«El ansia de la pandorga» •
Yo escribo siempre en el Acayucan abstracto y sentimental
que revierte Utopía mi lugar de nacimiento: Orlando Guillén •
José Luis Ortega Vidal •

Al hijo pródigo se le reclama un lugar en la memoria. Acayucan parió un cantor que homenajeaba a Rabelais y le han devuelto un poeta en toda la extensión de la palabra. –Y ¿qué es poesía?, se le cuestiona al crítico de todo modernismo que no sea el de Rubén Darío. «Poesía es vida». Y el candor de Gutiérrez Nájera padece perplejidad ante la respuesta de un acayuqueño que se asume hijo de la poesía popular que en el terruño se respira junto al palo mulato, la selva ausente, la musicalidad de frases compuestas al vuelo, las aféresis en singular anomalía local resueltas en onomatopeyas de significado profundo (tanto, dice el poeta, que entre el mij y el mej se podría escribir un buen libro), el olor de la carne de Chinameca, el réquiem por el zapote domingo y los mazates, la persistencia de los pichos y desde luego el son jarocho (que lo mismo despierta sensualidad sin par en fandangos inagotables que acompaña a los muertos en los últimos estertores de difuntos).
–Y ¿quién es el poeta?, me pregunto y respondo para los lectores:
El entrevistado nació en Acayucan en 1945. Desde 1945, afirma, es poeta: «porque uno nace para algo: por ejemplo, para hacer poesía». «Poesía es vida»: el resto, pensamos nosotros, es aprendizaje de una técnica, desarrollo de un conocimiento sobre el uso del lenguaje; dominio de un oficio; las lecturas que nunca han de terminar y que al final sirven de contexto para la creación propia. Sin capacidad de crear un estilo propio no hay poesía. Si no se tiene la capacidad de impulsar con modo propio el universo de la vocación y del talento no hay creación, y sin creación se puede ser un imitador, acaso un buen imitador, pero no hacer poesía.
Entre otras, suyas son las obras Ubú Güey, Cherezada en la noche de los alfanjes, Hombres como madrugadas: la poesía de El Salvador, El costillar de Caín, Ujier Dóktorr y Doce poetas catalanes del siglo XX.
El encuentro ocurre en Acayucan, la tierra donde Orlando Guillén creció y vivió hasta la adolescencia, antes de acudir a estudiar la carrera de Derecho, en la ciudad de Jalapa, desde donde partió a la ciudad de México y luego a Barcelona, España.
Recién desembarcado en la patria de origen, Orlando vuelve a la matria, al inicio de los inicios, para reafirmar recuerdos y continuar con la escritura de El ansia de la pandorga, un libro que recrea los primeros años de su vida; es decir: su vida en Acayucan.
–Tras más de cuarenta años de ausencia, ¿cuál es tu apreciación de Acayucan?
Acayucan es un pueblo, según como se le quiera ver, culto o inculto. Es culto en el sentido general del hacer humano, porque lo que hace el ser humano es eso: cultura. Desde el punto de vista de la instrucción es un pueblo inculto, un pueblo que no lee, que no fomenta la curiosidad intelectual de nadie. A mí me tocó sin embargo ser adolescente en un buen momento. El magisterio de Manuel López Guillén en el orden literario no fue benéfico para quien no supo recibirlo. Pero su presencia significó para mí y para otros una puerta directa de entrada a la contemporaneidad de la literatura, y más específicamente de la poesía. Entrar a los quince años, aquí, en Acayucan, al conocimiento de autores como Whitman, Darío o Neruda era equivalente a haberlo hecho en cualquier lugar del mundo, y eso era y es tanto como tener carta de mundo.
–¿En qué términos se da la relación del poeta que eres con el terruño al que vuelves? Todos tenemos influencias… ¿Cuáles han sido las de tu escritura?
Yo escribo siempre en Acayucan, en el Acayucan abstracto y sentimental que revierte Utopía mi lugar de nacimiento. Mi relación con la Acayucan real es intensa, extensa y profunda, pero la Acayucan actual no es la de mi poesía ni la de mi vida poética e intelectual sino su referente vivo y mi taller de música y de idioma. Trate de lo que trate y se ubique donde se ubique lo que escribo, la mano que traza la palabra y la expresa en canto viene desde y está en aquella otra Acayucan, y desde ella dibuja la amplitud del trazo y los contornos del canto. El son jarocho, la imborrable canción de Santos Soto pesan más en mi espíritu que todas mis lecturas. Esta cosa de las influencias de que me hablas se entiende básicamente en términos espirituales. Ninguna poesía verdadera tiene antecedentes de estilo como escritura, porque tratándose de poesía la escritura verdadera es siempre de autor. Las influencias son de espíritu, no de estilo. Así, Quevedo, Rabelais, Aristófanes o Darío son referentes de sustancia en mi obra: de espíritu, no de estilo. Ni más ni menos importantes por ejemplo que Santos Soto, el fandango, el baile de Los Arrieros, la locura vital y el análisis silábico-fonético de don Tobías Bocardo en mi formación acayuqueña.
–Desde una perspectiva histórica, ¿cuál es tu visión de Acayucan? De pronto, ante la situación de crisis económica que vive y en el recuento de los recursos naturales que aquí se han devastado, parece un pueblo traicionado…
El Acayucan de hoy entró en la modernidad supuesta por obra de Miguel Alemán Valdés y lo que se llamó el alemanismo, una antigualla en quiebra política actualmente, como el pueblo mismo política, intelectual y económicamente. El error histórico de Alemán no se circunscribe a Acayucan; es una desgracia nacional. En nuestro caso la equivocación se extrapola como el seguimiento de un modelo de desarrollo que no tenía futuro, que lo hipotecó materialmente. Puede hablarse ciertamente de un Acayucan traicionado, puesto que se impulsó un modelo de espaldas a su realidad ambiente, a su ser ecológico racional y al tipo de economía que le convenía. La imposición de una industrialización imposible en la zona fuera de sus propios recursos naturales, y de la ganadería extensiva y depredadora, acabó en un ecocidio irresponsable, ciego y sostenido por cacicazgos de una élite hoy desmembrada e impune. Alemán partió del modelo de desarrollo gringo, como si nosotros fuéramos o pudiéramos ser alguna vez metrópoli. López Portillo vivió en carne propia las migajas de ese sueño guajiro. Ni México ni ningún país de América Latina serán nunca metrópoli. En América Latina la cosa acabó con la guerra de Cuba. El final de la potencia española es la entrada del Destino Manifiesto.
–En el Acayucan de tu adolescencia aparece un personaje que forma parte de la historia local y regional. La referencia es al profesor Manuel López Guillén, expresidente municipal y maestro de varias generaciones, periodista también y alguien de quien estuviste muy cerca…
Aparece desde antes; desde mi niñez… El caso de Manuel López Guillén, a quien no quiero juzgar ni como expresidente municipal ni como escritor, debe de verse más bien desde su irradiación de obra educacional, y de su condición de pedagogo y periodista. Manuel fundó las primeras secundarias de la zona en Acayucan, tanto la que corresponde a la edad en que normalmente se realizan ese tipo de estudios como la que atiende a la educación de adultos. Puede decirse con propiedad que Manuel abrió la puerta a la posibilidad de la educación superior, más allá del estigma de nacer en un pueblo sin perspectivas. Manuel fundó Mensaje, el primer diario de Acayucan, en un momento de excepción que reunió a periodistas acayuqueños o residentes de la talla de Carlos Guillén Tapia, Alfredo Celis del Angel, Angel L. Gutiérrez y yo mismo que ahí comencé mis avatares de ese orden, y que se enriquecería de manera inmediata con la participación en su consolidación de José Antonio Gutiérrez, Helio del Mar y Reynaldo Pérez Marcheco. Desde entonces no se ha dado aquí un fenómeno similar, pero en cambio se ha consolidado una tradición periodística que parte de esos orígenes, de los que Manuel fue mucho más que director y animador. Vive todavía Manuel López Guillén y es tiempo de valorar ahora su importante aportación a la cultura de Acayucan. Para decirlo en pocas palabras: Manuel hizo más por el futuro de Acayucan en términos intelectuales e incluso políticos que Miguel Alemán Valdés.
–Quisiera que Orlando Guillén hable de la poesía de Orlando Guillén…
Cantar del pantagruelista y otros textos de mi adolescencia y de mi juventud temprana, son eso: prehistoria de espíritu. Reuní en Versario pirata mi obra de juventud. Son tres libros de individualidad propia los que incluye ese volumen: el que le da título, Títulos del miedo y Un muerto rema rayo abajo. Este volumen comienza para mí mi poesía y representa sobradamente mi juventud. Lo demás de entonces, ya lo dije en otro lugar, son retazos de adolescencias fetadas. Con Rey de bastos comienza en 1980 mi escritura adulta, y marca mi paso de la poesía lírica a la dramática; a un tipo de búsqueda que establece la identidad entre el teatro y la poesía en términos simbólicos y en términos de representación. La lírica pasa de la referencia de sujeto a la de acción y movimiento, y cobra los caracteres dramáticos y trágicos que comienzan a vislumbrarse en un libro de primera madurez como El costillar de Caín, que es de 1983-84, y que se sitúan como marca de madurez definitiva en mi reciente e inédito libro Tiempal Libro de pinturas, que acabo de terminar y que escribí en los últimos cinco años un poco como acotación particular a mi trabajo de vida de los últimos 25 años: Doce poetas catalanes del siglo XX.
–La vida de Orlando Guillén ha transcurrido en dos universos: México y España. Es un experto en la lengua castellana y domina el idioma catalán. Más aún: su libro más reciente Doce poetas catalanes del siglo XX está retenido en manos del Fondo de Cultura Económica pero es referente obligado del mundo intelectual y literario de Barcelona. Orlando ha sido un viajero constante. Recorrió buena parte de Latinoamérica y algunos lugares de Europa. Sin embargo, Cataluña es un caso aparte…
Mi relación con Cataluña puede resumirse en los órdenes espiritual y vital como un descubrimiento y como un renacimiento. El descubrimiento de un idioma y de una poesía que, formando parte de nuestra herencia peninsular, nos han sido ocultados y desvanecidos por el poder del hispanismo castellano y castellanizante. Lo más reciente, por el franquismo. Pero la cosa viene desde finales de la Edad Media, y no es cuestión de ponerme a hacer historia. Desde entonces hay gran poesía y gran prosa catalanas, y su presencia debería enriquecernos desde hace mucho tiempo. El renacimiento se produce a partir del hecho personal de haberme enamorado de una mujer que lo ha sido de mi vida, al mismo tiempo que de su idioma. Mis hijos tienen ambos idiomas y ambas patrias, como yo mismo en todos los sentidos. No soy catalán ni catalanista, pero mi obra es ya inseparable de la poesía catalana en términos de conocimiento y difusión de esa poesía en el ámbito general de la lengua castellana. No otra es mi aportación de vida de los últimos 25 años con mi libro Doce poetas catalanes del siglo XX.
–Sobre el trabajo nuevo, en torno a la poesía que escribe, Orlando Guillén da cuenta de una inquietud particular. Hay, dice, un libro pendiente sobre Acayucan. Ya está en proceso y versa en lo fundamental sobre los primeros años de vida del poeta. El título de la obra es revelador: El ansia de la pandorga. «Volví a caminar por la tal ansia, luego de años aciagos de una niñez enferma, junto a cuyos recuerdos hay otros gratos sobre la gente y la naturaleza pródiga que nos fue obsequiada», da a conocer Orlando Guillén. Y aquí está el último tema, el recuento de lo que vendrá:
Mi trabajo de servicio a la poesía catalana del siglo XX me ha ido dejando en sala de espera algunos libros propios. Terminar aquel trabajo ha sido condición de espíritu para poder escribir estos materiales, de los cuales Tiempal se ha dado maña para aparecer y darse casi simultáneamente con el final de la última revisión general de mis traducciones. Inmediatamente después estoy escribiendo ahora un libro especialmente significativo: El ansia de la pandorga, cuyo asunto es el punto de partida físico y espiritual de mi condición de poeta, ubicado simultáneamente en mi infancia y en Acayucan: en la Acayucan abstracta desde donde escribo. Cuando este libro sea un hecho perfecto, o sea: un hecho pasado e irremediable, tengo pendiente todavía un libro más: Funda sobaquera, libro del cual conozco vagamente el asunto (su título lo delata, y puede incluso ser un libro epigramático, dentro de una vertiente trágica del epigrama, que no es precisamente su enunciado clásico), pero del que ignoro la forma y, para que aquí se cierre esta entrevista contigo, el estilo •
[Diario Acayucan. 6 de enero de 2005. Revisión: 2006; plus, 2026] •
«El ansia de la pandorga» • Muestra
Desde la arboladura del viento los pájaros caían de maduros.
Bajo el pajón de los árboles de tierra
anidaban muertos
sobre las horquetas pelonas.
Quitándose la copa,
los de abajo saludaban a palo
de sombrero
una vida de ala
entre ábregos infectos
como un enano envidia a un jorobado.
Con la memoria aplastada quedaban incrustos en los días oscuros
Ni rastro dejaban de lo que en vano se afierra.
Eran en morir expertos,
como buitres comadronas
de Ahab y mequetrefes de popa
meando bacinicas enteras de oro de los reyes muertos de regalo de enero.
Paga de gala
a la celeste puta que amputa con el ponche de esmeril fierros erectos
a los que para erguir primero que nada ha mamado.
No sabe escribir y firma digital
El De Las Manotas, dejándolas marcadas
sobre cuello de zanate que ya se puso cenizo
y cae de fondillo en la noche del aire.
Mejor aprieta el pescuezo de las aves en vuelo
que no las domésticas,
correlonas y pal augurio ni de entreno al agüero.
Sangre viva para ronco pecho,
grasa quemada de giba de ballena de desierto blanca,
restos de humazón de la tazabarca de las aguas.
Enanito en corazón ciprés de avestruz lo dual
hundido: el tajo, la rajada, las tajadas;
precario de lo Uno y de la Otra tuerto y plomizo
de las cáscaras de cielo. Se revuelca con puercos la mujer del aire
(animala de andar a pata por el vagón floresmagón en revuelo
de culo en casa se dispone a coger entre otras tareas domésticas
superficiales y viscosas, pero
no ha tálamo en pecho:
baba verde de fiera estanca,
culebra bajo las enaguas).
La extremidad sensual de la materia del sueño
es materia de espíritu puro en la carne,
monte de sustentación.
Será vencida pero antes vencerá,
vencida en la calaca
la calaca de a güevo renacer.
Retumbo de manada de fuentes
chorreante de la borrega gorda de las nubes hinchadas,
cuando a picayelo picoteadas por los aerosoles graznientos del día
la mujer de amarras quiere coger con el marido ausente y el amante dueño
de la plaza naufraga triunfante del orgasmo de otro encarne
más sutil y perecedero que corazón
de niña sorda, y será
de otro la resaca,
y ella mujer
de impertinentes,
aradura yerma de donde es amor. Tintineantes tristes arracadas
las aguas prietas de la borrega nublada de toda manadería.
En un callando in crescendo
pilotan zopilote planeando mis ortografías
en la sustancia
de vuelo de las aves de tierra
que no lo desarrollan más que en vuelo
lego de morir.
Era un aguilar de águilas de platarrefractaria la agonía de los ciegos
que no la podían y el deslumbramiento
ego de los ciegos que sí la podían ver.
Comevidas es Boca Ciega comiendo
mierda y le entran moscas mías
al arroz de los muertos, el ansia
de la pandorga, porque no las soporta y se emperra,
y ni las ve ni las siente. Muertas en vuelo
en cintas de mal parir
son puro tapilte de egos,
cargamento de mierda. Miento.
Son lo que no sabe y no conoce y no siente ser.
Lo que no le importa más que vívere de eternidad comiendo
mierda y le entran moscas mías
al arroz de los muertos, el ansia
de la pandorga, la mano que tira de ella desde el barco de la tierra
hollando huecos en la luz, pintando el aire del cielo
que colores sabe parir
con brocha de cerda lisa. Los pinceles en el azar y en los pliegos
de la pintura de la tarde veo morir podrido en poesía mi aliento
poniéndole tinta a la color del sol, crayón de verga al tiempo. Enmendamiento
a lo que fue de dios y es misterio cerrado como ser
o no ser en la bocaza hueca de todo lo absoluto, yendo
a chingar su madre el extendido nasal receptor de la fragancia
de ego extenso y demás demolatrías
y el aire rayoneado por aves que anidan en verdes vivos de la tierra,
aves que ni van a parir ni ponen huevos
de serpiente plumada:
más mediocres que dios sobre testa de árbol enemigo.
Todo es picho muerto a picada de alacrán
antes de cualquier decir que no sea ente
sin pujido abstracto. Entre llamaradas de petate fenixio
dé la vuelta al aro de morir la materia fenixia
en la impostura humana. Desbroce
el polvo mortal de dios y todo ego de dios de sobre la planta de la tierra,
todavía sin morir y planchando en condominio gente. Muertos relevos
para el recluta de pornografía de panteón de mejor ética equipada
sin el escrúpulo del castigo:
El asesino la hace y la paga: «¿Cuánto vale, edecán,
la cosecha?» «La cosecha de mujeres/ nunca se acaba». La constancia del cliente
no altera el pulso del recluta ni le tiembla la mano como al fenixio
la llama removiendo transmortal la ceniza fenixia
al recibir la manteca. Doble pose
mortal de dios y todo ego de dios sobre la planta de la tierra •
