines, no me intransijas porque no estoy para enumeraciones.
El arcángel revoloteó y coquetamente volvió a posarse en el hombro de Pátalo, y le dijo:
–Me has creado, me has dado alimento, me diste el ojo, te has apropiado de mi naturaleza. ¡Sea, pues! ¡Sea! –se le puso encima de la cabeza y como un susurro le picoteó–: Pero Filipo Miamor tenía escrita una segunda parte del poema.
–¿Qué? ¿Una segunda parte? ¿Cómo lo sabes?
–¿No te lo ha dicho Epafrodito?
–¡Ese hijo de pata de antecíclope…! ¡Tráemelo ahora mismo, y déjate de coqueteos!
–No puedo, majestuosidad. Tendrás que descubrir el misterio de la muerte y resurrección de Lázaro.
–¡Escucha, maldito!: Lázaro ni existió… Era o será Juan, el apocalíptico, el que murió y resucitó al tercer día. O morirá y resucitará.
(Esta extrapolación de tiempo es una muestra atípica de las reivindicaciones consuetudinarias que tantas veces están presentes en nuestro espíritu. O sea, que si una situación posnatal se concibe como prenatal, la derivación no deja de ser ecuánime en cuanto a su polarización; pero resulta desquebrajada si un alma en pena se orina en ella y la contradice, porque aún orinado el muerto del orín siempre se levanta)
–¿Es verdad entonces que tú también morirás y resucitarás al tercer día?
–Se supone, hombre, se supone… Ahora bien, y escucha con atención, pajarito mío: si tengo por cojones que morir y padecer escarnio por todos estos estúpidos, digo, entonces, maldita sea, lo haré… Lo que me jode es que se arroguen toda mi naturaleza patálica.
El arcángel, cegato en su visión cósmica, mas vidente ante Pátalo, sugirió:
–Deberías denunciar el concepto. Deberías romper el concepto. Deberías emanciparte del concepto. Y te lo digo porque Filipo Miamor escribió una segunda parte del poema.
El hijo de Pájara estuvo escuchando. Estuvo, pero no escuchó. Escuchó, pero no estuvo. Dio la vuelta al tronco piramidal de la patalidad y displicente pero enérgico, antiarcangelizó:
–¿Quién eres tú para decirme qué es lo que debo hacer o no debo hacer?
Sumiso, el alado se arrodilló ante él.
(No se sabe si se arrodilló ante sí mismo o ante el hijo de Filipo Miamor… No obstante, y según vislumbré entre rendijas, expresamente se regocijó de sí mismo)
–Tu arcángel, majestuosidad; tu lagartija, tu sapo, tu propia naturaleza.
Lo agarró por una de las alas y lo acercó a su boca. Y confidencial pero cetrinamente le dijo:
–Necesito que me traigas la segunda parte del poema. Pero también necesito que les entregues a los contubernistas, fantasmas y promiscuos, lo que acabo de escribir. Es mi primer verso, pero es sublime. Léelo, y juzga con tu sensibilidad arcangélica.
Y le tendió un trozo de papel de celofán donde se leía:
Cabezas sobre sus de Pátalo sombra oreaba la
El arcángel se sobrecogió, tiritó, castañeteó, blanqueó los ojos y cayó cuan alado era en la tierra húmeda.
Epafrodito estuvo oculto hasta la medianoche.
Y fue la medianoche.
OCHO
Al día siguiente, a las cinco en punto de la tarde, un viento irregular pero insistente, troceado y ralo acompañó la algarabía de los voceros públicos hacia el ajuntamiento.
El arcángel, que se había camuflado entre la irregularidad y el troceo de la ventisca, se ocultó en el ángulo oscuro del salón y vio entrar a toda la mesnada vorágine.
Cirilo de Saltamontés, engallado, envarillado, chispeante oculero y beodo, relinchó:
–¡Señores, señores, calma, aténganse, callen, siéntense! Veamos, señores, señores, tengan la amab.
No pudo continuar. Una patata le golpeó la bocabilidad. Levantó los ojos aguardentosos y enfurecido y enfurecido y enfurecido, enarboló pero en vano la vara municipera.
–¡Silencio! ¡Que se callen! –era la voz del cura Roque–… ¡Hemos de santificar el día! ¡Oremos antes de empezar el plebiscito!
Los ánimos se calmaron.
Los ánimos blanquearon.
Los ánimos sepulcraron.
Entonces, ante el silencio cósmico de los arrodillados, el arcángel levantó una de sus alas y presentose ante aquella fauna.
–Él me ha enviado –solemnizó.
–¡Milagro! –regurgitaron las gargantas pataorangutanas casi al unísono.
Desde el ajuntamiento hasta el último rincón de la ciudad, todos coreaban: –¡Milagro!
–Me ha enviado y me ha dicho que Empecinado ya puede hablar… Que hable… Que su mudez ha reconvertido en voz blanca, en apósito, en quimera, en agua de borrajas, en luto, en marijuana, en síndrome, en rizos, en canapés, en pitarra, en cuévano…
Insignificante, viéndose libre de la inclemencia patálica y carcomiendo la inseguridad de los plebisciteros, rizose:
–¿Y qué más te ha dicho en en, pajarito?
-En Insignificante.
Y el arcángel alzó las dos alas y se lanzó, cual halcón asesino, sobre la calva insignificativa. Posose en ella y clavó sus garras.
Insignificante comenzó a sangrar.
Unos y otros vislumbraban… Reojo a reojo, manos a manos, torcimiento cuellil tras torcimiento. Una, de entre todas las voces, una, “¡Genial, genial!” dijo, y genializó:
–¡Que hable Empecinado!
–¡Eso, eso! –coreó la mesnada omisa de la sangría insignificante.
Empecinado levantó su testuz amarillenta y redonda, rubicunda, quitose la peluca blonda y un jilguero picoteó los puntitos negros craneales. De un zarpazo el jilguero desapareció. Empecinado abrió la boca, la enorme boca, sacó la lengua, desorbitó los ojos, espumareajeó su delantal poetítico, y dejó escapar:
–BrrrrrrBrrrrrBrrrrrrBrrrrrrrBrrrrrrrBrrrrrrrr…
–¡Ha hablado! ¡Ha hablado! ¡Milagro! ¡Milagro!
Y lo rodearon todos: aplausos, besos, abrazadas. Lo palmearon, besuquearon, salivaron y magrearon.
Del salón en el ángulo oscuro, Insignificante, solo, como cuando uno se masturba acompañado por el arcángel, desangraba esperma y sangre.
NUEVE
Epafrodito reclinó la cabeza en el tronco de la palmera pataelefante (otro origen espermántico: pata a pata, pata a la pata o patapata o patapat…). Miró de soslayo a Pátalo.
–Veo que ya llevas dos entre las patas audazmente.
–¿Cuántas me quedan? –Pátalo, sobrio, apartó de su vientre miríadas de libélulas.
–No seas impaciente –agachó su clueco cuello, cuellizó, e ínclito reverenció: –Dime.
–Ahora quisiera que me contaras qué hizo Filipo para merecer morir convertido en esmirrio. Porque según mi madre fue castigado por insolente.
Epafrodito, echándose la cabellera hacia atrás en ademán de suficiencia, extrajo al mismo tiempo una cucaracha de uno de los bolsillos de la chilaba, la dejó transcurrir brazo arriba y cuando llegó a la comisura de su desdentada boca, la chafó. Inquietose… Miró a Pátalo mientras la sangre blanca le llegaba hasta la barbilla. Inquietose aún más. Miró de nuevo a Pátalo y este, arqueando el lomo por aquello de la náusea, gritó:
–¡Contéstame!
Epafrodito, limpia ya la boca, acurrucó los ojos:
–Tu padre putativo nunca fue insolente. En todo caso, indolente, que yo advertiría como sinónimos. Es cuestión de semántica. Una palabra deviene concepto y sólo ese e intransferible concepto, en una sola y única e intransferible expresión. Conoces la interpolación más ecuánime, resolutiva y trascendente del término poético. Por eso te puedo decir que la insolencia de Filipo Miamor era referencial… y exquisitamente longeva –desde la punibilidad de su indolente existencia… Dicho con otras palabras: la irreverencia o insolencia filipomiamoriana estaría referida a un intento de evasión sublimal, o a un esclavismo también sublimal de interdependencia…
Pausizó. Sacó de la cueva izquierda de su nariz una lombriz negra gelatinosa… Enarboló el animalito y cercenó su cabeza con las uñas de los índice y pulgar, y mordisqueó el abdomen.
Pátalo arenizó. Se levantó arenado, sudando y dispuesto a seguir sudando.
–Aquí, según observo en cuanto a mi argumentación o intraloquio –siguió Epafrodito–, pueden inmiscuirse tres factores lineales referentativos: Uno) lo que insolentaba en su indolencia; Otro) lo que indolecía con su insolencia…, y Un Tercero) lo llamaremos de correlación/interrelación: O sea: sería un fonema… digo anatema, que intervendría en dicho sintagma al intentar conciliar los otros módulos silábicos interferidos…
Pátalo alzó la cara.
–Estoy de acuerdo con eso. Pero mi recuerdo de aquella noche no me hizo, ni me hace sospechar ahora, que se tratara de una reconciliación suya con su sentimiento de culpa. Si es que a eso te referías con lo que acabas de argumentarme. Y es más –patalizó vertebrado– en lo del esmirrio pienso y recuerdo que ni quejó. ¿Por qué?
–Filosofía de la reconciliciación, Pátalo… No sabes hasta qué punto me he intentado convencer que una reformulación de todos esos esquemas extrapolados podría convertirse en abandonamiento, que no abandono, de una nueva información fonológica o informática fenomenológica. Ahora estoy plenamente convencido o abandonado.
Y calló.
Pátalo suspiró y levantó su tez cetrina, sus oscuros ojos, sus orejas, y eyaculó:
–Según tú, mi putativo no hubiera existido sino de pecado… Y digo de y no en. Ya sé que estás más allá de los cíclopes, pero esta vez…
(De, En, Cíclopes, se convirtieron en términos hormográficos, metabolísticos, displicentes con respectatividad)
… incluso te sublimas: estás intentando involucrarme al origen divino de tu y de su existencia. Y si te he de ser sincero, y en menoscabo de mi adivinidad o divino, explicaré vuestro tormento. Pienso dejaros acorajinado…
Pátalo detuvo, de pronto, su explicativa porque, como sutil receptáculo, receptó.
ONCE
Los acordes del grito eran disonantes. Fueron disonantes porque habían emergido de la presunta putativa y se iban congelando, imponían, y hasta detractaron.
Sin embargo, Pátalo, chamuscándose sus futuras y etéreas heridas, se reconcilió:
–Necesito conocer la segunda parte del poema de mi padre.
Epafrodito mimaba la yema de sus dedos entre las ortigas. Hacía vacío para retenerlas, e incluso lo hizo cabe el mutismo vegetal de sus vórtices. Este ejemplo vaciónico se emancipó de sus yemas cuando oyó lo que decía Pátalo:
–No quiero hacerte sufrir –los dedos de Epafrodito temblaron–… Pero si insistes en lo del amor coyuntural, respecto a Pájara y Filipo, en lo de mi resurrección y en lo que mi arcángel acaba de indolerles a esos cerdos sanedrinos, no tendré más remedio que volver a asesinarte.
Se levantó. Cogió de entre la arena un escarabajo. Lo puso en la palma de su mano derecha y con la otra palma lo aplastó. Epafrodito asistía impotente a los movimientos del hijo de Pájara. Este acercó la palma escarabajera a los labios del antecíclope y le gritoneó:
–¡Ahora soy yo el que exige que me comprendas!
La boca de Epafrodito, las ortigas, el ventriblanco escarabajo, el dolor de estar vivo, todos huérfanos de amor, de contacto, pusiéronse encima de las cabezas de ambos. Epafrodito, agujero canal o anal debajo de la nariz, reclinó la cabeza en el tronco pataelefante. Y todavía consiguió decir:
–¿No has oído la llamada, el grito, tu patalidad?
–Tengo oídos para eso y para todo.
–¿Qué esperas, entonces?
–Cuando venga el arcángel contestaré a tu pregunta. Ahora, joder, sírveme una jarra de vino.
Epafrodito, desde su ano y boca sobrecogidos, introdújose, y presto sacó la jarra •
[Estos son los 5 pie de página que la logística de mercado virtual cercenó al texto. Los doy aquí como falsa addenda porque el lector de poesía es capaz de todo y por tanto sabrá dónde competen. Va: 1) Seguí escribió también, con certeza, pues nada más se sabe de otros textos de sus comienzos, El destiempo y la desesperanza, inédito hasta hoy perdido, finalista del premio Valencia en 1966. 2) En 1994, a la muerte del poeta, apareció en Ediciones Picazo (Barcelona), con el título de De la presencia al estallido, una edición que recoge Poemas del indolente y Octubre nunca pasa, libros tercero y cuarto de ese ciclo. 3) No son gratuitas las referencias a poetas catalanes. Valenciano, Seguí hablaba y leía catalán, aunque escribía en castellano. La poesía catalana no le era ajena. Agustí Bartra prologó Prohibido amar las cucarachas. 4) La poesía es ambigua por lo lato en la medida múltiple que lo es por sus significantes la palabra. Así lo entiende Espriu. 5) De Ánima Vilis, sobretiro de la revista ZonAeropuerto, número 6, noviembre de 1992-enero de 1993. México] •
[2 notas a Pátalo pertinentes; las omití por suerte involuntaria, pero son elocuentes pie de página: 1) El personaje Epafrodito es «una figura del Nuevo Testamento que aparece como un enviado de la iglesia de Filipos para ayudar al apóstol Pablo. Es considerado un santo de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica, primer obispo de Filipos y de Andriaca, y primer obispo de Terracina, Italia», de acuerdo con Wikipedia. 2) La misma fuente nos informa estotro: «Juan Martín Díez, llamado el Empecinado, fue un militar español, héroe de la guerra de la Independencia española, en la que participó como jefe de una de las guerrillas legendarias que derrotaron repetidas veces al ejército napoleónico»] •
