In memoriam [de Gabriel Ferrater]. Ofrenda

En Resplandor de lo vivido. Obra completa de Francisco Seguí [Muestra], otro rincón de este mismo lugar poético, he dejado dicho: me quedan ya más trabajos que días sobre el planeta. Por eso uso estos para acabar aquellos, y le ha llegado ocasión a Gabriel Ferrater (1922-1972). Da nuces pueris (título que desde luego mantengo en latín, lengua en la cual significa más o menos ‘Dale nueces a los niños’), Menja’t una cama (expresión que traduzco por su equivalencia entre nosotros Chúpate el dedo grande; literalmente: Cómete una pierna) y Teoria dels cossos (Teoría de los cuerpos), son los tres títulos (1960, 1962 y 1966, respectivamente) que integran la obra poética del autor, quien los refundiría (1968) en Les dones i els dias (Las mujeres y los días) con variantes, redisposiciones y algunas añadiduras. Chúpate el dedo grande y Teoría de los cuerpos los traduje (siguiendo las primeras ediciones) para Doce poetas catalanes del siglo XX, en tanto Da nuces pueris se me quedó en esqueleto de trabajo por mucho tiempo, pero abriendo ya mi libro Los tres libros (Els tres llibres). Para 2022, con motivo del centenario del poeta, Jordi Cornudella y yo acordamos poco antes, él prologarlo y yo darle forma definitiva cuando hubiera fecha y editorial definitivas de publicación, lo cual no se produjo nunca, ignoro por qué, y ni yo revisé exhaustivamente ni Jordi escribió el prólogo –por otro lado verdaderamente imposible sin que yo hubiera terminado. Ahora estoy acabando la revisión (siguiendo también la primera edición) de Da nuces pueris, y desde este momento, y con la muestra de esta entrega, pongo Los tres libros a la disposición de Jordi por aquello del prólogo y por atingentes peculiaridades jurídicas, y asimismo de cualquier editorial digna de tanta poesía, y oigo propuestas.

Gabriel Ferrater
IN MEMORIAM

Cuando estalló la guerra yo tenía
catorce años y dos meses. En ese momento
no me produjo gran efecto. Mi cabeza
andaba repleta de algo distinto que
hoy todavía juzgo más importante. Descubrí
Les Fleurs du Mal, y eso quería decir
la poesía, ciertamente, pero
hay una cosa más que no sé cómo llamarla
y es la que cuenta. ¿La revuelta? No.
Así la llamaba entonces. Echado
en un avellano, en el corazón de una rosa
de hojas blandas y verdísimas como
pieles de oruga desollada, allí, tendido
en la entrepierna del mundo, me espesaba de
revuelta feliz mientras el país
estallaba de revuelta y contrarre-
vuelta, no sé si feliz, pero más
revuelto de lo que yo. ¿La vida moral?
Se acerca, pero es demasiado ambiguo.
Quizá el término mejor sea egoísmo,
y mejor es recordar que a los catorce años
hemos de mudar de primera persona:
ya nos asedia su plural, y el ejercicio
del estilita singular, la náusea
del encaramado sobre sí mismo,
nos parece un buen programa para el futuro.
Después vienen los años, y felizmente
también se alejan, y se nos va cansando
la mano que acaricia la tozuda frente
del cordero íntimo, y sucede que adoptamos
este plural, no sé si de modestia, que renuncia
a su singular, que se lo quita de encima,
pero agradeciéndolo y premiándolo. Basta.
Al regreso de vacaciones, sí,
vi que a mi mundo alguien le había
dejado bien nuevecita la cara. Sangre y fuego.
Pero no me parecían horribles: eran
la sangre y el fuego de siempre. Quemaron
mi colegio de curas, y Guiu, que
era el sargento que nos ponía a entrenar
gimnasia premilitar y todos odiábamos
(vuelvo al plural primero, porque la vida
es siempre regresiva), Guiu había sido
asesinado a tiros, y nos contaron
que había costado lo suyo, porque llevaba
cota de malla bajo el disfraz
de viejita payesa, y en el cesto, debajo
de los huevos, tres granadas escondidas.
Lo mataron en el rincón de la placita
Hércules, a un lado del Instituto,
que es a donde íbamos entre clase y clase;
no recuerdo que el lugar nos pareciese
marcado de ninguna manera ni quisiésemos
descubrir en algún tronco de plátano una bala
ni cualquier otra señal. En cuanto a la sangre,
no hace falta decir que quizá el mismo día
el viento se la llevó. Dejó el polvo
si acaso un poco más pesado, y ya está.
Las paredes chamuscadas del colegio
no sé si las recuerdo o si me las imagino.
No entramos en aquello. Estábamos mudando,
y no hallábamos interés en los pingajos
de piel vieja. Olíamos el miedo,
que era el aroma de aquel otoño, pero
nos parecía un buen olor. Era un miedo
de los adultos. Salíamos del miedo infantil
y teníamos la suerte de que el mundo se nos
hacía casi por entero fácil. Entre más
miedo tenían ellos, más libres nos sentíamos.
Era el proceso de siempre, y oscuramente
comprendíamos que con nosotros la rueda
se aceleraba mucho. Éramos felices.
Lo éramos todos juntos y lo éramos siempre
y excesivamente. Nos sindicamos, y el sindicato
nos dio placeres vivos y diversos.
En un piso requisado, que para nosotros
era un piso ocupado al enemigo
(no el enemigo oficial; el nuestro),
tras humos de pócar nos llevábamos
libros y muebles, intercambiábamos
balas y pistolas, saludábamos a la romana
(no por nada: los de casa nos
eran más simpáticos, pero los otros
tenían más prestigio de malvados), queríamos
llevar a las chicas a los rincones, y como
no nos salía bien la jugada, ansiosos,
subíamos y bajábamos por el balcón.
Descubrimos las putas y robar. Robar, lo
habríamos visto. En lo tocante a los prostíbulos,
se nos habrían abierto muy pronto,
pero ganamos unos meses. El primer
bombardeo nos lo pasamos en el refugio
de encá la Sol, y todos teníamos miedo
que nos pillasen allí. Muy disminuidos,
los padres eran, todavía, el poder.
Isidre fue el primero de nosotros que contrajo
purgaciones, y su padre va y escoge
aquel momento para comprarle
la bicicleta que tanto le pedía.
Fue necesario durante unos días que este
u otro se la pidiese prestada, para darle
excusa de no usarla. Las bicicletas
llenan mi recuerdo de aquel tiempo.
Era lo que más robábamos. Habíamos
montado todo un taller para repintarlas
recomponiéndolas: el cuadro de una con las
ruedas de otra, y el manubrio de una más.
No sé por qué un día que habíamos
quedado de ir a Tamarit no tenía conmigo
ni una bicicleta. Quise alquilarla
y encontré cerrado el changarro donde
me conocían. Llamaba a golpes de puño
y pies, y la puerta se me abrió.
Allí no había nadie. Agarré
una máquina, y les dejé una nota.
La excursión fue angustiosa. Un viento
sin remisión nos doblegaba.
Y de regreso lo tuvimos de cara.
Parado en los pedales como si subiese
por una dura cuesta, me sostenía
clavado y temblando, sin avanzar.
Y nos fuimos perdiendo los unos de los otros.
Agustí y yo reposamos un buen rato
tendidos al cobijo de una cuneta
al borde de los campos que solaban para
levantar un aeródromo militar. De noche
y medio a pie, acabamos el viaje.
En las primeras casas encontramos
una panadería abierta. Nos lanzamos
sobre ella, y, éramos niños, éramos mucho más
niños de lo que éramos, y nos dejamos caer
al suelo, y, tumbados en el mosaico fresco,
comimos unos panes recién salidos del horno,
metiendo toda la cara adentro, locos del placer
de ser sólo fatiga y hambre y peso.
Todo podía pasar, y no me sorprendieron
ni el estrépito súbito, los gritos y los pasos,
ni los cañones de fusil que me apuntaban,
ni que alguien me levantase y me empujasen
al interior de una furgoneta, ni mi padre
que me esperaba en un local extraño
y discutía con mucha gente; y los padres
de mis amigos allí estaban también, y el mío
parecía poco a poco que se imponía
y me llevaba a casa. Al día siguiente
acabé de entender que a la empresa
la habían colectivizado. Inflamado,
el comité nos había perseguido toda la tarde
para recobrar la bicicleta que el antiguo dueño
quizá habría dado por alquilada, pero
ellos no. Por unos cuantos días nuestros
padres se nos volvieron importantes.
Robábamos otras cosas. Tuvimos
mucho tiempo la manía de los eslips.
Entrábamos en montón a una tienda,
mirábamos, removíamos, no comprábamos,
y nos rellenábamos camisas y jerseis de eslips.
No sé qué hacíamos con ellos. No me explico
tampoco cómo es que no nos descubrieron.
Más bien supongo que por entonces
andaban mareados siempre, y atónitos
todos, y quizá también perversos,
y los reflejos del orden se les habían
magullado. O les daba igual, o los excitaba
ser robados. No sabíamos sino
que los tenderos se nos entregaban
con mirada acuosa, como de mujer vencida
por su violador. Recuerdo un día
que entramos a la casa Subietes. Ya
habíamos estado allí otras veces, y nunca
salíamos de vacío. Nos atendió
el dueño en persona: nos puso las cajas
en el mostrador, las abrió, y retirándolas lejos
de nuestras manos, fue contando
las piezas en voz alta. Las dejamos
sin insistir, y él las volvió a contar.
Una vez afuera, saqué, lleno de orgullo,
el eslip que había cogido de entrada, antes
que los contara. Pues no era nada: Albert
había cogido otro. Todos dormían, y todo
les crepitaba en los oídos.
El señor Subietes murió
asesinado también. Al recordarlo ahora
veo ropa negra y blanca, y alguien adentro
que parecía muy viejo. Tal vez no lo era.
Iba de negro, pero no creo que fuese de luto:
era un misero, y entonces iban de negro
las gentes de misa, y también uno que otro
viejo elegante, y algún republicano de los de
toda la vida. Precisamente por católico
fue a dar a prisión el viejo Subietes.
Tuvo mala suerte. Cuando estaba preso,
un día se levantó el gran pánico. Estaban
en Salou. Los italianos. Ya habían
desembarcado. El comité de Reus requisó
tres o cuatro autocares y a ellos subieron con
los presos que tenían y los llevaron a la cuneta.
Fue rápido. No duró mucho más que aquel
peligro imaginario. Ton es uno de los choferes
que, requisados con todo y autobús,
tuvieron que estar presentes. Trastornado,
miraba de reojo a los condenados
que iban bajando y pasaban rozando
su asiento. Los conocía
casi a todos. El señor Subietes
advirtió la conmoción de Ton y se
compadeció de él. Cuando ya iba a bajar,
deteniéndose un momento le puso
la mano en la espalda, y le dijo: “Ya ves tú,
Tonet, cómo nos tenemos que ver”.
Un adusto consuelo. Al presidente del comité
que ordenó la sacada de aquel día también
lo conocí. Era Oliva.
Y es de Oliva que ahora quiero hablar.
Era, antes, portero en la Sala Reus,
el cine al que íbamos los domingos
a ensuciarnos las manos de amor. Yo no
lo recuerdo de entonces. Ninguna imagen
salvo vestido de cuero, con una Luger
culateada en madera clara, mucho más
larga que el muslo, sirviéndole más
de insignia que de arma. El espíritu
del simbolismo es flor de tiempos de guerra.
Tanto Oliva como su mujer
eran ritualistas. Requisaron,
para vivir ellos, una casa de ricos,
y ella encontró en seguida
que no era muy de casa de señores
que allí no hubiesen cactos. En las plantas
suculentas había aprendido la mujer a ver
la marca de la vida rica, la pequeña
sombra de alma bajo el sol inmenso
del poseer. Ahora ella poseía,
y reía, y reían todas, y compraban
la vida hecha cosas, finalmente
material, podada de esperanzas.
Fue un momento no más; dos o tres meses.
Las popolane anduvieron riendo,
pero sin sorprenderse de aquello; riendo
como siempre. Les regresaba la esperanza
y comprar se hacía a escondidas, y lo hacían
más bien los ricos. Pasearon un paseo rotundo y
volvíamos al punto de partida, poco a poco.
A Oliva y los del comité yo los veía
a menudo esperando a la mesa
de algún café, o iban por la calle
de prisa, a sentarse y esperar.
Una noche hubo un concierto de orquesta.
Mi padre me llevó consigo, y todo yo
temblaba de impaciencia. La música
parfois nous prend comme une mer, y a mí
que entonces me atrapaba la mar
de un tiempo que iba a ser perdido, y se veía
perdiéndose y desdiciéndose, me excitaba
la idea de entregarme a otro flujo más
personal, o sin camaradas por lo menos,
así fuese con mi padre. Escuché a Beethoven y
Ravel, y no puedo decir ya a dónde
me derivaron –si es que me atraparon.
Terminado el concierto, tocaron los himnos:
el himno de Riego, la Internacional,
Los Segadores y la Warszawianka,
que servía de himno a la FAI. La gente
aplaudió más Los Segadores. Oliva
no estaba de acuerdo y gritó no se qué
de un proscenio –que aplaudiendo
no dejamos oír. Miraba las caras
que se reían de él, y gritaba mudo,
como la llama, y reíamos y aplaudíamos,
derramándonos en una misma agua. Éramos
los grandes amigos después mi padre
y yo. Fuimos a tomar café al bar del teatro.
Hablábamos de política, y me parece
que me parecía que no era necesaria revuelta
alguna (no quiero decir en el orden político),
y que con los adultos se puede armar pandilla.
De noche, en un café, se puede tener padre.
Entró Oliva, y comprendo ahora que traía
tres o cuatro copas de más encima.
Estábamos sentados junto a la puerta, y nos
vio en seguida. Aferrando la gran culata
que le debía ayudar a mantenerse derecho,
dijo, mirando a mi padre: “Habeis sido vos
el responsable” (todo estaba lleno
de responsables entonces. Todos
lo eran de algo, pero no sabían
muy bien de qué, y ante cualquier cosa
buscaban alguien que lo fuese
más que ellos). Mi padre supo
distraerlo con cuatro frases, y Oliva
dejó de apretar la madera. Después, cuando
mi padre lo contaba, aquel diálogo
se hacía mucho más largo. Yo no entendía
que se holgase en dispersarle su concisa
virtud, pero ahora sé de qué se trataba:
de dispersar una niebla que su voz no había
traicionado para nada, pero sus ojos
me habían dejado ver. Me fascinaba,
y no le di el nombre que le habría dado
de haber pasado por los míos. Eso a mí me
pasó un par de días después, cuando me
encontré cara a cara con Oliva en el corredor
de encá la Sol. Los muchachos que andábamos
por los prostíbulos no éramos del todo concientes
que nos hallábamos en nuestro reino
de derecho, y que los huéspedes furtivos
eran ellos, aunque fuesen pistoleros.
A Oliva lo perdimos de vista hasta
seis o siete años después, cuando mi madre
lo conoció. Eso fue en Burdeos.
Ella estaba sola en casa. No sé cómo,
él sabía que allí vivía gente
de su pueblo. Quería algún auxilio.
Dijo que trabajaba en una fábrica
de los alemanes, me parece que en Royan.
Un bombardeo había destruido
la fábrica y el campamento anexo.
Por azar, Oliva se encontraba fuera,
pero lo había perdido todo, su ropa
y su dinero, todo lo suyo, salvo la vida,
que se le había vuelto ajena, y de ella
ya no era responsable: los alemanes
se encargaban de su nuevo destino.
Quizá mi madre fue la última
mujer que habló alguna vez con Oliva
sabiendo algo de él. Le dio
unas piezas de ropa que él tal vez
no llego a ponerse. Dos días después
otro bombardeo inglés
lo pescó.
Como yo no soy
un argentino de Saint-Germain, el miedo
no me parece ni con mucho que sea ningún gran
tema para literar o filosofar. Eso sí, miedo
muchos hombres lo han tenido, y de ellos
también es necesario que se hable. Es preciso
decir que Oliva tuvo miedo, y dio miedo
a mucha gente; a mi padre y a mí no
demasiado, a Ton ya un poco más, y a otros
tan grande como el suyo, o más todavía

•

IN MEMORIAM

Quan va esclatar la guerra, jo tenia
catorze anys i dos mesos. De moment
no em va fer gaire efecte. El cap m’anava
tot ple d’una altra cosa, que ahora encara
jutjo més important. Vaig descobrir
Les Fleurs du Mal, i això volia dir
la poesia, certament, però
hi ha una altra cosa, que no sé com dir-ne
i és la que compta. La revolta? No.
Aixì en deia aleshores. Ajagut
dins d’un avellaner, al cor d’una rosa
de fulles moixes i molt verdes, com
pells d’eruga escorxada, allí, ajaçat
a l’entrecuix del món, m’espesseïa
de revolta feliç, mentre el país
espetegava de revolta i contra-
revolta, no sé si feliç, però
més revoltat que no pas jo. La vida
moral? S’hi acosta, però és massa ambigu.
Potser el terme millor és l’egoisme,
i es millor recordar que als catorze anys
hem de mudar de primera persona:
ja ens estreny el plural, i el exercici
de l’estilita singular, la nàusea
de l’enfilat a dalt de si mateix,
ens sembla un bon programa pel futur.
Després vénen els anys, i feliçment
també s’allunyen, i se’ns va cansant
la mà que acaricia el front tossut
de l’anyell íntim, i ve que adoptem
aquest plural, no sé si de modèstia,
que renuncia al singular, se’n deixa,
però agraint-lo i premiant-lo. Prou.
Acabades les vacances, sí,
vaig veure que al meu món algú li havia
fet una cara nova. Sang i foc.
No em semblaven horribles, però eren
la sang i el foc de sempre. El meu col·legi
de capellans el van cremar, i el Guiu,
que era el sergent que ens feia fer gimnàstica
premilitar, i l’odiàvem tots
(torno al plural primer, perquè la vida
regredeix sempre), el Guiu havia estat
assassinat a trets, i ens van contar
que havia costat molt, perquè portava
cota de malla sota la disfressa
de velleta pagesa, i al cistell,
sota els ous, hi amagava tres granades.
El van matar al racó de la placeta
d’Hèrcules, al costat de l’Institut,
que és on sortíem entre dues classes,
i no recordo que el lloc ens semblés
marcat de cap manera, no volguéssim
trobar en un tronc d’un plàtan una bala
ni cap altre senyal. Quant a la sang,
no cal dir que, potser el dia mateix,
el vent se la va endur; va fer la pols
potser una mica més pesada, res.
Les parets socarrades del col·legi,
no sé si les recordo o si m’ho penso.
No hi vam entrar. Féiem la muda, i no
trobàvem interès en els parracs
de vella pell. Oloràvem la por
que era l’aroma d’aquella tardor,
però ens semblava bona. Era una por
dels grans. Sortíem de la por infantil
i teníem la sort que el món se’ns feia
gairebé del tot fàcil. Com més por
tenien ells, més lliures ens sentíem.
Era el procés de sempre, i compreníem
obscurament que amb nosaltres la roda
s’accelerava molt. Erem feliços.
Ho érem tots junts i ho érem sempre i molt.
Ens van fer sindicar, i el sindicat
ens va donar plaers vius i diversos.
En un pis requisat, que per nosaltres
era un pis ocupat a l’enemic
(no l’enemic oficial, el nostre),
darrera fums de pòquer, ens endúiem
llibres i mobles, fèiem la barata
de pistoles i bales, saludàvem
a la romana (no per res, els nostres
ens eren més simpàtics, però els altres
tenien més prestigi de malvats),
volíem dur les noies als racons
i com que no en sortíem, neguitosos,
pujàvem i baixàvem pel balcó.
Vam descobrir les putes i el robar.
Robar, ho hauríem vist. Quant als prostíbuls,
se’ns haurien obert ben aviat
però vam guanyar uns mesos. El primer
bombardeig ens el vam passar al refugi
de ca la Sol, i tots teníem por
que ens hi pleguessin. Molt disminuïts,
els pares eren al poder, encara.
L’Isidre va agafar purgacions
el primer de nosaltres, i el seu pare
va triar aquell moment per a comprar-li
la bicicleta que tant demanava.
Calia que un o altre, cada dia,
la hi manllevés, per donar-li una excusa
de no fer-la servir. Les bicicletes
omplen el meu record del temps aquell.
Era el que més robàvem. Ens havíem
muntat tot un taller per repintar-les
recomponent-les: quadre d’una amb rodes
d’una altra, i tubulars d’una altra encara.
No sé com és que un dia que ens havíem
dit d’anar a Tamarit, jo no tenia
cap bicicleta. Vaig voler llogar-la
i vaig trobar tancada la botiga
on era conegut. Trucava a cops
de punys y peus, i se’m va obrir la porta.
No hi havia ningú. Vaig agafar
la màquina, i els vaig deixar una nota.
L’excursió va a ser angoixosa. Un vent
sense remissions ens ajupia.
I de tornada el vam tenir de cara.
Dret damunt dels pedals, com si pugés
per una costa dura, m’aguantava
clavat i tremolant, sense avançar.
I ens vam anar perdent els uns dels altres.
L’Agustí i jo vam reposar un temps llarg
ajaguts al recer de la cuneta
vora el camps que assolaven per a fer-hi
un aeròdrom militar. De nit
i mig a peu, vam acabar el camí.
A les primeres cases, vam trobar
una pastisseria oberta. Ens hi
vam llançar, i érem nens, érem molt més
nens que no érem, i ens vam deixar caure
per terra, i ajaguts al mosaic fresc
vam menjar uns pans sortint del forn, ficant-hi
tota la cara a dins, folls del plaer
d’ésser només fatiga i gana i pes.
Tot podia passar, i no em va sorprendre
ni l’estrèpit sobtat, els crits i els passos,
ni els canons de fusell que m’apuntaven,
ni que algú m’aixequés, i m’empenyessin
dins d’una furgoneta, ni el meu pare
que m’esperava en un local estrany
i discutia amb molta gent, i els pares
dels meus companys hi eren també, i el meu
semblava poc a poc que s’imposava
i se m’enduia a casa. L’endemà
vaig acabar d’entendre que l’empresa
l’havien col·lectivitzat. Cremat,
el comitè ens havia perseguit
tota la tarda, per cobrar la màquina
que l’amo antic hauria vist potser
llogada, però ells no. Per alguns dies
els pares nostres se’ns van fer importants.
Robàvem altres coses. Vam tenir
força temps la mania dels eslips.
Entràvem tots de colla a una botiga,
miràvem, regiràvem, no compràvem,
i ens farcíem camises i jerseis
d’eslips. No sé què en fèiem. No m’explico
tampoc com és que no ens van descobrir.
Més aviat suposo que aleshores
anaven sempre marejats, i tots
atònits, i potser també perversos,
i els reflexos de l’ordre se’ls havien
macat. Els era igual, o els excitava,
d’ésser robats. No sabíem sinó
que els botiguers se’ns ajeien amb ulls
tots aigualits, com de dona vençuda
pel seu violador. Recordo un dia
que vam entrar a can Subietes. Ja
hi havíem estat altres cops, i mai
no en sortíem de buit. Ens va servir
l’amo mateix: ens va posar les capses
al taulell, les va obrir, i enretirant-les
lluny de les nostres mans, ens va comptar
les peces en veu alta. Vam deixar-les
sense insistir, i ell les va recomptar.
Quan érem fora, ple d’orgull, vaig treure
l’eslip que havia pres al primer instant,
abans del compte. No era res: l’Albert
n’havia pres un altre. Tots dormien,
i tot els crepitava a les orelles.
El senyor Subietes va morir
assassinat també. Si ara el recordo,
veig roba negra i blanca, i algú dins
que semblava ben vell. Potser no ho era.
Quant al negre, no crec que fos pel dol:
era un misser, i aleshores anaven
negres la gent de missa, i també algun
vell elegant, i algun republicà
dels de tota la vida. Es per catòlic
que va anar a la presó el vell Subietes.
Va tenir mala sort. Quan era pres,
un dia es va aixecar el gran pànic. Eren
a Salou. Els italians. Ja havien
desembarcat. El comitè de Reus
va requisar tres o quatre autocars,
hi van pujar amb els presos que tenien
i els van dur a la cuneta. Va ser ràpid:
no va durar pas més que aquell perill
imaginari. El Ton és un del xòfers
que, requisats amb el seu autocar,
van haver d´assistir-hi. Trasbalsat,
mirava de reüll els condemnats
com anaven baixant, i li passaven
a frec del seu seient. Els coneixia
gairebé tots. El senyor Subietes
va veure la revulsió del Ton
i se’n va compadir. Quan ja baixava,
deturant-se un moment, li va posar
la mà a l’espatlla, i li va dir: “Ja ho veus,
Tonet, com ens hem de veure”. Un adust
consol. El president del comitè
que va manar la saca d’aquell dia,
també l’he conegut. Era l’Oliva.
És de l’Oliva que ara vull parlar.
Feia, abans, de porter a la Sala Reus,
que és el cine on anàvem els diumenges
a embrutar-nos les mans d’amor. Jo no el
recordo d’aleshores. Cap imatge
sinó vestit de cuir, amb una Luger
culatada de fusta clara, molt
més llarga que la cuixa, fent-li més
d’insígnia que d’arma. L’esperit
de simbolisme és flor de temps de guerra.
Ritualistes ho eren, tant l’Oliva
com la seva muller. Van requisar,
per viure-hi ells, una casa de rics,
però ella de seguida va trobar
que no feia per casa de senyors
que no hi haguessin cactus. En les plantes
grasses, havia après la dona a veure-hi
la marca de la vida rica, la petita
ombra d’ànima, sota el sol immens
del posseir. Aleshores posseïa,
i reia, i reien totes, i compraven
la vida feta coses, finalment
material, mocada d’esperances.
Va ser un moment només, dos o tres mesos.
Les popolane van anar rient,
però sense sorprendre-se’n, rient
com sempre. Els revenia l’esperança
i comprar es feia d’amagat, i ho feien
més aviat els rics. Van tombar el tomb
i féiem la tornada, poc a poc.
L’Oliva i els del comitè, jo els veia
sovint que s’esperaven a una taula
d’algun cafè, o anaven pel carrer
de pressa, cap a seure i esperar.
Una nit hi va haver un concert d’orquestra.
El pare m’hi va prendre, i tremolava
tot jo d’impaciència. La música
parfois nous prend comme une mer, i a mi
que em prenia aleshores una mar
d’un temps que anava a ser perdut, i es veia
perdent-se i desdient-se, m’excitava
la idea de donar-me a un altre flux
més personal, o almenys sense companys,
ni que fos amb el pare. Vaig sentir
Beethoven i Ravel, i ja no sé
on em van derivar, si es que em van prendre.
Acabat el concert, van tocar els himnes:
himne de Riego, Internacional,
els Segadors i la Warszawianka
que feia d’himne de la Fai. La gent
va aplaudir més els Segadors. L’Oliva
no hi estava d’acord, i va cridar
no sé què d’un prosceni, que picant
de mans, no vam deixar sentir. Mirava
les cares que se’n reien, i cridava
mut, com la flama, i rèiem i aplaudíem,
vessant-nos en una aigua. De companys
m’érem després molt amb el pare. Vam
anar a prendre cafè al bar del teatre.
Parlàvem de política, i em sembla
que em semblava que no calia cap
revolta (no vull dir en l’ordre polític),
i que amb els grans s’hi pot anar de colla.
De nit, en un cafè, es pot tenir pare.
Va entrar l’Oliva, i ara sé conèixer
que li sobraven tres o quatre copes.
Sèiem vora la porta, i ens va veure
de seguida. Aferrant la gran culata
que el devia ajudar a aguantar-se dret,
va dir, mirant el pare: “Heu estat vós
el responsable”. (Tot anava ple
de responsables, aleshoras. Tots
n’eren d’alguna cosa, i no sabien
ben bé de què, i davant de tota cosa
miraven si no es veia algú que en fos
més responsable.) El pare el va saber
distreure amb quatre frases, i l’Oliva
va deixar anar la fusta. Quan, després,
el pare l’explicava, aquell diàleg
es feia molt més llarg. Jo no entenia
que volgués dispersar-ne la concisa
virtut, però ara sé de què es tractava:
de dispersar una boira que la veu
no havia traït gens, però que els ulls
m’havien deixat veure. Em fascinava,
i no li vaig donar el nom que li hauria
donat, si hagués passat pels meus. M’hi va
passar, un parell de dies després, quan
em vaig trobar cara a cara amb l’Oliva
pel corredor de ca la Sol. Els nois
que anàvem pels prostíbuls, no capíem
ben bé com ens trovàbem al reialme
nostre de dret, i que els hostes furtius
eran ells, ni que fossin pistolers.
L’Oliva el vam perdre de vista, fins
sis o set anys després, que el va conèixer
la meva mare. Això va a ser a Bordeus.
Ella era sola a casa. No sé com,
ell sabia que allí hi vivien gent
del seu poble. Volia algun auxili.
Va dir que treballava en una usina
dels alemanys, em sembla que a Royan.
Un bombardeig habia destruït
la fàbrica i el campament anex.
L’Oliva, per atzar, es trobava fora,
però ho havia perdut tot, la roba
i els diners, tot el seu, sinó la vida
que se li havia fet estranya, i no
n’era ja responsable: els alemanys
s’encarregaven del seu nou destí.
Potser la meva mare va ser l’última
dona que va parlar mai amb l’Oliva
que sabia res d’ell. Li va donar
unas peces de roba, que ell potser
no va arribar a portar. Dos dies
després, un altre bombardeig anglès
el va enxampar.
Com que no sóc
un argentí de Saint-Germain, la por
no em sembla pas que sigui cap gran tema
per literar o filosofar. Això sí,
de por molts homes n’han tingut, i d’ells
cal que també se’n parli. Convé dir
que l’Oliva va tenir por, i va fer
por a molta gent, al meu pare i a mí
no gaire forta, al Ton ja més, i a d’altres
tan forta com la seva, o més encara •

[Lamento profundamente que la codicia encubierta de word press esta vez haya impedido las sangrías originales que separan los bloques de interés manifiesto y sólido del poema. Siempre quieren venderme algo y algo me dificultan para que les compre algo, a pesar de que pago ya por los servicios menoscabados. Deberían saber que ni mi blog es de comercio ni compro ni vendo nada ni tengo dinero gratis para atender sugerencias expansivas a mis costillas flacas y a la poesía occisas] •

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