«Granta en español» y mi versión a «Estrelles de camp», de Perejaume

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En fechas recientes he traducido dos notables opúsculos de Perejaume, poeta y artista plástico catalán: hace cosa de un año el ensayo El “potser” com a públic [El “quizá” como un público], para la sobria y cuidada (la parte que me toca la cuidé yo) edición bilingüe de Tushita Edicions (2021); no puedo ahora sino recomendar su lectura. El último número de la revista Granta en español (Otoño 2022) que anda por librerías, derriba en cambio la puerta y con los pestillos todavía calientes en la mano levanta rápida suplencia portal de hojalata a Estrellas de campo, mi versión a Estrelles de camp, serena noche sideral poética acometida de suaves embelesos y graves registros sutiles. Sostuve un intercambio de correos con la revista por el motivo zorro de arriba y por otro que abajo quedará patente; sólo daré aquí dos o tres (quien piense que son más que los cuente) fragmentos consecuentes: alguno pulido, otro corregido y aumentado y alguno más sin pulir, y entrego a la imaginación lectora de poesía qué dijo la otra parte.

 

Esta es […] la entrada original de mi texto:

Cuando contemplamos el cielo estrellado los instantáneos cabos de luz levantan unas montañas altísimas y deslumbrantes que contrastan con las montañas terrenales, perennes y oscuras. Es la opulencia astral. En un desinfernarse sucesivo de elevaciones, y sirviéndose —a veces mezcladas, a veces intermitentes— de la absoluta oscuridad y de la absoluta luz, la constelada produce un ilimitado centellear de cimas que trazan puntas hacia aquí y hacia allá y no cesan.

 

Este es el texto que aparece en Granta:

 

Contemplamos el cielo estrellado y entonces instantáneos cabos de luz levantan montañas altísimas y deslumbrantes que contrastan con las montañas terrenales, perennes y oscuras. Es la opulencia astral. En un desinfernarse sucesivo de elevaciones, y sirviéndose —a veces mezcladas, a veces intermitentes— de la absoluta oscuridad y de la absoluta luz, la constelada produce un ilimitado centellear de cimas que trazan puntas hacia aquí y hacia allá y no cesan.

 

Esta es la indicación que escribí para su corrección, a la vista de una y de otras más adelante a lo largo comas intrusas:

 

La construcción catalana de las frases no es igual que la castellana. Esto es propio de todo idioma y no hay nada que hacer o decir. Ningún escritor de mi lengua estructuraría de este modo sintáctico sin entrar en conflicto con la sindéresis, esta frase: “Quan mirem el cel estrellat, les puntes instantànies de llum hi alcen unes muntanyes altíssimes i enlluernadores que contrasten amb les muntanyes terrenals, perennes i obscures”. Escribiría más o menos esto: Contemplamos el cielo estrellado y entonces instantáneos cabos de luz levantan montañas altísimas y deslumbrantes que contrastan con las montañas terrenales, perennes y oscuras. Si yo hubiese traducido de este modo sintáctico no hubiese incurrido en traición al original sino en servicio a los lectores de mi lengua, y sin embargo hubiera incurrido en otro tipo de traición que es la que corresponde al estilo de este autor cuya construcción es parte propia y peculiar en muchos momentos, y este es uno de ellos. Por eso, al castellanizar la construcción para mantener el estilo prescindo de comas u otras tildes que resultan intrusas al ritmo natural y detienen la respiración, y esto vale para todo el texto poético traducido. Ignoro, pues, por qué en la primera línea aparece, después de ‘el cielo estrellado’ una coma que corta el ritmo de exposición y pensamiento a la frase. En catalán es imprescindible esa coma; en castellano, superflua y obstáculo al ritmo. En el archivo que conservo, tal coma no aparece…

 

Como puedes ver, aquí no se trataba más que de eliminar una coma, no de cambiar la redacción a mano ajena. Esto bastará para que hagas tuya la idea de que no, no se siguieron ‘a rajatabla’ como dices (ojalá, y no hubiera caso), mis indicaciones de corrección que, a veces, por digamos ‘deformación profesional’, comento.

 

En otro asunto, si bien no “bañó el agua castalia el alma mía”, sí que desde hace mucho tiempo como Rubén Darío “mi intelecto libré de  pensar bajo”. Me he equivocado, cómo no, pero jamás he procedido, desde mi juventud que soy conciente (no, no escribo ‘consciente’), con intención de causar daño a nadie. Los hechos, las acciones humanos no obedecen a maldades o bondades de la fe (entelequia teleológica de Manes o de la especulación teológica) sino a la carga de los propósitos. No existen ‘culpas’ sino responsabilidades, y estas quien las tiene también tiene que asumirlas. Hablo de un hecho puntual que me afecta en lo profundo y es de lesa poesía y nada digo de tu trabajo ni de la revista y sus ‘valores’ ni forma parte de mi asunto hacerlo ni me toca a mí reconocer el ‘poco reconocido’ trabajo de tu abnegado y, ¡sobre todo!, capacitado (ya me consta para qué) par de correctores. Así, mira lo que es tu parte y no esperes de mí ni mala ni buena fe. Me atengo siempre a la verdad de los hechos consumados, míos o de los demás, ahora y en el tiempo, y más todavía si escribo en defensa de la poesía, cosa por cierto impensable a menos que razón de agravio me suscite…

 

Ah, no, no cometo faltas de ortografía. No acentúo conjugaciones verbales del tipo de ‘sabeis’ o ‘quereis’ por el mismo motivo que no acentúo ‘seis’. Por un lado, son palabras graves o llanas terminadas en s; por otro, obedezco músico a la madre prosodia armónica del idioma y me encantan los diptongos perfectos, y sin tildes como vienen al mundo los taño (los académicos reales y los realistas acríticos dispersos o en muchedumbre, por mí bien pueden seguir tildando lo que les dé su real gana, pero a ver cómo evaden ser tildados, a vara de justicia realmente, de tontos de tildar avaros).

La revista “siente mucho” en modo condicional “si ha habido una equivocación de nuestra parte” (es decir: como los abogados, admite sin conceder), y me pide le envíe mis ‘objeciones’ (¡objeciones!; ¡como si no les hubiese entregado un original limpiamente editado –puede leerse zorro de abajo, y como si tuviesen derecho a escribir por los escritores, y como si no hubiese bastado con no meterle mano!); si atiendo tal requisitoria, se me asegura, y esta vez la condicionalidad es aleatoria, esto: “si tenemos la suerte de una segunda edición, lo arreglaremos”.

 

Con tanta generosidad pavlovrrefleja, ofrecida sin haberla yo pedido (esta conversa postal se produjo para cancelar mi presencia en una presentación), me pasa de pronto la vida entera de un escritor la peli de un sueño por delante, y pienso: pues la poesía es cosa privada tanto como pública, también “lo siento mucho” e incondicionalmente (yo sí) dejo aquí a la intemperie de las generaciones mi original, por la poesía nada más y sin quién me la hizo ni quién me la pague •

 

ESTRELLAS DE CAMPO

Perejaume •

 

Cuando contemplamos el cielo estrellado los instantáneos cabos de luz levantan unas montañas altísimas y deslumbrantes que contrastan con las montañas terrenales, perennes y oscuras. Es la opulencia astral. En un desinfernarse sucesivo de elevaciones, y sirviéndose —a veces mezcladas, a veces intermitentes— de la absoluta oscuridad y de la absoluta luz, la constelada produce un ilimitado centellear de cimas que trazan puntas hacia aquí y hacia allá y no cesan.

               Sierras de fuego. Auroras vivas y macizos incandescentes que se desintegran. ¡Cuántas, cuántas montañas! Tiene lugar un continuo salir, caer y reanudar. Elevaciones y llamaradas, derrumbes y oscurecimientos. Viéndolo bien, el centelleo es tan constante que llega a producir el brillo rasposo de un firmamento reverberante y abrasivo como lámina de lija granulosa y gigantesca. Entonces, a punto de alcanzar la fosforescencia de agujas, cerros y picos, se adivina la gran hondura negra y adolorida de punzaduras, de abismos, uno por cada estallido de luz.

               Geología y cielo. Azulidad montañesa de montañas extremas de luz, tan abandonadas al infinito que tiemblan. Agitación de cabos, encendida cada estrella en un cielo cuyo alrededor la atiza con tinieblas: unas que sombrean, otras que contrabrillan. Porque la luz accidentada de una estrella, por más que cobre la figura de una elevación montañosa, tan pronto la toma no se detiene. De hecho una estrella vive de desplegar, sin interrupción, un obstinado resplandor de tamaños. Sus ángulos se suben al cielo y crecen tan punzantes cuanto fugaces. Más que de incendios de montañas se trata, así, de incendios montañosos que, bajo geografías de límites luminiscentes, adoptan una presencia temblorosa de tierras sin linde.

               Evidentemente esta montañosidad sideral, esta voluminosa superficie de emanación en riscos deslumbrantes, pendientes largamente pronunciadas y crestas infinitas es una pura ilusión. Pero una ilusión tan persistente, tan verosímil, que proyecta sobre las montañas del planeta una voluntad paciente de querérseles parecer. Este, si no otra cosa, es uno de esos prodigios que los sentidos nos mueven a advertir: la continuidad de cresta posible entre un horizonte serrado de tierras y un horizonte serrado de luz.

               El sedentarismo terrestre de la luz, en toda la morosidad del relieve que nos sostiene, se manifiesta, entonces, como una tierra extasiada de contemplar los golpes de ala y los golpes de luz tanto de los astros sierraalados como de sus cimas que giran. Respecto a la aspiración de la tierra de intentar parecérseles, no es preciso más que observar los superelevados ápices nevados, flotantes y relucientes como una promesa de llama, como una flotación de tierras que se escapan de tierra y un poco pertenecen al cielo que los abriga.

Concebir un pico nevado como, primero, el firme asentamiento, y, después, el acolinamiento de un destello, con la consiguiente identificación de cualquier relieve alpino o polar con una estrella que por allí mata sus ocios, permite la incorporación casi chamánica de picos y glaciares al ciclo del fuego.

Acabo de dar con una imagen fotográfica de las montañas de Ladakh, situadas en el Himalaya indio. En los declives casi verticales y pese a ello profusamente nevados que allí se alzan, la visión de una estrella que tirita de frío con las puntas de luz paradas y rígidas resulta literal. Son unas crestas altísimas y desoladas cuyas hondonadas prietas de nieve y cuyos ventisqueros más finos resaltan al sesgo sus cantos y sus aristas. Con un ritmo majestuoso, el conjunto despliega una geometría de grandes masas de roca que produce el efecto de una cristalización imponente. Espesas formaciones de nieve y prismas, de gran agudeza de ángulos y cantos, constituyen una imagen muy fiel de estrella amontañada. El efecto, si es que de un efecto se trata, está totalmente conseguido.

Aparte de una figuración tan exacta como la de las montañas de Ladakh, son innumerables las cordilleras que más o menos accidentalmente parecen estrelladas en tierra, ya como una masa radiante que surgiera, ya como estrellas alicaídas que se hubiesen clavado. La ardentía y el hielo, la pujanza y el hielo: el mundo está hecho así.

Curiosamente, de rebote, proyectamos sobre las estrellas una luz de nieve: una neblina helada de estrrepitosa caída, de esplendor y de cristal de nieve al mismo tiempo. Cuando una noche es fría y serena, el efecto de hielos ardientes se manifiesta vivamente, tanto que más que crepitar y echar chispas, las estrellas que titilan lo hacen como si más bien se acobardasen, como si temblasen de un fuego que tiene frío.

Contra estos horizontes ultrarrebosantes, contra estas puntas de luz de una cimación inacabable, la corteza de la tierra levanta puntas mucho más discretas, pero más definitivas y sólidas. El relieve terrenal va naciendo siempre, pero lo hace con la fuerza y ​​la vitalidad de crecer de una cierta quietud. La vida animal, la roca que gema o la maduración de la fruta demandan variaciones lentas, escasamente flameantes, más bien pacientes y delicadas. No hay en el mundo nada inmóvil y parado pero, sin que sea necesario destacar hasta qué punto, respecto a las estrellas las variaciones son mucho menos agudas, mucho más ondulantes y mansas. Por otro lado el riego, la combustión y la evaporación de vida generan, sobre la esfera terrestre, un cielo cautivo, de manera que la configuración ligeramente radiante de puntas de montaña que se escapan de tierra queda superalisada por el activo redondeo atmosférico con el que este cielo las recubre.

       Esto determina que la figura estrellada aparezca, en el globo, más como un indicio que como una evidencia. Y esto permite, según la experiencia que nos proponemos tener, cuadrar con más certeza o redondear mejor esta figura; ahora más, ahora menos estirada de puntas.

        De hecho la misma realidad estrellada tiene un comportamiento titilante, de presencia, según la circunstancia, más potente o más latente. Parece que supiese dónde le conviene un protagonismo de sustancia inflamada que centellea, completamente acrecida y devorada por sus propios estallidos, y dónde prefiere una presencia más discreta y seminal, como la de determinadas formas botánicas. Estoy pensando en la cáscara que recubre las castañas, o en la corteza puntiaguda del fruto del estramonio o en la bola misma de los plátanos empenachada de semillas. En todo caso, a intensidades y a velocidades muy variadas, desde la chispa de fuego minúscula y volandera a la apariencia ígnea de nieves y glaciares, pasando por el campo mundial de montañas, o sea, por la fuerza ascensional del mundo con sus valles embutidos en sus puntos más fértiles, la imagen de la multicimación de un centro se focaliza y se dilata, se derrama, se repite y se perpetúa.

 

Sigo immerso en la consistencia y la emanación. En la esfera de gravedad y la esfera de libertad de la consistencia y de la emanación, en medio de la acción de arraigar y la acción de radiar que, mutuamente, se vivifican. Imposible descifrar totalmente estos fenómenos de tamaño y de luz.

       En este mismo momento el espacio se eriza en cada campo de mundo creador de perspectivas. Con un punto de fuga en la punta, cada punta es una punta de estrella aferrada a la realidad immediata de su campo, hecha crecer desde él, surgida de él, doméstica y desconocida al mismo tiempo, como un flujo de plata que tira hacia adelante y echa a correr.

       Es esta la frondosidad de luz de un campo que se ilumina el tamaño o, aún mejor, el espacio encendido de un brote de campo que cobra aumento del carácter flexible de sus propias glebas para pesar arriba, más o menos ligeramente, pero arriba.

       Por otra parte, junto a esta radiación métrica la disposición estrellada implica, una vez atesorados, que todos los palmos de mundo son igualmente valiosos, sin que ninguno deba estar al servicio de otro. Y esto, como si la ufanía del vuelo y la vida que se les da les sofocasen cualquier voluntad de dominio. Ningún rango jerárquico, pues. ¿Cómo podría un lugar determinado ser más fundamental o más importante que otro? Su propia concepción radiante evidencia la cuestión y le da claridad. Cada punto del mundo, ciertamente, es tan completamente polar o cimero como pueda serlo el resto. Es como decir que toda tierra es central y marginal a un tiempo; cada grano, todos. Cada grano admirado de su existencia y de la existencia de sus granos vecinos.

       Además, en esta inseparable amalgama de naturaleza y luz, por cada campo que marchita de puntas hay un campo nuevo a punto de echar a andar. Es así como el espacio se regenera, rústica su luz y yerbada pero también diamantada y mineral, hecha como está de esta condición estrellada del globo que, con un doble rebrote de resplandor —el que le sale y el que tierra adentro se apaga— pone un punto de incandescencia doquier. Así las cosas, aunque a intensidades muy diferentes, suelo [sòl] terrestre y sol [sol] astral coinciden en crecimiento luminoso, y no sé si no es por esto que, para ratificar esta confusión de suelo firme y de luz, también coinciden en nombre.

       Situaciones. Semiluces. Vaharada de combustión botánica, de combustión montañosa de una estrella que se accidenta más o menos, que se disuelve más o menos, pero no desaparece nunca del todo. Se retrae hasta casi enterrarse, se prolonga hasta casi perderse, pero no se disuelve. Definitivamente la nuestra es una tierra que suscita el horizonte palpitante de los astros. Ahora bien, la tierra no alcanza nunca a mover y hacer estallar un horizonte así; nomás lo conmueve, lo instiga. Simultáneamente el espacio sideral ciñe la curva del planeta centelleándola de una manera rítmica, con la abundancia del sol cada día y lo negro en reposo cada noche. Hablo de abundancia y de lo negro en reposo de tan manifiesto como resulta el efecto de plantación de luz y de mieses sucesivas.

               Siempre he pensado que, en las noches, frente a frente con la constelación de campos que brillan en el cielo, la tierra campa y oscura los toma, mitad por modelo, mitad por imagen de culto. Cuesta muy poco ciertamente contemplar las estrellas como iconos de campo. Unos iconos refulgentes, múltiples y enjoyados. Realmente, si hay una proyección extrema de la imagen de campo, está en el cielo estelar que fructifica. Al fin y al cabo, con el constante estallido de tierra fértil y de luz, una estrella es como un campo llevado a la exageración.

               Montañas luminosas, montañas solariegas. Ninguna otra hipérbole de campo como la de estos cultivos esféricos rodeados de extensiones que hojecen y cumbrean, y que lo ejecutan con una luz fresca y limpia de tanto y tanto arder, y a una distancia vertiginosa que no hace sino enfervorecer todavía más su culto. Iconos y más iconos, pues, de unos campos que no están a nuestro alcance, de unas tierras hermanadas por puntas como los dedos de nuestras manos, pero que no están a nuestro alcance.

               Iconos gestatorios. Divinidades de campo que vemos vivir y reinar vestidas de una tierra deslumbrante, de una tierra hecha esplendor y coronadas de una cimación obsesionante. Campos subidos al cielo, campos de resplandor de un estallido mineral y botánico, pero también de un estallido animal suficientemente vistoso si nos dejamos perder por entre la figuración láctea de la estrella del Boyero o por la del camino de Leche derramada tal y como se expresa en el mito de Hera y Heraclés. Ya me direis si no es ganadera de casta esta visión lechosa del perfil de la galaxia, como un chorro que brota de los senos de una diosa para criar y amamantar trocitos y más trocitos de roca bullente.

               Leche y nieve y simiente de luz. Cosechas y ramos de tierra y de viento, de polvo y de gases. Glebas y astronomía de una agrariedad gradualmente más amplia hasta conseguir la configuración y la desfiguración cósmica de un campo radical: la bóveda dilatada y la semilla de bóveda •

 

[Versión de Orlando Guillén] •

 

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