La traducción de poesía catalana de Orlando Guillén • Segunda jornada de crítica y recital poético • Llibreria Calders • 30 de junio • Presentación de la segunda edición virtual de «Doce poetas catalanes del siglo XX» [2019] • Participantes: Moi Rojo (a la guitarra)/ Andreu Subirats/ Sylvia Trinxet/ OG/ Jordi Cornudella/ Enric Casasses • Tres momentos captados por Immaculada Roca •
Orlando Guillén
Canción catalana de Los Doce que son Quince
[«Doce poetas catalanes del siglo XX»/ segunda edición virtual, 2019/
Una muestra]
•
la poesia tot just ha començat
i és plena de virtuts inconegudes.
la poesía apenas acaba de comenzar
y está llena de virtudes desconocidas.
Joan Maragall
Joan Vinyoli
•

CON RONCA VOZ
Como que no como para hambre como la que tengo,
como que no aplaco la gran sed que tengo,
como que no sé cambiar mi grito
en especie de vianda,
sufro de hambre y de sed y clamo retorciéndome.
Tiemblo, oscuro, de las raíces a las hojas
y me cubro de añoranza atormentada
y me pierdo espesura adentro del gran bosque
pleno de barrancos
y soy el pavo montés:
me exalto de noche cuando las estrellas vacilan,
con ronca voz anuncio la aurora,
tapándome los ojos, tapándome el grito con las alas,
y me esponjo cuellohinchado y danzo,
hasta eso, sabiendo que me acechan los ojos del cazador.
•
Josep Carner
•

EL SUEÑO DE LA SEPARACIÓN
—¡Escóndete!—, dijo no sé quién bajo
la umbría densa junto a mí. Pero
igual su voz me parecía conocida
y casi a punto de llorar.
—¿Quién es?— pensé yo. —¿Por qué me pide
que me esconda? ¿Qué hemos hecho? Y pese
a la tiniebla de mi memoria, pecho adentro
me ahogaba el desasosiego.
Vino de lejos una dama desnuda, noble,
y en medio de un gran charco de luz, y dos
rubicundos donceles, cada uno con su antorcha
y ambos a sus órdenes.
Caí en la cuenta entonces que me encontraba,
por completo quizá, escondido en el matorral:
de bruces, como un jabalí herido…
Y a mi costado estaban
(apenas si sobresalían de las matas negras)
dos pies cansados de mujer temblando.
Ya no oía más su voz: oía
como un sollozo de espanto.
Pensé: —Esta mujer, mi vecina,
¿qué quiere ahora con este llanto deshecho?
¿Se escondió para traicionar como una loca
nuestra guarida secreta?
En eso, de golpe, uno de los donceles venía
rodeando las espesas matas,
acercando vengador su bella antorcha
que se agrandaba como un sol.
La reina desnuda ordenó: —¡Sepáralos! —,
y llameaban sus ojos de cielo.
—Da la muerte al delito a luz de antorcha
y al llanto déjale su velo.
•
Carles Riba
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Poema 20. Libro segundo de Las estanzas
Amor, me es dulce tu cuerpo cuando está solo
en su goce y en su risa ardiente,
solo en su música, ¡loco instrumento!,
en adormecer las serpientes de frío consuelo
que ahogan en su eco en mí el revuelto
umbral entre mi oído y mi pensamiento;
cuando vence sin alma, polvo divino,
todo muertos y armonía renaciente,
tu cuerpo me es dulce.
Amor, tu cuerpo me es triste cuando recoge
el vago vuelo que ha oscurecido su llanto
una ternura excluida de tu don;
cuando, en el agua de tu ojo donde me miro
un sueño vela, extraño a mi orgullo,
y puedo estrecharte porque no eres yo,
y asomarme a él, ni olvidado ni visto
como un silencio duerme sobre una flor,
tu cuerpo me es triste.
Amor, Amor, ¿dónde quedó la juventud
que nos igualaba la carne y el espíritu
como dos llamas de un mismo deleite?
¡Ah, si el deseo pudiera morir del beso
o el Amor fuera un dios que no envidiase
la poca de piedad no avasallada
en los dulces tumultos de su favor
ni en el triste halago a su olvido,
Amor, Amor!
Esa tácita poca de humana piedad
para la mutua sed de los cuerpos desnudos
y el placer que pasa por ellos como un rey intruso,
exultante de lo que ha rapiñado
y abandonándolos en mayor necesidad.
¡Cuerpo que has sido feliz del jubiloso abuso!,
guarda el sueño, como una sombra un fuego;
para volar lejos de los destinos seguros
es triste —y es poco.
•

Joan Salvat-Papasseit
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LA CARNE ENCIENDE LA CARNE
¡La carne enciende la carne
el vino enciende la sangre
—como segura es
la sombra del Islam!
A la sombra mate de mi ciruelar
mi amiga me lava y me besa los pies.
Aceite de almendra
aceite de raíces
—nacían alas en mis tobillos.
Mi amada me estrecha contra su hermosura.
Ánfora llena
del vino más claro,
del vino más negro
que ya fermentó.
Ningún labio quema como los rojos
labios de mi amada cuando besa.
Tan fina es Ella que me dicta el verso.
—Levanto sus hombros y su cuello tenso
como una ciruela que ahora cayese.
Se oye la música
de cien laúdes,
clara y divina
bajo sus bucles.
Tierra de Arabia, tierra corcel
de brida deshecha y altas crines.
El sol te persigue; mi amor mucho más.
Amiga, amiga, no descansemos
—un mechón mi vida en tu cabello.
Bella es la luna
que llena salía:
al lado tuyo
apenas lo sería.
Copa derramada, vaso ardiente
como la plegaria de Mohamed
mi amada cuando el placer la enciende
bajo las tiendas de mi ciruelar.
—Y su sonrisa, temblor de estrella.
Bóvedas de mármol
sus dos pechos,
blanca mezquita
de mi deleite.
•
Maria-Antònia Salvà
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OCASO EN LAS CUMBRES
El invierno domina y el día es breve,
y están las sierras blancas de nieve.
Sobre el azur blanquea la nieve,
alta y callada de un sueño puro.
De íntimo consuelo tiembla la nieve:
tan fría ella, y sueña la nieve al sol.
Y el sol la envuelve, ya moridor,
de una mirada que es toda dulzor.
Y la nieve, blanca de sentimiento,
colorada se pone de sol poniente…
Reina un silencio sin respiro,
alto, inefable, como un suspiro.
La nieve apaga su bermellón.
A la mar honda el sol ábrese paso,
y en la tranquila hora de ocaso
se funde el rastro de aquel amor.
•
J. V. Foix
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Poema I de Crónicas del ultrasueño
Jugaba con los míos a un juego de mesa casi imaginario cuando entró la sirvienta, trastornada y toda temblorosa, y dijo: «Acaba de llegar una señora, ni vieja ni joven, que pregunta por un tal J. V. F.». Al oírme nombrado me levanto de prisa y voy a la puerta del recibidor. Sí. Allí estaba una dama, ya a primera vista extraordinaria, la cual, moviendo los ojos como quien esparce hierba tierna, saludándome con la cabeza y cerciorándose de mi nombre, me da un ramo de flores. Habla, con la voz de un viejo gramófono, y me dice: «Seguidme». Así de pronto no sabía qué hacer. Pero me decidí por la aventura.
Bajamos en el ascensor y la dama me señala con la mano la dirección que había que seguir. Al doblar la esquina yo le quería decir cuatro palabras, pero ella con dos dedos sobre los labios me dio a entender que más valía que callase.
Oscurecía, y, viéndola desde atrás, la dama me parecía un personaje venido de ajenos parajes. Sin tiempo a darme cuenta, desaparece por una calle muerta del barrio antiguo y reaparece ante mí con un ramo de flores idéntico al que me había dado en casa. Ya de noche la dama se perdió por complicados callejones, y yo, maravillado, volví a casa con los míos. Les conté lo que había pasado y cada uno dio su parecer. En la cama, me fue difícil conciliar el sueño.
Al día siguiente, casi perdido su recuerdo, me la encuentro al pie del ascensor con otro ramo de flores. Le pude ver los ojos que eran del color del pámpano otoñal. Me indicó que la siguiese como el día anterior y me llevó hasta una ancha avenida llena de transeúntes que ignoraban el suceso que estaba aconteciendo. Agarramos por una de las calles adyacentes por la que poca gente transitaba y, sin decirme nada, volvió a darme un ramo de flores. Sus ojos eran del color del mar a sol naciente. Me pidió que la siguiera, no del todo amorosamente pero sí con una cierta indulgencia. Me hizo salir a las afueras de la ciudad. Y atravesamos valles y valles, y torrentes, como si fuésemos alados. Llegamos lejos. Reconocí la sierra de Busa y, siempre sin decirme nada, bajamos al río y recorrimos sus fuentes. No me dio ningún ramo de flores.
Callaba. Yo intentaba hablar, pero ella ostensiblemente evitaba que le dirigiese palabra alguna. A nuestra llegada a las fuentes de aquel río, la dama había cambiado otra vez el color de sus ojos, pero seguía con la misma túnica blanca que le llegaba a los pies.
En eso salieron de un bosque sombrío docenas de muchachas de túnica blanca y ojos cambiantes. Iba a preguntarle a mi acompañante si estábamos en el reino de las hadas. La dama había desaparecido junto con las demás.
Me quedé solitario y desorientado. Descubrí un caminito que llevaba al camino real; lo seguí anhelosamente y me encontré de nuevo a la entrada de la ciudad. Había un gran revuelo; la gente comentaba: «¡Ha desaparecido! ¡Ha desaparecido!».
Tuve como una especie de miedo. ¿Era un buen augurio o era un mal augurio? ¿Quién era la dama que me llevaba flores y me señalaba los caminos en silencio?
Volví a casa preocupado. En el portal de allá donde yo vivo había miles de flores refulgentes de rocío. Alta, bien plantada y casi fulgurante, la dama estaba allí mirándome fijamente, los ojos de un verde absoluto.
•
Pere Quart
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SABIOS, POETAS, HOMBRES FELICES,
MUJERES DEL PUEBLO MALCOMIDAS
Los sabios,
cazadores y cocineros de ideas muertas,
enrollan y desenrollan
la madeja de sus filosofías,
y algunos tímidamente pretenden guiarnos
por laberintos de corcho
con el cencerro de sus palabras embaucadoras.
Pero no saben nada de nada.
Mientras tanto los poetas,
aerófagos curiosos,
se han sacado del magín los dioses y las diosas,
los santos, los paraísos
y sus ángeles, el infierno y sus demonios;
han inventado las hadas y las brujas,
las madres, las amadas. Y las patrias.
Pero ahora ya están cansados y tristes.
Por eso ya no osan
—sin una máscara—
obsequiarnos aquello que corrigen
oscuramente insomnes.
Con todo, hay hombres
felices y orgullosos.
Les es preciso creer en su fe.
Manotean, discursean
y blanden cruces, espadas, banderas,
o las adoran y las temen.
¡Porque hay que vivir, muchacha, qué de qué!,
y mantener las cosas y las casas
en orden y buen estado
(¿y la familia? Bien, ¡gracias!);
ordeñar la vaca y digerir la oca,
y encima prosperar
e impulsar el mundo de los hallazgos
y las satisfacciones del día;
y torear los estragos y las enfermedades
que la madre Naturaleza nos suministra.
Pero sobre todo, señoras y señores,
pensar confusamente —¡y predicarlo! —
que la muerte del pobre es un renacimiento
directo a un nivel de vida máximo.
Los hombres orgullosos y felices
dan leyes a la fe y a la miseria
(de los demás);
verifican las penas y fatigas
(de los demás, incontables);
planean y celebran o estructuran
congresos, sínodos, anónimas,
sindicatos, presidios,
olimpiadas, guerras
(siempre para los demás).
Pero los poetas —como he dicho— languidecen
vagarosos y arrepentidos de los sueños,
la novela, los cuentos
con que nutrían
a sus hermanos de leche agria.
Ahora, miran y callan los poetas.
Pero los sabios,
recluidos en sus tumbas provisorias,
cuidan de preparar nuevas madejas
para su enredo subsecuente
(los sabios son grises, son módicos,
¡hijos míos!, y admirables).
Naturalmente los poetas
y las mujeres del pueblo malcomidas
—eso lo diré sin ironía—
parece como si de noche oyesen
un bramido imposible, subterráneo;
y otras veces creen que llega a ellos
el reclamo de un pajarote anónimo
que vuela quién sabe dónde,
más allá de la última galaxia. «Son
nervios, son nervios», piensan los poetas,
y sonríen incómodos, equívocos
mientras se hurgan la oreja con dedo convulso
(Alma mía, alguna cosa hay,
algún secreto).
•
Agustí Bartra
•

QUETZALCÓATL
[Fragmento]
—Se calmaban las aguas bajo el árbol de un cielo
de rodantes estrellas y estupor de cometas,
y en auroras circulares lentamente comenzaba
la ascensión de las cimas…
En silencio afloraban los nacimientos de roca:
corolas de martirios y hocicos de cetáceos,
ojos de cataclismos, futuras latitudes
de ventisqueros y águilas.
De pie y envueltos en claras lejanías,
los vientos esperaban en los cuatro horizontes;
sus claros ojos reflejaban lejanos resplandores
de hielos boreales.
Las mareas dormían ausencias de luna,
y en la vasta llanura de sargazos inmóviles
las bonanzas azules avanzaban con rojos
cayados de coral.
•
Salvador Espriu
•

Poema I de Final del laberinto
De lento dolor deviene sueño oscuro
aquella luz de los altísimos palacios. Y el tiempo
la esparce por el recuerdo, flor deshecha ya
entre los dedos ásperos de lluvia de mi invierno extremo.
Miro la noche entera y percibo el corazón
vastísimo de la tierra, el maternal respiro
fangoso que guarda al trigo por venir.
Mañana llegarán horas tranquilas:
amplias alas abiertas de los pájaros
traerán al campo las grandes calmas del verano.
Tal vez haya un buen mazo de árboles piadosos
de sombras extendidas sobre secos caminos.
Pero yo que conocía el canto secreto del agua,
las alabanzas del fuego, de la tierra labrantía y del viento,
me veo metido en oscura prisión:
descendí por escalones de piedra
a este cerrado recinto de lisas paredes
y avanzo solo al espanto del largo grito
que retumbaba entre las bóvedas mi nombre.
•
Clementina Arderiu
•

“¿QUÉ TE TURBA…?”
¿Qué te turba que tiemblas como una brizna,
oh alma mezquina?
¿Cómo es que has perdido tu clara risa de ayer,
tú que te jactabas de seguir la fina
ley de gobierno que nos lleva a juzgar
vanas las luchas del estado futuro?
¿Quién interrumpió esta bella, aunque
insegura, trenza de tu vivir oscuro?
—¡Tus burlas confunden mi orgullo,
oh mi viejo Juicio amigo! Pero
revelado me ha sido lo que ni tú sabías:
bandada de cosa nueva son los días
por ser, y demoledores del bien antiguo
—¿quién su loca carrera vencería?
Así, de lo que ayer me fuera caro
hoy estoy tan alejada que me ensucia
hasta el recuerdo de mi camino pasado.
Duro es este hoy, porque olvidando la clara
alegría de vivir que en el momento ríe, clavo
pensativa todavía los ojos en aquel horizonte,
para divisar su lejano paraje sombrío.
Porque me es lejano, y amado, y sombrío,
estoy toda temblorosa como una brizna.
•
Guerau de Liost
•

PATERNIDAD
Con un niño dispuesto a cada lado
duerme mi mujer, que no me siente entrar.
Duerme en el viejo lecho familiar. Y yo la miro
sonriendo apenas, y fatigado de escribir.
Ella está en medio como alta cumbre,
dulce elevación de suaves regiones,
y como un árbol su caída de brazos
guarece a cada niño de su propio temblor.
Yace a la derecha, soñando a ratos, gordo
y semidesnudo el niño de tres años. Como si
estuviera listo para echar a correr, pisa
los pliegues del doblez que le estorbaban.
Yace de costado resguardando la cabeza
—la gran cabeza pesada de cabellos—
tras el brazo donde brilla el codo
con aire nobilísimo de acometer.
Yace a la izquierda, saciado, otro
niño pequeño, de muy pocos meses;
boquiabierto, deja huir el pecho
que se derrama todavía, ocioso y pródigo.
A los tres los beso y a hurtadillas paso
y de paso miro aquel esplendor
como el campesino que admira su cosecha
y da gracias a Dios que es abundante.
•
Joan Brossa
•

ANACREÓNTICA
Despiertan mis oídos notas altas.
Acaba como debe ser. Terminada está su labranza.
Orugas no aparecen en las palmas
Este anochecer.
Ni rastro de ella. Habré domado esa ola.
Ya se van disipando las sombras de las nieblas.
La luna entre sus llamas
Abre la plata.
Vida, mi vida, tú no olvidas,
En mitad del corazón eres flecha que me agrada;
Era que carcomían piedras, parece,
Aquellas aguas.
Una vez más: la vida continúa;
Me regalan libertad valles y florestas:
Igual después me crecen cabello y uña:
Igual que los árboles.
Tira hacia delante. Los camiones que pasan.
El mundo es la sustancia. A la izquierda.
Estoy perfectamente bien en la bañera.
Dobla a la izquierda.
Quiero llevar el nombre del sátiro y del fauno.
Que los pájaros aceleren el vuelo.
Y ya la madeja en torno a las agujas
Ligo con firmeza.
Escudo me alarga el sol a lengüetazos.
Quiero cargar mi agua de plantas,
Porque si sigo mi camino en silencio,
Muero del remedio.
Úntame la barba de frutos. Formas, estas:
De medio cuerpo para arriba, de medio cuerpo, forma
Humana; y para abajo, forma de cabra.
¡Úntame la barba!
•
Gabriel Ferrater
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LAS GENERACIONES
La muchacha que me corta los cien gramos de mantequilla
(graciosa y humilde, sonríe menudito, como que es de buena
pasta, pero de treinta años y todavía soltera) comenta
con su amiga de carne opulenta que escoge tomates
lo que ha engordado Ramona.
“A lo mejor peso más yo,
pero es de siempre; no sé cómo decírtelo; ni me lo noto.
A ella, ayer la vi de espaldas; no me lo podía creer.
De embarazada yo aumenté diecisiete kilos;
ella casi nada”.
“No; no la recuerdas bien: estaba bastante gorda,
pero tiene mucha cadera y no daba la impresión”.
Treinta años
que ellas se conocen los cuerpos, y los olvidan un poco:
los pesos, medidas y cogidas de una y de otra
y de Ramona y veinte amigas más (las luces de la escuela
de invierno, color de arena muerta. La arena y el viento
que les liman las mejillas: corren, se calientan el pecho
oprimiendo con fuerza sus panes redondos. La arena echada
sobre los atardeceres de domingo, el mareo de las voces
groseras de los muchachos, que huyen y vuelven y sofocan,
y es obligado que las muchachas rían con ellos
sin dulzura ni reposo).
Afuera, en la playa,
arde el último sol de octubre. La magnífica mujer,
inacabablemente desnuda de vientre y de espalda,
la larga holandesa que ni uno de nosotros olvida
por muchos instantes seguidos (¿cuántas semanas
hace ya?), revuelca por la playa a su hijo, el cachorro
azul y rubio como la mar y la playa. Cinco niñas
a quienes la mar y la playa han vuelto en pocos años morenas
cerradas, y cuyas madres visten (calcetines y zapatos)
más de lo que a mí, viejo, me hace falta, a nosotros los
ociosos de la vieja cultura cerrada —cinco niñas
hacen ronda alrededor del cachorro, y la mujer, que ríe
y les muestra la carne más tierna. Las niñas se empujan
y dos o tres manos se alargan y palpan,
sobornadas, la cosa más frágil, la cosa que se encierra
en un grosor de quince años por venir. Ese momento
(sólo yo lo espío) les va haciendo más usual y más cierto
el reclamo. Niños, todos los días se ven. Un nuevo niño confiado
(como los días, los brazos de los hombres no son nunca
distintos) nutre la juiciosa actitud que habrán de compartir
mujeres amigas de siempre, en un pueblo cerrado,
que hablan de los cuerpos de una y de otra, visten
a las hijas igual, y todo lo recuerdan y lo olvidan juntas.
•
Vicent Andrés Estellés
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Soneto 27 de La gran quemazón de los rastrojos
Bodega sería demasiado, y no ya por
aquel prestigio que el turismo otorga:
tienda nomás, definitivamente,
sofocante y de cristales sucios.
Aquellos domingos de ambiente espeso
y ojos miserables y purulentos, ojos
como cabezas de aguja, el grosero vino
densísimo, un sudor de camisetas
de algodón que dejan briznas en el ombligo.
Rembrandt habría podido, de haberlo
conocido, perpetuar o inmortalizar esto,
o Salvador Espriu si quisiera.
Y más mezquino que los miserables ojos,
aquel que llaman el mosquito de tienda.
•
Rosa Leveroni
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ELEGÍAS DE LOS DÍAS OSCUROS
[Dos fragmentos]
II
Este lento recordar, como de meandro
de ancho río perezoso. Este revivir
bajo el cielo conocido el paso de las nubes
de otro cielo que me fue más caro. Este rosario
de perfumes y sonidos y de roces de ala
señalando mis días con la secreta
claridad de los oráculos que predecían
abierto el mar (el puerto, como un misterio,
permanecía inabordado; en sus brazos
mi reserva de olvido y agua mansa).
Este vivir el hoy como reflejos
de un ayer venturoso cuyo signo fueran
una flor pueril, una pizca de luna,
el canto de un ruiseñor que conjugaba
en su leve campana todo su sueño…
El camino de la muerte, ¿podría ser
este lento recordar como de meandro
de ancho río perezoso?
III
Desmayo de anochecer sobre el agua
dormida del puerto. Las nubes grises
abandonaban la tristeza de sentirse
huérfanas de su rosado botín de ocaso,
sobre el espejo opaco. El ala del sueño
surcaba las trabajadas cubiertas
de un íntimo cansancio. Ya ninguna bandera
ornaba los masteleros y la chatarra
de los botes abandonados eran la muda
llamada de la desesperación. Nuestros pasos
resonaban por el muelle y las palabras
eran el lento suspiro de la nostalgia
de un viaje nunca hecho… Ah, las inútiles
velas del deseo muerto, ¿cómo desplegarlas
al viento que no vendrá para llevarnos
al goce del mar abierto, a la alegría
de las olas batientes, pues los brazos ávidos
de este puerto desolado nos retenían?
•
Joan Vinyoli
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DOMINIO MÁGICO
Despuntan gritos de hojas en los árboles,
desgarra un vuelo de grifos la caída de la tarde
y la montaña, en azul recogimiento
crepuscular, lleva en el regazo humilde
un delantal de trigos todavía tiernos.
Me alejo de los embrujos del poniente,
esparzo las pesadumbres y las cenizas
y de la vieja madeja corto el hilo.
Pastan por la noche rocas y cabras,
el río encendido se precipita al mar,
el espacio bermejo se cubre de relámpagos como sables;
dominio mágico, reino sublunar.
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Maria-Antònia Salvà
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BIENAMADA POESÍA
Bienamada poesía,
obsequiosa a mi suspiro:
¿por qué cambiando tu giro
pájaro eres que huiría?
Juventud desfallecía;
por ti volvió a revivir.
¡Quédate por cortesía!
Sé mi dulce compañía
hasta la hora del morir.
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BEN AMADA POESIA
Ben amada poesia,
amatent a mon sospir:
¿per què avui, mudant de via,
ets aucell que vol fugir?
Jovenesa s’esvaïa,
i per tu va reflorir.
Queda’t, doncs, per cortesia;
vull ta dolça companyia
fins a l’hora del morir.
•

[Barcelona, junio 30, 2019.
Leído por el traductor y otros compinches poéticos. Llibreria Calders] •
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