«Lámina Eliçavet»/ Orlando Guillén/ Muestra 1 •

 

 

L_1 Ojo entre las llamas1

 

 

OJO ENTRE LAS LLAMAS AMARILLO

BALAM
GÜEVÓN AMARILLO AMARILLO

OLVIDAO
DE
ESPULGARSE
LOS PICOS DE LOS
PÁJAROS PIOJO
INMORTALES

CAE DENTRO DE LO CUAL
NO PARA DE RASCARSE

CON EL TIZÓN APAGAO DE UN LAO
EL TIZÓN ENCENDIDO
DEL OTRO

 

 

L_1 Ojo entre las llamas

 

 

 

Puntos tocándose empapaos de horizonte
Clavicular a la bío alabao lentamente
Cortan a la bimbombao la cabeza a violín
De fuera
Tallo y nuca y medio cuerpo
De la
Última gota de la sangre
Humana.

Punta de la pirámide
Del círculo.

Pie
A otro pie echa una mano
A caminar de canto y
Caer de cara
Virtud de dado o espíritu encarnao.
La cima

Asienta el pico llano al llanto
De trillones de ojos tuertos.

Los muertos
Los muertos ra ra ra. Debajo cruje
La cumbre sin pantaloncillos terrestres
Cuyas piernas salieron
A imponerse la pernera de los días
El sexo abandonao
A sus aromas

Gesto de revirarse y no
Cargar superfluo ni la primavera.

Mascarones
Nonatos del amor
Indígenas
De proa
Hienden la macabra agua
Ciempié

Rosca girasol
Desnucándose del centro a la superficie

Y a recomenzar:

«Desde Arroyoencaña
Venimos andando»

África del Espíritu.

 

 

L_1 Ojo entre las llamas4

 

 

Per l’Estaquirot No et preocupis.
Res de res Li semblava bé.
L’Estaquirot Era un tiquismiquis.

Pero
“Donde Nadie
Tiene Sed Y Todos Lloran
Los Pozos Reverberan Como Si Nada
Fuera Fe
Y En Su Bozal Rezongan” dijo sin embargo
Escanciándose generoso casi negro este rosao
En perfecto castellà.

Qué buen buche. Se le hace noche chupando
Y borbrillan perlas
En el tapanco celestino de los reflejos clandestinos en las aguas.
Hijas de ellos
«Papá» dicen entonces

De petróleo las
Azáleas
Glandulares
De las jóvenes

Que en
Mero numen anhelante
Esperan encarnadura
Emocional

Si
Sol

Famirredó. «Papá
¿Rebuznan las estrellas?». Responde
“Al nacer”
Papá Del firmamento
De la boca al mundo

“Al nacer” Responde Paladar
Y se le oye

Parapapá

Dorremí

 

 

 

 

 

Qué padre
Fadorré trepar trigal
De trompetas
Desbalagadas a manera de rebaño
De jazz
Cuyas cabras parecieran caerse
Sobre las ancas
Por el esfuerzo escarpao de la cuesta
Pero siguen trepando y trepando

A temblorina pantorrilla de eco
Que no se reproduce
Pa no morir retráctil

Titilante en los candiles
Mástil
De la lira o entre los párpados cegatos
De la luz
En retroceso
Oblicuo
A toda madre

O en el tobillo de las trompetas
Mismas
Que en mismidad de falda recogida

Fasol
Lasí

A veces se queda pegao un rato si lasí Lasí
A las vestes espirituales
En sordina

Y a su sueño
Zarco alborotao

;
Hendiduras de piano aferrao
No se sabe diónde vienen

Bailando. Si lasí
Do re mi Plou i fa sol.

¿
De
La raya cuñada
Que ha parido zig
Zagueante
Teclao
El ray
O
?

¿
D
E
L horizonte inmortal
Que la víbora muerde del lao del talón
De la mar
Que mordió a Bubububu
?

 

L_2 Azaleas glandulares

 

 

«Vete a cortar una ramita
De epazote del
Que crece en la azotea
De Zenaida
La de Anca Delia»

Dijo mi amá a El Bodoque. María
Empírica
Quiso decir verdolagas
Del techo del tejabán De Zenaida

—Tan bajito que lo alcanzabas
Trepando tres escalones
O con dos taburetes montaos
Uno sobre otro—

Pero mi amá Nunca paría
Otra cosa que
Espíritus

Y el mío tenía calor y
Dije yo

Espiral
Pegao a sus faldas
De vida catamba
Abotonada:

«Lloviera hoy cuando que ayer
Llovía… En parvada
Llenaría

Mos alcancía de ojos
De alba picoteada

Amontonaría

Mos amanecer En la despensa
De no renovables
Mojao.

La suite entera
En trenzas
De música
Si del pico de cienveintemiles de pájaros
Festín el agua fuese del día que trajina
Desierto de los pies

La Sol
Famí de mi huesa
Menta.

Re. Sisol Sifá.

Lloviera

A chicotazos
De hoy
Ayer Que desprecinte estos listones. Lloviera

Troceando Desmenuzando
De granizo agazapao Encapotaos
Cielos y

Exprimiera hasta la ropa de los ahogaos
En los nimbos vírgenes ansiosos.

Qué natural
Respiración artificial
De gota a gota. Choque frental con un gendarme
De Aquel
Mañana de árbol
Que ves aquí
De rondín
Por Nopalapa
Frondoso y agitao por el viento

Confeti de hora muerta. Chipujos Salen al aire a comerlo del aire
Los pajaritos. Aprovechan que el minuto
Escampa y en la distancia
Se hunde.

Permíteme igualarme al resucitar. Boronitas
De maná del que tú mismo comes
Cielo. Sí

Tú Tutú Espíritu. Flecha
Sobre el mantel
Cayéndoseles del pico.

Cabecita de día levantao en embarro Este
Cielo de Ijuapa. Lo agarro con la mano y

Y lo ordeño. Leche condensada que ya sale marrón relámpago y
De lejos En la montaña se ve

Cabecita de tejas de tejón
A la brasa. Madrugada loca. Medio cuerpo bañándose
En la cascada De Soteapan

Igual de loca Pero más Al contacto
Con los cuerpos por todo lo alto horizontales
Curvos:

Disloca de su eje el mundo

Recorta imagen
Descuestiona semejanza

Apoya el peso en una mano
Y se basta para no caer
Sino oscilante
Y de cabeza».

 

L_1 Ojo entre las llamas5

 

 

Ábrete de par en par
Cielo de ventanas diuna en una.

Ramalazo de viento Jazmines en el plectro Re
Pleto

De campanas
A Re

Bato. Miguel
El que se murió
Me vio volar me oyó
Revolotear

Sacó la mano de la muerte
Pa ver si no se le mojaba
Y me dijo de facto: «No llueve.
¿No ves que no llueve

Pendejo…?». Callé
Del lao
De las alas

Recogidas para parar
A oír. «Hace apenas cien años por tres Dime
Por 4 ¿Qué de belga tenía El Congo?»…

‘Salvo a los suyos Nominal desconocido. Porque
Desconocido —Y pensar que lo bolsearon—
El nombre del Congo es inmortal’

—Eso me dijo Metiendo baza entre los muertos Eso me dijo
Mucho más llano que grave El gran Bacardí y
Arrimando la bici a la pared cerrada.

«Y en seguida Muti
Lando Dime qué tiene ahora
Teteponeando minuto a la mazorca
De granos salteaos
De colores café inefables O Rojos Entre los blancos raros
O
Brizneando yerba de los vientos que conmigo se fueron
De ese aquel tiempo Este siglo XXVI A las 4 y
Media Donde vivo profundo
Un XIX Un XX de oro. Lo

Que nunca tuvo De la mañana
Menos el crimen ya valió belga». Hablan

Tan poco los muertos
Que
O
Hablan
Con hocico
De estaca o símbolo peón

O salpicando
Se hacen entender a chilillazos.

Un rayo
Solariego
De la corola ecléctica
De mayo
Cayó

Metro de música
Extraño

Sin que se le viera el cuerpo
Ni lo oyera el viento Amarillo
De campanas al vuelo En pesada fuga
De campanario que se derrumba
Amarillo

Al pararrayos bajo tierra atril
Sirré Sifá

Abril
Bajo tierra

Del ataúd.

Sangró un abrazo de yel:

«Esto es sólo un aviso de que hemos recibido
La solicitud y comenzaremos a procesarla»

Dijo el rayo

Debajo el voltaje último
De su invisibilidad

 

 

 

Panto panto Jajajá
Veníamos del espanto y nada teníamos que decir Jijijí

Ni pío. Un aéreo
Fulgir arcaico
Parecía verosímil desprenderse del becerro
De oro. Oro leonao

Las imágenes
Habían sido fundidas antes de ahora
En horno de panadero

Tiempo
Barbacoa
A remolque

De bueyes y triunviros.

Virgilio
Cobra soldada
Único dilecto

Directo de Mecenas y este gallo

De aquel brazo impagable y atao de manos
Se tomará la pata que paga
Pa no estirarla

Él. Paquete Espónsor. Poética De matute
Plegable. Pallevar Al cierre. Re.
Rerrerré.

¡Do Remí…! ¡Como pa ponerla
A fundar derramando mi sangre
La loba
Romerías y remeros
Esclavistas Re Re Re!

«¡Positivo en Epo Peias!

Epociclista ciclópedo
En ‘Giro’ de Italia
Por los siglos.

‘Patriota’ Laureao
Por
Bruto y el resto de similares. Poeta Invencedor
De la galería de galeotes

De Homero El Invencista».

«¿Epositivo…?
Bueno:

Troyano el clásico
Caballo el clasificao. Eso
Ni modo

Calígula de atar
:

Monto como viene
Re Re Re

Pero si de verdá es poeta
Y guía cuando menos un turista por el Hades
Cabalgo y ya chingué»

Pensaba —Minos lo veía pensar y

‘A ver
Quién inmortaliza a Quién’

Deliraba El Po
Tentao
Grandeza Criogenizándose amañao

Benefactario De matute
Fiscálido

Del poderómito fatuo

Del sinfinario
Poderío románico ooo y su cantante en funda
De fundar la Fundación
Que llevaría su nombre De él no el del cantante Por las caballerías.

Limpiar dinero De sangre Con caballada purasangre
Flaca Mejor. Pero

Pa qué hablar más de estos
Y de esto Mortales. Amigas mías
Mortalmente Pálidos
Echémonos
Al plato el plato
Servido.

 

 

 

Comerlo al microondas
No Midas lo soñó

Pero era lo último que quedaba

En los almacenes
Saqueaos por la
Tumultuaria
Luna
De olvido
Carac
Oleando
En reproceso

En los bunkers
Sublunaos
Vida

—Vida
Por el sol de los candaos
Abiertos por el óxido
Ribonucleico y

Y los gusanos acorazaos de plata
De los sótanos

Ventrílocuos

De refugio abombao y

Y
Cara
Coleando

Vida
De las minas guardiola
De residuo Radiactivo Mi vergüenza.

Me quedé corto

Circuito De una pata de la silla. Toda esta edad Larga en Reproceso
La tuya Es mi vergüenza: Entre todos los muertos
Con los que hablo más a menudo y

Y entre las muertas que vos matais
Lo es y

Por eso a todos pero más a ellas les doy la cara

Empezando por decapitaos
Que ya no llevan Obviamente señor De Aguilar La cara puesta y
Por los cuerpos troceaos en eritrocitos
De las damas después Implacándoles cuello arriba
Aunque tampoco ya la lleven puesta
La sinécdoque De una mirada de amor. A la guitarra
Tomatito Voy a inspirarme más todavía
Y a los niños tumbaos como pájaros de un tiro revolverlos Re

Suscitaos sin más. Para lo que no me alcanza
Camarón es para espejos
Electrónicos Pero “Ya se verán”… Oro Era

En la tele del verso Oro Era
A la mesa virtual del tropo horneao Jajajá Oro Era

Lo último. ‘Lo poquito que quedaba
Todavía’.

Y sin más nos lo atracamos

Mandando
A los aníbales
Ástricos de la c de arriba y
La g de abajo a
La guerra intestina de los
Lingotes chorreantes
De manteca

En reproceso tal que de tan brillante a los postres recuerda
La Guerra de Los Pasteles.

Pero mis ojos duros que la ven la viven
Señora y Los de usté son la guinda.

Un selfie y a otra cosa Numinosa.

Pesadilla de guisantes de olor
A podrido. No te topes por ahi con mi muerte
Y si te topas salúdamela

Alcahueta
Aptitud de mandar hijos
A chingar su madre
A la vida Peyendo pedos
Doraos.

Occiso más que mandar a vomitar Brillantes de asco amarillo
A genocidas. Más que mandarlos A desaguar Exiguos
Aceite industrial —Contrabajo ‘en negro’ de la muerte próspera y

Abundante. Aceite parietal
De cabeza de lista de larguísima coleta Arrastrando
Por los suelos un reguero de traficantes de armas y
Balines. Mandar

La cauda entre las patas
A desaguar
Aceitosas

Eternas entre las llamas
Del hoyanco
Eterno

Almas morales
O

Haber chiquititos
Alguna vez
Mandao sidos a
No acordarse
Jamás
Que hay que morir
En época importante

‘Cuando que En mi tiempo
La muerte’

‘Cuando que En mi cara
La vida

Murió y

Murió La Dios’
—La
Mentándose la madre

Y a ver cómo muere Acelerante de amor y
Sueño emputecidos Lo Diabla
Que se la cargó y

Y en eso estamos cagaos.
Mira Lola Mira Lalo
Matando viene Matando va
Por los caminos

Municipal
Macheteando las calles pesadas de sangre de chivo

—Los odios de amor viejo
Destazando silvestre Cazando el aullido de los cornos
Pero mis ojos
Mis ojos Pero Mis ojos
Si los de usté son la guinda

 

L_4 Els Macips

 

 

«¡Señorita Dios!
¡Puta Señorita La pisé…!
También pa qué no se fija.

De por sí que hay que bailar
De puntitas pa no pisar los cadaveritos
Ametrallaos y

Los pájaros del momento que ‘en lugar equivocao’ les
Traían “Las Mañanitas”…

También pa qué no se fija.
Parece usté proverbio chino…
¡Y ahora ya…!»

“Mejor mujer no haber nacido
Con la bola de hijos que matan
Hoy

Adverbo que yo no
Verbio”

Dijo quién sé qué yo (‘Paloenvuelto’ quizá Que le apuraba
Abanicando la lumbre A los tamales) No es pensamiento

—Pero en aparte y

Y
Si puntual lo cuento amarillo huevo
Con su puntito de sangre
En la yema a tanto gallo sin huevo

Es porque la sombra de la ola chiclán
Les llegó al nido y

Con el aire que pica el pájaro alacrán
Cobró un color inexpresable a pájaro testigo
Y lo inexpresó en palabras

Hombres En palabras mujeres

Palabras Oripán
Talones

Palabras
Que ni la sastre se pondrá Pero
Mis ojos

Palabras

Que los mudos supieron
Ver ÷ los ciegos Pero no decir

÷
Los sordos

Como yo puedo decirlas
Pero no pintarlas
÷
Los mancos gallos absolutos
De gallina

Espiritual.
Vudú lengualarga si no fuera yo de Haití
Del otro modo que lo soy y

Y el huitlacoche de botana y
Crecida experiencia
En deglución de plástico

Nos habían facultao para comer
De todo

÷
Los sin tacto
Y los inodoros

—El
Metano

Taco
Disputable a bacterias silvanas

A engullidoras de arsénico

—Horror
Al ancla sin pantalones
De amanecer que no madruga

De la mar alta
Flagelante
De odio Que ni a cuerazos de ola le saca amor

Fondeando
En épocas

Epóxicas —Fondeando
En callos de pie de piedra en uranio enroquecido.

Canto madrastra de Teodolito
Entenao rebota.

Pero

Mencanto ooo Pero

Oro Mujer
Con insistencia

Oro
Era primera vez

Querida Madrecita Querida Y quizá íbamos poco
Convencidos A la mesa de oro. ‘Cantaron
Los ruiseñores’. Lo mismo

Pasó cuando comimos asbesto
Plancha de morgue
O plancha de planchar.

La mesa era De lo que está hecha el hambre
De mis manteles

Mole De asbesto
Morgue y plancha de planchar
Peristaltes

Sueño puro y desenlaza en mierda
Y no podíamos ni imaginarnos blando
El olor de la sangre frita de los pueblos
Condenaos

A vera
Cruz
Y pensamiento griego

A mucho que mejor les vaya
A quienes sobrevivan. Pero mis

Ojos La aviación
A plomo A pluma de halcón
El cagalar de bombas

Los cuchillos en el pico

—Ablación humeante
De los genitales de húmido atardecer caído
En lontananza
En África
Lo más parecido a leona que se echa a la sierra
Con la escopeta arrebatada al cazador.

 

 

 

 

A grandes angulares capturé y Que no se diga
Que la segregué al revés
‘Raza’ güera en lo que llamaron Sudáfrica
Los etruscos.

Era Debo decir que es
Igual Musulmana Codicia
Que Latina
Religiosa Militar Civismaria
Inglesa

Tanto por sien
Portuguesa
Penetrante a la bayoneta

Francesa
Y a otros instrumentos afilaos en pensamiento
Muela

Holandesa
De amoldar a güevo. “Alá nos tatúe
El opio a lingote vivo. La heroína
La mafia rusa. La francofonía
Los italianos de la
Cerdeña.
El sida los gringos en Normandía.
Enrique VIII Los campos de concentración
Aborígenes de Australia”
Dijo y deste modo se desdijo La Moñotes
Siempre contradictoria ella
En términos históricos.

Ablación humeante
De los genitales de húmido atardecer caído
En lontananza entre los alambres de alta tensión Decía yo
Pero como si nada
Platicaba De cosas veredes Sulvarán con doña Pipi Hola
Ola En Asia. Y dijo don
Tucán saltando de la rama de los borbones

: “Arrugada y conservada en guáteres
De oro en Windsor
Vive la Corona de la India
Que la parió por perlas paquistana” y entre otras

Cantaron las avutardas
Las agüelitas y la infanta doña Urraca.
Se puso como un huevo el mundo
Frito
En toda América Latina

Y Ni por
Este
Oeste

Jajajá Irak La madrugada
En reproceso
Australia Que es tan habladora y
Se repite

Siria Jajajá
Las Áfricas mundando vorágine de origen

Oceanía la maga verde de todas las islas deste planetoide
Mondao

Tetechará si no se lo escabecha
A Napoleón de las Prusias que le sobran
O deja por muertas
En retroceso
Bielorruso —Hasta las orejas
Gringo Jojojé.

Georgia en lata geopolítica. Lira cerrada de apandar ‘mundo libre’
La noche no cubrió [Ni por estas Jajajá]
Los amores del ser y el espíritu
En las reservas profundas de petróleo ártico
Y no la vimos Lira abierta al empujarla el canto de la sangre
Batiente Murciélago más
Sobre la Tierra

Oscura Helada Negra
Esencia

Voladora de órales de oro
En pelo negro. Cómo brillan en los sesenta
Jehová de los sicarios de oro
En aquellos reventones Aquellos
De glaciares derretidos. Pero

Más la noche que llevan por todo lo alto las muchachas chinas
A la Revolución Cultural
Pebeteras de la propia gracia
Xino-Xano.

 

 

Proceso L_4 01

 

 

«Ni la flecha
De pachanga en mi frente que Eros
Abandonara en aljaba

Madrugada abandonada a mi noche
Sabor pujido a sábado de gloria»
Dije Entonces pues
Doncellas y Allí

Donde dejé la
Montura
En reproceso y

Dejé
La raya costera
Mediterránea
Cantaron las gaviotas Imperdibles
O

Aljibe de un putero en Sayula
Ojazos Inolvidaos Imperdibles Flor de olmo
O

O en la verdad imperdida de la hora un hotel en Jalapa
Orquideaba o era en Coatepec
El cultivo de la Flor del Puerto y
La línea de asfalto que une los jardines
Y el beso muelle de la noche hembra en la verdad perdida
Cantaron las calandrias y

Y el jabón que nos bañó
Y el agua que nos lavó los miedos ‘naturales’
La pelambrera Y la bestia vaciada Jajajé
Cantaron y acabao

Queeeeda todo ooo en los ojos entornaos Pues bien
Del pensamiento
Lejoooos
D’un penjat

«Ya.
Pero Cosa de los ojos.
Menos aquellos sí con que os vio la mierda
De oros

La cuerdura de la cuerda al cuello
Que refresca Las almas a la encina ni

Ni los peces abisales de oro
Que oro comen en las fundidoras
Profundidades
Viejas del viejo mar

Ahora que vive por dentro
Del planeta
Su vieja

O
Tiene que darle de alimentarse mutuo
En la serranía zoque popoluca
Por el lao Juan Volador donde también vive
O donde siempre ha vivido y yo no lo sabía
De tanto pichichi y tanto galambao

Que les tapa cielo En reproceso
Tubular y

Y come pene
Vaginándose» Dijo Siempre vuelve
Tomando popo a sorbos A la fiesta de Soconusco
La Sombra de ‘El Chupipi’

Muerto de soles Re sombrío
Con la chingada sonrisita y Con las canillotas y

Y el bolo de oro nos lo bajamos con mercurio
Escaso Pero raro otra vez Recogido de la
Noche
Ahora a la Intemperie Enronquecido

Nit Emper Adora aaa

Maldije
Porque me tropecé.

Porque Me tropecé Con la noche que te adora
Maldije De poder alumbrarte

Nit Emperadora aaa

De la farmaciola
En reprocés Surt escàpola

I tu més encara
Surt escàpol

Emperador
Sol
Que Dorms De Costat

Y d’Aquest Costat
És De Nit…

Verde octubre rarefacto de los robles
Noches blancas bese negras
En el pico de los cenzontles
Callándoles ni uno de todos los cantos

Per a deixar-ho dormir

 

L_3 Gallomuerto

 

 

GALLOMUERTO
QUE DEJÓ GALLOMUERTO

AL PRIMERO QUE DEJÓ
GALLOMUERTO

Sin dejar gran reguero El Espíritu te arrastra
Y te deja tirao en el callejón.

El minuto Isla Sólo él
Ambulante

Iba Inconciente
Islote
Navegante Y todo
Todo lo supo.
Y murió.
Desde mi donde me dijo
Cuándo Risadegallo:

«Con tanto muerto no creo que den con el tuyo
Ni siguiendo el olor porque el barrio apesta parejo
A Ka O y a miao de miedo.

A la sazón diamadre que tupido asiste a coimes.
Tienes suerte que no te surtan» Dijo Ella

—Su palabra transmitida a las generaciones
En tahona
Champurriao.

«Todo sea dicho Sí Pero
Todo se ha dicho» Dije Medio
Sumerio Medio Sánscrito
Dándomelas Acá De nahuatlato y —Si me matan
O me muero de algo
[Por hacerte caso]

Dejaré una carta
Dirigida a tú.

«Eso te pasa por tomarte El pancracio En serio»
Dijo pa consolarlo Con haches de [h]artista muda
La Mamá De ‘El Cagao’ —A la cual no conocí en el ring
Sino de lejos y bajando de alarido a gritos.

De él sí señora Me acuerdo Y que aplicaba
La Marca del Zorrillo

Y de ‘Chiribito’ —que iba pasando y oyó
Pero se hizo el muerto fresco

Y nomás
Vio Oyó y
¡Ahinosvemos!

«Y no salió en las figuritas por eso» Dijo imponente la figura
De ‘El Cobarde’ Apoteósico En valiente
Entrando en La Ciudad Del Miedo

—Oye tú —Me dijo— y
Qué será de ‘La Gallina Clueca’

 

 

 

 

Dueña del ArCo Lorao
Dueña de la FleCha Maca
Señora Dios
Inquilina allí

Donde me lleves Pero mis ojos…

En lo ciego sordo y con este puto calor yo tengo frío
Y es del alma Dueña Del blanco Huevo Iris
De la Noche

[Cl]A
Morosa

Impereciente

…Señora
Del alma
Mía Sonsacaos. Y

No me agarres de parking de pata vieja
Ni me confundas a ‘La Sábana’ con ‘La Toalla’.

«¡Qué va a ser…!»
Dijo Implausible ¿Ramito
Pepe
Chalinogrande

—Y el tono azul de ‘hummm’ más humeao
Que ‘¡Púchita…!’ [Era Pollollón Creo…] Que te queda todo
Pegosteao De tomatillo del que se usa en El Monte
Pa repegar vínculo roto

Está más cabrón De Enfrente Que cabrón saberlo
Greñuda

Pregúntale a El Caliza
(Lo vi majando café Está en el patio)
A LaBVozAliada y vas a ver
Vas a saber Más que Manuel López Guillén Multiplicao
Por La Calaca Mireya Si es o no de mi familia—

Chalino Chico

Chalino
El Hijo de Chalino
Grande Pero este sí El Más Chico

La Vieja Arrecha O el hijo de Chalino Chico

Chepa
O quién O qué que qué…?

—Y dónde que no te aflijas…

—Ya te lo dijo el popular ‘Croquis’ Chingao
Y que los moscones revolotean gordos
Gordos. Y

«Y yo que tú
Del Espíritu sí pero ooo
Del Espíritu nonó

Señora
Del espíritu del

Espíritu Que compartes a las
Rosas Y a otras Cosas
Es el colmillo. Porque afuera zumban
Por ejemplo a mí Uhuhú mosconas de viejo

Y de continuo traigo bolsillos rompitijaos y Lo creas o no Se me escurren las estrellas y

Y más las chaparritas Dentro el pozo bajo mi pie Si meto la cabeza de las manos
Allí donde me rasco La patilla —De entre los dedos Por el lao de cara del muslo Izquierdo
Se me resbalan.

Pescaos cogidos por la escama y el brillo viscoso… «¡Con razón…!»…

Efluviolas que se resbalan de haber cogido estrellas. Un día alguna
¡Pampararán!
Un remolino de revueltas olas arde y

Y llegas a fatiga de jamelgo largo de mar

Delasilla
Es de Resbalarse
Y Caes

De lao. Tú
Fantasma.

 

 

 

 

“Yo soy En Vano Puerta” dice y Se desliza
Precipitao Por ella Hasta el fondo
De mi almeja… Máscara Roja

Hasta Más De medio Miserable Abismo
Calada». «Ya hasta se estaba tardando. Pero

Déjalo. Es muy trépido»

Y a cara calada cala mis huesos. Me cala.

Estrellas que se cagan de temblor comodato a circunstancia pinche y
Y me duele un pie Brillando
Nada más de frío. Puede

Que sea de
Noche. Mientras
Excaen Me exceden. Puede que lo sea y

Y ya vendrían de regreso de no ser por las branquias
A[h]Negadas.

Ya se ha hundido El pie de este día tan dichoso
Sin pensar ajenos los actos De la especie
Que en tanta sangre Humana Los canta comitente

Derramada en muestra terapéutica la sangre de ‘El Caballo’
‘El Chivo Vergas’ y ‘El Torito Mota’.

Y me callo. Un curao de espanto y otro de pitahaya. Me callo.
No me vaya este cabrón a arremangar tres o 4 tepejilotazos.

Un muerto más o 2 que diga
Y me callo.
Muera más sangre. Qué chingao.
Un rato.

Un rato más nomás…

“… Nomás
Que no viniera nomás a chingar.

Un rato
Que se quedara Un rato.
Pa semilla y

A velarnos. A ti y a mí Si no me dejo”.

“Podría hacerse pato”.

De arriba Para arriba Cualquiera es de caerse y se cae Y así o por eso
Caen carabajo las estrellas Cayendo cararriba ¿Y todo culo que caga de noche
Ojo de fósforo es? Sí. Por eso. E ilumina La Mano que abre Una ventana de la vida airada y ¡Juapi! Algo la cierra de un trancazo. Así es la vida. ¡Juápiti!

De puro chispear chisporrotea profundidades en pared de sombras
La llama espuria y

Y en el pozozoomorfo en líquido sólido la forma
Intermitoria

Fluye esposa de la sangre reverberada
Rechupada Total que es densa y

Y corre ‘al uso’ la derramada. A cuatro ojos espesa

La hijaelachingada. CaradeEspejuelos flameando
El charcajo del Elemento Azulazufre y

Ha sido vista De patas
Algo así como habérselas Consigo misma Volcada la carretilla
De los cielos —Su carga Poco menos si no más que lago
Abierto a la efusión furtiva de la vida con alas y

Dos cuadras más allá del
Elemento verso
Único

¡Mij!:

‘El Elemento Can’ —Niño entonces. Hoy Más chico
15 años Más o menos Que yo Ya estará grande
Mató a su mujer.

 

 

Proceso L_3 07

 

 

Cuántas impersonas impreñadas
Quedan y Entre odas al ripio ‘El Mamacita’

Atrapadas en el Verbo
Culoebotella cuando hasta ella
La Mamá de ‘Culoegallo’
Mató a su papá. «Al

Abuelo de
‘Culoegallo’» Puntualiza ‘El Morao’ Serna.

¡Mij Cuánto merengue apambichao
En la noche del Trópico
Mamá de ‘Culopinto’ y

Mamaceando

Verso Catorce y Mineral
Mamaceando
El Crimen Terrible de La Playa de la Luna
Universal De la órbita terrestre Donde Dijo ‘Toruno’

“Hay tal lugar”. Lo hay y allí estaciona su taxi
El Teniente Fausto Eme Ruiz
Que ‘con el puro disparo’
Mató a su mujer
Después de alburearla En Los Reyes! Y ahora
Chanchacachán Ampayita

Cuelo la patota larga de mi largavistas en caleidoscopio de envolver y
Allí me nos vemos Porque allí estábamos Juntos pero devueltos.
Lente de lentamar lamiendo arenamorosa

Más Allá Principal Tercera y

Pálida en la cama Pálida
En la playa menstruando La mujer de Nuestro
Momento Ganso me olvida
Y resuella. «Un muerto dos que tres»
Me piensa —Y de Ella yo pienso dos que tres.

La muerta
Ella
La cosa del pozo Cóncava de los años
Pócima de Cielo de Agua
Que cómo se le parece por lo celeste al coño

Ideal. Color de los sabores
Caimito
De los mejores años el tuyo
Moza. Monumental
Tan Fermosa Abierto

Para No escribir su color
(Ni en cosecha Que hay tanto)

Con otra palabra

Que la tuya En su defecto la de él. O inventarla
Rosada. Quedarte pendejo:

No Te Alcanza
Pacomer con los ojos
Rosao De Los Mejores De la Lengua.

Si los hay O teórico ‘Los Mejores’. Alguno
Titubea. «Aquí y allá desparramaos llevándoos bien con ellos

Despojos de cuadrilátero Fieras horas rosamexicano
Ágiles de ojos en ring

Side. Festivos que son ellos.
Disputaos al pensamiento No a la fuerza
La intensidad del primer minuto mano a mano
Arrancao con todo y ojos al universo
Chiquitito [“Acabao de nacer…”]

De los 3 Que queda a debernos
Pata Larga —Muerto 40 o 30 mil No llevo la cuenta
Entre ondas gravitacionales
Deste día de carabela virada. Minuto

Pirateao al Cofre de Oros
De lo muerto Enterrao
Vivo Pero mis ojos en el mapa

 

 

Proceso L_3 08

 

 

Primero que nada me los arranqué». Yo
Fondeaba
Eterno cuando podía Yo

Fondeaba
En un cortadillo rinconete
En que son de palma
Las olas del viento
Del puerto de Veracruz. Así Jejají

Lo radiamos Diuna ínsula a lotra
Poco antes de irradiarlo a las playas
De lotra vida
Pero Eey
Que me eee

¡Mis ojos! […] Tonel idiogénico aPuntodeVolar Dinamitao y

El vers a la política de ‘tot tot!’ se revuelve y ¡No me digas res de res
Ni «Una bandada de zánganos Patata arriba»
Porque hasta eso: Cluequean!

Puentearé corriente en la batería fuera de servicio
Del motor a gasolina de omitir y poner
Verdad en la barriga inflamada de
Lo Bello Paraporque y

Y me dicen «¡Hazlo!» Sin Gritos Los Altavoces del Ron
En los fonocongales De hincapié de Congo
Del Espíritu. ‘Es mejor Melancolía que aire en las llantas
Tienes coche En el taller’. Y ¡papas…! Es lo que hago alegoría.

Pa que se callen el zumbido en África y
Despierten las avispas negreras en Barcelona
O en el Sena a toda vela. ‘Entonces
Alegría Damnificada Sí la hacemos
Tienes bici’ —dicen. Redicen. Pero no ooo

En lengua clueca En paralelo 38
No.

No se ponen huevos a la vida
Cluecos En bandeja

Espiritual.

¿A poco no ‘Chocorolas’
Píopío que bien lo sabes?

Tampoco a la incorpórea
Semilla de patata En quantos de alma
La Muerte

En molécula de pensar
Espiritual y dar quinina.

No Ni… Menos
Pariendo brava ella cementerios de chayote
Sinsema —Del más filudo y Picudo también
Por dentro. Por fuera ya El mercao semillero Quedó vacío
De fucsias fatuas Y de cebolla morada y ajo verde
El otro día. Ramo lampiño entonces Y el local
Pocopelo
Está hoy pa no dejar tubo de ensayos
Ralo. Sembraremos
Puercos ‘Chilpallate’. Los Sembraremos a ver si retoñan
Puercos Preñaos.

 

 

 

 

 

Dime Parapotente
En abierta flor
Indemne Reina Altiva
De los puercos de mi chiquero
Dime

Discreta Lirio que rompe aguas
Pie de barro En aurora autoviuda de autovida
Secreta entre los patas

Qué fue. Qué coño fue.

Sin calcetines

Qué paso
En la huella borradera

Qué paso y

Qué más se llevó
Que se llevó el pie que no era
Señora Dios
Quitándoselo al otro pie y poniéndole de nuevo calcetines.

‘Dijparátej al paso dejta hora. Jue

Dijparate. Por poquito y no le atínaj a la que vino clueca
Miéntraj le disparábaj a lotra al pie de hule.
No mámej con el tirador Tiradora

Ni con la badana Ni con la piedra —Tampico más rapsoda
Que sigloveinte bien entrao envuelto en ejte papel
Devuelto de envolverte

Arrugadita

Dueña Celofán del Arco Himen
Eo

Del mecate de la cuerda
Meneona Dueña de la FleCha Mana
Meneada

Tú De mandíbula de Canto entre laj piérnaj
De mi mano mana manatú Y de ti mijma De tu boca


Ejpíritu’. Pero mis ojos En lo ciego tutúo de la piedra Señora Dios y
Con este puto calor yo tengo frío
Y es del alma Que todo lo vieron
Señora Bonita
Señora Tentación
Siglo XXVII Al revés a dos manos
Señora Dueña De mi Negrura Toda Co
China.

«¡Qué va a ser Poesía…!» Dijo Ella cogiendo chanfle de la Noche Fría De Soberbia Oreja
Y el Lóbulo de gambar Satanás por casa en chanclas Se estremeció de muerte natural y

Y ‘Ni modo que hubiera de otra’ Dijo Lucifer alumbrao
Al natural de su nombre. «Con este puto calor relumbrante
Hasta yo ya tengo Frío Natural
Y es del alma Lo que es del alma
Y todo lo demás
Espíritu». O fui yo faltabamás bajando del entarimao
De las marimbas y las chachalacas clamando
Hecho Entoncesqué y Reclamando Enquéquedamos
Llorando

Yelmo refulgente de
Bronce en cresta de gallo
Coronao
Gallomuerto
Primero

Puesto a cantar

Rey de gallos de palenque parao a pelo
En su palo Entre la grieta de Larsen
Y tu Agujero
Negro

Levantando la ronca pata
Del acelerador de partículas

 

 

Proceso L_3 09

 

 

[Imágenes: Rilke Roca/ Proyecto lírico plástico Lámina Eliçavet]

 

 

 

Entrevista mía con Gordon Ross, sant Jordi, 2004

 

 

gordonross

 

Orlando Guillén y el Libro de Libros
Gordon Ross

 

 

Orlando Guillén, poeta, ha sabido encontrar el alambique de palabras que le convenía a la poesía catalana. La lectura de sus traducciones significará, para el ojo que se le acerque, el placer de encontrar una pieza bien ejecutada, transferida más que traducida, revivificada, poderosa y fiel al original

Dolors Miquel

 

Guillén tiene escrita y publicada una obra que debe contarse entre las más importantes de la literatura mexicana, y así entonces, no hay ni que decirlo, de la creación (poética, teatral y crítica) en lengua castellana

Enric Casasses

 

 

Orlando Guillén me hizo llegar una copia de su Libro de Libros: Doce poetas catalanes del siglo XX, el cual me impresionó profundamente, no sólo por su extensión y por contener una parte medular de la poesía catalana contemporánea, sino por la calidad de los poemas y de los poetas hasta entonces desconocidos para mí. Fue un reencontrarme con una parte fundamental de España que nos habían ocultado. Una España que resistió, que mantuvo su aliento vital. Fue escuchar la voz catalana en el lugar que le corresponde en la literatura ibérica. Una lengua que es también nuestra herencia y que maduró en la obra de estos poetas.

En estos momentos en que España vota contra la guerra, la palabra contenida en este libro se escucha con peculiar claridad. Es voz viva, verdadera y por ello nutricia. Es voz que necesitamos.

También Orlando me hizo llegar la carta donde renuncia al apoyo económico ofrecido por su traducción, pues, dice, no se ajusta al monto acordado. Incisivo como es, irritado después de semanas de no tener un peso en la bolsa, me contó la intriga palaciega de la que es objeto.

Me dio coraje y tristeza. ¿Por qué un Poeta, un Verdadero Poeta, que lo ha demostrado libro tras libro por más de 30 años; un poeta que aprendió el catalán y se dio a la tarea de darles voz castellana a sus mejores poetas y que lo hizo con genio; por qué un poeta que es poeta no negociador político ni empresario ni mercadólogo, tiene que sufrir la indefensión económica a unos días que se publique su libro?

 

yoni

 

 

Quizás Orlando negoció mal o no tiene la paciencia para entender a la burocracia, pero eso no es lo que puede pedírsele. Se le puede pedir que traduzca, y que lo haga bien, y eso ya lo hizo. Ahora le toca a las instituciones de cultura completar su parte: por sí mismas, de oficio. Este Libro de Libros es un texto necesario para la cultura de Cataluña y de España que abre un puente precioso entre ambos idiomas. Hablando en el de los poderosos: este libro es una Necesidad de Estado.

Orlando cumplió su parte con Cataluña; lo hizo de motu proprio, encerrado en su trabajo, como un regalo. Era su Necesidad de Poeta. Ahora le toca a los catalanes celebrarlo.

No me extraña que Orlando tenga problemas con el Estado mexicano; todos sabemos que está presidido por un ignorante que no sólo ha dejado sueltas las riendas del Estado, lo que significa el festín de los pescadores, sino que la cultura le es ajena. ¿Pero en Cataluña? Es más: ¿no se han dado cuenta, oh amigos catalanes, que tienen a su servicio a un embajador valiosísimo? ¿Ni de que no sería mala idea formalizar su relación laboral, o sea: darle un ‘contrato’ de poeta (que nunca es mucho pues no estamos hablando de futbolistas), y que siga traduciendo? Quién sabe cuántas generaciones habrán de pasar para que haya otro como él.

Le hice una breve entrevista a Orlando Guillén para conocer sus argumentos en torno a este problema que nunca debió haber sucedido y que a continuación transcribo con toda su crudeza:

 
¿Cómo fue que concebiste este proyecto monumental de traducciones de la poesía catalana del siglo XX? A primera vista resulta desmesurado…

Desmesurado e inalcanzable. Un libro como este sólo es posible sin habérselo planteado nunca. Lo van haciendo los años y la apasionada entrega, diría Pepe Alameda. Es producto del amor, la circunstancia, y mi envío a la memoria de un poeta: Joan Vinyoli. Vinyoli seleccionó a estos autores; me los obsequió; me abrió una panorámica de esta poesía. Es un regalo y una herencia envenenados. Su muerte desató mi intención de hacer algo con estos autores. Yo estaba leyéndolos y traduciéndolos dispersamente; sin un propósito claro. Antes de conocer a Vinyoli ya había yo traducido un libro de Espriu: La piel de toro y una muestra de Ferrater; pero de ninguna manera intentaba con los nombres aportados por Vinyoli hacer algo más que dar una señal amplia.

Entonces, ¿cuándo surgió la idea concreta, el esqueleto de Doce poetas?

En 1994, en México, cuando el salinismo (o satalinismo: todos eran menos yo satalinistas) había logrado hundirme en la desesperación (por mi familia), y en la miseria por el veto, la persecución, el crimen de Estado virtual y manifiesto. Monté el esqueleto de este libro; añadí muestras de mis textos traducidos y publicados y de los inéditos (bastantes), y presionado por las circunstancias (mi hija tenía 4 años; mi hijo estaba en la secundaria), rellené el formato para solicitar la beca Guggenheim para acceder a la cual había sido invitado por esa institución 10 años antes, y se las mandé. Lógicamente no me la dieron. Era obra. No eran ‘nombres’ quienes la avalaban. Le hacía más falta al ajonjolí Poniatowska o a La Sopa Campbells; ya no recuerdo a quién de ellos se la dieron. Los figurones primero. Pero el libro estaba ahí, en esqueleto, y yo, el hacedor, no tenía más que ponerle la carne viva en lengua castellana. En 1998 el ayuntamiento de Jalapa me concedió para ese proyecto una beca (la única que he tenido en mi vida) por un año en Barcelona. Aunque no era sustantiva pude estirarla para que durara seis meses más, y aquí tienes ahora el librote.

¿El libro quedó concluido en esas fechas?

Concluido no. Quedó listo para su revisión general, y a falta de introducción y epílogo. Pero ya estaba ahí: el libro cobró cuerpo. A ello contribuyó azorao Enric Casasses como nadie, y otros: Dolors Miquel, Mireia Soler, por sólo recordar a las mujeres.

¿Cómo se involucró Enric Casasses en este libro? ¿Cuál es la valoración
personal que puedes hacer hoy de su trabajo?

Invité personalmente a Enric a prestar a este libro su consultoría poética en catalán, a lo que accedió con entusiasmo, pasión, entrega absoluta. Rebasó por completo su contribución en este orden y acabó firmándolo conmigo. Lo digo en la Introducción: multé en efectivo su entusiasmo añadiéndole la carga intelectual, poética y humana (formidable; un reto de esencia e identidad para cualquier poeta catalán vivo), de escribir el Epílogo. Le atoró, y ahí está su trabajo. Me parece que se trata de un texto general y esclarecedor, de divulgación, y poético por su factura, de la poesía catalana en el contexto más amplio de la poesía europea. Está en ella con peso histórico, artístico y humano desde su nacimiento ‘moderno’: desde las medievales provenzales cortes del amor, y el texto de Enric establece su verdadera importancia a lo largo de los siglos y los avatares de ‘contexto’, y le da sentido.

¿Bajo qué condiciones escribiste la Introducción? La beca de Xalapa ¿de algún modo significó un respiro…?

Un respiradero. Sirvió para montar el esqueleto del libro y de la traducción; para dejarla lista para su revisión definitiva; para poderla presentar a las editoriales.

¿La presentaste directamente al FCE?

No exactamente. Desde un principio, un libro de poesía catalana, bilingüe, de algo así como dos mil páginas, no iba a encontrar editorial privada en España que lo publicase. Enric y yo lo presentamos al poeta Francesc Parcerisas, director de la Institució de les Lletres Catalanes, y se tuvo por idóneo al Fondo de Cultura Económica por su infraestructura en el ámbito hispanoamericano, y por ser de naturaleza estatal y estar obligado a publicar y difundir la obra de los escritores mexicanos. Esta condición todavía no han podido secuestrármela. Así que yo llegué aquí en el 2000 con la encomienda de proponer este libro al FCE, con el apoyo a la traducción de la ILC y de difusión en el ámbito hispanoamericano, además de otros importantes ofrecimientos para hacerlo posible, y con prensa cultural catalana que no lo respaldaba en vano. Por eso y por motivos añadidos de defensa de mis derechos de sujeto, estoy dando en castellano algunos textos de época.

¿Qué pasó en el Fondo entonces?

Entonces comenzó la historia de persecución contra mi opinión, mi persona y mi obra que conoces, que conoce la opinión pública interesada en la poesía en ambos bordes atlánticos, y que debió terminar a la firma del contrato con el Fondo y al cierre de los acuerdos que alcanzamos; que tuvo sus mejores momentos durante mi estancia entre agosto y noviembre de 2003 en Barcelona donde el libro como la luz se hizo, y se anunció oficialmente su aparición y su itinerario por los países del habla, y entre febrero y marzo de este año cuando Enric y yo le dimos aquí en Las Flores de Uxmal la lectura previa a su publicación y lo entregamos como libro cerrado al FCE.

¿Cuándo sale; cuándo se presenta?

La feria del libro de sant Jordi, es la fecha (23 de abril), simbólica de sí misma, originalmente acordada para la presentación de Doce poetas. El FCE y el Llull no tienen disposición alguna de cumplir este compromiso. Ni de mantener el itinerario. Y desde luego o mucho menos de pagarme. El Llull compró este asunto de veto y persecución mexicana en mi contra, y la retención por conflicto de mis percepciones llullianas me ha revertido a la inopia, mientras los políticos y administradores le encuentran la mordida al gato.

¿De qué se trata?

De chingarme. Pero me la pelan. El apoyo a la traducción se destina al autor pero se negocia con la editorial que publicará la obra. Esta era competencia de la ILC entonces y hoy la tiene el Institut Ramon Llull. Se pusieron de acuerdo las cabezas, me eliminaron del acuerdo, y dieron a conocer a los medios que se concedía la ayuda a mi libro, pero sustancialmente disminuida, reducida a la pringa, la migaja. Por eso y por mucho más la rechacé, sin renunciar a ninguna otra de las obligaciones que tienen contraídas esas instituciones con la obra, particularmente por lo que toca al itinerario.

Bien, pero te pregunté que cuales habían sido las condiciones en que escribiste la Introducción…

La Introducción la escribí en condiciones atroces, de indigencia real, gran parte de ella a mano, sin tener materialmente ni para comer, en tiempo impuesto por el FCE como condición para ‘destrabar’ el asunto, sin los textos originales aquí y sin ningún tipo de medio electrónico a mi alcance salvo de paga. Pese a ello, pude contar con la consulta eficaz de Casasses y terminarlo en el tiempo acordado. Fue una chinga tan terrible cuanto finalmente satisfactoria.

¿Cuándo crees que salga? Ellos, según lo que has publicado recientemente sobre esta cuestión, tienen la intención de que vea la luz hasta la Feria de Guadalajara en noviembre…

Lo que importa ahora es acudir al momento de defender este libro de libros (enteros) de los poetas que incluye, el panorama de autores clásicos ya de la poesía catalana del siglo XX que ofrece; como acontecimiento que es de enriquecimiento y acercamiento espiritual entre dos culturas prójimas y desconocidas; un acto de recepción al espíritu catalán en el ámbito hispanoamericano; y entrar en una actualidad que parte de mi rechazo a la ayuda a la traducción y del montaje fársico que ha servido para exhibir las verdaderas intenciones del FCE en los periódicos de México, y precisamente al que respondo con esta nuevo salida mía a la opinión pública nacional e internacional en recurso a aquellos cocientes vitales y esenciales para los cuales la poesía es bien humano de excelencia en las muchas vidas y en la vida del espíritu creador que nos acompaña a la muerte, y como el amor cuyo ejercicio da sentido a la vida.

¿De qué modo reaccionas frente a este incumplimiento de lo anunciado en Barcelona?

Todas estas publicaciones, esta entrevista misma y otras cosas, constituyen, bajo la advocación dragónica mi manera de dar una presentación paralela de autor a este libro en saludo al sant Jordi catalán. Soy ritualista. También lo eran Oliva y su mujer. Y Gabriel Ferrater que lo consigna. La poesía catalana entra perseguida a la lengua castellana; parece fatalidad llulliana (su obra, también fue perseguida), y Llull es mucho nombre de poeta. Llull, verdadera advocación dragónica, dragonida.

 
[Publicado originalmente en la red Indymedia el 23 de abril de 2004] •

El Reportero Gordon Ross en el ∞

 

Retrato Gordon

 

GORDON ROSS • Con este «Verso tenochca en memoria de Tlacahuepan» por epígrafe: ¿A dónde iremos que muerte no haya? se abre El Reportero, la gran novela de vida, inédita todavía, del mexicano Gordon Ross (1952-2020) • Escritor apenas conocido, sólo publicó el volumen de cuentos Fuera del jardín (revista Le Prosa número 2, México, 1980, reeditado en la revista ZonAeropuerto, México, circa 1992 —la cita es de memoria ), y una muestra breve de la novela (también a principios de los 90) en el suplemento cultural Cultura 7 de la revista 7 Cambio, siendo de este modo el poeta Orlando Guillén su único editor • A su muerte, a modo de homenaje y a su memoria, Ediciones Le Prosa ofrece ahora a los lectores los dos primeros capítulos de la novela y unos fragmentos del extenso, bello y poderoso capítulo cuarto • El retrato del encabezado y los detalles ilustrativos son obra del pintor Rilke Roca; el resto, material gráfico de campo, es de 2007 en el taller El Alfar en Valle de Bravo, EdoMex, y testimonia la otra faceta de la existencia creadora de Gordon Ross: la cerámica, donde se destacó como uno de los grandes maestros del país • La verdadera historia y la valoración real de la escritura literaria del siglo XX y principios del XXI en México está sin duda por escribirse •

 

 

El Reportero
Gordon Ross

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO
GALDINO

 

Le dijeron que iba a salir a una peña en la cumbre de la montaña donde nace la vereda que lleva hacia la costa. A la luz de la luna llena vio la mole oscura proyectarse sobre los árboles como una joroba al borde de la pendiente. Desde ahí se dominaba completa la sierra hasta la línea acerada del mar y se perdía en la indefinición del fondo. A sus pies se desplegaban cerros, valles, innumerables cañadas, llanuras, selvas; el planeta curvado contra el cielo de plata. El viento silbó entre las rocas, dulce, cargado de la armonía que gravitaba sobre los hombres, las bestias, el éter pleno de estrellas fugitivas. El Reportero respiró hondo. La luna lo iluminó y pudimos ver su rostro de rasgos finos, sin marca.

Dos búhos se deslizaron silenciosos como una ola que se forma y se desvanece. Siguió las heridas de las cañadas, la fina red que une las ciudades y puntos de luz que se precipitan alineados hacia una nebulosa perdida en el fondo, probablemente El Puerto. Se sentía atraído por ella, pero al fijar la vista aquel halo informe desaparecía. Imaginó las calles desiertas a esa hora: la fría luz de los arbotantes contrastaría con la más cálida de las ventanas.

Halló el sendero. Descendía abruptamente y se precipitó por él con el ánimo de quien se tira a volar, como si en tres pasos pudiera alcanzar un destino que parecía a la mano. La pendiente le dio impulso y sí, voló entre los arbustos, ligero, dueño del cerro.

Salió a un pastizal sobre una ladera donde destacaba un encino mutilado para formar una cruz. Pintado de rojo y añil, adornado con listones y papeles de trapo, fosforescía a la luz de la luna. Al pasar a su lado notó que también le habían colgado figuras de madera y paja. Se detuvo un instante y lo observó como si le fuera familiar, como si en él hubieran prendido la tripa de su ombligo.

La vereda se metió entre una densa arboleda donde no penetraba ni un rayo de luna; a los pocos pasos ya no se veía ni el suelo que pisaba. Iba de puntas, atento, trastabillante, como si intuyera lo que le iba a sobrevenir. No tardó en ser sorprendido por el tronido de disparos seguidos de gritos y el trajinar de un grupo que subía. Apenas tuvo tiempo de saltar y ocultarse en la espesura. Escuchó a unos palmos el golpeteo de las botas y el resuello agitado del que huye. Luego los cascos de la caballada hicieron temblar la tierra.

Cuando levantó la cabeza lo rodeaba un silencio asfixiante. Después de una larga duda regresó al sendero y avanzó: primero cauteloso, y después a la mayor velocidad posible, incluso en los trechos donde no veía ni sus manos y reconocía el terreno con los puros pies. Se resbaló en una pendiente particularmente empinada y oscura donde la vereda tocó fondo para volver a subir y donde escuchó en la negrura un lejano chasquido metálico como una campanada. Tronaron varios disparos y las piernas parecieron doblársele. Se metió entre las matas y trastabilló otra vez para acabar rodando por una hondonada. Se golpeó contra rocas y troncos. Al llegar al fondo se puso de pie y continuó la carrera hasta que le ardieron los pulmones. Se cruzó con un árbol caído y aprovechó para esconderse entre las ramas. Sonaron más balazos muy por arriba de su escondite; pasos, voces; la hojarasca crujía. Creyó ver avanzar en el borde de la cañada una sombra. Sólo cerró los ojos y escondió la cabeza.

Un ruido se encadenó a otro. Del rumor del viento al de la rama al quebrarse, del insecto que zumba en lo oscuro al despliegue férreo de la red de la emboscada. Por segunda ocasión se hallaba agazapado sin saber siquiera quién era el enemigo o si realmente había un enemigo. Las sombras tomaban la forma de bocas, de máscaras, de arcos que guardaran la entrada a donde no hay retorno.

El eco de una más lejana balacera retumbó por las laderas como un desprendimiento de rocas; un eco impreciso que una vez ido parecía no haber sucedido.

En un instante el mundo se detuvo.

El viento barrió las copas de los árboles y sobrevino un silencio profundo.

Era el momento de escapar.

Se deslizó por la cuneta hasta el borde de una pared rocosa por donde bajó como un animal del monte. Llegó a un túnel de arbustos y zarzas por el que se metió como si fuera su propia madriguera. Bajó y bajó por peñas y resbaladeros, por recovecos húmedos y prominencias. Olía a helechos, a hongo.

Salió a un potrero plateado donde nacía un ojo de agua. Como si hubiera cruzado tras el muro protector de una ciudad se sintió entonces seguro. Se hincó a beber y cada trago lo llenó de fuerzas. Buscó un lugar para pasar el resto de la noche y se acomodó sobre la hojarasca bajo un encino.

El paisaje desde la peña aún permanecía prendido en su imaginación y matizaba cada pensamiento. Nadie había podido decirle qué tan lejos encontraría el primer pueblo ni qué tipo de gente lo habitaba. Sólo sabía que llegando a la costa había un gran Puerto desde donde podía ir a cualquier parte y retornar con su gente. Tampoco necesitaba más explicación; lo había visto: las luces de los pueblos al fondo de los valles, la serranía que se desgranaba suavemente. Lo que no encajaba era la fuerza oscura, el acecho; esa trampa a un lado del camino que seguía.

La luna cayó al poniente y la niebla descendió de las cumbres siseando y cantando; los oyameles avanzaron como mástiles en un mar apretado.
Abandonándose también El Reportero se hundió en el misterio.

 

 

 
Al amanecer la niebla colgaba de los árboles, pesada, viva, dándole mayor intensidad al esmeralda profundo del potrero, al dorado de un maizal reseco que se extendía a un lado invadido de bejucos de flores moradas. Se acercó al manantial y vio su reflejo, sus ojeras incipientes, su boca que florecía como si él mismo fluyera entre los guijarros.

El leve temblor de la superficie lo desnudó y pudo ver la silueta de su cráneo antes de hundir la cabeza en el agua helada y emerger como recién formada del limo.

Se restregó la cara, se sacudió las manos y se sintió listo para iniciar el viaje.

Con paso amplio se internó en el potrero.

Hubiera sido más seguro ir por el bosque, pero prefirió caminar sin miedo bajo el día. Las sombras, los caballos, los disparos se habían perdido con la noche.

El potrero se alargaba flanqueado por el bosque y descendía entre la niebla que caía a bocanadas en forma de carneros, arietes, caracoles que se desvanecían en la nada. Traía las botas empapadas, pero el frío en lugar de hostigarlo lo fortalecía.

Le llegó un olor acre a madera quemada.

Un trecho adelante se formó una laguna entre la niebla y vio una casona de piedra de techos de teja roja rodeada por un muro, a cuya sombra se desparramaban algunos jacales de tejamanil de los que se alzaba un humo sucio. Al acercarse comprobó que habían sido incendiados. Junto a uno, como una nota de advertencia yacía el cadáver de un hombre. Los perros que merodeaban huyeron al verlo llegar. Esperó un rato atento a cualquier movimiento, pero no había un alma. Confundido con la niebla se atrevió a proseguir hasta la casona frente a la que corría un camino de herradura, al que daban tres balcones de herrería y el arco que marcaba la entrada. El portón había sido demolido y las ventanas hechas trizas. Numerosos impactos de bala se abrían como pequeñas flores oscuras sobre la pared.

La niebla se desgarraba al chocar contra el muro de cantera. Olía a estiércol, a humo, a pudrición.

Desde la puerta derruida escuchó el rumor de una fuente y debajo el canto de los pájaros en sus jaulas. En uno de los corredores habían volcado un macetón y se veían marcadas hasta el camino las huellas de los que salieron huyendo. Lo prudente era proseguir, pero no resistió entrar. El patio se abrió a su izquierda como un telón que se descorriera paso a paso para descubrir primero una pileta de concreto de donde rebalsaba el agua y luego un montón de cadáveres ensombrecidos por un fresno alto y brillante. Había hombres, mujeres y niños, vestidos o desnudos, torcidos, apretados en un último abrazo, rígidos o sueltos como si durmieran, deformes, ausentes, con el rostro amoratado y los ojos abiertos. Alguien en un intento absurdo de prenderles fuego les arrojó un tizón, que, muñón de mástil, parecía guiarlos en su viaje.

Un hedor penetrante emanaba de ellos y se encajó como una larga y fina culebra.

Se quedó con la vista fija en aquel montón de brazos, piernas y cabezas; escudriñó entre los rostros como si esperara ver el suyo atrapado en esa flor de infierno. Un vuelo de pájaros se desprendió del fresno como ideas de una cabeza y rompió el encanto.

Se metió al primer cuarto: una bodega donde habían volteado las cajas y arrancado los estantes. Destrozaron los muebles y despanzurraron los sacos de harina y granos como si buscaran algo escondido. En el piso se confundían montones de clavos, cal, papeles y papas. La soledad de la casona, acentuada por el viento fétido y cortante que silbaba por los corredores, hacía que el saqueo pareciera obra del olvido y de las fieras. El Reportero cayó en una especie de trance como si se deslizara entre seres dormidos o inventados por el sueño.

El siguiente cuarto vino a ser la cocina, donde el brasero de adobe bien aplanado y encalado ocupaba completa la pared del fondo. Aún permanecía caliente, lo que le causó un apretón en el vientre como si se hubiera topado con alguien vivo. Sobre la mesa desgastada por el uso quedaban restos de comida y botellas vacías. Dos hileras de pocillos señalaban un último brindis. En el fregadero se amontonaban los platos sucios. Una canasta con pan permanecía intacta sobre una mesita. Sin pensar tomó uno y no le sorprendió que estuviera fresco.

El comedor se veía oscurecido por una cortina desgarrada por las balas que también alcanzaron una vitrina e hicieron añicos la losa. En las paredes colgaban almanaques con cromos de paisajes e imágenes religiosas. Al centro se alzaba una mesa alta de tablón rodeada por una docena de sillas corpulentas.

Llegó a un vestíbulo. Comunicaba con el patio a través de un arco. De ahí partían unas escaleras que, por no salir, tomó. Subió a un corredor adornado con macetas y jaulas colgadas de las columnas y al que daban las puertas de las habitaciones. Una de ellas oscilaba empujada por el viento. Se acercó y miró al interior. Dos rendijas de luz se filtraban por las contraventanas iluminando apenas el desorden de sillas volcadas, muebles abiertos y ropa regada. La cama había sido desempotrada de su bastidor y el colchón arrancado de su lugar. Al acostumbrarse a la oscuridad pudo ver un cuerpo atado boca abajo. Creyó que se movía y escuchó un gemido. Entró y lo palpó. Aún respiraba. Poseído por una repentina ansiedad lo colocó boca arriba para descubrir que se trataba de un Viejo amordazado con un paliacate. De inmediato se lo quitó, quedando a la vista una marca morada. El Viejo abrió los ojos y en ellos se reflejó un dolor inmenso. Lo desamarró y lo colocó con cuidado sobre el colchón.

Huyendo de él y de esa recámara de aire comprimido y estanco, salió a buscar agua para reanimarlo. Oprimido por la luz que se filtraba de la niebla como un infinito atardecer y por el hedor de los cadáveres, se sintió peor.

Bajó presuroso hasta la cocina y llenó uno de los pocillos.

De regreso se topó con un par de ojillos luminosos. Había temido que lo hubieran abandonado. El Viejo había hecho un esfuerzo terrible para tratar de incorporarse, pero al verlo se desplomó aliviado. El Reportero le dio de beber y le limpió la cara.

—Ayúdame, Extranjero. Lo que necesito ya no es vida.

Se miraron a los ojos. El Reportero descubrió lo pequeño de su rostro; la nariz deforme, la boca delgada de serpiente.

—Nunca les falté; no sé por qué me traicionaron— exclamó desgarrado.

Temblaba con el rostro congestionado.

—Hermanito, ellos van a regresar… Soy un cobarde…

Ellos. Esa sola mención hizo a El Reportero voltear hacia la puerta; sabía que debía escapar de ahí.

—Soy un cobarde —insistió—; debí haberme quitado la vida… ¿Ahora qué puedo hacer…? Querían que les dijera dónde escondo el oro… Pero nunca; eso nunca; bastante es con dar mi vida.

El Reportero no escuchó. Se imaginó en una ráfaga que era lanzado al montón de cadáveres.

Reaccionó:

—¡Vamos…!; ¡hay que salir de aquí…!

El Viejo hizo una mueca:

—No puedo. Me rompieron las piernas.

El Reportero se acercó con la intención de cargarlo. El Viejo aprovechó y lo jaló del brazo y le susurró al oído que tuviera piedad, no tenía a dónde ir.

Su garra y sus palabras herían como una pinza que aprieta cada vez más.

—No tengas miedo. Es más doloroso estar como estoy.

Parecía fácil y hasta natural tomarlo del cuello y sofocarlo; quizá bastaría con una patada en el estómago. Sintió un gran odio e intentó zafarse. El Viejo lo sujetó con más fuerza:

—No te vayas. Me condenas a la peor de las muertes. Quieren el oro y no van a dejarme hasta que se los dé.

Las manos del Viejo se aferraron como raíces buscando nutrirse de esa vida fresca que temblaba, que se dolía. El Reportero se zafó finalmente de un jalón.

—¡Cobarde…! ¿Por qué no sacas tu arma y disparas…? Ten piedad.

El Reportero no resistió y huyó. La luz del patio lo deslumbró por un instante. Bajó a la carrera sin parar hasta el arco de entrada, donde ya no se atrevió a continuar. La niebla olorosa a ponzoña barría el camino.

Miró los jacales: las huellas de la batalla en el muro se confundían con las del salitre. Cerró los ojos; estaba cansado. Volvió a vivir la escena de la noche y le pareció muy, muy lejana. Escuchó los pájaros, la fuente. Suspiró hondo y como si le fuera familiar cruzar ese pórtico, dio media vuelta y regresó al patio. Los cadáveres amontonados con los brazos exangües, lacios, parecían un montón de hojas que hubieran caído del fresno.

Frente a la puerta de la cocina halló tirado un garrote —quizá la pata de un banco— y lo recogió. Lo balanceó; era largo y macizo como el mango de un hacha.

Al subir las escaleras sintió náuseas; el hedor lo ahogaba. Recordó el rostro del Viejo y le repugnó. Llegó abatido; el garrote que columpiaba a su paso y que lo había hecho sentirse poderoso, se transformó en un apéndice endurecido que le estorbaba. Se detuvo frente a la recámara presintiendo la atmósfera enrarecida por la respiración de ese cuerpo tibio que lo esperaba. Empujó la puerta y vio en la penumbra sus ojos aún más pequeños y fieros, la cabeza que se erguía tensa. El Reportero sopesó el garrote.

El Viejo le gritó. Gesticuló, tembló como una rata dispuesta a lanzarse a sus tobillos. Tuvo que sobreponerse para entrar. El Viejo se quedó quieto; miró el arma y un temblor más profundo lo cimbró. El Reportero quería apurar hasta el final la copa. Enceguecido levantó el garrote. Los oídos le zumbaron y le sobrevino una gran debilidad. Incapaz de avanzar, lo dejó caer a un lado. Las piernas le temblaban. Deseó desplomarse ahí mismo y esperar a los verdaderos asesinos…

El viejo aulló como un mono y lo insultó. En ese instante se escuchó el trote de caballos como lluvia de hielo.

—¡Eres un imbécil; un cobarde…! ¡Ya están aquí…!

El Reportero escuchó con fascinación. Se imaginó los caballos que entraban a galope montados por demonios que blandían sus machetes y daban alaridos de ave de presa. Sus rostros de labios descarnados eran iguales a los del Viejo.

En un rapto pudo observar iluminado por la luz que se filtraba por las rendijas el polvo suspendido dentro del cuarto; miles de mundos temblaban a su alrededor.

El Viejo no dejó de gritar y contorsionarse. Su boca equina de dientes enormes y podridos tiró mordiscos al aire. El Reportero deseó rabiosamente soltarse y desgarrar esa carne que tenía enfrente. Estalló; dio un paso y le tiró una patada con todas sus fuerzas.

Como un árbol que al caer por el hacha deja en silencio al bosque, así en esa oscura recámara ya no se escuchó ruido alguno.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO
LA BEATA

 

Afuera la tierra temblaba.

A toda prisa salió al corredor. Por uno de sus extremos remataba con el muro que rodeaba la casona y hacia ahí corrió con las mandíbulas apretadas. Aprovechó el impulso para escalarlo, y, aunque la altura del otro lado era considerable, brincó al vacío, a cubierto de la caballada que en ese instante entró al patio. Rodó al caer entre el pasto crecido y se levantó con el mismo vuelo. Saltó una tapia y se internó en un huerto que colindaba con el bosque.

Se sumergió a la carrera entre los árboles. Quería perderse en la niebla que todo lo borra, que desintegra la materia; hundirse en el laberinto y no regresar. No lograba escapar al peso de aquel cuarto irrespirable, a la mirada perruna del Viejo; al hecho de saberse cobarde… Dejó que las ramas lo azotaran, le arañaran la cara; que el cuerpo llorara a su manera, que la profundidad del bosque lo tragara.

Cuando ya no pudo más y se detuvo, siguió con la vista los troncos que se perdían en lo alto, las telarañas que flotaban engarzadas de brillantes; no había refugio ni escape: ese no era su lugar. Miró atrás y era igual que para adelante. Volvió a escuchar la caballada, los alaridos, los insultos del Viejo; vio a los demonios con sus máscaras.

Enfebrecido, sofocado, con la mirada borrosa por la niebla interior, trató de recordar cómo había quedado el Viejo; de convencerse que con la patada había sido suficiente; situarse en ese cuarto: examinar ese rostro, asegurarse. Sin poder vencer la certeza de que no, se decía una y otra vez que lo había matado. Se imaginó que volvía a cruzar el pórtico, que apartaba con su garrote a los demonios, que regresaba a aquel cuarto. En ese punto la visión se retorcía. Veía al Viejo en la pila de los cadáveres y que desde ahí lo señalaba.

Volvió a correr hasta que tras la cortina de árboles la niebla se llenó de luz que presagiaba un espacio abierto. Como quien se tira a una poza y al tocar el agua choca contra su imagen, así salió del bosque para toparse con un enorme barranco que cortaba la tierra de un tajo. Se quedó quieto, sorprendido.

La niebla caía en grandes masas que flotaban pesadamente en el vacío. Desde el fondo oculto se levantaba el bramido de un río que limaba el tuétano de la tierra.

Se perdió en la vastedad aérea de la blancura.

Al filo del despeñadero relumbró un cuervo; una rasgadura que dejó ver al Viejo como un árbol que al caer abre los brazos entre el gritar de los demonios y el hedor a carne muerta.

Volvió a temblar.

 

 

 

Una racha fría lo hizo reaccionar. Se sacudió y jaló aire.

Miró hacia el vacío sutil y vasto, tan lleno de luz y a la vez opaco. Era su destino sumergirse bajo ese manto, en ese silencio. No había más que niebla, ceguera.

Notó que corría una vereda por el borde. Se distinguió apenas lo suficiente para seducirlo. No esperó y avanzó enérgico.

Serpentear entre desfiladeros lo llevó a un camino de herradura que no se atrevió a pisar. Hundido un metro o dos como un riachuelo, marcado por huellas de hombres y bestias, parecía fluir cuesta abajo. Aún estaba vivo en el lodo el momento en que se hundió un talón para marcar una boca y se respiraba el aliento de los caballos. Frío, solitario, llevaba una multitud en su lomo.

Adelante se desprendía un sendero que se metía a la barranca entre un vaho de helechos. Se acercó y dio unos pasos hasta el borde del desfiladero donde lo recibió de lleno un viento cálido que venía de lo hondo. Se abrió una laguna azul en la cúpula del cielo y rápidamente se diluyó el velo de la niebla. El sol lo iluminó de golpe.

La niebla descendió por la barranca que poco a poco quedó expuesta. Las paredes de roca viva caían a plomo formadas por columnas de cubos y poliedros encajados unos sobre otros, o por muros lisos pulidos por la lluvia.

De las anchas fisuras y cavidades nacían guirnaldas de magueyes que se sucedían hasta el fondo oculto. Donde se despeñaba un manantial se producía una cascada de helechos y hojas anchas como abanicos o enormes corazones.

Los afilados riscos de la sierra emergieron de entre las nubes; en lo más alto se destacó el peñón, altivo, inalcanzable.

Lejos de ahí, abajo, del mismo lado del barranco, la niebla descubrió lo que parecía ser una fábrica. Se trataba de cinco galeras de lámina, una tras de otra, del mismo tamaño, y de un edificio alto, sin ventanas, que chocaban contra el verdor del bosque. Una chimenea de ladrillos, gruesa como la trompa de un elefante, arrojaba una columna de humo oscuro que se combaba como el penacho de un volcán. A un costado desaguaba en el barranco un chorro cobrizo que desnudaba las peñas por donde caía y las pintaba de negros y violetas. Circundaba al edificio un muro de piedra fortificado con torretas de vigilancia como si fuese una cárcel. El sol se reflejó contra las láminas como contra un escudo.

Las nubes descendieron para formar una llanura que se extendió hasta el infinito. El barranco se volvió una bahía. Se escuchó con toda claridad, aunque vendría de muy lejos, el golpeteo cristalino de un martillo contra un yunque y se imaginó el hierro al rojo que era forjado.

Se recostó reconfortado por el calor del sol. Descubrió a su costado un camino de hormigas como un cable oscuro cargado de energía; las hormigas, frenéticas, ciegas, parecían una veta viva de la roca. Cerró los ojos y se cubrió la cara. Escuchó el viento que soplaba entre los árboles y sobre el vacío de la barranca. Poco a poco se quedó dormido.

Algo le caminaba sobre la pierna. Intentó levantar la cabeza pero el plúmbeo sopor del sueño se lo impidió. El cosquilleo subía hacia su vientre. Eran las hormigas, el látigo, la raíz que quería abrirse paso en su carne. Imaginó sus cabezas como escafandras, sus tenazas inflexibles. Presintió la sombra del Viejo. Quiso sacudirse, usar el puño. Las hormigas lo desgranaban como a una mazorca. A sus pies lo llamaba la profundidad del barranco y pedazo por pedazo cayó en él.

Lo despertó el viento que cambió de dirección; las nubes como la marea subían de regreso. La niebla serpenteaba presurosa entre los árboles. Las hormigas habían desaparecido. Cansado se restregó los ojos y se puso en pie para ver las últimas peñas sucumbir a la blancura. El hambre y el saberse perdido le pesaron. ¿Cuánto faltaría para llegar a un pueblo y poder salir de ahí? Recordó con rabia al Viejo; los demonios se habrían vengado por él.

Por el rabillo del ojo vio una silueta que se deslizó por el camino provocándole escalofrío. Sin hacer ruido y un tanto agachado se acercó para verla irse. Alcanzó a notar una camisa azul antes de que se fundiera en la niebla. Se disponía a tomar la vereda cuando un rumor a su espalda lo hizo voltear y descubrió que le apuntaban con un mosquetón.

—No te muevas— ordenaron.

Se trataba de Un Campesino que se recortó limpiamente en la niebla como un actor que saliera a las luces, y su rostro magnífico, resplandeciente, mostrara con crudeza cada vacilación, cada pensamiento.

Llegaron otros dos. Sin darle tiempo a reaccionar lo sujetaron y lo pusieron de espaldas contra el talud del camino. Uno le dobló el brazo y otro lo registró. Escuchó a su espalda una voz aguda de mujer que exigió que buscaran bien.

Por fin había caído; quizá era lo mejor.

—¿Qué haces aquí? —le interrogó la misma voz, imperiosa.

Le forzaron el brazo para que contestara.

—Voy de paso.

—No te creo. ¿Dónde están tus compañeros?

—Vengo solo.

—Busquen bien a ver si no trae un papel.

Registraron sus bolsas vacías.

—No trae nada —dijo uno de los hombres.

—Vienes de lo de Galdino. Si no, ¿qué haces aquí?

Se estremeció.

—Lo que quiero es llegar al pueblo más cercano.

—De seguro lo mandó el gobierno —terció otra voz—. Por eso no trae armas y viene solo.

Lo envolvió el olor de los helechos y la tierra oscura que se aplastaban contra su cara.

—¿A quién veniste a ver? —machacó otra vez la mujer.

—No conozco a nadie; sólo voy de paso.

—Es un agente —recalcó la misma voz—. No va a hablar.

—Habla, desgraciado —le exigió el que lo tenía sujeto del brazo.

—De verdad no sé nada. No soy agente…

—Sí, sí eres —lo interrumpió la mujer—. No nos vas a engañar… ¡Suéltenlo!

Al voltear se topó con una mujer pequeña escondida tras un rebozo, de mirada profunda que penetraba sin injuriar como si conociera todo; nariz ancha, y labios apretados con la ligera curva descendente de quien duda y no cuestiona.

—No te voy a hacer nada… Quiero que vayas y les digas un mensaje de mi parte… Diles que La Beata no se va a rendir; que pronto vamos a recuperar lo nuestro… A Galdino lo mataron entre ellos; pero si nos quieren echar la culpa, háganlo. Sólo se nos adelantaron. Ahora sin el soplón, va a ser más fácil… Si el gobierno quiere, rápido acabamos con ellos; pero tienen que mandarnos armas. Y si no, no importa; igual podemos… Quiero que vengas para que veas nuestra fuerza, para que vayas y les digas… Yo sé que el gobierno quiere recuperar La Mina el solo; por eso no nos cumplen; por eso tantas desconfianzas… Pero es mejor que no se hagan ilusiones: estamos resueltos a que nadie más mande por aquí… Al gobierno lo vamos a dejar entrar sólo si nos ayuda y respeta nuestras exigencias…

Llegaron otros dos hombres armados con fusiles.

—Vámonos —ordenó La Beata al verlos—; no vayamos a tener un mal encuentro.

Uno de los que lo habían sujetado lo empujó con el cañón de su arma y todos se pusieron en movimiento. En la fila que se formó quedó atrás de La Beata, que rápido se adelantó con uno de sus escoltas. Iban a paso veloz, casi trotando. Los de mero adelante se perdieron en la niebla y el grupo se separó. El Reportero fijó la vista en el rebozo que se prolongaba en aleta caudal oscura y deshilachada, en la cola de un papalote que va bajando. De ella se desprendía un aroma acre, un remolino que llegaba hasta él y al envolverlo lo remitía a otro tiempo, de cuando los hombres emergieron junto con la sierra, del mar.

El camino torció y descendió bruscamente para alcanzar un pequeño puente de piedra coronado al centro por una cruz. Sin decir palabra se detuvieron y La Beata se hincó a orar. No había diferencia entre la piedra y esa figura pequeña y nerviosa, entre los grises inmóviles y el negro huidizo, como si fuera un ánima creada por el rozar del agua.

Por la estrecha garganta corría encajonado un riachuelo que sonaba como el cascabel de una serpiente; había labrado sobre el lomo vivo de la roca un canal pulido y angosto que serpenteaba por abajo del puente.

La Beata postrada frente a la cruz que se elevaba desafiante, parecía una excrecencia que se hubiera derramado de ella como la resina que mana de la herida de un árbol. El tiempo no había logrado borrar los jeroglíficos que cubrían la piedra. Entre las volutas desgastadas se distinguían a los lados un par de lanzas y al centro una columna sobre la que señoreaba un Gallo con un ojo oscuro que vigilaba. Arriba despuntaba una escalera que llevaba a una campana coronada por una guirnalda de espinas. El travesaño tenía un relieve entretejido de flores. Cubierta de rosetones de líquenes, húmeda por la niebla, parecía haber nacido de la roca y del río. El Reportero no podía quitarle los ojos. Como si fuera un reencuentro con algo enraizado en su memoria le atañía en lo personal. El Gallo lo miraba de fijo, taladrante.

La oración fue breve. La Beata cobró vida de pronto y de inmediato reiniciaron su camino.

No tardaron en llegar a un sitio donde la esperaba vigilante un grupo de campesinos armados con escopetas y machetes que, en seguida y con notorio respeto, se reunieron en torno a ella. El jefe se adelantó a recibirla con comedimiento. Musitaron unas palabras y con la misma prisa que llevaban todo el grupo se internó por una vereda que se apartaba del camino.

Salieron a un claro que daba hacia el barranco. Era un rodete cortado del bosque que dejaba libre una pequeña explanada con un montículo al centro coronado por un jacal de tejamanil. Habían limpiado con machete y prendido una hoguera. Una gran cantidad de gente dispersa por todo el lugar los miró silenciosa, de soslayo. Envuelta en sus frazadas, armada, permanecían inmóviles, bien plantados, como si a pesar de estar a la vista siguieran ocultos. La luz acerada que emergía del lado del desfiladero pintaba en sus siluetas un ribete de plata. De una pieza, tenían la mirada neutra y fija de los testigos.

La Beata y los principales que venían con ella se acercaron a un grupo que los aguardaba al pie del montículo. Se inclinó levemente ante dos campesinos de pelo blanco. El que vigilaba al Reportero no lo dejó acercarse. Platicaron en susurros, parcos, sin hacer aspavientos, moviendo con suavidad las manos.

Por el techo del jacal se filtró un humo blanco que inundó el lugar con el aroma del ocote.

La Beata le hizo una seña a su vigía y este lo llevó con ellos.

Uno de los ancianos se adelantó.

—La Beata dice que vienes de parte del gobierno, pero que no quieres hablar —su voz enronquecida acusaba—. Veniste a espiar. Fuiste a lo de Galdino para asegurarte. Debes saber quién lo ordenó. Los capitanes y los de La Mina son compadres; se burlan de la autoridad. Eso hemos visto. Tú debes hablar con los jefes, platicarles. Ella dice que mandemos contigo un mensaje, pero ya son muchos los que mandamos y no hay respuesta. Tú tampoco vas a cumplir; ninguno de ustedes cumple. Pero como has venido desarmado, te vamos a dejar ir.

—Yo no vengo de parte de nadie— balbuceó El Reportero.

—No te quieres comprometer —el Anciano dejó escapar una sonrisa—; pero ya les llegó su tiempo. Eso puedes ir a decir. Con rifles o sin rifles vamos a vengar a nuestros muertos.

—Si el gobierno está con nosotros, que mande armas —remató La Beata—; sólo así podemos creer. Conque digan, bajamos por ellas.

—El enemigo se pelea entre sí; es el momento de su fin —agregó El Anciano—. Aunque no hagamos nada van a caer. Dile al gobierno que ya aprendimos; que bien sabemos quiénes son.

—Vas a pasar la noche con nosotros; mañana, con todos, te irás por tu lado —ordenó un hombre corpulento junto a La Beata.

El Anciano lo saludó con un tocarse suave de manos y seguido de La Beata y los principales se dirigieron al jacal.

—Tu llegada es otra de las señales; que todos sepan que no han acabado con nosotros.

El Reportero y su guardián se acomodaron al borde del bosque frente a una de las fogatas que ardían en el patio. Le ofrecieron un tamal gordo, desabrido, con un dejo a resina, a almidón; y luego una tortilla igual, gorda, con unos quelites asados, sin sal. El día se apagó, rápido, como si la niebla acelerara el caer de la noche.

Una botella de aguardiente circuló de boca en boca.

—Lo único que sigue llegando de tierra caliente es la caña —le dijeron al pasarle la botella—. Los que la traen pasan recuas enteras.

El Reportero tomó varios tragos. El licor le asentó el estómago y la cabeza.

—¿Cuál es el pueblo más cercano? —le preguntó a su guardián.

—Por acá no quedan pueblos; han quemado todos. Ahora vivimos como cabras. Has caído en un mal lugar; ya ni la milpa crece.

Bebieron otro tanto de la botella y la pasaron.

—He visto las luces desde arriba —insistió.

—Sí, sí se ven; pero están muy lejos.

—-¿Un día a pie?

—No. Más. Mucho más. Es muy difícil pasar; hay que conocer bien. Todos los caminos están cerrados.

—¿Tú no me puedes ayudar?

—No. No conozco… Tengo la intención de ir algún día a Policarpia… Pero todo tiene que componerse. Así no se puede.

—¿Pero cuál es la razón de tanto pleito?

—¿No lo sabes?

—No. De verdad, no.

El vigilante no contestó. Les llegó de nuevo la botella con el último trago.

—Toma, ten —se la ofreció—. Si tienes que bajar y de veras no conoces, va a ser muy difícil.

—Donde me encontraron vi una vereda que bajaba por la barranca. ¿A dónde lleva?

—Todas esas veredas son peligrosas; tienen muchas caídas y resbaladeros. Luego el río va encajonado y en algunos lugares no hay siquiera orilla. Si llegas a bajar, a fuerzas has de ir en la corriente durante un tramo muy largo, hasta que sales más allá de las fincas, donde dicen que se pasa un puente grande… Ya te dije. No conozco. Eso es todo lo que sé.

—La Beata va a prender el fuego —advirtió una voz.

—¿Tú bajarías por ahí? — insistió El Reportero.

—Mejor que enfrentarse a los de La Mina. A menos que tengas trato —sonrió.

Otra botella inició la ronda. Algunos prendieron sus cigarros entre el frío que arreciaba. El Reportero ya no quiso preguntar; se había quedado fijo en esa vereda que caía con el barranco. Le llegó el aguardiente y bebió unos buenos tragos. Se acercó a la fogata que se mantenía casi en el puro rescoldo. Adelantó sus manos para calentarse y vio a través de ellas el entreverado paisaje del fuego.

La luna se filtró entre la niebla; las sombras perdieron su densidad. El montículo con todo y jacal se congeló en un reflejo metálico que en cualquier momento se transformaría en cristal. En el interior del jacal se prendió una luz amarillenta que hizo estremecer a todos.

—La caja ya le está hablando —dijo la misma voz lejana—; muy pronto se nos viene la guerra. La caja dice que se va a partir el monte y se hará la venganza; nadie se va a salvar.

Las palabras cayeron como trozos de espejo entre la sombra ondulante de los árboles.

El Reportero se quiso imaginar a La Beata frente al fuego como él mismo frente a los rescoldos y discernir en esa materia naranja el futuro, su futuro. Recorrió con la vista las nervaduras de los carbones que se comunicaban hacia el interior aún más prendido; esos pasajes casi blancos donde surgían las llamas como un fluido que emanara del desierto de ceniza helado como la nieve. El rescoldo le quemaba la cara; le ardía en los ojos.

Se acomodó y se quedó dormido. Soñó que volvía al patio de la casona. El piso se hallaba cubierto de hojas secas, hojas grandes retorcidas como caracoles que el viento hacía girar. Al fondo se alzaba una escalera en ruinas.

El Viejo, Galdino, lo vigilaba desde una silla.

—Dame agua —exigió.

Fue a la pila pero el agua se le escapaba entre las manos.

Entraron juntos a una habitación. El Viejo sacó un revólver. Sabía que le iba a disparar. Presintió la trayectoria de la bala hasta su vientre; no hubo dolor sino la oscuridad como una red.

Varias veces lo despertó el frío que calaba hasta los huesos y no conciliaba el sueño hasta que alguien arrojaba otro leño al fuego.

En la madrugada soñó que La Beata, oculta tras una máscara de oro, le daba de comer. Que tomó una bola de fuego y se la metió a la boca. Le supo a tierra, a carne viva, como si masticara una mano que hubiera empuñado un arma. Le señaló a lo lejos y vio el océano que cubría la tierra.

La máscara brilló igual que un fierro de herrar; tomó la figura del Gallo, su ojo como un proyectil. Quiso pararse, huir, pero resbaló en el piso húmedo.

El Gallo seguía ahí, en la empuñadura de la espada.

Atrás se escuchó el oleaje del mar.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO CUARTO
DOMINGO BLANCO

 

 

Como pudo corrió por el fondo de la cuneta entre charcos y piedras sin mayor dirección que la del riachuelo, por el que rápido se internó en el bosque. Arriba la luna espejeaba tras las ramas con un acento, más que de luz, umbrío. Le recordaba que pronto irían como perros tras su rastro.

El curso del riachuelo se cruzó con el camino, y saltó sobre él; redobló el paso como un borracho que destapa otra botella. La gente de La Beata se atrevía; ¿él por qué no? Sus pisadas se perderían entre las muchas marcadas en el polvo.

Corrió hasta el agotamiento.

Se detuvo sin aliento en una curva que bordeaba una ladera que descendía a tajo. El corazón le martilleaba dolorosamente en las sienes.

El aire se adelgazó como sucede antes de un terremoto.

No soportó seguir ahí y tampoco en el camino, así que se lanzó por el bosque ladera abajo sin importarle lo empinado de la colina. La luz de la luna más que alumbrar engañaba y no había forma de distinguir hacia dónde iba ni si acabaría enfrentándose al vacío. Se dejó llevar hasta un punto donde la caída era casi vertical. A pesar de seguir con las manos atadas a la espalda no se detuvo, así se tratara de La Barranca.

Hacia el fondo se escuchó el rumor de árboles con la resonancia que da el espacio que se abre o se hunde.

Se apoyó en una roca que se desprendió con su peso, quiso agarrase de la tierra, luego de una raíz. Se deslizó entre una nube de polvo y piedrezuelas que sabía a seco. Se atoró en un tronco y escuchó botar las piedras metros abajo.

El vacío lo atrajo con fuerza; la inclinación del terreno amenazó arrancarlo de su frágil refugio y presintió que hasta el árbol al que se aferraba habría de sucumbir. No había retorno; valía más mejor morir ahí.

Por segunda vez se soltó.

Buscó detenerse con todo el cuerpo, con los talones, con la espalda y los codos, pero cada vez iba más rápido. Al llegar a una pared de arenisca perdió asidero y se vino abajo entre un alud de rocas y palos.

Mientras caía oía la voz de Walter y el vibrar sordo de las cartas cuando eran barajadas…; veía las luces de los pueblos, la mujer que le dio de comer…

Terminó abruptamente en un juncal arrojado como un despojo. Tardó en darse cuenta, pues dentro de él siguió cayendo. Quedó boca abajo contra un piso de barro húmedo, donde permaneció quieto con los ojos cerrados. Lo envolvió un aroma a fermento que actuó como un somnífero. Adormecido, entumido, la humedad penetró por su piel y poco a poco se desgranó en humus.

Pero el temor seguía vivo; escuchó con claridad alucinante un trote de caballos y luego voces. No resistió levantar la cabeza, mas cuando puso atención el viento lo había borrado.

Su cráneo palpitaba y los huesos apenas lo sostenían.

Abrió con el cuerpo un túnel entre helechos y cañas y de rodillas alcanzó una playita de guijarros donde se derrumbó. Era el borde de un riachuelo.

Al escuchar el rumor del agua supo que había llegado a un lugar seguro.

 

Despuntaba el alba cuando un par de ojos lo descubrieron. Un hombre delgado, mimético, doblado por el peso de una joroba que tenía algo de tocón, lo miraba fijamente. A despecho de su contrahechura se movió ligero hasta donde reposaba como un muerto. Plegó el oído a su espalda para saber si respiraba y al asegurarse que estaba vivo lo picó con la punta de su escopeta. El Reportero tardó en volver en sí. En cuanto emergió a la conciencia se sorprendió con espanto de verse encañonado por aquel ser de angulosidades de encino, mitad bestia, mitad planta.

Era la primera vez también que El Cazador se topaba con un hombre en estas condiciones, en lo más cerrado del monte, con la ropa desgarrada y el rostro cubierto de heridas. Por un instante lo vio como presa y se acordó del sabor tierno de la carne humana cuando llegó a probarla durante las matazones que hubo en La Mina, mas decidió mejor indicarle con un movimiento de la escopeta que se levantara. El Reportero, engarrotado, no pudo siquiera ponerse de rodillas. El Cazador se terció el arma y lo ayudó tomándolo de los hombros.

Enfermo, abrasado por la sed, lo que quería era quedarse ahí y entregarse a la tierra que lo reclamaba. El Cazador lo vio a los ojos y acostumbrado al alarido silencioso de sus presas entendió. Le dio de beber en el hueco de su mano, pero no lo desamarró. Que El Arriero decidiera. Con algo de trabajo, pues traía la escopeta y las alforjas, cruzaron juntos el riachuelo y se encaminaron por entre los arbustos para salir a una vereda.

El Reportero se empapó de rocío. Lo fresco le ayudó a recuperar la lucidez y el aplomo y poco a poco a sostenerse por su propio pie. El jorobado al darse cuenta lo dejó avanzar solo. Sin decirse palabra se entendieron.

La vereda salió a otra más ancha con huellas de caballos y pronto pudo ver entre el encinar el humo gris de las fogatas de un campamento. Muchas tiendas de lona y piel del color pardusco de la hojarasca, de todos tamaños, se amontonaban con cierto desorden alrededor de una aguada tupida de alcatraces, tras la que pastaba un hato de mulas. Lo que lo tomó de sorpresa fue la catadura de sus habitantes. No eran monteros o gambusinos sino una tribu de jorobados, una raza deforme: la espalda torcida, los brazos anchos y poderosos, las piernas cortas como garfios y el silencio y la mirada de las bestias. Habían nacido del bosque como los hongos.

Lo llevó ladera arriba, hacia una tienda más grande que las otras, de cuero nuevo, limpio, donde, bajo un encino que marcaba con su ancha fronda un redondel, hallaron al líder, a El Arriero, sentado en una silla de campaña. Se trataba de un viejo con un paliacate amarrado a la cabeza del que rebosaba una pelambrera plateada como una corona en torno a un rostro cacarizo y sanguíneo. Fornido, con una joroba igual que los demás pero con los hombros levantados y la espalda casi recta, saltó lleno de energía al verlos y descubrir la presa, a la que miró gozoso con profunda curiosidad. En cuanto lo tuvo enfrente, con aire teatral se acercó a observarlo como si se tratara de un bicho del monte. Se inclinó como si pretendiera olerlo. Le dio la vuelta y después de soltar un gruñido de entendimiento regresó a su silla.

—¿Y a este en dónde lo encontraste? —preguntó con una voz ronca y firme, con la tesitura añosa de lo primero que se dice en el día.

A El Cazador, que por su largo silencio pareciera que no tuviera voz, le costó trabajo hilar las palabras:

—Aquí cerca, en la boca de La Cañadita —dio unos pasos imperceptibles hacia atrás con la actitud de un súbdito—. Lo tomé de junto al río —pareció disculparse.

El príncipe de los jorobados sonrió magnánimo.

—¿No pudiste encontrarte otro menos mallugado? —hizo una pausa mientras observaba la reacción de su tropa que se mantenía a distancia, perpleja e interesada—… Tienes suerte —se dirigió a El Reportero y cambió el tono de voz—…; vengas de donde vengas, de arriba o de abajo, se ve que lograste escapar de unas garras bien afiladas —se recargó contra la lona de su silla—… Me has recordado aquel héroe que después de luchar contra el mar y estar a punto varias veces de ahogarse, llega desfalleciente a la playa donde cree encontrar su salvación, pero lo que encuentra es gente armada sin saber si son amigos o enemigos y a los que no tiene mas remedio que entregarse —lo repasó con una mirada ambigua, sonriente—… ¿Quién te amarró?

—El Águila —le contestó rápido y seguro como si lo denunciara ante un tribunal que podría vengarlo.

El viejo rió.

—Por ese sólo hecho ya me caes bien. ¿Cómo escapaste?

—Esperé a que estuvieran borrachos y salté por una ventana.

Al viejo se le iluminó el rostro con lo que fue más que una carcajada.

—Yo me encargo de que nunca te encuentre ni sepan por dónde te fuiste —reaccionó enérgico. “¡Desátalo!” —ordenó a El Cazador.

Sus brazos libres cayeron engarrotados.

—¿Y qué te trajo a la sierra?

Algunos jorobados habían hecho una rueda y observaban atentos.

—Soy un Extranjero, y lo único que busco es llegar al Puerto.

El jorobado se acarició la barbilla.

—Pues no va a ser fácil. Todos los pasos están cerrados. Pero no importa. Ya veremos. Quizá no tengas que ir tan lejos: aquí a veces necesitamos sangre nueva. En tu cara veo que fuiste a la escuela; pudiera ser que me ayudaras a llevar las cuentas. El único que sabe sumar aquí soy yo y necesito alguien decente que me prepare los papeles y ponga en orden los libros. Los números deben estar claros siempre, que si no, luego hasta muertos hay… De eso ya sé bastante —soltó una nueva carcajada.

—Ven, siéntate, vamos a platicar —le señaló un tronco que sobresalía del piso—. Tráele un té de canela caliente —indicó a El Cazador, que de inmediato fue a buscarlo—… Son tan pocos los que nos visitan…

Balanceó la cabeza y apretó los labios. Dibujó el gesto de quien se prepara a contar una larga historia. Tomó aire y desgranó poco a poco:

—Estás en buenas manos. El Cazador sabe escoger y jamás da un paso atrás. Mejor padrino ni comprado. Aquí somos familia, por eso nadie puede con nosotros. Vivimos en el monte como los antiguos y por eso somos felices. También tenemos el mejor aguardiente —al hablar levantaba la mano derecha juntando los dedos que dirigía hacia abajo en un gesto de bailarín—. Quién sabe cómo llegaste por aquí…; ya me explicarás tus razones, al fin que todos hemos sufrido algún tropiezo…; pero, para que me vayas conociendo, te voy a platicar lo que me trajo a mí por estas tierras hace ya muchos años… La encrucijada vino cuando me acusaron de hacer cuentas chuecas —aseveró bajando la voz—. Aquí todos se saben el cuento, cada uno a su manera y no hay quien no le eche de su cosecha, por eso prefiero que lo escuches de mí y conozcas la verdad —le clavó sus ojos redondos coronados de venas violeta—. Esto sucedió en El Puerto, allá donde tú dices que quieres ir…; allá donde todos quisiéramos regresar… no eres el único, ¿sabes?…; allá en el mercado de pescados, a un lado de los muelles donde mi hermano hacía su venta, y se movía mucha lana. Había un tipo al que llamaban El Zancudo, porque era de patas muy largas y flacas. Fue uno de los primeros que llegaron, y supo hacerse amigo de diputados y pesudos, por lo que mangoneaba el mercado a su antojo. Le dieron una credencial con sello oficial de detective de la secreta y se sentía muy gallo. Trataba con los que acaparaban directo de los pescadores y entre ellos le ponían precio a la mercancía. Luego le señalaba a cada puestero su cuota de lo que podía comprar. Cuando escaseaba el camarón sólo a sus cercanos les tocaba. También distribuía y cobraba los lugares, y para eso me contrató, para exprimir a los canijos que ahí vendían. Le caí bien porque siempre he sido mal encarado y no me tiemblan las rodillas, así que cargaba una libreta y un pistolón en la cintura para que se viera el bulto, y recorría los pasillos recibiendo monedas y dando un papelito sellado. Todo iba bien hasta que alguien le calentó la cabeza con el cuento de que le engañaba con los dineros. Y no era cierto: él me daba contados los papeles y yo le daba contado el dinero. El que yo cobrara un sobreprecio a los que se atrasaban o para permisos especiales, ya era mi negocio, y no tenía porqué darle reporte; nunca, ni que fuera idiota…: se iba a quedar con todo… Y eso quiso…, y por eso me fue a ver, para cacharme en la movida y tener pretexto para llevarse todo. Como te has de imaginar, la gente no lo quería, por fanfarrón y mano pesada. Yo también ya me había cansado de que me chupara la sangre…, o peor, de ser yo quien chupara la sangre a otros por él. Ya se lo había advertido a mi hermano…

Regresó El Cazador con dos pocillos humeantes, uno para El Reportero y otro para El Jefe, y se sentó a un lado.

—Así que una mañana se presentó El Zancudo bien temprano; no había salido ni el sol. Yo andaba en lo mío, cobrando, y que llega hasta donde estoy y que me quita mi cuaderno y se pone a revisar las cuentas. Ahí venía todo. Tenía tachaduras y números sobrepuestos que sólo yo entendía; pero eso no le impidió meterse donde no debía. Primero nada más carraspeó mientras seguía con el dedo los números, y apretó la boca. Luego me miró con ganas de tronarme ahí mismo. Alzó la voz y fue como si me atravesara con una lanza. Volteé alrededor y al descubrir a su gente, muchos puestos atrás y distraída, que saco el cuete… Desde que me arrebató la libreta tenía la mano preparada, y que le disparo al corazón. Así como te lo digo, y que me pelo… La gente se agachó, hubo gritos, algunos corrieron para aquí, otros para allá. La pistola me quemaba, mas pardeaba la mañana, las luces no iluminaban nada y yo conocía todos los atajos, ¡así que ni forma de que me agarraran!… Era mi destino; si no, no estaría aquí…

Al tiempo de hablar hacía gestos y movimientos de mano con los que dibujaba ese mercado del que rezumaba el olor del pescado fresco, del camarón, un aroma a mar que se mezclaba con el de la pólvora.

—Pero el asunto no acabó ahí. No, qué va… El Zancudo era sólo la fachada de otro más gallo que no quiso soltar el hueso y luegoluego saltó y se fue contra mí y contra mi hermano, que tuvo que irse para el monte… No me dejaron en paz hasta que, en una de malas, caí en la cárcel, donde aprendí que matar un hombre es un pecado menor.

Unos cuantos jorobados escuchaban con una media sonrisa.

—En la cárcel fue que me pusieron Domingo Blanco por un famoso asaltante que se parecía a mí y que habían ahorcado en el mero patio de la prisión. Dicen que quedó ahí colgado hasta que los zopilotes lo dejaron en los huesos y vinieron los perros a terminarlo. En la cárcel todos sabían que había la orden de matarme, pero el que volvió a matar fui yo. Me llevé a dos que en lugar de cobrar por mi vida se fueron derechito al infierno. Me volví famoso. En la calle todo mundo hablaba de mí. Llegaban periodistas y me preguntaban…; por eso no me echaron al hoyo…; mejor el juez me dio cadena perpetua y me mandaron en la primera cuerda a La Mina… Así es cómo caí en el infierno de veras no fregaderas, ¡y nomás por el puro pecado de anotar lo que no debía…! Por eso aquí me ves, lejos de todos, al acecho como animal de monte…

—Pero tú no te ves como si te hubiera ido mejor que a mí —prosiguió después de resoplar—. Parece como si te hubieran venido arrastrando desde La Mina… Así pasa. Te salvaste sólo porque todavía no te tocaba…; porque cuando te llega la hora…, ¡aunque te escondas en un pozo…! —abrió sus ojos de canica—. Estate tranquilo…; te voy a llevar conmigo lejos de aquí. Vamos a quedarnos un par de días por allá, y luego volamos. Mientras, tú te vas a estar bien escondidito y sirve que te repones. Come bien, descansa, que nos va a tocar caminar toda una noche…

El Reportero pudo finalmente doblar los brazos y se los sobó con las manos acalambradas.

Llegó un Jorobado con una cazuela cubierta por una servilleta que puso a un lado. Eran tamales. El Arriero le ofreció a El Cazador y a El Reportero, y mientras se comían el primero prosiguió con sus relatos.

—El Puerto es muy bonito. Le hicieron un malecón bien ancho, bordeado de palmeras. En la tarde se llena así —hizo un gesto con la mano— de mujeres bonitas. Venden dulces, conchas raras y erizos que alguien sacó del mar, globos que retiemblan por la brisa… También está llena la playa de La Guitarra donde los enamorados van a ver la puesta del sol… De todos lados se vislumbra el faro en la punta de la bahía; lo construyeron sobre una peña tan dura que el mar sólo ha podido pulirla. Ahí está, de una sola pieza, brillante como una tortuga gigante enterrada en la arena… En la madrugada llegaba hasta mi hamaca el aroma del café que tostaban en los expendios de la plaza de armas, y me imaginaba a las señoras apuradas con sus canastos rumbo al mercado… Todavía hay mañanas que me despierto y creo escuchar el chirriar de las grúas en los muelles, el pitar de las fábricas, los camiones que sufrían al subir las cuestas, el grito de la señora que avisaba que traía el pan para el desayuno…

El rostro de Domingo Blanco, enmarcado por el paliacate en la cabeza, era redondo y mofletudo como una papa. Lo mismo su nariz, inflada por el aguardiente. Su barba de varios días, sin ser cerrada, era una sombra plateada que le cubría desde las sienes. A pesar del fresco sudaba sin parar y más cuando la historia le exigía cargar la voz. Se le formaban gruesas gotas en la frente y en el cuello, que era ancho, apergaminado, de garganta igualmente rolliza, de la que salía una voz vieja, bien profunda, retenida, sofocada, que dejaba traslucir una fractura que llegaba hondo. Entornaba los ojos al arranque de cada frase como si pescara de atrás, y después del clímax, en el momento en que caía en un silencio para preparar la sorpresa, miraban interrogantes y a la vez orgullosos, profundamente orgullosos, tanto para imponerse, como para exigirle al otro celebrar a la par. Con la pura voz formaba un muro, una pinza; inundaba a sus víctimas, las arropaba, les exigía la admiración franca e inmediata de los niños.

Rememoró una ciudad de calles de arena, de barrios que han quedado sepultados. De sombras que retomaron sus pasos para un auditorio de jorobados, inalcanzables como gigantes, etéreas, de la época en la que todo se podía. Entre ellas se movía el joven Domingo Blanco como una flecha que rasga la carne, que brota predestinado con la misma fuerza con la que hiende, y que si se vio obligado a torcerse, fue para cumplir su destino.

Al tiempo que cargaban pistola y terminaban en las cantinas asediando mujeres por las que vale la pena matar, los caballeros vestían de blanco y eran galantes con sus damas. Salían perfumados después de la siesta hasta las callejuelas tras el muelle viejo en busca del cantar de las marimbas en algún patio bajo la luz esmeralda de los almendros, sin más intención que vivir derecho, natural.

Domingo Blanco se recargó contra la silla de lona, enderezó la espalda lo más que pudo y miró a su pueblo de jorobados. Era un rey con una cadena de oro macizo y una esclava en la muñeca derecha ancha como una corona. La cúpula del encino marcaba el salón desde donde dictaba sus sentencias. Sabía guardar el porte del que dirige, del que protege o manda a la horca según su interés; el pecho combado hacia delante, pleno. El campamento se extendía en abanico desde ahí y tenía los hilos en el puño. Miraba como miran los dueños, pero su mirada iba más allá del puro campamento, se metía al bosque, abarcaba cerros y cañadas, llegaba hasta El Puerto, se proyectaba con la sombra de la sierra, y si agitaba el brazo sabía que todos lo notaban. Escondido primero en la cárcel, luego en La Mina, y ahora libre con su recua pero lejos de toda mirada, pocos le conocían la cara; así, sólo era lo que de él decían. Cada vez que tejía una aventura sus relatos se infiltraban y nutrían, voces más abajo, el murmullo que formaba su verdadero cuerpo, y él lo sabía. Su fama, aseveró, se acrecentó por un corrido que le hizo un trovador popular entre las damas, y que cantaban hasta los niños, sin fijarse en la letra llena de afrentas y maledicencias.

—A La Mina caía la flor de lo peor de lo peor. Puros asesinos, algunos de niños y mujeres, violadores, locos… Ahí aventaban la basura para que se pudriera en un rincón donde nadie te pudiera oler ni apiadarse de ti. Peor que a una mula te encadenaban y te hacían trabajar en los túneles. Nadie llegaba a durar más de tres años. Hasta los guardias eran marinos y soldados que mandaban castigados por culpas manchadas de sangre. En la entrada estaba escrito como en la puerta de un panteón: “El que cruce por aquí jamás saldrá de vuelta”… Pero les falló… El gobierno se equivocó cuando mandó una cuerda con puros rebeldes. Una centena de muchachos que agarraron presos en El Puerto por alzarse a favor de los agraristas y que mandaron a La Mina para escarmentar a los revoltosos. Primero estaban espantados…; pero no tardaron en hallarle el modo de hacer su motín… A diferencia de nosotros, venían con jefes y brigadas, y se pusieron de acuerdo en secreto. Con una sola noche tuvieron para poner a los presos libres y a los guardias presos. Fueron muy listos…; se quedaron con todas las armas y no dejaban de vigilarnos ni permitían que nos reuniéramos… Hicieron grupos de adoctrinamiento y de ahí escogieron a su gente… Tomaron La Cañada y no dejaron subir más que a la brigada de agraristas que los vino a reforzar y a los del periódico, que llegaron a sacar fotos y a preguntarle a la gente sobre la revuelta.

El Cazador, sonreía y gruñía; delgado como un badajo hacía de resonador.

—Con el único que pactaron los rebeldes fue conmigo, y desde antes del golpe —continuó—. Desde entonces escogí estar afuera. Yo era el único que iba a poder con los jorobados —y señaló su propia joroba para reírse abiertamente —…; pero cuando vinieron los del periódico, me escondieron. Ellos eran revolucionarios, no asesinos, y yo tenía mi fama… Pero ¡qué iban a saber…! Con el tiempo el oro les hizo igual de daño que a todos y unos mandaron a fusilar a otros. Entre el paredón y la emboscada, el oro sin moverse pasaba de una mano a otra. ¿Y a quién le echaron la culpa…? ¡Pues a mí! ¡A Domingo Blanco, el matón! Yo tenía mi cuenta completa con los tres que debía; ya sabía lo que se siente quitarle la vida a un cristiano y lo que se paga, pero les gusté para que me colgaran de milagritos. En El Puerto todos los periódicos se adornaban con historias sobre mí. Pero nada era cierto. Por eso les escribí una carta; yo también soy revolucionario, les dije… La verdad es que en La Mina todos pierden el juicio… Hubo una ocasión en que en un mes asesinaron a tres jefes. Era cosa de que te nombrara la asamblea para estar señalado. Por mucho tiempo fue peor que cuando la prisión. De los que quedan de ese grupo están El Águila y Walter…; y otros, como el Licenciado, y uno que le nombran El Perro, que era agrarista…; a la mayoría se los acabaron quebrando…

Llegó un Jorobado con su fusil bien puesto para informar que estaban listos para cargar las mulas. Domingo Blanco se acabó el último tamal de un bocado y se puso de pie.

—Te lo dejo encargado; que se quede en la tiendita de acá atrás —le dijo a El Cazador, para después dirigirse a El Reportero—: Vamos a estar muy ocupados… Te advierto que no quiero que andes por ahí, no vaya a ser que pase alguien de fuera y te vea. Por la noche va a venir Walter…; si te descubren, no respondo.

Fue por un sombrero y agarró colina abajo. De espaldas y desde arriba, recortado por su andar de pasitos rápidos, lo abarcaba por completo la joroba. Parecía haber nacido de ella, como el escarabajo que toma la forma de su concha.

Al tiempo que descendía, las miradas de los jorobados se dirigían a él, y si no la mirada, sí el frente. Sin esfuerzo o ceremonia, como algo natural, daban vuelta sobre la faena que hacían para no darle la espalda, con lo que se formaba un iris que partía de él a donde se moviera. Iba lo mas erguido que podía, directo a lo suyo, remando con los brazos como si al tiempo de abrirse paso entre ese haz de intenciones se impulsara sostenido por todos.

Llegó hasta el fondo donde habían apilado ordenadas gran cantidad de latas de diez galones, que contó por grupos antes que las cargaran sobre las mulas. Como si se tratara de pertrechos militares lo hicieron con todo cuidado, todos a la vez, cada uno en su parte. El Arriero se perdió en el enjambre para reaparecer sobre su caballo y al estilo de los antiguos capitanes navegó sobre sus hombres.

Dio varias vueltas antes de que estuvieran listos y se adelantó a galope con su escolta. La recua no tardó en seguirlo. Al perderse los últimos a El Reportero le entró un vacío en el estómago. ¿A dónde iban? ¿Con Walter…?

El Cazador lo llevó frente a lo que, más que una tienda, parecía una bolsa de cuero con un palo atravesado, y se fue a desollar sus animales.

Los jorobados llevaban agua, barrían la explanada en el fondo, cortaban leña. Unos preparaban de comer en grandes peroles, otros limpiaban arreos o sus fusiles. Algunos de ellos lo observaban de tanto en tanto como un animalito al que se le vigila.

[…]

 

 

 

 

Al alborear lo despertó El Cazador y lo condujo a un ruedo en torno a una fogata donde algunos arrieros tomaban atole y mascaban gordas de maíz. Le sirvieron un pocillo y se sentó cerca del calor de la lumbre. No había rastro de las visitas de la noche; cada brizna parecía congelada por el silencio del bosque.

El día se hizo a la luz con extrema lentitud. Las siluetas de los encorvados, apacibles como fieras, sugerían enanos, frutos caprichosos de los árboles. Al fondo las mulas se sacudían el rocío y las moscas. Las tiendas sucias aleteaban al viento.

Después del almuerzo un grupo se sentó en una rueda a limpiar sus fusiles. Los tomaban como si se tratara de aperos de labranza. Las manos gruesas de quien pelea a golpes más que a balazos, eran de campesinos, no de guardias o soldados. Velludos bajo las camisas de manta, de tórax ancho y antebrazos poderosos, hablaban a gruñidos, a señas y movimientos de cabeza, y remataban sus frases secas con la risa aguda de los ignorantes. Otros se pusieron a desarmar las tiendas y apilar los haberes.

Se sentó en un tocón y los observó como lo haría el pasajero de una embarcación que se preparara a partir. Con la energía de alguien harto del descanso y la espera, los jorobados se comportaban igual que marineros que amarran la carga y preparan las velas. Entre dos doblaban una lona hasta volverla un paquete bien cinchado con una correa de cuero, mientras otros rellenaban las alforjas. Formaban un montón perfectamente ordenado y proseguían en la tarea vorazmente.

Antes de que el sol alcanzara los dos palmos, habían desmontado más de la mitad del campamento, del que sólo quedaba la cicatriz del trajinar de semanas, la red de senderos que unían los rodetes pequeños y oscuros de las fogatas con los más grandes y cenizos de las tiendas. Lo único que no habían tocado era la tienda del jefe. La luz que se filtraba por el follaje, el silencio que cercaba el lugar, hacia parecer que en ese flanco no avanzaba el día.

Hasta entonces notó que tras la tienda principal se alzaban otras tres: una junto a otra, altas y largas, de lona gris, que le añadían un toque oscuro a aquel ambiente de por sí quieto y misterioso.

Sopló envolvente una brisa cálida y el cielo se diluyó en un gris acerado. Finalmente el día rebasó la orilla del bosque y la luz pegó de lleno en la tienda de Domingo Blanco como una señal para que el viejo líder se despertara. Así fue, pues no tardó en sacar la cabeza. Hizo a un lado el faldón de la entrada, puso su silla de lona en medio de la apertura y se sentó a calzarse las botas. Corpulento, mecido por la inercia del sueño y la cruda, se inclinó tembloroso sobre el vientre con peligro de dar de sí. No obstante, logró encajar los pies y no tuvo más que apretar las agujetas. Se alisó el pelo, anudó su paliacate y miró con aire distraído lo que quedaba del campamento. La borrasca de la noche aún no lo abandonaba. Aunque se veía por la forma en que se apoyaba en el respaldo de la silla que había decidido pararse, no lo hizo durante largo rato, manteniendo nomás un balanceo tenso como el ir y venir de su voluntad. Por fin se puso en pie y sacudió la cabeza. Lento, avejentado, se dirigió atrás, hacia las otras tiendas, que se levantaban severas y ni siquiera en ese momento recibían algo de sol. Frente a su actitud desmañada, su espalda parecía doblarse como un arco que busca su caída natural por el sobrepeso de la joroba y de la cabeza, empequeñecido frente a la estatura de su voz de la noche anterior. Frágil, vulnerable, supo erguirse cuando salieron a recibirlo varios hombres que vigilaban armados. Se alejó del grupo con uno de ellos y platicó con él por un buen tiempo. Por el movimiento de las manos y los gestos era fácil pensar que le daba instrucciones. Instrucciones largas y complicadas, y que parecía repetir para asegurarse que se cumplieran.

Cuando terminó había recuperado plenamente el porte, que en sí no era del todo erecto, al que se sumaba un temblor soterrado que lo sacudía continuamente. Se dirigió a la única fogata que parecía prendida, donde un jorobado había puesto un café nuevo. Le sirvieron un pocillo y mientras se calentaba observó lo que hacían sus hombres. En cuanto descubrió a El Reportero de inmediato lo llamó.

El Reportero se acercó.

—¿Ya tomaste café?

—No…

—Te veo recuperado —le dijo cuando lo tuvo cerca—; ayer tenías la cara amarilla y los moretones más encendidos… Estuvo aquí alguien que te conoce —sonrió con malicia—. No le dije que estabas conmigo; no te preocupes —volvió a sonreír—… Me platicó que eres un espía, que el Gran Comandante o el mismo gobierno te habían contratado para hablar con La Beata… Me pareció exagerado, pero en el fondo quizá haya algo de razón. Tienes un aire de Extranjero que te hace distinto. Nada más de verte sabe uno que no puedes ser inocente… Luego me contó que a ti te agarraron cuando le cayeron a Galdino, y que pensaba que quizá eras su pariente. Pero tampoco lo creo… Es mucho enredo, ¿no? —no es que sonriera otra vez; es que le hablaba sonriendo—. Antier por tu culpa hubo un muerto —lo señaló con el dedo—…; un compañero que luchó con nosotros desde el principio… Sé que ni siquiera lo sabías hasta este momento, y no te toca responder, pero de que algo te traes, algo te traes… Seguro.

—No tengo nada que esconder —respondió de inmediato.

—Pero tampoco caminas limpio; no me engañas —sus ojos acuosos chispearon—. Aunque, te diré…, a mí qué me importa quién eres, ni cuántos crímenes cometiste… Todos venimos de la misma porquería… Lo que me importa es que sepas agradecer… Si te portas a la altura y eres leal, y te ganas mi confianza, pudiera ser que yo mismo te llevara a la desembocadura del camino real, al primer caserío… Me encantaría llegar a una cantina de verdad, así fuera nomás de las serranas, pedir lo mejor que tuvieran y volver a chocarla con los amigos —lo miró con una gran sonrisa—. Pero mientras, veremos cómo pagas el favor…

Lo tomó del brazo y lo apretó para afianzar lo dicho.

—Sabré corresponder.

Domingo Blanco bebió de su café y lo miró a los ojos como si esperara más. Su rostro ancho, de luna, tocado con el paliacate, siempre ansioso, lo interrogaba.

El Reportero no supo qué decir. Entonces el viejo volvió a tomarlo del brazo y le señaló una vereda.

—Acompáñame.

Tomaron camino arriba.

—Vamos a iniciar la marcha a media tarde para estar cerca de La Cañada al anochecer —el viejo iba atrás y parecía empujarlo con sus palabras—. Desde ahí se ven las luces de los pueblos como estrellas —la entonación fue un tanto burlona—… ¿No crees que nosotros no quisiéramos regresar…? Conozco cada pueblo, cada calle, la gente, cómo son las casas, los huertos. Y desde que me encerraron, más: no he dejado de visitar los mercados, ni las ferias, y sé de todas las muchachas que caminan por ahí… El recuerdo es canijo, y desde aquí arriba los miro con mi catalejos… Todavía escucho el grito de las señoras que venden dulces y tamales por la calle… Cada noche veo si hay nuevas luces, y en los días de fiesta se ven los cohetes y a veces hasta se escuchan… Luego me entran las ganas de bajar y hago planes, pero siempre me arrepiento. Una cosa es desde aquí, otra allá…

La vereda se encajaba en el barro anaranjado y polvoso.

—Además, ya se viene la guerra —añadió resoplando por el esfuerzo—. Nadie está contento y es un hervidero. Desde aquí se huele.

Tras un tramo bastante empinado llegaron a la calva del cerro donde un grupo de jorobados guardaba un posta de vigilancia. Constaba de una enramada escondida bajo unos pinos y una especie de trinchera entre dos grandes rocas que se hallaban en la punta. Se dominaba la parte baja del campamento y un amplio paisaje de cerros y bosques.

Lo saludaron al estilo militar.

—Todos se han reportado sin novedad —le informó el que parecía a cargo.

El Arriero sonrió:

—Bueno…, tenemos el viento a favor… Avisen que nos movemos, que tomen sus posiciones —ordenó en tono de capitán que ve subir la marea mientras la brisa agitaba la maraña canosa que se asomaba bajo el paliacate.

Luego se llevó a El Reportero al otro lado de la colina donde hamaqueaba un llanito y se veía majestuosa la sucesión interminable de cerros. Se sentaron entre las hierbas en un punto libre de las miradas de sus guardias, lo que les daba una cierta intimidad. El viejo sacó de su chamarrón una botellita y dijo casi en secreto:

—Hay muchas voces en la caña. Es bueno tener oído y saber distinguirlas.

Le quitó el corcho y bebió unos buenos tragos a garganta abierta.

—¡Aaah! —exclamó—. No hay nada mejor que el mañanero…

Como si bebiera agua se la volvió a empinar. Luego observó cuánto quedaba, le dio otros tragos y se la pasó a El Reportero.

—Suficiente —exclamó con el rostro congestionado—. Necesitaba limpiarme el estómago.

El Reportero le dio un sorbo. Sabía dulce y fuerte.

El viejo sacó un paliacate de la bolsa y se enjugó el rostro. Luego se quedó mirando a la lejanía.

—Parece que nos trajiste suerte; Walter se portó generoso. Intuye, por más que lo niegue, que su caída está cercana y busca asegurarse una salida. Está apunto de derrumbarse como aquel rey que fue acuchillado por sus propios hijos —tensó la voz para hacerla dramática al tiempo que arqueaba las cejas y movía las manos—… De tanta abundancia que hubo quedan las migajas. Para quien no aprovechó ya es tarde. Llegó la hora de pagar.

Se enjugó de nuevo con el paliacate.

—Cada día son más torpes y ciegos. Mejor se matan entre ellos que por culpa del enemigo. Hasta La Beata se debe burlar mientras espera que caigan solos. ¡Tú mismo te les fuiste de las narices! Y vieras a Walter, fanfarrón, arrogante…

Se sonó, precisamente, las narices.

—Nosotros hemos sabido mantenernos aparte. Todos los que ves conmigo estuvimos enganchados en la rueda cuando lo de La Mina —bajó la voz para reafirmar el cariz de lo que iba a decir—. La rueda movía el malacate y la usaban de castigo.

Era tan duro que muy pocos sobrevivían, y los que aguantaban quedaban peor que un animal; luego ya no podían ni hablar y babeaban y andaban hechos un asco. Aunque hubieran puesto mulas tampoco hubieran durado; la friega era tremenda —crispó los puños—. Te enganchaban con cadenas de los hombros y de las muñecas y te obligaban a latigazos a que empujaras. Por días permanecías con la espalda doblada; llegaba un momento en que ya ni sentías el cuerpo. Las piernas se seguían moviendo pero ajenas a uno, como algo mecánico. Ni el látigo te llegaba. Era como un sueño, una negrura, un mareo, como estar dentro del mar, de noche, empujado por las olas.

Le arrebató la botella, tomó otro trago y se la regresó ordenándole que se la terminara.

—Tenían otros castigos. Como el pozo. Pero la rueda era el peor. El Alcaide decidía a quién enganchaba y se aprovechaba para tener a todos en raya o a su servicio. No le importaba que fueran de su misma gente; quien se lo buscara, o nada más por antojo, ahí terminaba enganchado. Él mismo salía con el látigo y se vengaba… Walter también estuvo ahí… Por eso tiene la espalda rota.

El Alcaide me propuso varios negocios: hasta me dio dinero; pero no era derecho y quería todo para él. Dos veces me enganchó; la primera sólo para ablandarme. La segunda para deshacerse de mí. Lo que me salvó fue la revuelta. De inmediato me jalé a todos los encadenados. Sabía que ninguno me iba a fallar.

Sorbo a sorbo El Reportero daba cuenta de su ración, mientras Domingo Blanco, con el rostro encendido, gestionaba y modulaba la voz, para recrear aquel ambiente de oscuridades en el interior de La Mina, como la sombra fugaz de una parvada de cuervos.

—No creas que soy un ignorante —continuó e hizo una pausa para que las palabras cayeran con todo su peso—. Sí, he matado. He estado encerrado más de la mitad de mi vida. Pero el sufrimiento me ha enseñado más que los libros de cuando me decía estudiante. En el penal, en El Puerto, me metieron a las celdas flotantes, en las que se filtra el mar y sube el agua con la marea. En ocasiones llega hasta el techo. Ahí me tocó un huracán; el agua nos cubrió; sólo dos salimos vivos. Quien aguanta lo que yo he aguantado ya está libre de pecado —se rió—. Has de pensar mal de mí, pero tu mismo tendrás tiempo de comprobarlo.

El viejo quedó en silencio. El Reportero terminó con la botella y se la regresó.

—Está bueno, ¿verdad?

—Sí —contestó inmerso en el delicioso mareo del alcohol.

—El mejor lo guardo para mí. Sólo que ya queda poco: otra razón para irnos de aquí —bufó impaciente—. Capaz que cuando regrese de vuelta ya está otro sentado en La Mina. Hay que dejar que las cosas se aclaren o que de plano se pongan mal. No sé por qué atacaron a Galdino; no les va a beneficiar en lo más mínimo —agitó las piernas con un temblor ansioso—. Sólo va a servir para darle alas a La Beata que poco necesita para volar. ¿Has oído hablar de ella?

—Todos hablan de ella.

—¿Todos? Quisiera creerte pero no sé… En fin, como te dije en el campamento, eso es cosa tuya… Lo que me importa es lo que hagas de aquí en adelante… Lo que me dijiste ayer de El Águila resultó cierto. Eso me gustó. Pero sé muy bien que no es fácil escapar de esa fortaleza. O tuviste suerte, pero mucha suerte, o eres bien mañoso; o lo que sería peor, tenías un cómplice… Has llegado en un momento en el que están pasando muchas cosas; cada mes tenemos una noticia nueva y todas son alarmantes. ¿Quién va a creer que sólo veniste a pasear? —lo miró sonriente, burlón—. ¿Sabes…? El tiempo es el mejor consejero…

Se puso de pie.

—Es hora de ir a apurar a la gente.

Al hacer lo mismo El Reportero se dio cuenta de lo borracho que estaba. Tanto, que casi pierde el equilibrio y vuelve a quedar sentado. Domingo Blanco lo percibió y aprovechó:

—¿De veras no conoces a La Beata? —le clavó la mirada.

El remolino giró más rápido; no podía contestar y esto lo delataba.

—¿No dices nada?

— No, no la conozco —contestó su voz por él.

El Arriero se carcajeó.

—Está bien —lo palmeó en la espalda como a un muchacho—. Todavía hay tiempo.

Lo dejó encargado en medio de las miradas sonrientes pero inescrutables de los guardias y bajó al campamento. El Reportero instintivamente se sentó al otro lado de las rocas que formaban la trinchera donde no lo podían ver. Aún cercado por las palabras del viejo, bajo la luz hiriente del medio día sudaba febril. El latido presuroso, irregular, del corazón, como un velo más que lo atrapara, marcaba los grados que iba descendiendo. Respiró hondo. Trató de detenerse. Las nubes en el fondo se anudaban en forma grotesca. La brisa le daba vida a los árboles y el reflejo parpadeante de la luz se transmutaba en sustancia y de nuevo en luz.

En mitad de ese granizo, de ese vacío silbante, escuchó el rastrillar de la hojarasca y descubrió la figura de un gallo de cresta carnosa. Le chocó cómo caminaba: el lustre metálico de la cola de flexibles espadas, el aire superior de oficial de tropa, de juez que marca los destinos. El gallo levantó la cabeza y lo miró fijamente con un ojo que semejaba un diminuto taladro de obsidiana, que al tiempo que se clavaba permanecía ajeno como quien observa tras un espejo sin ser visto. Un soplo helado lo hizo estremecer y le faltó aire. Aflojó los brazos, la espalda; ocultó el rostro entre las manos. Tembló como si resbalara a la nada.

Permaneció inmóvil, sin voluntad, agotado, harto.

La brisa le refrescó la frente y la raíz de los cabellos empapados de sudor helado.

Afiebrado y ebrio, recargó la cabeza contra las rodillas y se perdió en un no pensar sordo, en la bruma que de por sí lo rodeaba.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que una mano le tocó el hombro. Uno de los jorobados le ofreció un pocillo y un tamal. Los tomó en silencio y entonces reconoció su hambre. Comió y bebió como un autómata, y, como si cruzara una puerta, en cuanto tuvo lleno el estómago se sintió mejor. La sangre volvió a correr por su cuerpo y con ella un torbellino de ideas que habían quedado al acecho. Le molestaba que le asignaran papel de espía. Recordar a Domingo Blanco lo hizo de nuevo estremecer. Por más que lo negara, no le iba a creer.

Escuchó un chasquido a su espalda y al voltear vio a los jorobados que izaban sobre un tronco que les servía de asta una bandera de color rojo, grande, que chicoteó al viento. Uno de ellos observó a la redonda con un catalejos deteniéndose morosamente en algunos puntos a los que después regresó. Le ofrecieron un cigarro y se fue a sentar con ellos. Distintos a sus compañeros de abajo, no tenían la mirada mansa ni el rostro impávido sino sonreían con malicia. Le preguntaron si era verdad que había escapado de donde El Águila, y les contó cómo logró desatarse, saltar del cuarto, y la huida por el bosque.

Llegó un mensajero con la orden de que lo acompañara y en seguida regresaron juntos al campamento. Bajaron por el bosquecito y salieron al lugar donde habían estado las tres tiendas grises de las que sólo quedaba la clara huella. En los tres casos era un espacio cuadriculado por una retícula que los hacía parecer tableros de juego. Al cruzarlos notó que había quedado impregnado un olor a madera recién aserrada y que incluso el lugar que habían ocupado mantenía una densidad distinta, que le produjo la sensación de que cruzaba por mitad de un cuerpo invisible.

A unos pasos desmontaban la tienda del jefe. El viento la embarazó, resonó como una vela y liberó una bocanada rancia, a hongo, a cantina, a sudor de caballo. Ambos olores, el de madera y el humano, tan distinto uno del otro, tenían en el fondo algo que los hermanaba.

 

Al pie de la ladera, entre el ir y venir de gentes y animales, Domingo Blanco dirigía su tropa. Sopló un remolino y el revuelo en los árboles pareció una llamarada que brotara del viejo líder y abarcara a su pueblo. Alzaba los brazos que ya querían ser alas, y a la diestra empuñaba la varita del mago. El bosque respiraba y se mecía como un trigal; los arrieros danzaban con sus hocicos de perro, de mono, y las mulas atrás les respondían. Mulas de bocas humanoides, de labios rosados que descubrían una dentadura ambiciosa y al resoplar sus trompetas parecían balidos de barcos en la bahía.

Poco a poco se formó la recua que semejó una larga quilla, una quilla viva dispuesta a surcar sobre la verde espuma. Las bestias más bellas habían sido colocadas al frente, cada una gobernada por un arriero armado con un fusil. Las alforjas de cuero crudo muy bien trabajado, lustroso por el uso, iguales todas, acentuaban su aire militar. Dentro de ellas iban las cajas de madera donde se guardaba lo más preciado. Sin llevar el mismo orden de las primeras, atrás venían las mulas y machos que cargaban con los enseres y el campamento, lonas enrolladas, cueros, sacos de todos tamaños. Las manejaban entre pocos arrieros, quizá los únicos verdaderos de todos, lo que se notaba en la manera de colgarse el fusil —pues también traían uno— como un apéndice que les estorbaba, y de gobernar a los animales ayudados con un chicotito.

Más de la mitad de los hombres iban libres, armados hasta los dientes. En grupo de dos, tres, o hasta cinco, tomaban posiciones en la retaguardia y en los flancos. Otros se adelantaban por las distintas veredas que se filtraban en el bosque. Presurosos y aparentemente erráticos, sabían sin embargo muy bien dónde colocarse.

Domingo Blanco mandó a El Reportero a la última sección, donde quedó al cuidado de Un Arriero que tenía una nariz tan monstruosa que parecía el contrapeso de su giba. A este no le gustó el encargo y lo miró mal. Le señaló la mula y le ordenó que no se apartara de ella so pena de ser amarrado o de recibir un balazo.

La escolta arribó a trote trayendo consigo el alazán del Arriero. Airosos, con el porte de quien va a la guerra por la gloria, al grado de sublimar su aspecto tosco y deforme, hicieron el papel del tambor y los clarines que alientan y anuncian.

El Arriero montó con agilidad y dio una vuelta en redondo, nerviosa, para asegurarse de no dejar algo olvidado. Trotó de ida y de regreso a todo lo largo de la caravana y pasó revista con una mirada que quería atrapar a cada hombre, animal, fusil, árbol, para tenerlo dentro de sí. Luego, con la gravedad de un verdadero capitán, se puso al frente y dio la orden de partir.

Como si rodaran barranca abajo, con la lentitud de un cuerpo pesado que al principio apenas y se mueve pero que muestra su voluntad inquebrantable, así se deslizó este ejército que al avanzar abrió en dos el bosque.

Un remolino de mariposas revoloteó sobre ellos.

 

Rápido se hizo de noche. Una noche cerrada de luna tardía todavía escondida. El Reportero echó mano del instinto para seguir la fila que se desplazaba en el mayor silencio posible, a veces por veredas, a veces por el monte, a todo correr o con lentitud exasperante. En dos ocasiones tomaron por el curso de un riachuelo para salvar pasos difíciles. Bajaron a galope por una larga cuesta donde se quedó sin aliento, y aunque en algún momento hubiera querido abandonar, corrió flanqueado por las bestias a riesgo de que lo atropellaran. Cuando se detuvieron al pie de unas peñas que debían rodear uno a uno por un estrecho sendero, no podía dar un paso. Se le acercó Un Arriero, el de la nariz notoria, y le dio a beber de su bule sin dirigirle más que gruñidos. Tuvo tiempo de recuperarse, y un segundo aire le permitió acoplarse al ritmo de la escapada; de ser llevado y empujado, se volvió parte e impulso. Se catapultaba de las salientes, de las ramas que se interponían, tomaba carrera en las pendientes y de subida jalaba aire y se preparaba para volver a correr.

Gozó el desafío; el sudor le supo dulce. En eso descubrió con espanto y desagrado que llevaba el mismo paso que el vaivén de las ancas y la cola del animal frente a él.

 

 

 

Salió la luna y enturbió el aire, produjo espejismos de plata entre la sombra de las ramas de las enredaderas, iluminó el lomo de los troncos caídos, los pelos erizados del cráneo de los animales.

No avanzaron mucho por ese paisaje metálico y esquivo. Se detuvieron largo tiempo sin mover una oreja, en silencio. A señas corrió la orden y prosiguieron cautelosos. Para su sorpresa salieron al borde del barranco, de ese enorme tajo que dividía el mundo. Se abrió el cielo y la tierra: arriba se desplegaron las estrellas agrisadas por la luna que ya menguaba; abajo reverberó la negrura y tras el corte vertical de la garganta brilló un puñado de lucecitas amarillentas, titilantes de tan frágiles: rancherías y pueblecitos desperdigados por la lejana llanura. A pesar de hallarse más cerca que la primera noche, resultaba lo contrario: un espejismo, algo irreal, inaccesible.

Se inclinó sobre el borde y aspiró el aroma que venía del fondo. ¡Volvía! Se estremeció de gusto y de miedo.

Se introdujeron entre los desfiladeros por un escalón que corría a lo largo de la pared que con trabajos permitía el paso de las bestias, que se perdían bajo la sombra de la luna.
Se escuchó un fragor soterrado, un dragón que reptara entre las fisuras, el rozar de los bultos contra las rocas y las ramas espinosas de los arbustos que mal crecían entre ellas, el estallido agudo del fuete, el gruñir sordo de los arrieros. Por tramos no se sabía bien donde era orilla y donde firme, y más de una vez se escuchó el rodar de rocas que se golpeaban entre sí al precipitarse al vacío.

La cornisa se abrió en una estrecha meseta sobre la cual crecía un bosquecito. Ahí volvieron a detenerse, con ese mismo silencio obstinado que no rompían desde la partida; ni siquiera les gritaban a las bestias, que manejaban con el chicote y los cabestrillos. Los arrieros se recostaron en las rocas y prendieron sus cigarros.

El Reportero se paró en el filo, absorto por los acantilados de la otra orilla que la luna iluminaba dramáticamente por mitad: peñascales, caídas de agua, rosarios de magueyes colgados de las paredes de roca viva, mesetas como balcones suspendidos en el vacío, quiebres, cerros que irrumpían desde lo alto, bosques que se alzaban hasta las más altas cumbres; cumbres que se sucedían una arriba de la otra y que al mezclarse con la electricidad nocturna le recordaron no sólo su pequeñez sino la futilidad de buscar algo más que aquello que vivía en ese momento; supo entonces que quizá nunca llegaría a caminar por esos pueblos que se perdían en el océano de plata, y que tampoco importaba. Miró despaciosamente las luces que parecían borrarse en la lejanía, inmateriales.

Corrió un rumor y se pusieron en movimiento. Siguieron por la cornisa hasta salir a un pedregal que escalaron con dificultad y alcanzaron de nuevo el borde del desfiladero. Con la prisa de quien huye de donde puede ser visto, se alejaron de la barranca por una vereda que subía bien empinada. El Reportero apenas tuvo tiempo para dar una última mirada. No tenía más alternativa que escalar tras las bestias que patinaban en los trechos más dificultuosos con peligro de desbarrancarse y despedirse de esa esperanza engañosa.

A toda prisa subieron al filo de una sierra para en seguida bajar del otro lado, donde les daba de frente la luna. Al llegar a esa costilla, antes de seguir desbocados cuesta abajo, pudo ver todavía la sombra terrible de La Cañada que separaba a los cerros que de ella nacían.

El trecho fue largo y le siguió otro, y luego un valle, y otro más, y volvieron a trepar, hasta penetrar un bosque cerradísimo donde se detuvieron a hacer campamento.

Carcomido por la tentación de escapar y regresar a La Cañada, agotado, El Reportero se sentó al pie de un árbol. De lo más oscuro de la sierra se abrió la aurora y se imaginó en un tren que llegaba a la estación. Aflojó los hombros y entrecerró los ojos. Recargó la cabeza contra el tronco y se quedó dormido.

Lo despertó la luz del sol; le dolían los huesos, tanto por la caminata como por la postura en que durmió. Los arrieros descansaban dispersos entre los árboles con los cigarros prendidos para espantarse los mosquitos. Repartieron gordas de maíz frías —no habían encendido ni una sola fogata—, mientras los animales pastaban cuidados por varios hombres.

En los alrededores se advertían grupos armados que cubrían los flancos.

Nadie dijo una palabra.

 

Al anochecer se pusieron en movimiento: igual, con prisa y por los pasos más difíciles, entre bosques espesísimos que a media noche mal alumbró la luna. Finalmente al alba del segundo día, bajo un cielo que pasaba del púrpura al rosa, llegaron a la guarida de El Arriero escondida entre enormes peñas en la cima de un cerro.

Un grupo armado salió a recibirlos. Cruzaron por un estrecho pasadizo entre peñas, pasaron lo que sería una puerta, resguardada por dos contrafuertes almenados al estilo medieval adosados a la roca, y penetraron al interior de la fortaleza circuida de peñas infranqueables, hasta una amplia explanada donde los rodearon numerosas mujeres, niños y más jorobados. Desde ese momento se inició la fiesta. Un grupo de músicos se puso a tocar al tiempo que El Arriero y su escolta dieron una vuelta triunfal y brindaron con la botella en la mano, para luego acompañar a las mulas de las alforjas relucientes hasta una construcción al fondo guardada por un alto muro, donde se perdieron tras el portón.

Al centro habían puesto unos peroles en los que cocinaban media docena de puercos, y una hilera de comales donde un grupo de mujeres echaba tortillas, que se acumulaban en grandes canastos humeantes. Los arrieros se arremolinaron en torno, ansiosos.

Las muchachas con sus blusas bordadas de flores y sus rostros redondos enmarcados por un par de aretes de oro macizo, que aún perfumadas olían a ocote como ellos al sudor de las bestias, la música, los picos de las peñas coronados por hombres armados, las cabañas con sus techos de tejamanil, las mismas peñas enhiestas, poderosas, los jorobados y sus mulas, formaban toda una nación que cantaba orgullosa su himno.

El Reportero deambuló como borracho en medio de esa plaza que hervía. Alguien le ofreció unos tacos y tomó un pocillo que resultó ser aguardiente. Buscó una sombra al borde de un montecito junto a la plaza, donde le tocó ver el retorno triunfal de El Arriero, que a pie, seguido de los principales y de la que parecía ser su Mujer, se acercó a pedir un plato y a brindar de nuevo por el buen viaje. Estalló la música y algunos se pusieron a bailar. El aguardiente hizo su efecto y El Reportero no supo dónde se hallaba: los rostros, las faldas, el ataque del violín, lo llevaron a otra tierra. Creyó ver el rostro de El Águila y de otros que se habían quedado atrás.

El cansancio se le vino encima. Buscó donde recargar el cuerpo y poco a poco le ganó el sueño.

Despertó hasta la tarde en medio de la fiesta con los bailes, gritos y música. Le dolía el cerebro y no podía ni sostenerse; parecía que lo hubieran apaleado. Cerca de ahí, al pie de una peña, bajo un encino retorcido y maltrecho, nacía un manantial que habían encauzado por un tronco hueco a un estanque de piedra. Se levantó y metió toda la cabeza dentro del agua helada. El frío le hizo castañetear los dientes y le ayudó a sacudirse el humor empozado.

Habían hecho una gran fogata y a un lado se pusieron los músicos: dos violines, tres guitarras y un tamborcito, que, enyerbados, no dejaban de tocar un son tras otro. Las muchachas daban vueltas del brazo de sus hombres, o bailaban en ruedas o en parejas.

Anocheció con ráfagas de aire helado pero el baile no amainó. Las siluetas de los jorobados y de las mujeres de amplios senos, envueltas por el olor del aguardiente y el chisporroteo de los leños apilados sobre el fuego que crujían y tronaban engrandecidos ante el cielo estrellado y cristalino, eran las de los primeros hombres que se entregaban a la danza original.

Se levantó y fue hasta la hoguera a calentarse. Entre la multitud de rostros, mitad sombra y mitad fuego, descubrió una mirada que se sostuvo a pesar de los cuerpos que constantemente se interponían. Luego fue una mano de mujer que lo jaló del antebrazo y sin decir palabra lo condujo entre los bailarines. Se tomaron de la cintura y danzaron con la energía de quien huye de un peligro de muerte.

Ligera, la espalda llena, los muslos suaves y a la vez firmes, una flecha, caían y subían al tiempo del violín, al unísono, un mismo aliento que nacía del fuego entre los leños idéntico al golpe del corazón, al de los talones contra el piso, que todos marcaban como un mismo cuerpo que los envolviera.

Ondulaban a la par de las llamaradas, de esa voz en cada estómago, en el hueco de cada garganta.

Al abrazarla como a un pez que gira con la corriente no había sino un solo fluir.

En mitad del quebrarse de caderas, de un salón de espejos donde cada danzante reflejaba al otro, los ojos abiertos o cerrados, el rostro de la mujer cambiaba con cada vuelta: sus labios primero anchos se adelgazaban; se oscurecían las pupilas para tomar un café intenso. Como si fuera de una a otra, bailaba con una y con todas.

 

 

 

 

A media noche la mujer lo condujo lejos del baile por un laberinto que formaban las peñas. Entre el leve murmullo de parejas escondidas en los callejoncitos, hallaron refugio en un recoveco a cubierto donde se ocultaba una camita de paja entre dos rocas. Desde ahí se veía por una fractura la fogata y la bacanal de los jorobados como una fiesta bíblica.

La luz marcaba latigazos en las sombras. Entrevió que se quitaba la falda y la ponía sobre la paja para que se acostaran. Aspiró el vapor que se desprendió de su vientre.
Se desató la blusa y se tomó de él para caer juntos.
Se besaron y se abrazaron como si se balancearan de una saliente entre las rocas. El se volcó; ella se entregó tibia y plena.

Se hundió en su vientre, entre sus senos.

Probó de su sudor, de su saliva.

Cerró los ojos y se dejó llevar por el narcótico que corría en sus venas.

Olvidó mecido en su tibio regazo.

Cortados por la luz de la fogata ardieron como el rescoldo que perdura la noche entera.

 

 

Producción:

loegoedileprosa

 

 

 

 

La poesía de Carlos Martínez Rivas

Orlando Guillén
La insurrección solitaria

 

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Única y ascética por el filo de su desolación humanísima y por su renuncia, la insurgencia poética en solitario de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) es a su muerte resurrección. Teoría de la poesía por su práctica. Solo de poesía para ejecutante irrepetible cuya elección es elegía. No por reducción a destino sino por desnudez la palabra es el hombre. Y cuando perfección es lo contrario de obra maestra, el poema es el crimen de amor perfecto: el poeta y el instrumento. Teoría autónoma por cuanto su práctica como queda arriba implícita la espolea por el costillar trágico: el tamaño del poeta que enfrenta con la vida en la mano el tamaño de la muerte y los tamaños del cosmos y del mundo. Así la canción en acto es la consecuencia y es la causa y la creación el misterio enamorado. Amor y muerte a una piedra de prodigio tensos y al conjuro simultáneos. Pie de ausencia que triunfa, la mujer de Lot y no la Amada Inmóvil. De Yadira de carne y hueso poéticos rotunda, pasando por Melba epigramática, a Dalila real y alegórica, el encanto al acecho con la castradura del amor cotidiano de la mujer contra la creación del insurrecto. La desolada compañía. La desoladora. El amor borracho a grandes puños de lumbre. Mujer a pique y hombre al agua ni vanidad por intento por la gema virgen del logro (y aún ahí la contradicción: ¿Y si fuera otra cara la verdadera, y no ésta,/ sino la otra, la mal hecha, la que no se parece/ y es distinta cada vez? ¿La del Hombre/ del Trapo en la Cabeza, el que se cortó/ la oreja con una navaja de afeitar/ para dársela a la menuda prostituta?): la creación del absoluto: el poema. A solas el poema es lo que existe en sí por su belleza y es verdadero y está vivo por el poder creador que lo rescata como forma de la totalidad. Paisaje de hombres y mujeres recio. Reciedumbre más allá de la misoginia y la misantropía, el poema es genio de contemplación abstracta y plástica: «Ten cuidado con los casados que se retiran temprano./ Témeles./ Al Marido, a su Trabajo, a su Mujer, témeles./ No les toques ni te toquen. Yo, les tiemblo./ Es contra nosotros que se han casado./ Es contra ti y contra mí, amor mío,/ que ellos se retiran temprano a su trabajo;/ los productores, los engendradores, los publicadores de libros./ Son el Demonio. El Demonio más activo que Dios./ Es el diablo y su banda de muertos laboriosos». La mujer

 

 

se ancha en la resurrección de los miserables desde el andrajo enamorado de sus progenitales y donde mea y caga allí croan aquellos enamorados hasta las heces. En el retrato la clase social es grey abyecta de pensamiento y de sentimiento, en oposición a la conciencia creadora individual, sin lucrar odio y resentimiento de la alta para arriba. Habla de su propia gente y de sí mismo: de su familia, de sus amistades y de todo lo humano que se mueve en ultrachinga de ser. Se trata de un moralista ético: ácido como imagen de aguafuerte en Goya, cuyo moralismo es raro ingenio temerario por Rubén Darío. El poema es el punto de absoluto. La vivencia y la encomienda: sostener única y nada más la poesía. Figura más bien de un atlante solo, eso tiene de prometeica y de mesiánica esta insurrección solitaria que también es la de un católico. Habla a grandes cuadros con voz de la Biblia, y no por mero saludar a Walt Whitman. Esta poesía aduce la convicción de la misión creadora hasta la caricatura kamikaze. Convicción y no intento, y fuerza ciega de espíritu. Estilo castigado como ataque de cuchillo a guitarra. Esta poesía mete la mano ensangrentada en la entraña de la víscera tañendo. El desconsuelo es fatal y fecunda la agonía cuando canta. Cuando hace de su amor canción en vilo. La concisión de música para ética poética es arrebato de ritmo interior en la meditación y el sarcasmo y aún en la ironía. La necesariedad de lo estricto: la mujer enemiga. La soledad del poeta es la de la tribu como quien brutalmente recuerda. Tribu de este siglo entre la tribu del tiempo tribulado. Por Neruda residencia en la tierra del espíritu. Harmonía del gran Todo por Rubén Darío. Patología del ser que es del espíritu en Ramón Martínez Ocaranza. Relampagazo a salvo de la Usura en Pound. Alma que a todo un Dios prisión ha sido y polvo enamorado en Quevedo. Jardín de Edward Stachura que devora la langosta. Dios ni hijo de Dios sin desarrollo por Vallejo. El límite es el punto de arranque allí donde Paco Seguí decapita la prohibición de amar las cucarachas: avara presencia la andadura de la poesía y todo vuelo a tranco de ala inmortal. La pira de lira que necesita proclamarse para parecer ardiendo en el rescoldo editorial ha desvanecido y ocultado a Carlos Martínez Rivas, muerto de los de antes y muerto de ahora poco, poeta día que avanza hasta de bruces en la Noche. Allá en Nicaragua de

 

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donde es indígena, pétalo a pétalo se sustrajo a la muerte: «Pues si esta noche el alma./ Si esta noche quisiera el alma hundirse/ en la infamia o la ira/ hasta el fondo, hasta que el pulgar del pie/ brille contra la roca en la tiniebla/ del agua; y desde allí/ intentara una vez más/ bracear, cerrar los ojos,/ hundirse aún más hondo, no podría./ La ola de la Tontería, la ola/ tumultuosa de los tontos, la ola/ atestada y vacía de los tontos/ rodeádola ha, hala atrapado./ Inclinada sobre el idioma, sobre/ el pastel de ciruelas, lo consume/ y consúmese ella disertando./ Y danza. Pero no al son del adufe,/ sí del castañeteo de los dientes/ que agitados por el rencor y el miedo/ producen un curioso tintineo./ Al son del ¡sun-sun! de la calavera». Un día habrá que no será. Y será memoria en San José

 

[México,1999]

PROYECTO EDITORIAL LÍRICO PLÁSTICO Lámina Eliçavet

 

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DESTE MODO QUE AQUÍ VEIS ANUNCIAMOS PRONTA MUESTRA
DEL PROYECTO EDITORIAL LÍRICO PLÁSTICO Lámina Eliçavet,
LIBRO DE Orlando Guillén/ PRÓLOGO PLÁSTICO DE Rilke Roca:

Fabulira, fabulira y mira, Poesía, mira: La Realidad no es Fiebre y delira y no delira porque La Verdad fabulira y así Este era un sistema en caída a plomo y un virus en picada coronaba sol occiduo terrestre y ‘el poder’ a su orden • Por aquellos días espesos de crimen y miseria estorbaba a la dominación occipital para salvar el culo la libre circulación de la gente y, claro, algo tenía que hacer con ella antes de blindarse de la cholla a las patas, más de lo que ya en sus narices se blindaba • Sobre todo, tenían y tienen miedo • Por eso la guerra es ‘opción’ (es decir: alternativa) ‘que no pueden descartar’ —dicen como si no vivieran en y della • Pero estábanos cortando rábanos civiles • ¿La ciudad por cárcel? Nonada pal kapo kapital brutal • La avaricia infinita maniata mejor de miedo a la muerte al mundo, y lo machaca en paradoja masiva codiciosa de vida individual • Y ¿qué le pasa que arrasa con la casa? Y ¿por qué no deja morir de su propia muerte ya ganada a los viejitos, y los infecta y veja? Nada diremos ahora de los ejemplares humanos —maduros, niños o en plenitud • Vida y muerte de persona dada es lo que llamamos destino natural • Campo de concentración (provisorio dicen, sí) hasta onde da la vista el mundo entonces pues, Señora Mij • Qué grandes son: a los que nada tienen y viven en la calle les procuran galerones y petates donde caerle quietos y no que anden por ahí focos infectos todos y cada uno desechos • Nosotros, mero adentro revolviéndonos pensantes, latientes y sintientes, fabulira y fabulira • Como por obra y gracia vajeando Un Buey con mucho cariño bajó de Un Campo Mundial, al ∞ acecho estamos, y a buen seguro, ¿no? • No, cabrón • No, cabrona • Un día de estos bajaremos también vajeando no importa a dónde • No nos esperan ni tienen por qué hacerlo la vida ni la muerte • En ellas vivimos ∞, Poesía • No en el sistema • Pensamiento/ Y sentimiento/ Unidos/ Jamás serán vencidos • Lámina Eliçavet

 

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[Orlando Guillén como Rey de Bastos a punto de entrar en escena]

[El cuadro Áfrika de Rilke Roca que ilumina arriba este aviso poético fue realizado en vivo por el autor dentro de la representación de la expoperformance Te vaçilé animal que presentó este mismo proyecto en el espacio escénico de la Asociación Cultural Ollin Kaos (Barcelona, 9 de mayo de 2019). En esta puesta participaron, además del pintor y su obra expuesta en torno a Lámina Eliçavet, Meritxell Sales Tomàs, Andreu Subirats, Enric Casasses, Ana María Chagra (autora también del vestuario), Guim Valls, Ivo Arnillas como Sota de Bastos, Orlando Guillén como Rey de Bastos, y en la música Álvaro y Bruno Montané, Diego Burián y Boris Porter] •

 

loegoedileprosa

Dos de «Pucupucu» • Orlando Guillén

cap de sargantana

 

Orlando Guillén
Pucupucu
[Inédito/ Dos unidades de sentido]

 

La sargantana si no d’una altra cosa el cap més viu
Festa que acluca les parpelles per a fugir millor
Del bé al mal vull dir rellisca o ensopega i com el llamp del tro s’esquinça vull dir
Sota la pedra fosca dels botxins —innocents fins al cor de la infantesa
Perduda en la pedrada infinita.
O es destria el llamp al garbell de la tempesta?
«En l’altre món de la vida ja en parlarem curts de potes i de ganes» van dir
Els vells i van envellir més que jo vull dir la garbellada jove.
O pel meu clatell passen les cordes més desgastades?
O
Ens hem aturat al bell mig del rost punxut del cant
Rebregat els esposos enamorats
Les mullers cridant-nos des de la vella mort de l’amor?

 

pintura-barroca-escuela-flamenca-14-728

[Pintura barroca. Escuela flamenca]

 

Hi ha cordes i més cordes i avui més o avui menys les cremarem en el bosc.
Pujarem sense alçar la vida dels ulls d’ocell
En flames: esguard de dona
Que vídua de les flames fuig o de l’home que parla tot sol
I vern. Tot és igual i tot estrany i tot s’avança endarrerint-se. Puja que pujarem
I llavors l’ànima negra tan separada ja del cos del gos agònic
Blanca de la por que puja al cel baixant feta la xingada
Se separa.
Té encara fe? Que vella la vellarda jove! En la poesia només
O sigui en l’amor abans que es podreixi.

O sense fe ni que sigui brogit concret que rellisca de la pedra
I poca solta tota soleta omple la tarda vull dir la sargantana
I així parlant l’ànima si no d’una altra cosa
El cap més viu vol morir i no morir
D’amor si mor
De poesia si és immortal

 

 

 

Salían físicas las abejas parafísicas del pensamiento sidéreo a pecorear
Florestas de ideas de estrella en peligro de agujero negro o

O
(Graciosamente exenta de poesía que no sea
Ella por Ella) En peligro de agujero güero ideas de Reina
De Los Fantasmas y

Y las desparramaban propalándolas en pétalos parlantes en idiomas de cera
Ideal entre los versos del mundo real. Lirio de laguna
Irreal y mundo
Pararreal. Lagolaguna de La Gran Pavura. Pavo de Agua Pavorosa.
Pavo Real que se ve al espejo esponjao caleidoscopio

Pararreal. Real ya ni se diga: flores verdes si lacera
O marchita la Laguna Mental. La cera:

Cera
Reina de la Realeza de lo Real
Cuya rosa abierta Un montón como infinito
Rojos adverbios zánganos zumbantes incendian de
Brazo de persona el espejo
De parallama verdadera que parallameando no se
Ve la belleza nomás se la siente pero

Pero no pasa la prueba de la parafina
—Néctar agrio astrofísico que la flor viva de la juventud muerta desdeña
Mucho más propio de los chupamirtos de los montes de Venus.
No parece pensar polinizada pero
Un brazo de espejo la persona
Piensa borracha hasta los flecos de la corola.
Se le derrite en el pico a la alada manada de las crías

(Afuera arreando la manada de rayos pararreal el día solar real:
Abanicazo en llamas de oro de muchacha
Dando de mamar en público
De su privao

—De su privao solvente A su privao sustente
Pródiga) y

Y se le caen al viento las pantorrillas de por donde anduvo
Veraneando el pie y

Y no cata ni la lengua voladora en público
De los lecheros after you’ve gone

Del jardín de la blancura de La
Noche

(Sentimental La Granuja
Entre

Como y por
Ante tantos millones de gente no habla inglés

Al auditorio.
No porque sublime no lo chapurree sí porque no quiere:
“¿No fue vívida en romances larga y ahora es muerta
Lengua franca el latín?”).

 

elraptodelas hijas de leuciporubens

[Rubens El rapto de las hijas de Leucipo]

 

Alea iacta est Deslumbran

Te
Deslumbra

Dora jalea oscura de carne metafísica tao y hueso icónico
Embutido en aDiós espectral En hojas de bijao En hojas de

OjAlah Tú

Me lamieras lengua de Babilonia y me dejaras
Mucho más embijao que
Romance candongo de Gomorra soprano.
Qué es exo. Flores verdes

Qué es exo. Volvamos
https://www.youtube.com/watch?v=__C9aVdTYdU

—Volvemos y envolvemos los tamales
En lengua de hoja de verijao. Prêt à porter.
Entes de permitir y prohibir pero

Pero
Grandes cortadores de cabezas.
Entes de costumbres abstractas pero

Pero
Ajustándose bajo el palo de los ahorcaos la pajarita europea al cuello
Del XIX mundial (y

(Y metiendo mano 12 veces en el culo de los desastres
Del XIII librepensador de seres mutágenos y rimador de pensamiento
Sastre de virgos y los lomos de la peste que regresan del XIV y

Y sacando dama el fondo caballero del retrato
De una época oval como todas sin cabeza)

Pugnaban volver a vivir Así fuera la vejez en el XXI como le hago yo
Ahogao de pedo en poesía natural y

Y viendo la respiración artificial que insufla El Lago de Los Selfies
Al reino Badulaque desde El Zanjón y

Y sintiéndome eterno el vano de las edades mientras aquel sea de paso
Por Santa Rita Laurel o La Tronconada.

Dinem sota els pins. La mar camina y pronto deja atrás y
Los huracanes en el mundo se han vuelto más lentos y estáticos

Detrás del artista en tinta encinta que abandona la cabeza airosa simbólica
De musa promiscua pero pelona
En la atarjea del número de tal manera

De tal manera que tu alma queda de fondo
Le apestan las patas a dolor caminao y

Y carga chorreante la propia alma en la propia cabeza bajo
La propia mano ensangrentada
De los museos rapsodas de Museo. Sopem sota la lluna.
El muslo sota la flama impresionista d’abril
Polvo cósmico imperial naturallement.
Chancaste municipal de horizontes café. Café
Podrido. Expresionista. Horizonte que ha pescao mal francés.

O no. Flores verdes.
Poso de té oriental si mantiene olor a labio de geisha.

“O sí” —masculló intruso Lechuguilla y en seguida se fue pa Oluta—.
Al otro día su fantasma pisaba flores negras ya de vuelta y remató:
“Sí. Sí. Mira si no en este cuadro
De japonería situacionista violada La por de porcellana”.

Meiji ishin qué tiene que ver con Hiroshima don Lao viejito
Que vives improbable al lao de la isla según Tse
Si todo esto lo vemos tú y yo muchos siglos después de ti
Desde la torre de la iglesia
(«De antes del cura puto que la tumbó…
¡A dinamita y por el puto dinero…!

¡No
No fue el temblor feligrés!» dijo a los demás que nunca leen
La Voz del Campanario

Sin importarle
Que no le hicieron caso

Porque simplemente se desahogaba
En resumidas por escrito indignadas cuentas doña
Laurita trepidatoria y hasta eso se quedó corta y este verso la alarga
En parlamento y en justicia por los bailes
De caridá que organizó pa levantarla) y

Y sabiéndolo todo
Porque no siendo sabios tú y yo todo lo sabemos
De los tiempos oscilatorios hechos persona (y

(Y los que le siguieron: a ti te conocí ¿en 6º?
O ¿en 5º?) en que yo nací y

Y yo no nací en Pearl Harbor
Ni tú menos yo pero

Pero
Por las calles de mi pueblo
Chingue a su madre el emperador y
Todo mandarín que desgaje en dos fantasmas
Ninguno de ellos el mío
Las mandarinas sangrientas
Así fueran amatecas si destas hubiera en las Chinas verdaderas
(Entre sueños de vivo miriñaque para mí todas las Chinas son
Chinas poblanas ya) y

Y los gringos y Europa la suya
En los pelos de su padre violador de becerras. La suya

La suya
Coronada de sangre de sol y toros en la plaza lo

Tse pero

Pero lo Tse hasta ahora.
Di tú por tu Lao tu palabra pero

Pero
Esto ante las grandes murallas don Lao yo lo diré siempre
No lionque me remeden el verso fieros Miles de soldaos de terracota.
Nosotros Se paraponga quien se parapete enfrente

Tenemos que ir por la mano tirada
Debajo de la escalera que nace
Al vertedero de los sueños allí

Allí Detrás del caminito de pólvora
Donde irrumpe la lámpara verde de los 9 epazotes
La Noche
Que interrumpe el tragaluz rasgao de unos ojos y en aroma inunda
El patio de los frijoles

¡Pum! y
Si no serían 10 o más las manos y los vertederos y los sueños
Y la niñez y estaría más puta cabrón de lo que está

Bonito El ensueño. Seguro. La lata por los aires El epazote tiembla
Y la luna verde de sangre de ojo sobre la noche repintada.
La teja

La teja se quincea al olor de la lluvia pugnaz.
Es

Es Fíjate Un pensamiento que te mira chino pacífico de
Agua y de viento el poder uniformático

El poder gazapao Pantalón azul
Camisa blanca En ese orden de colores
O al revés
En la manga pensativa y sedativa lanar y

Y libre Libremente
Se va de Lao japoneando
Pensamiento

Pensamiento
Rasgao de ojos al campo mexicano de concentración. Nos

Nosotros hemos de salir
Derrapando por la mano tirada y recogerla como se recogen las ideas
De los muertos y soterrarla
Combustible en los crematorios inmigraos del sueño japonés.

Es historia no metáfora encendida a tizón
En restos de cuerpo don Lao Y pensó sintió parapensó…

Es metáfora no historia y
Mira que te da la mano pero no la mía… ¿Verdá
Verdá? El enemigo

De qué. Muerde la mano
Que no da de comer ni la mano. De quién.

¿Verdá? ¿Mentira?

 

BRUEGHELel viejobanquete de campesinos

[Brueghel El Viejo Banquete de campesinos]

 

Ay Muchacha Pataeperra que al parir
Pusiste pato libre en horizonte de pata de corral:

Quien pone a matarse de verdá a los muertos pa que de verdá
La palmen ¿Cuánto gana por eso que hasta paga y

Y por armarlos a precio caído alzao? Una ganga
Sentimental que arrebataríais para
Amar los lupanares desarbolaos de los muertos vírgenes

De re
Baja en el desvergonzao camposanto Montepío
(Refugiaos Mutilaos Sin frontera & Company) la verdá

La verdá de ciudad y de campo
De concentración y hasta eso sólo

Valor paravalor valiente de sastrecillo remendón de
Bolsa de Conciencias de lo ancho del ojo de la aguja de panteón
—Lo bastante guanga pa montar picnic mientras no te la metan por el culo
Los metedores al aro de la vida Eterna
Por la boca. La verdad

Por el ojo de los ojos

La verdad y la mentira
Borracheras que no terminamos
Gotas de agua que el sol resecó
Son cómicas de la legua
Cósmica de la lengua y

Y por su
Lao como tú cada una es
Lo que es machacao y sí hombre sí
No lo que quisieras o inventaras que son o eres y
La verdá de gratis Y la verdá de paga

Y lo que menos o mejor para nada
Enemigas.

Resina humana que se raspa de las paredes del horno
La mentira de la verdá crematoria
De quién.

Pato Ganso
¿De quién? ¿Amo? ¿Ama?:

Usté Pataeperra
Que puso el huevo verde de la Noche y

Y de patas en la calle Amargallinas
La Estrella De la Vida Que Se Apaga Sola Señora Grandísima
Señora
Solariega del universo de que hablábamos
A principio de los universos aquellos
Usté ni

Ni inventó la guerra ni la dejó pollona en el mercao.
Por tanto
Por tanto
Dándole la vuelta No la del Pacífico
Mundial. Empezó por Manchuria

La desbandada y llegó al Atlántico
Pacificando quién sabe cómo la hez de las aguas
Diasporita y del XIX al XX —Riel que riela liso rizo rugoso
Tractor a lomo undoso surcando quién sabe
Juventino Sobre las olas Mil sangrientas
Rosas
Cómo Como quien pinta
Quién sabe cómo. Pero esto sí:
Por aire no.

«A lo mejor Bering sabrá algo deso
A pesar abierto de su ser
Estrecho y del agua que da de beber a las pateras» dije pero

Pero supe que en algún lugar de agua salada antes ya lo había dicho
El Burro Manadero. A veces en sueño recurrente
Bering sabrá algo deso.

¿Deso grand buveur?
Falta que lo diga. El tiempo: En saberlo se dejará lo estrecho y

Y en decirlo. Al tiempo Que lo calla a gritos
Es pura obviedad a sindéresis geometrista. Pato sobre
Aquellos lodos de arrozal sobrevolándole los timbres doraos
A la dinastía Chia

A la dinastía Chang. Crimen de maíz en masa uno más uno trigal
En toda estructura singular o sintagma geopolítico
No digamos egogeo central o economía agandallada
A los hombres de palo A las mujeres de madera
Al cielo de pelo negro o a las aguas rizadas de la tierra o

O a la gran membresía
Del profundo reino animal

(Pluma Pelo y Escama todo es alma y accidente y por ahora
Leche de los repechos deste día
De grandes ojos)

“Ente sí Ente que nomás por
Tener atómica desencanchada de tanto entonces en casa Sin

Sin dejarla caer nervioso

De la Bolsa de los mortales asesinos a las grandes extensiones de
Valores Yerba inmortal o
A la servidumbre que de arriba para abajo se las ve civilitadas
Pa morir de gratis

Mata por bonches y se ensaña en extrarradio” dijo extratragos
Impune ‘El Botones De La Santanera’ y

Y en el paracorral de Medio
Oriente Ojal donde se abrocha el pecho

El rebaño jehovaíta de 400 cabezas —ojival
Inconfesao entre confesionales integristas
Matachines (Que ni entrellos se confiesan)—

Pacía. Los rusos
Son hoy por hoy Matemática mañana de pelotita china
Hipersónicos y

Y
Subsónicos. Nosotros sí que sí Infinitos y negros y blancos
Y amarillos y cobrizos de impulso y ojos de valle
Tenemos torcido en este verso un qubyte especulando y de reverso un
Pensamiento Albino puro en su naturaleza volador danzante
Y no lo multiplicamos ni lo restamos por sus causas ni por

Ni por
Sus sentimientos binarios de paso lo dividimos
De manera que el fruto no refuta a la flor

Ni la comprueba mortal más que
En tanto tantas formas de la belleza paso a paso
Me llevo a la tumba O me las como
Como veo

Del mismo modo ambos que la adolescencia desconcertada no refuta
Al niño abstracto. Sólo
Lo deja moridor atrás. Morido y lleno de vivas cargas ligeras
Casi siempre enamorandas Siempre casi y

Y que lo adulto pesao no refuta la juventud atrabancada atrás
Ni la juventud refuta la vejez a pulso
Adelantada ni la recluta Por la puerta de atrás

Ni la vejez a las flores del corazón que la edad revierte
En nadas que se van

De juerga tambaleante del bien al mal:
No valen mucho más si mejor les va al revés y

Y veamos sí Veamos que

Que
Yo lo veo achicando universo
Pa cavarle de a poco paratumba y “¡Por la puta comba del gol
Fantasma A mí Date cuenta (¡A mí!) atribuido

Encá La Ronca
Veamos

Veamos Monseñora Roncalli También así llamada
Que todo acabe en muerto que vida no refuta y en estadios
De paso sin mi pie!” dijo Calcamañas a ‘Chancaste’ y

Y llamemos a esto ciencia existencial
O falda de Pandora levantada verde al aire de los juicios someros
De la felicidad atrabancada De la juventud
Del ataúd A reguardo

A reguardo de todo barrilete filosolfista elevao al pie
De la gruta solfisticada de La Ruta de los Tontos y
Ombliguistas de la Tierra y

Y pasemos pasando a filo sofante panchoforofos
Como ‘El Cantacumbias’ la nada abierta
Por fantásticos de la Nada 4 gatos de bodegal
De Alá

Crimógeno:
El pensamiento matón desollao mantón:
Vino tinto chorreando de la bota
A la cabeza que el artista lleva en la mano cruenta del amor
Que se va sin vianda pero Lampareando a 4 gotas y

Y “Memento que soy lento 4 Patas”
Dijo ‘El Científico Hastalasnalgas’
A ‘El Rudo Degrancorazónygrancabeza’

Pero no a ‘La Guerra’ ay pero

Pero no a ‘El Amor’ pero ay sería cosa de ver que
‘El Amor’ se fuera al Amor Peroné con peroné la andadura:

Así se va uno a La Chingada y deberíamos
Tú ir y

Y yo pero

Pero no a la guerra ni a ninguna parte viéndolo bien don Lao
Ni “¡Al coño!” ni “¡A la verga!” porque

Porque vida non y muerte par son aquí y están aquí contiguos
En este mundo contiguo
De amor tan antiguo que es un encanto
Para el odio ambiguo y su práctica de campo

Cibernena
Cibernèn

 

EL_REY_BEBEJordaens

[Jordaens El rey bebe]

 

Par y non espiral en los tiempos
Donde nada nuevo nada
Nada. La forma que mata la forma
No se cambia por dentro firma de muerte cósmica ni

Ni por fuera enroscao a tiro de amor el
Pantalón de especular piropos a la flor que pasa
A mejor vida
Jugando atravesar aros perfumaos a fogonazos en
La Noche: las

Las
Piernas tictacqueantes de la vida inmortal
(Si ‘por ahi la hay’ hubiera)

Animal de paso cegato de la savia de oro psique
Del reino animal
Que no permanecerá ni cobrando ‘a futuro’ forma
Preservativa de parque natural
Reserva indígena o

Cabina mineral ansiosa exigua de teléfono in móvil o

O
Campo de concentración y pis
En manos del Compadre Cabeza
Que ha perdido el control de los esfínteres. En manos

En manos del Compadre Cabeza
Qué nos dejó la muerte por nacer si se queda pa semilla
En óvulo pura sangre refugiada hasta

Hasta la huesamenta
Racista la inconciencia el sinsabor garabateando

Pues pus
Que de todas trazas
Daré aquí una sola ‘raza’ verde (“Y eso ¿qué ej?”)

[Humana incierta se paralevantó de la paracama hoy
Y camina al parabaño del verano senil ya muy avanzao
Encuerada la paraseñora Poesía pero

Pero Para pero
En la bata lípida de un otoño transparente que es un coño
Saborós] y

“Ya es decir”
Aprovecho y queda dicho
In

Vierno. Más tonto que cadáver de genio Criogenizao
Si juntos fuimos vida autografiada o al revés camarón
Si nos amamos apasionadamente grafiteaos
Por la manota que nos tiró
Escaleras abajo del
Misterio.

Qué nos dejó la vida
Qué
A la jarana Quién

Si no veré mi cadáver

MÍSTER IO

Ni en morgue cáustica ajena Poesía
De pararrecuerdos casuística de amor de pararrayo. Antenas
Parauno y paradós abyecto páramo Apo e Hipo

Geo universal. Parauniversal

[Tampoco]

Pre
So

Crá
Tic

O tic
Tac

Busto
De
Lagartija

Espiritual
Inquieto

Ateo como

Como
Politeo

Practicable de
Toctoc el

Trofeo

De la idea
Cantante de Museo

Reformateao
Que no pudo alcanzar Orfeo
Cuando picoteó la flor que dormía en los brazos de Morfeo
Y se le arrugaron las pantorrillas

A él

Pucupucu
Liquiliqui
Quecuquecu

Más que a Tanatos el chip.

«¡Ey Que
La Poesía Vieja aquí se olvidó un zapato
Con todo y Pie Quebrao…!» Gritó
La Chamaca Bruna.

El Camaleón que ya se iba
Canbiándose de color las opiniones
Y de apodo a Chamaco Jon

Alcanzó todavía a contestarle:
«¡Pues dale la pata a los que se toman la mano
De otros y

Y el zapato
Que se lo ponga la Nueva
Que ya no puede más ir descalza y

Y
Le Duele Un Pie…! ¡Mínimo

Mínimo seis meses y la musa okupa
Será la horma de su zapato
Trans!»…

 

cap de sargantana4

Doce poetas catalanes del siglo XX/ 4

llull 2


 

https://docepoetascat.wordpress.com/category/doce-poetas3/

 

Epílogo

Enric Casasses

NOTICIA DE LA POESÍA CATALANA

[Fragmento]

 

 

llull 1

 

 

Sembraba el amado diversas simientes en el corazón de su amigo,
donde nacía y enramaba y florecía y graneaba un fruto único;
y la cuestión es si de este fruto pueden nacer diversas simientes.
Ramon Llull, Libro del amigo y del amado, 257

 

COMIENZAN LAS METÁFORAS MORALES

 

La poesía escrita en lengua catalana empieza con esta frase anunciadora de lo que vendrá. Es la primera línea del Llibre d’amic i d’amat de Ramon Llull (1232-1316): “Comienzan las metáforas morales”. En seguida vienen unos pequeños poemas en prosa, tantos “como días tiene el año”, escritos en Montpellier en 1283. El autor del libro no es propiamente Llull sino un personaje suyo, Blanquerna, quien en el último capítulo (el 99) de la novela que lleva su nombre decide escribirlo. Estamos al final de la novela y Blanquerna ya es viejo. Completó su educación, ha llegado a lo más alto, incluso a ser papa de Roma; pero aún aspira a más y renuncia al papado para hacerse pobre y ermitaño. Escribe entonces el Libro del amigo y del amado, que constituye el capítulo 100 de la novela, y esta se cierra, así, con los escritos del protagonista, con la quintaesencia de su lección (y no se podría encontrar cerradura más abierta). Llull, pues, presenta su obra mayor como obra dentro de una obra; simula que la experiencia que relatan los poemas es la de un personaje de ficción, y la presenta como imaginaria y, por tanto, como imaginable. Eso no la hace ni más ni menos sincera: es una de las obras de la literatura universal que más sinceridad respiran. De hecho, sin siquiera cuestionarlo, se ha entendido esta obra en todas las épocas como la manifestación de la experiencia más intensa de Llull, y lo es. El juego literario del autor ficticio y de la obra dentro de la obra (en el sentido en que se emplea aquí), es un truco para echar la mirada hacia delante, factible de formularse blakeanamente: es imaginable, ergo será. Porque Llull no habla de algo que le ha pasado a él sino de lo que te pasará a ti; aquello que, habiéndote dejado cautivar por la novela puedes llegar a creer inminente que te pase: si te identificaste, por poco que haya sido, con el protagonista, cuando llegas al final te conviertes en autor de los poemas, compartes su elevación espiritual. Tener que pasar por Blanquerna intermediario es un atajo más directo que si directamente te lo indicase Llull. Sea como fuere, el caso es que pese a todo, de inmediato, todavía en vida del autor, el Libro del amigo y del amado se independizó de Blanquerna y empezó a circular con vida propia y es hoy todavía la obra más difundida y traducida de la literatura catalana. Vuelvo al capítulo 99: cuando Blanquerna se siente inflamado por la inspiración no se pone a escribir para satisfacerse a sí mismo, o por el gusto o por alguna comezón interior sino en desagravio de la realidad, gravemente perjudicada por los hombres, que actúan más por miedo que por amor. Por decirlo en palabras de Llull: “Quien teme más a Dios que lo que lo ama, se ama más a sí mismo que a Dios”. Esto pertenece a un libro posterior, el de los Mil proverbios (dado en Mallorca, en 1302, cuando él tenía setenta “viniendo de ultramar”), donde también se lee: “No ocultes la verdad que conoces a aquellos que la han menester”. Uno de los antiguos manuscritos que preservan este libro atribuye su paternidad ni más ni menos que al rey Salomón. Pero los proverbios de Salomón se fundan en el temor a Dios, y los de Llull en el amor. Entre ambos libros, en 1298, en París, el sabio mallorquín había terminado el Árbol de filosofía del amor, su libro más atacado por los inquisidores, donde sostiene que las ciencias del entendimiento y la verdad sin las ciencias de amor y de bondad abonan el crecimiento de una “mayor capacidad de hacer el mal y de engañar y de traicionarse los unos a los otros”, y llevan al desastre. Pues bien: el árbol de la filosofía del amor le da su definición: “Amor es cuerda con la cual está el amigo atado a su amado”. No me baso en estudios profundos que no he llevado a cabo sino en lecturas mías, interesadas, ávidas; y entiendo que a despecho de lo que digan los filoteólogos, Dios en Llull quiere decir la realidad. Aproximadamente. Es un concepto que no se está quieto; que está en proceso constante de casi dejarse definir, y queda abierto. No estoy negando la lectura católica estándar sino afirmando la otra. Los conceptos básicos de Llull (lo subraya él mismo explícitamente y es uno de sus caballos de batalla), son válidos para cristianos, judíos y sarracenos. Y en consecuencia, añadiría yo, también lo son para estoicos, epicúreos, y para nosotros, europeos u occidentales de estos tiempos del todo es ahora y nada también. El momento de ponerse a escribir el Libro del amigo y del amado (aquel en que Blanquerna se enciende de inspiración, tan bien descrito en pocas líneas en el capítulo 99), es precisamente el que hace suyo Vinyoli en la nota al poema “Si de nit” de Domini màgic. “Si de nit” es un poema llulliano por las razones expuestas por Vinyoli en la nota, pero también por la “fortuna/ de fer un tot unit/ amb sol, terra i lluna”, y más todavía por la aparición en sus últimos versos de la escalera de los seres, que lleva al mayor saber y es practicable por amor y no de otra manera.

 

 

Así, desde el título de su primer libro la poesía catalana nomina con total claridad su territorio: el amigo, el amado, y entre ambos la cuerda, la y copulativa del amor (que ya no es exactamente el mismo de los trovadores). Amor a la realidad. Y en la primera línea de su primera página define el medio y la manera: las metáforas morales (que comienzan ya a ser las nuestras). Mirad en la introducción de Orlando Guillén sus comentarios sobre la moral en Ferrater y la ética en Vinyoli. En una breve anotación de diario, Ferrater despeja: “El tema de la literatura moral no es la experiencia que el escritor tiene de los demás; es la inexperiencia en que se siente frente a ellos”. En Llull las metáforas morales son los poemas; o mejor: lo que quieren decir los poemas; o mejor todavía: lo que te dicen los poemas —los cuales en el Libro del amigo y del amado están en prosa: nada más lejos del arte formal de los trovadores. El libro fue escrito (lo dice su autor en el citadísimo capítulo 99) según el estilo de “esas gentes que llevan nombre de sufíes”; es decir: inspirándose en modelos de la literatura mística o religiosa del islam. Comienzan las metáforas morales.

La poesía catalana, pues, arranca en prosa. El poema en prosa es un género que no reaparecerá con peso en las lenguas europeas hasta los siglos XIX y XX; entonces acudirán a él, además de algunos románticos, el modernista, el simbolista, el dadá, el surrealista… Todos ellos tocados por Llull o por lo menos por la huella llulliana, como veremos más abajo. Se puede decir que en la civilización europea todo proviene del verso de los trovadores y de la prosa del amigo y del amado (digo civilización: hay otra onda europea, la incivilización, que surge de los inquisidores y sus piras, y que aún intenta predominar —por más que la civilización en que viven los poetas sea en realidad mucho más poderosa, porque pese a tanta sangre y tanta brutalidad existe todavía). El poema en prosa tiene su santo patrón en Llull.

 

Llull 5

 

 

Antes del gran mallorquín ya había poesía catalana, pero se componía en lengua provenzal. Incluso Llull cuando escribe en verso escribe aprovenzalado. La irradiación de la cultura vecina era de tal magnitud en el terreno poético que fascinó a los poetas catalanes y también a muchos del norte de Italia y otras regiones. Nos referimos a la poesía culta, o para decirlo más cultamente, a la poesía de autor. Muy pronto la cultura provenzal se vio clausurada por decreto apostólico y por la fuerza de las armas, de manera que hoy la podemos ver como un todo (el gran canto) y verle su sentido: si el descubrimiento de los trovadores es la inseparabilidad de la poesía y el amor, el tema concreto de sus versos es la práctica posible del amor libre y multiforme, lo que imbrica toda una visión de la sociedad que contribuya a ello, que a ello se preste, que a eso se dedique: el amor, el disfrute del amor, la gentileza, imponen una escala de valores que está por encima de las diferencias de riqueza y de rango, porque es más activa y porque importa más que estas. Y en su horizonte ideal visible las anula. El tema es el amor; y el medio o el modo (su metáfora moral), la rima. El campo del amor, tanto si surge del corazón (Bernat de Ventadorn), cuanto si encarna uñero en la uña (Arnaut Daniel), es el campo de la rima: “es lengua en el beso/ entremezclada”: así define la poesía el trovador Bernat Martí el Pintor. Algunos de los grandes trovadores, o algunos de los trovadores de la gran época son catalanes. El catalán y el provenzal son lenguas muy cercanas: musicalmente tienen una sintaxis casi idéntica: “Vos que hicisteis catalán el lírico/ verso de Bernat de Ventadorn”, dice Ferrater a Foix, y tiene razón ciertamente por lo que toca a Foix, pero en su conjunto la poesía catalana siempre ha tenido por suyo, siempre ha sabido sentir en catalán o como si estuviese en catalán, el lirismo de Ventadorn, la brusca reprensión fonéticomoral de Marcabrú, la recta ley de la nada de Guilhem de Peiteu, y la poesía trovadoresca misma en vilo. Cuando la cultura provenzal cayó en picada, la catalana se sintió su heredera porque era su heredera, y mantuvo (por mucho tiempo) su lengua, y (para siempre) sus formas y su espíritu. O séase que la poesía catalana comienza en provenzal.

En la microfonética espiritual íntima de la poesía catalana este legado llega claro y vivo hasta nuestros días, viajando por el espacio donde flotan las semillas de los poemas (el mundo real) sin necesidad de recuperaciones románticas ni de ninguna otra clase. El tiempo de los trovadores se acaba de súbito porque redondamente se quedan sin sociedad: “desaparece el sostén, el medio de cortes y oyentes que da vida, material y artística, al trovar”, dice el poeta francés actual Jacques Roubaud, y “La razón es clara: la cruzada contra los albigenses, la invasión francesa, la instauración de la inquisición. La inquisición combate a los cátaros, pero poco a poco las ideas del amors se van haciendo indefendibles y acaban siendo explícitamente condenadas”. Más adelante Roubaud matiza que el trovar “no desaparece, en realidad. En un lugar, a pesar de todo, se prolonga por más de un siglo: en Cataluña. Las razones de lengua son evidentes. Las de poder también. Son los siglos de la gran Cataluña mediterránea. De Cerverí de Girona a Jordi de Sant Jordi y Andreu Febrer, el trovar catalán parece suspender el tiempo, o más bien dicho darle una marcha mucho más natural, donde la forma de la canción y el serventesio permanecen, y donde el juego de las rimas se continúa practicando”. El caballero Jordi de Sant Jordi, autor de escasos poemas, algunos de los cuales cuentan entre los más poderosos de la musa catalana, tiene uno muy famoso en provenzal catalanizado o en catalán provenzalizado: “En la misma frente llevo vuestra bella imagen”, que suele cerrar las antologías de los trovadores y abrir las de poesía en catalán: un mismo y solo poema es el último de una lengua y el primero de otra.

 

 

Se necesitó tiempo para que la lengua poética se fuera desaprovenzalando, poeta a poeta y poema a poema, hasta el verbo ya totalmente arrancado del corazón de nuestro idioma de Ausiàs March. Este valenciano que renegaba de hacerse viejo (“porque vejez en valencianos poco aprovecha”) mete la mano en las entrañas de la lengua y le saca batiente su corazón vivo, poniéndolo a la vista; el corazón en la mano, hace siglos que nos lo enseña y el corazón no muere. Como Llull, es un autor que hoy se lee más que, seguramente, en cualquier otra época. Pese a tener una tradición ya secular y muy prestigiosa detrás (y que llega hasta su propia casa), a March se le considera, y lo es, el primero que versifica en su lengua y “dejando aparte el estilo de los trovadores”. Pero, naturalmente, cuando busca un ejemplo de amante fuera de serie entre aquellos a los cuales ya “la tierra les es velo”, recuerda justamente a Arnaut Daniel: eso está en el poema 47, el que comienza: “A mal extraño, pena extraña/ y el remedio tendrá que ser extraño”, y al final declara que el amor “uñas no tiene con que mi carne rasguñe”. Dije “hasta su propia casa” porque dos maestros de la poesía medieval son su tío Joan March, y su padre, Pere March —autor este de los famosos poemas “Me maravillo de cómo no ve quien ojos tiene” y “Al punto que se nace comienza el morir”.

Si Llull pone los pies en la tierra y siente subir hasta él desde la tierra misma la savia del amor, Ausiàs le clava por amor los dientes a la realidad y no afloja la mordida, o cuando menos así suena la muy concreta música de sus versos. Estas dos obras, la de Llull y la de March están vivas y vivificantes en la poesía de hoy en una medida en la que quizá no lo esté ningún autor posterior. La forma de su letra no mata; al contrario: nos provoca, deslumbra y estimula. Y la vida de su espíritu, tan llena de virtudes todavía por descubrir, interpela ahora más que nunca o tanto como siempre: su obra no ha callado, no lo ha dicho todo: no hay tal todo, porque está viva y aún nos sorprenderá. El uno es una fuente que riega una cuenca inmensa y mana y mana. El otro un volcán en erupción, y escupe y escupe lava encendida. Quizá en la catalana es más intenso, más cargado de intención que en otras lenguas latinas el diálogo con los grandes medievales y sobre todo con estos dos: su presencia otorga a la poesía catalana del siglo XX, en su sensatez, una pujanza osada como el amor (la brillantez de Llull no se apaga ni declina) y un eje de inteligencia moral activa (March no para de aguijonear). En algunos raros pasajes estos dos tan disímiles autores parece incluso que intercambiaran los papeles: “Desenamorado fui engendrado y desenamorado nacido y desenamorado he sido en este mundo casi todos los días de mi vida” (Llull, Libro de contemplación en Dios, cap. XIV, 21). “En lo finito pretendiendo los infinitos” (March, poema 122).

 

jaume I 3

 

 

Todo esto en la poesía, porque la fascinación por el provenzal sólo se había dado en verso. Las únicas prosas escritas en provenzal en Cataluña fueron tratados de versificación provenzal. Y es que mientras los poetas cantaban o renegaban en la lengua vecina, la prosa se escribía en catalán puro: el bello catalán gótico simultáneamente románico, porque lo gótico catalán transfigura lo románico sin arrinconarlo. Es un gótico dignificado por su contención romana. Uno de los primeros y más notables prodigios de la prosa, y de la lengua, es el Libro de los hechos de Jaume I El Conquistador, única autobiografía de un rey medieval. Como protagonista y como autor el rey tiene gran talla; escribe componiendo con la confianza y la sencillez de aquel que sabe que adquirirá altura mítica. Es una crónica (de los hechos de su reinado) y unas memorias (de su evolución como persona). Un fundador mitológico humano, ¡y que escribe! En la nación catalana algunos de sus mitos más importantes son reales, humanos y escritores (Jaume I, Ramon Llull, mossèn [cura, padre o padrecito] Cinto Verdaguer, Pompeu Fabra…). Pues bien, la gran prosa inicial e iniciadora es la de Llull, como lo hemos visto y lo volveremos a ver, y Llull también es un personaje de la mitología, quizá el principal de todos. Algunos católicos quisieron declararlo hereje; otros quisieron hacerlo santo; y ni unos ni otros se salieron con la suya. Giordano Bruno (filósofo que sí que fue ignominiosamente quemado vivo por los católicos en el año 1600), hablaba de él así: “Entre aquellos que en soledad han conseguido la visión y adquirido poderes maravillosos se encuentran Moisés, Jesús de Nazaret, Ramon Llull y los contemplativos establecidos entre los egipcios y los babilonios”. El Llull filósofo y el Llull poeta y todos los Llulls son un mismo Llull, algo excepcional en aquella época. Cuando filosofa, más que el razonamiento lineal (o deductivo: de un punto se pasa al siguiente y se avanza recorriendo una línea), la forma predominante de su lógica es analógica (se argumenta con base en paralelismos y armonías entre líneas, lo que es algo mucho más potente y requiere, en lugar del criterio de verdad demostrada de los deductivos, un punto de intuición llamado también sentimiento o bondad: la filosofía del amor; y entonces no falla). Es el criterio de verdad que escribe en estrofa sáfica y sin comas Brossa: “Borra amor imaginarios límites/ Oh Verdad el anhelo con que te recibo/ El ardor con que te deseo te hace perenne/ Inextinguible” (El pedestal son sus zapatos, 1955).

Ahora vuelvo a comenzar de cero.

 

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CERO

 

Un monje ripollés, abril de 1151… El monasterio de Ripoll, célebre ya hacía más de tres siglos por sus sabios, primeros introductores y traductores de la ciencia arábiga al mundo europeo occidental, inventores del cero… La villa de Ripoll, rica y bien acompañada por la incesante y poderosa canción del río Ter, entre prados de yerba abundante, densos boscajes plenos de rumores y las cimas del Pirineo… La biblioteca del monasterio: un amontonadero de centenares de libracos y legajos en cajas, en pilas, en armarios; y entre ellos, casi hundido en el olvido, un viejo diccionario escolar, el Liber glossarum et timologiarum, que entonces ya había cumplido más de docientos años, que muy poco lo habría de consultar nadie, y que tenía unas cuantas páginas escritas por una sola cara… 1151, pues, al despuntar la primavera, un monje ripollés anónimo y enamorado se lleva este voluminoso volumen a su rincón de escritorio y aprovechando aquellos ya para él antiguos pergaminos, escribe en un latín de andar por el claustro y sobre todo de andar por los alrededores del pueblo y por los pueblos de los alrededores, una bella colección de poemas eróticos o amorosos: Cum aprilis redit gratus/ Floribus circumstipatus/ Philomena cantilena/ Replet nemoris amena/ Et puelle per plateas/ Intricatas dant choreas (“Cuando vuelve el grato abril largamente cargado de flores, el canto del ruiseñor llena los rincones gustosos de los bosques y las mozas en las plazas trenzan sus danzas”). Es el latín de los goliardos, de los monjes vagabundos, de los clérigos de hábito a menudo arremangado, el de las Carmina burana y el de estas Carmina rivipulliensis [Canciones ripollenses]. Es una poesía que circulaba por toda Europa entre monjes y estudiantes que sabían una pizca de latín, desde las orillas de la Mar del Norte hasta los confines de la Marca Hispánica, con gran celeridad gracias a la comunidad de lengua, así estuviera muerta o medio muerta: sólo existía en los oficios divinos, en las escuelas del trivio y el cuadrivio, y en los libros serios. Mientras tanto, afuera, en las plazas y en los caminos, el latín vulgar, el que la gente común había aprendido a medias, no se había muerto para nada: se había metamorfoseado hasta convertirse en otra cosa, en romance.

 

 

El enamoradizo monje innominado de Ripoll no es ningún heredero de Horacio (ni su lengua ni su versificación ni su poesía tienen nada que pelar con las de los clásicos; es por completo otro universo; y, además, los conoce muy poco) ni figura entre los primitivos poetas catalanes (la poesía catalana está llegando por otras vías, escuchando quizá los mismos torrentes de los alrededores de Ripoll, pero despertándose de un sueño mucho más diverso). El monje escribe apartado de la sociedad (porque es monje y porque escribe en una lengua incomprensible hasta para la amiga destinataria de sus versos) y a escondidas de los colegas del monasterio (aprovechando los rincones en blanco de un viejo glosario y disimulando sus títulos con trucos como escribir al revés MACIMADA por AD AMICAM, “a la amiga”): es un vivo callejón sin salida histórico y cultural. Pero así escribe él sus poemas de amor y resulta que al cabo de setecientos setenta años han sido redescubiertos y revueltos a la luz para que los podamos leer.

Por las calles de Ripoll, en las riberas del Ter, el monje versario oía y a lo mejor hasta coreaba las canciones vulgares en lengua vulgar (en catalán llano) que entonaban las chavas, ricas o pobres, porque “toda clase de gente: cristianas, judías y sarracenas, emperadores, príncipes, reyes, duques, condes, vizcondes, hijodalgos, clérigos, burgueses, villanos, chicos y grandes, ponen todos los días su entendimiento en trovar y cantar” y “hasta los pastores de la montaña el mayor solaz que tienen lo tienen de cantar” (Ramon Vidal de Besalú, Razós de trobar, del XIII). En la estrofa que improvisa el herrero a ritmo de martillo, en las coplillas rimadas que pautan los juegos de la chiquillería, en el chorro del trino de la sembradora sí que se encuentra una de las fuentes inagotables y siempre activas de nuestra poesía, pero el problema es que de esta época temprana casi nada se ha conservado. La poesía más antigua de la lengua no pasó por los tinteros de los copistas y cayó casi íntegramente en los vacíos insondables de nuestra ignorancia (porque entre las canciones tradicionales que se cantan hoy, las más viejas deben ser de los siglos XVI o XVII). De estas primeras canciones no obstante sólo se ha perdido la letra y la música. Las canciones en sí no están perdidas: forman parte del código genético del idioma, viven en su interior y a veces algún poeta se encuentra alguna de ellas…

Por las plazas de Ripoll el monje enamorado podía escuchar una poesía distinta en lengua vulgar; una poesía empero culta, de autor, casi profesional, y cantada en una lengua vulgar que tampoco es la catalana pero se le parece mucho y se siente y oye casi como propia: la de los trovadores; la prestigiosa poesía de la lengua de oc, provenzal, lemosina, occitana o como se le quiera llamar. Y esto de prestigiosa no estamos repitiéndolo como babosos, porque lo era, y mucho, por toda Europa por entonces: la interrelación entre las lenguas latinas (e incluso con algunas germánicas y eslavas) era más intensa en aquel tiempo que ahora, en razón de las dificultades de comunicación y de la multiplicidad de las lenguas, nuevas en ese momento y efervescentes. En tiempos en que se viajaba a pie o como máximo a lomo de burro, cuando un forastero llegaba a Barcelona había tenido tiempo de sobra para aprender catalán por el camino. En tiempos en que muchos de los poetas eran nómadas, las canciones se traducían haciendo camino al andar y había un verdadero diálogo entre las alemanas, las provenzales y las portuguesas… Mucho más claro, rápido y limpio que hoy. Comunicación directa entre poetas: y entre poemas. El único intermediario posible era artístico: el juglar que transmite el poema cantándolo o recitándolo. Verdadero profesionalismo, en el cual el único valor que se cotiza es el arte. El mundo trovadoresco es la edad de oro de la poesía europea; es el paraíso vivido; es la civilización europea propiamente dicha. Con la cruzada contra los cátaros París y Roma se encargan de truncar violentamente y dejar herido de muerte para siempre al mundo occitano. A Cataluña le anduvo de un pelo. Sus primeros autores son trovadores por su lengua y también por su espíritu.

 

 

Uno de los más potentes y de verbo más afilado es Guillem de Berguedà, un aguerrido vizconde de la montañosa región de Berga: el mayor denostador poeta de esta historia, el rey poético del insulto: ya peleado con el rey, ya con otro conde, ahora con el obispo, a ratos con el arzobispo, siempre con el señor de al lado… Y a todos insulta del modo que sabe que les escocerá más; acierta en el tono que conviene a cada uno, y el resultado, el poema, es divertido y despatarrante, deslumbrador, y terrible y temible para el atacado. Los poemas contra el obispo de Urgel (“que se coge hombres hasta durmiendo/ y ha preñado a más de ciento”), insultan de una manera con mucho diferente a los de aquellos que atacan al señor Pere de Berga, a quien se dirige con el mote de Mi Suegro, y a cuya mujer envía mientras tanto cantos de amor (¡Mi Suegra!): “Dulce mujer de Berga,/ vos sois oro fino, y vuestro marido mierga”. Su enemigo favorito, el de los “ojos de chivo en ventanal”, es el noble Ponç de Mataplana, llamado Marqués sin serlo, quien se pasó la vida recibiendo insultos, burlas y desafíos en verso: Marquès tant co’us sapcha en terra/ veus camp e caval e guerra [“Marqués: en tanto os sepa yo en esta tierra/ aquí teneis campo y caballo y guerra”]. Pues bien, cuando Guillem recibe la noticia de la muerte del Marqués en lucha contra los moros, arrepintiéndose de haber peleado tanto con él le dedica una endecha sentida, elogiosa, que termina con una curiosa y muy poco católica visión: “En el paraíso, en el mejor lugar, donde está el buen rey de Francia, cerca de Roldán, sé que está el alma de mi Marqués de Mataplana, y mi juglar de Ripollés, y mi Sabata igualmente: están con las mejores mujeres, sobre un palio cubierto de flores, junto a Oliver de Lausana”: los protagonistas del canto pirinaico de Roncesvalles, el rey semimítico Carlomagno, las damas más gentiles, su juglar, su amigo Sabata… y su enemigo preferido: se trata ciertamente del paraíso. Este virulento poeta es distinguido con el senhal o distintivo poético de Fraire (hermano, compañero de oficio) por trovadores como Bertran de Born o Peire Vidal, que lo citan y se comunican con él desde el interior de sus poemas. Sus obras más famosas fueron a pesar de todo dos canciones de amor —una, sutil (“tanto temo su amor que me tiene en disciplina”) y otra que cuenta que la noche pasada con su animada huéspeda se aventó “uno y dos y tres y cuatro/ cinco y seis y siete y ocho” cogidas, y “si no me hubiese aferrado a su cota/ pronto me habría de tumbar/ porque me hacía rebotar/ como si fuese pelota/ que es difícil cabalgar/ sobre bestia que así trota”. También escribió un joc partit [contienda poética] con Aimeric de Peguilhan, donde el de Berga más que amar sin ser amado prefiere desamar y ser amado “porque ni he venido en amor a esperar/ ni fui nunca de aquellos despreocupados:/ yo juego para ganar, en mujeres como en dados”. Finalmente al buscapleitos de Berguedà lo mató un peón, un soldado de infantería, probablemente pagado por alguien. Como él mismo dejó dicho en un serventesio: “habré seguido el camino del lagarto”.

La poesía en el mundo provenzal, sin renunciar al vuelo bandido de su bandada, sin perder de vista la radical radicalidad del individuo, tiene una inmediatez llamémosla social como nunca se ha vuelto a ver en Europa; una presencia activa en la vida de muchos, una efectiva participación en todo tipo de acontecimientos públicos. Es la luz: cumple su trabajo de inventar (trobar) constantemente el amor, plantea afirmativamente la cuestión del paraíso ahora mismo en la tierra, y con dureza y con humor se da tiempo para plantar cara al llamado problema del mal. Su padecer es el padecer de los felices. Protagonistas las mujeres, y que los días sean para ellas, y la muerte que no venga ni habiéndosela llamado. Y cuando los grandes absurdos se acerquen a rozarnos la mejilla, que el miedo conviva con el juego, con el jugar, con el puro respirar: el soneto “malvado y bueno” del maestro de trovadores Giraut de Bornelh, el “no sé qué se es” del gran Raimbaut d’Aurenga, la tensó de la nada que opone Aimeric de Peguilhan a Albertet de Sisteron: al nient vulh respondatz (“a la nada quiero le respondais”). El latido del ansia por un igualitarismo social real es tan potente en esta poesía, en el espíritu de esta gente, que la sociedad en que se produce, pese a ser todavía marcadamente clasista, se ve aplastada y ocupada por una monarquía y una iglesia que no cesan en su intento de ahogar un espíritu que no es posible acallar. La espiritualidad cátara pareció haberse esfumado de pronto, después del golpe, pero poco a poco algunos de sus anhelos y contenidos, como aserta C. G. Jung, fueron resurgiendo en la alquimia, ampliamente practicada y estudiada en las tierras occitanas y catalanas a partir del otoño de la edad media. Un buen número de occitanos emigraron, huyeron o se exiliaron a y en las tierras de habla catalana.

En tres lenguas, pues, se versifica en este momento inicial de Cataluña: la del gran canto de los trovadores, la residual y semioculta de los monjes, y la puramente oral del pueblo (ricos y pobres) que canta en lengua propia sus propias canciones. Esta última se nos aparece hoy tan transparente que nos es invisible como el aire que respiramos. Por indemostrable que aparezca, su influencia en la poesía posterior es incluso más importante que la de los trovadores. Pero la partida es de cuatro, y también debe contar la lengua desaparecida, la de antes de los romanos: el habla ibérica o vascoide que, subsumida en el latín, y dejando su rastro entre otras cosas en ciertas maneras de mover la lengua, determina la sonoridad que adquiere el catalán, su fino fuego, todas estas elles iniciales: “el llampec d’un bot de llebre” [“el relámpago de un salto de liebre”]…

La sonoridad de la lengua es, generalmente, intraductible. Es su parte casi animal y más idiosincrática. Pero no importa porque —Brossa lo ilustra en su libro Canto de encuentro y de victoria (1951): “No canto en mí mismo, como encuentra el buey/ Murmurios en los que menear la lengua; canto/ Para que nuestra mente se llene de fuego/ Hacia sus lindes”, y esta ambición sí que puede expresarse en todos los idiomas humanos. Cada palabra, como esclarece en largas frases Walter Benjamin, es intraductible; pero todos los discursos pueden ser traducidos. Los componentes elementales de cada lengua son peculiares a cada una, pero una lengua en conjunto es exactamente equivalente a cualquier otra. Es muy diferente el ser castellano, que llega temperado por Quevedo, del ésser catalán galvanizado por Ausiàs. Pero todos somos.

 

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Doce poetas catalanes del siglo XX/ 3

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Maria-Antònia Salvà

 

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Introducción

A LAS DONCELLAS DEL AÑO DOS MIL

Orlando Guillén

 

[Fragmento]

 

más que una
‘traducción’, una ‘muestra magnífica
de la poesía del siglo XX’
Eliot

 

 

Cuando en 1979 conocí a Joan Vinyoli llevaba yo en mano la Antologia general de la poesia catalana de J. M. Castellet y J. Molas. «Para que no pierdas tu tiempo leyendo en vano», me dijo con ágil, expedita cortesía. Y tomando el libro marcó en el índice los doce poetas que ahora dan título a este que va a su memoria.

En la lista no aparece ni una sola mujer.

Tampoco hay muchas en la poesía catalana del siglo XX ni por definición el referente casual tenía por qué incluirlas a todas.

Para mí la presencia de la mujer en esta poesía es estimable y paralelamente fundacional, o más exactamente refundacional. Esto sobre todo en una literatura a esguinces enigmática que carece por razones históricas y políticas de una ‘tradición’, de una herramienta decantada, de un trabajo literario de asentamiento y doma de idioma y cuya lírica naciera entre ungüentos provenzales en las cortes del amor.

Hay sueño suegro de Adán en la materia verbal virgen, y peso y reto de refundación.

La mirada de halcón es ave de prisa y caza, pero me parece que los nombres a flor de paloma viñolianos ofrecen un panorama representativo de la poesía escrita en catalán en la reciente centuria difunta. Sin duda es suficiente y digno en su conjunto para representar esa poesía; porque se trata de autores sin los cuales no estaría ella ni en su altura ni en su hondura justas ni en sus diversidades formal y tendencial. En poeta que no es misógino y sí torcido por lo Recto, la tajancia de la producción femínea puede fuera de azar indicar opinión, y en ese caso tendría todo derecho.

 

Rosa Leveroni/ Clementina Arderiu

 

Este es el punto para remarcar la peculiar circunstancia en que se da esta selección y el modo en que hoy la asumo. Un vistazo personal, gestual o nervioso más bien cumple a la anecdótica, y así, paradójicamente, no doy a Vinyoli el crédito más que fuera de reclamo por ajeno a su origen: se factura a partir de una nómina accidentalmente presente, y para destinatario cordial: sin más fin que allanarme la aventura poética en patio contiguo, y nunca pensada con ribetes de panorama o antología atentos a la esencia, a la sensibilidad y al gusto extremos. Espontánea: no es más que desprendimiento de espíritu de quien convida en privado a un banquete de vidas y de signos. No hay compromiso ‘público’ en el poeta, y ni a él ni a mí se nos hubiera ocurrido entonces nada símil a este libro improbable y furtivo que el tiempo, el amor y la muerte me impondrían al paso. Restringida y acotada ‘de nación’ no es pues una antología expresa ni menos estricta a obra de Vinyoli sino envío y saludo míos a su recuerdo humano, mero tributo de vida entre mis muertos.

Joan Vinyoli puso en tales condiciones los poetas, y yo el material con que quedan representados. Por eso y por lo expuesto mantengo en el cuerpo principal los autores ‘indiciados’, y acuño con precisión numeral el título de esta obra: Doce poetas catalanes del siglo XX. Son en portada Guerau de Liost, Josep Carner, Carles Riba, Joan Salvat-Papasseit, J. V. Foix, Pere Quart, Agustí Bartra, Salvador Espriu, Joan Vinyoli, Joan Brossa, Gabriel Ferrater y Vicent Andrés Estellés. El racimo prieto de estos doce es panorámico y llena y abraca la poesía catalana de su tiempo en sus vertientes litorales de desarrollo y por sus grandes singularidades; supone asimismo encuentros, desencuentros y búsquedas en el interior y hacia el interexterior: las aguas revueltas, densas de amor y mierda, cruentas, trágicas de la poesía europea donde (en gran trago a salto de mata) se escribe e inserta. Pero ningún panorama (insisto: JV no se propuso eso) en la poesía de lengua alguna es completo sin el aplomo a plomo de la escritura hembra —que a ocasiones paga por todas: inclinaos al paso proevocativo de sor Juana.

Aún cuando el rigor dictara la exclusión, en un verdadero panorama habría que mostrar para demostrar a los ojos mostrencos de todos la objetividad subjetiva de quien prima la razón poecrítica para disensión o goce estético o chasco o plenitud de otros. A eso me ajusto: es derecho del clan al juicio propio; y el aparente daño lo restaño con mis Tres añadiduras. Sé que JV estaría de acuerdo conmigo en esto, pero no si como Espriu (lo que me fue exultante saber después) reuniría las mismas autoras que yo: «Rosa Leveroni es la más auténtica y depurada voz lírica femenina de la generación a la cual [] pertenezco []; la única digna de ser comparada con las nobilísimas de Maria-Antònia [Salvà] y Clementina [Arderiu]». Mis Añadiduras prestan, por la vía versaria y pirata (trovadora de veras), aroma al título danzón dedicado de esta Introducción: es verso de Maria-Antònia localizable en la Ñapa y albur en sombra al cual me arrimo.

Ni comparto ni he compartido el ánimo que anima los usos y costumbres de los antólogos usuarios. Por el contrario, más de una vez he sido víctima de su arrebatinga fragmentista, oscurecedora y fraudulenta. A este volumen la calidad monumental le viene en principio de la decisión de representar a los poetas por libros enteros. No podía ser distinto. A ratos una edad, otros su culmen, un libro siempre representa la lírica de un poeta, aún siendo ese libro de iniciación. Un libro de poesía es unitario incluso por sus partes, porque responde a estados de espíritu irreparables, y coge y captura tiempo con la mano desasida del verso. Ello exime ‘razones’ para la presencia de uno u otro títulos. Los libros de poesía se recomiendan por serlo.

Para mis Añadiduras contradictoriamente el criterio pareciera ser otro. Mas: no me propuse representar por absoluto en el caso sino mostrar y dar así mayor ‘integridad’ a un panorama poético inopinado, subrepticio y trunco con una noticia amplia de obra. Son nomás florezuelas fieras de emoción dispersa, pero estoy seguro que llamarán a algunos al perfume corolario de los libros de estas mujeres como mar.

El crecimiento al impulso del trabajo impuso sobre el monstruo de 12 más 3 cabezas resultante el Apéndice de varia intención, corona referencial poética y crítica.

Puntal puntual que sustenta también la condición panorámica de este libro, revierte autosuficiente —por lo menos en la medida de mi inmersión en la poesía catalana del XX que no termina de estirar todavía la pata inmortal, y que comparto a los 4 vientos poéticos con la certidumbre de un paquete textual si no exhaustivo sí indispensable para la caudal comprensión de aquella, y de encaminar la curiosidad intelectual «forastera» a ensanchar por otras vías este intento que en más de un sentido se queda corto. Este libro está acabado ya. Este libro es libro abierto. Mi lectura de esta poesía sigue en movimiento.

 

Carner y Guerau/ Carles Riba/ Salvat-Papasseit

 

Manazo de ala de ideas y en balcón plural a su figura, Guerau de Liost (de quien no di más que La ciudad de marfil), se ve rodeado por La montaña de amatistas (en forma del prólogo satánico escrito a ese libro suyo por Eugeni d’Ors), y en sus propios Sueños por el Soneto a ellos alusivo de Carner. Tierna, ingenua, implacable y perversa amistad: «Sin tu grata compañía/ sería enojosa la inmortalidad».

Llegó tarde y caminó pronto Nabí, libro con el cual también me hubiera gustado representar a Josep Carner. En su lugar en el Apéndice arrejunto material de ojo de agua diversa para servir al conocimiento de su ser intelectual complejo e itinerante. Allí se verá la huella de la antigua poesía naua a su paso de espíritu.

Doy las Versiones de Hölderlin, de Carles Riba, con el Prefacio naturalmente posterior y ya inseparable de Ferrater. Repito para precisar: no digo que doy Hölderlin ni podría ni soy quién para juzgar en esto a Riba: ignoro por lo redondo el alemán. Doy el Hölderlin de las Versiones de Riba. De la dignidad de ellas no deja duda la lectura de Gabriel Ferrater; y aporta servicio digamos de restauración que si se sigue es iluminante, esclarecedor. Hay razones en el trazo de estilo de Riba, pero si no las hubiera la razón histórica sería suficiente: Hölderlin entra por esta hendidura a la poesía catalana. Allí lo conoce entre otros Vinyoli. Del Prefacio: «Basta pensar en la obra de Joan Vinyoli para ver que Hölderlin ha contado (y ha contado con ‘pureza’, tal como a Riba le agradaba decir)».

Nada es mezquino y otros poemas, su concepto del poema y un autorretrato alcanzan a definir mejor en este libro la personalidad esquiva de Salvat-Papasseit, poeta del amor adolescente que enamoró muerte florida.

 

Foix/ Pere Quart

 

J.V. Foix cree escribir verso cuando escribe prosa. Por eso escribe prosa cuando escribe verso. ¿Hay tal lugar? El límite limita de sí consigo. ¿Es la prosa real y arreal el verso? Por eso y por otras cosas lo doy en prosa en el cuerpo principal y en verso en el Apéndice; y en ambos: textos más o menos teóricos que entrambos pintan raya de arte poética.

La frontera es ilusoria.

Ritmo puro.

Maravilla sórdida.

Pero es: sucede en una escritura de imágenes y sueños dentro de una realidad lo mismo patente que arreal; arte y vida: opuestos simultáneos besándose los cráneos: disruptura de la ilusión como migración deslumbrante a lo cotidiano en ejercicio. Frontera tenue por abolición del límite realarreal. El prodigio como lo ordinario. Es dimensión de la vida vivida y la intensidad puesta en ello al sueño de vivirla. Una medida de gracia como la infancia o la poesía como celebración, como loanza. A su alrededor atónitos, perplejos estallan otros muertos: burbujas de dinamita de sueño que no llueve paraguas. La frontera es música de alientos y música de densidades; y tiempo y movimiento alternos al vuelo y al peso conceptual, de modo que se tocan en fruta de anhelo y renacimiento. La frontera entre verso y prosa es espacio danzante de la vida, del amor, del sueño y de la muerte. Todo transcurre en el tiempo y la espesura de su bosque es música encinta de imaginación voladora. Lo de adentro y la unidad de intensidades convergen con lo de afuera. La poesía vive allí. La poesía vive en la prosa y en el verso, y es ubicua en la frontera. Al verso y a la prosa los separa lo que los une: la música, y la entidad de los bloques de sentido. Vivir poesía es vivir frontera: los de Foix son sueños con vida y muerte corporales.

Hoy jueves que proso estos versos con mano de Vallejo, Foix firma con la propia: la frontera es espacio compartido; separado y estanco; el lugar en movimiento, la activa contemplación; y tan campantes cada quien su cacho de humanidad, su sombrerazo de nube. Así el minuto de obra, el saco audible del espanto, la consumación del crimen de la especie. ¡Foix versa la prosa y prosa el verso, y el beso es mutuo, y hay y no hay lugar a confundirlos! ¡Foix que hiciste catalán el lírico verso de Bernat de Ventadorn!

Pere Quart dispone de vacaciones pagadas en el infierno. En otro lugar pero en el mismo Vicent Andrés Estellés atiza con los mejores versos de la lengua catalana el fuego gran enano amarillo de los rastrojos o del pajonal de los maizales. Ándanse en caliente: ríase la gente.

Doy Quetzalcóatl de Agustí Bartra con apego al texto catalán, mas sigo el criterio (testamental por último) expreso en el prólogo a su antología personal La luz en el yunque (editada en México). Allí no lo entrega completo pero con cursiva suya lo considera entero «en tanto que lo excluido no era imprescindible para que no se hundieran las estructuras de su desarrollo épico». Tal cual. Doy en cambio la totalidad de las notas autorales al poema para mantener en obsequio de quienes leen el hilo argumental general, y porque aquí si que nadie mejor que el poeta para dirimir los extremos de espíritu de su obra. Se trata de una recreación del poderoso mito de Quetzalcóatl, Serpiente Hermosa, que reafirma la presencia del motivo antiguo mexicano en la poesía en catalán del siglo XX.

 

Agustí Bartra/ Salvador Espriu

 

Agustí Bartra irrumpe con proyecto propio en sentido distante en el oleaje épico-celebratorio ambiente entonces en ciertas zonas de la poesía europea, cuyo aliento versicular prestigia en francés Saint-John Perse con viento caribe, y cuya lógica interna solventa Bartra y desenvuelve en grandes vuelcos de ala de prosa rítmica sobre el verso catalán (en andanza muy otra pero ambas expansivas a las andanzas foixianas) no sólo en este poema sino en su lira épica. En Quetzalcóatl es rasgo de estilo y pieza estructural.

Las variantes advertibles al cotejo proceden del texto castellano de Bartra, y se han incorporado con pertinencia tipográfica y de manera natural: son el coro de las doncellas y las ‘negritas’. Era esencial mantener como base el texto catalán para sustraerse a la manía bartriana de modificar sus escritos cada vez que los tocaba. Me limité pues a ‘fijar’ el texto frente al ‘otro’ castellano. Doy mi versión y no la de Bartra por lo dicho, y porque este es un libro de versiones mías.

Agustí me dispensó en Terrassa trato de generosidad y afecto. Tengo la mayor deuda con él (aquella que es de suyo impagable), por haberme hecho conocer a Paco Seguí, hermano determinante de vida y poesía. Desde la calavera incólume de estos dos difuntos poéticos, dejo al paño de los imbéciles pretensas ‘comparaciones’, ‘arbitrariedades’ o fantasmagóricas ‘soberbias’. Estrictamente, con algún método y con toda la fidelidad posible, mi versión se adecúa a modalidades especiales de un autor.

Muy pronto en mis relaciones con la poesía catalana traduje La pell de brau (La piel de toro) de Salvador Espriu: hacia 1978-79, y la publiqué en 1980 en México. Bolaño la encontró entonces ‘curiosa’ en Barcelona, y yo, ahora, en Las Flores de Uxmal: eso; e insuficiente y apresurada. Me movían móviles prácticos y no sólo poéticos de aprendizaje y dominio de una lengua emergente que se me aparecía fascinante, lúdica y melodial entre las del tronco romancero; si es que estos móviles son separables de la poesía. Oprime timbre ocre y tañe bronce mano de plata en resonancia. Con Espriu aprendí un catalán adusto, fino, de suaves ritmos a la flor del viento, y conocí a un espíritu severo a la devastación, sombrío, cabal temblante en el fondo del ojo negro vivo a gritos del espanto. Cíclope o Testigo, augur de graves ecos en el hueco de lo presente que es presagio de pasado y pico de pato de futuro; desolado de toda esperanza: terriblemente, por asunción de la indefensión cósmica humana; y sospechoso del valor ‘real’ del ejercicio (más valdría ciego en el sentido de fatal) de los inciertos ‘poderes’ del poeta, Espriu es autor no obstante floreciente de una poesía de conciencia e indignación frente a la guerra y la opresión satrápica en cuyo eje lírico gira siempre la muerte. En este libro está señalado por Final del laberinto en el piso principal, y en el entresuelo por Semana Santa. En muestra varia y funcional desparramo su contribución crítica.

Y por lo que me toca: de mi suerte postrera da cuenta hoy este animal que se comba en arco de apabulladuras de vida de poesía.

Joan Vinyoli es el único autor a quien represento por tres libros: Viento de cobre en la proa; en la contraparte, Todo es ahora, y nada también, y Dominio mágico.

Todo es ahora, y nada también es delantero en el orden existencial.

Viento de cobre baja al centro del camposanto.

Dominio mágico es jugada de mar.

Dominio mágico es una isla encantada de la vida celebrante a las puertas de la muerte. Es embeleso ritual, y Próspero acata a Miranda.

Sabiduría de celebración de vida sobre muerte.

La lira es genio del aire. Lira trágica y sagrada como la canción de Ariel.

Shakespeare está hecho de la misma materia que Trínculo.

Ha sucedido un universo.

Poesía y muerte al alcance de la mano son cosa rica y rara.

Calibán sortea entre las aguas el epitafio rugiente de vida de la carne muerta. Doy con su prólogo a Lo callado la poética de JV.

Espriu y Martí i Pol, cada quien por su seña y en su tiempo (1965, y 1979), leen con perspectiva por el ojo de buey de la agudeza la obra viñoliana, y con pasión proclive como la mía la siguen por sus contenidos estético y de espíritu con signo de iluminación. Son cuchillas críticas diferentes referenciales necesarias, como atañe a lectura de poetas.

La poesía no es cantidad.

Este seguimiento debe estimarse normal en un volumen a la memoria de Vinyoli.

 

 

Joan Vinyoli/ Vent d’aram

 

En la poesía de Joan Brossa por realismo metafísico que ahora entra abrupta y en plena marejada, «Es alto el arbusto que extiende sus ramas;/ En el verano y en el invierno siempre verdea:/ Pasado, presente, futuro son sus raíces;/ Sus frutos: nosotros». La fácil apariencia de un estilo resuelto por el accidente, el giro, el hallazgo: mas la sorpresa manjar de originales monda condición humana y recorta imágenes como sigilos de vida o muerte o sueño. Esta parodia de la paradoja abstracta o modo de ser en el absurdo que ya es lugar pero más el vacío, recluta por eficacia lengua como gota de sangre en vaso de leche que se alza para beber y se advierte sin asco ante el prodigio plástico el tulipán viscoso mas con asco de la vida: lengua de payaso: larga, afiluda, veraz, concertista y asesina. «¡Soledad que me espanta de los bosques que me envuelven!/ Oscuramente se tambalean las antenas de mis versos:/ Dentro de mí las murallas, amarillas de oro al rayar el alba,/ Desborda el océano». En verdad el lenguaje de Brossa no es desconcertante; es extravagante, como si fuera el que hablaran figuras de la baraja o personas de plata o mármol. «La flecha acierta su blanco. Tuerzo el gesto./ A lo lejos retruena el trueno de la montaña./ ¿Has visto caer un pájaro mientras volaba,/ Alma mía?».

No hablan fríamente más que por razones pasionales las estatuas. «Amor ataca los cuerpos a estocadas». Es lenguaje de sueño. Más bien Brossa se vale de elementos de desconcierto, y por principio de incertidumbre recurre al Caos como instrumento a tumbos de exploración y conocimiento. «Barracas junto al camino, ¿y estos coches?/ ¿Qué significa una nación? Paran./ La tierra está llena de eso. Total:/ Dos damas de honor».

Sin recargo a la vibra y al eco vocinantes (de voz no de bocina pero de igual brillo instrumental), el lenguaje de Brossa experimenta también por exceso desdoblamientos que le son propios y súbitos, y así por muestra en el poema  que incluyo con otras intensidades en el Apéndice impacta a golpe de magia empática con Gómez de la Serna en el lacónico genio facundo de la greguería: «Si fueras una flor nunca te apagarías»… La estatua de cera de Hamlet frente a la cuarta Ofelia derramándose en la marejada de los ojos de agua: «¡Qué peso las horas! Los latidos. Penumbra./ ¿Cavamos la tierra con un puñal? Detente./ No se cierra la herida. ¡Cómo te flota/ La cabellera!».

 

Joan Brossa/ Poesia rasa

 

La poesía de Gabriel Ferrater presenta características que la sitúan agitándose en la convulsa víscera del riesgo. Frente a la masa amorfa empero formidable de una generación que se conforma y repliégase y procrea y educa y fomenta otra nacida para la resignación, esta poesía cuenta dentro de aquella que acosa y pone sitio al miedo.

No son muchos en España los poetas que pisotean y pasan por encima de esa gran plasta que se conoce como la posguerra, pero menos desde las lenguas minoritarias —y no nomás por razones matemáticas puras. Está presente el fulgor astroso Unograndelibre del franquismo.

No es un mérito que la obra de Virginia Woolf esté en inglés o la de Quevedo en castellano; tampoco que la de Ferrater esté en catalán. Pero en el caso es significativo: así lo dicta la dictadura de la circunstancia. Mas es fuera de ella que me importa su travesía. Desde luego y como toda obra poética verdadera esta pertenece irreductiblemente a la lengua en que fue creada, y es desde ahí que se amplía o yergue y hace dimanar su proyección humana.

Esta poesía es pus de una llaga vulnerada. Una gran sombra blanca, el guiño de un cadáver que se despereza y vagamente resucita, un vaho de espejos o pañuelos más la sagaz sin proponérselo muerte del poeta en plena madurez de arte le confieren el símil decapitado de una amarga melodía inconclusa.

 

Gabriel Ferrater/ Vicent Andrés Estellés

 

Represento a Gabriel Ferrater por Teoría de los cuerpos y Chúpate el dedo grande. Su ocupación crítica aparece dispersa por sus asuntos.

Vicent Andrés Estellés acomete en El gran foc dels garbons la crónica poética de su pueblo natal.

Poesía de acaecer disperso en la entraña de una pequeña ciudad, no se ciñe a la anécdota de aldea que tiene al chisme por eje (aunque no lo desdeña) ni sigue las sagas conductuales de los poderosos, de los ilustres de alcurnia municipálida.

El gran fuego estellésico está atizado por la leñadura ósea espiritual de la gente común y su memoria trivial y sórdida y profunda. Es un fresco de alcances épicos populares en el que caben la estampa, el retrato, las costumbres, los ciclos de perfil humano, el amor, el sexo, la inocencia, la brutalidad, el chiste, la prostitución, la miseria, el esplendor y la muerte. Su trazo es lo mismo ancho que delicado, y se ilumina desde fondos sombríos pues su lugar de suceso es el que vive íntimo en el recuerdo del autor y actualiza rescoldo en poesía sucinta que prende hoy con ayer. Su presencia constante y cantante en este infierno minimal juega dantesco su muchedumbre pasionaria humana —sin embargo escueta, y limitada por la muerte como ética poética y plástica lúdica.

 

Enric Casasses y Orlando Guillén/ Maratón bilingüe Doce poetas/ 2006

 

Enric Casasses (mi inmejorable amigo, poeta y consultor en catalán a lo largo de este esfuerzo), se involucró de tal manera en el volumen que acabó firmándolo conmigo.

Multé en efectivo su pasión y entrega poéticas invitándolo a escribir el Epílogo. Allí ubica la poesía catalana del siglo XX en su propio contexto y en general en el de la poesía europea.

Tal la estructura de Doce poetas catalanes del siglo XX, con Tres añadiduras, versiones, Introducción y notas mías, un Apéndice de varia intención y un Epílogo de Enric Casasses.

 

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Doce poetas catalanes del siglo XX/ 2

Info

 

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Nota a la presente [segunda] edición

 

Esta segunda edición virtual de «Doce poetas catalanes del siglo XX» es en rigor la primera.

Me explico: a lo largo de muchos años he revisado los ‘Doce’ completos, sin detenerme más que en aquellos textos que por su peso me atrapaban; nunca, sin embargo, en demérito de otros. Eso ha sido así porque, desde 2004, siempre ha estado a un tris de ser y aún sigue sin serlo la edición en papel del volumen, y naturalmente quería que, más o menos terminados, todos los materiales estuvieran publicables en un momento dado, a reserva (claro) de un último repaso —como así ha sido.

Bien. Uno de mis métodos o, mejor, manías de trabajo ha consistido en ‘abrir’ los libros y dejarlos ‘en mangas de camisa’ para ponerme con cada uno en chinga, en la revisión siguiente, sabiendo dónde hallar las dificultades apremiantes.

Un modo reductor por defecto acelerante que a nadie recomendaría si yo fuera de aquellos a los que les da por recomendar. Destaco esto sí que sabía, temerario, pero no me era más improbable que absurdo: si caían mis archivos en otras manos se les pillaría con el cul a l’aire. Pues, hete: fue [im]precisamente lo que pasó al subir los ‘Doce’ en 2016.

Pero en poesía no hay culpas ni disculpas. Es libre por naturaleza hasta de elegirte y, en la traducción, donde tú, que qué cosa eres frente a ella, eliges, menos: es invariable original. Cuando se trabaja cara a cara con el viento por la proa hay que aprovechar las oportunidades calvas, y la presencia de mi hijo en Barcelona significaba poder subir la edición sin verle colmillo a caballo ocasionado. Yo, para cosas cibernéticas, según cuáles por complejas, soy manco discreto en mi taller.

En aquel momento ni siquiera recordaba qué libros había dejado ‘abiertos’ ni me importó mucho, es verdad; era obra a punto de concluir que se defendería poéticamente sola.

La edición que más me importa es la de papel, pero ninguna desdeño en exigencia. En el caso sólo se trataba de ofrecer materia en vivo en presencia y en reclamo, y de una manera válida de preceder a lo definitivo poético; y era tiempo al tiempo para ir traduciendo y editando en calma: en mi soledad creadora y difusora la obra se advertiría chorreando por los agujeros de la red de gota en gota largas —y así fue.

Entre los libros que estaban listos (o casi, más bien) y el cuerpo general de la obra, más mi nota expresando que se trataba de un gran tomo en movimiento traductoral, la primera edición virtual ha cumplido con creces sus expectativas y ha sido visitada más de ocho mil veces —señal de su importancia y del interés que despierta entre los lectores de poesía en mi lengua. Ahora mismo se está leyendo a un ritmo ya muy cercano al que se merece, pero más se merecerá al vuelco de la hora cuando, tres años después de aquella y más de treinta del començament dels començaments, lo que fue proyecto de vida está finito y la vuelta de mi hijo me ha permitido subir esta segunda edición al infinito.

Siempre dejé para el final, o sea para el momento de la edición objetual, acometer libro por libro el cierre del volumen. Pero lo acometí antes de eso por ti, Reina que no Reinas y en mi amor recalas.

La vida de la poesía, sépalo el sépalo de la flor y no el pistilo que lo canta al aire, tiene sus propios compases de espíritu y no queda sino asumirlos sin morir o morir sin asumirlos, y el resultado verticilo externo es esta segunda que es primera edición, del mismo modo los doce que son quince y que no hay arte ni ciencia exactos en lo verde heteroclámide.

Y antes de irnos no sin después despedirnos acamparemos día dorado en las faldas de la noche con un ramito de rayos de los bosques frutales. Esta segunda edición no sólo ha sido corregida; también aumentada: un notable libro de juventud de Josep Carner despliega ahora entre sus espesas páginas un abanico de inocencia a vejez en canto de mujeres: «Los frutos sabrosos».

Al final, la gran poesía catalana del siglo XX se puede leer con toda dignidad en castellano. Ojalá y la vea impresa en ala de papalota de papel volando todavía, porque… porque siento por las alturas que descienden monos geniales del árbol de la vida y cuatro magas adoradas saben que a la muerte eludo mas a la mort no escapo.

 

OG
Guineueta Vella, 21/05/19

 
[Advertencia a la primera edición (2016)

 
Por cuestiones políticas, históricas y culturales que aquí no es lugar para nada más que señalar, la poesía en lengua catalana —ibérica de cepa y tan importante como cualquier otra europea—, es increíble y asombrosamente desconocida entre lectores de poesía en lengua castellana. «Doce poetas catalanes del siglo XX» pone desde ahora el primero de los remedios que se merece una producción espiritual de tal magnitud y hondura humana: darla a conocer con la debida dignidad traductoral en anchísimo y abierto panorama. Una muestra inapelable en un solo volumen de volúmenes de poesía racimo.

Esta edición no pretende ni puede por sus características demeritorias de la disposición original de muchos textos —dado los constreñimientos a que ciñen las plantillas fijas del sostén virtual— y otros motivos, suplir la edición en papel de la obra; por el contrario, reclama con la fuerza del espíritu en ejercicio de la poesía catalana y sin ningún otro criterio que el estrictamente poético, su inmediata publicación —que esto sea así dependerá también por abundar de lo que hagan por ella ante esta epifanía contundente los entes de poesía verdadera que piensan, sienten, leen o escriben en una de ellas o en ambas lenguas. Nosotros ya hicimos lo que teníamos y podíamos hacer, a tope. Es la hora pensante y actuante de los receptáculos de sentir extremo. Servir a la poesía, ya está dicho, es un sello del alma.

Por una [pu]pila de razones con respecto a su edición en papel, esta que veis y leeis es lo que para el teatrista teatrero la función previa con público selecto respecto al ensayo general, con la separatoria de que aquí la primera función nos la adelantaron hace tiempo los originales —virtuosos y magos paratiempales]

 

l'avidelsdotze

2 de noviembre, 2009. Ofrenda a los ‘Doce’ en l’Horiginal. Barcelona.

 

 

PRESENTACIÓN

Doce poetas catalanes del siglo XX es un libro de libros de traducciones al castellano de la poesía de su título, monumental y de vida del poeta mexicano Orlando Guillén, a cuya producción ha dedicado gran parte de su tiempo creador en los últimos 30 años. Se trata de un volumen bilingüe de alrededor de dos mil páginas que, a diferencia de las antologías tradicionales, reúne libros enteros de los autores seleccionados en circunstancias peculiares por Joan Vinyoli en su momento, y que son, en orden cronológico, estos: Guerau de Liost, Josep Carner, Carles Riba, Joan Salvat-Papasseit, J. V. Foix, Pere Quart, Agustí Bartra, Salvador Espriu, Joan Vinyoli, Joan Brossa, Gabriel Ferrater y Vicent Andrés Estellés, todos con un libro, salvo Riba, Espriu y Ferrater con dos, Foix con un libro en prosa y una muestra amplia en verso, y Vinyoli, a quien el autor dedica la obra y de quien nos ofrece tres. Al entender que la nómina es panorámica y representativa de la poesía clásica del siglo XX, Guillén la completa con sus Tres Añadiduras: una muestra generosa de la escritura poética femenina de la época en la persona de tres de sus más destacadas protagonistas: Maria-Antònia Salvà, Clementina Arderiu y Rosa Leveroni. A estos rasgos que definen la originalidad de entrada de este volumen sorprendente por decir lo menos, Orlando Guillén añade una Introducción de rara belleza y penetrante hondura, y su notable Apéndice de varia intención donde recoge, además de los libros de los autores cuya representación rebasa la unidad en el cuerpo principal de la obra, muestras del arte poética de los poetas incluidos y estudios y aportes críticos de los unos sobre los otros o de varia procedencia especializada, escogidos con exigencia y acierto, que amplían el horizonte de lectura del volumen y lo hacen más asequible y entrañable. A invitación del poeta mexicano, Enric Casasses, uno de los más importantes poetas actuales de la lengua catalana, amigo de aquel y consultor en catalán a lo largo del volumen y de los años, escribe a modo de Epílogo su Noticia de la poesía catalana, un estudio lo mismo apasionado que riguroso de los avatares de la poesía catalana desde Ramon Llull y Ausiàs March hasta Jacint Verdaguer y Joan Maragall, que viene a redondear los alcances de información poética de la obra hasta límites si no exhaustivos sí imprescindibles para el conocimiento y la difusión del espíritu catalán a través de su gran poesía en el tiempo. Para cerrar el volumen, Orlando Guillén nos obsequia todavía en la Ñapa con la breve y selecta presencia de significativos autores de lo que se conoce como «La escuela mallorquina».

El conjunto de estas características de singularidad, extensión y profundidad hacen de Doce poetas catalanes del siglo XX un volumen de publicación urgente y necesaria.

 

 

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[Arriba: Rey de bastos, acuarela de Jorge Martínez Ruiz]