La noche de san Juan de Josep Carner

carner

 

 

Josep Carner • Nit de Sant Joan •

 

Al clar de lluna plena, jo i l’amic

cireres hem menjat a la porxada.

Salta el foc en la nit enlluernada

en recordança d’aquell drac antic

 

que volia donzelles i donzelles…

De sobte el drac s’esbalaeix, té por.

Es perden riures, crits i cantarelles

en una regolfada de tristor.

 

L’amic i jo, les testes ajupides,

eixim, i d’esma som guiats pel rec.

Per enllà hi ha casetes resclosides

plenes, tota altra nit, de mitges vides:

les denes del rosari hi són dormides,

hi és oscat el renec.

 

Una finestra ben reixada estoja

(en una casa d’on tothom eixí

sinó ella) la boja,

plena d’incendi en el seu cos mesquí.

 

Era una dolça dona apiadada

que mai havia entès la fosquedat,

el desgavell terrible del pecat.

La seva filla, antany, se n’és anada

lluny, a la gropa d’un enamorat.

 

La mare caigué en terra. En aixecar-se,

s’havien envilit sos ulls serens;

els ulls fiblant, la cabellera esparsa,

cridava els homes amb udols obscens.

 

Aquesta nit de Sant Joan l’abranda

més que cap altra nit.

Ja tot en el silenci va de banda,

caliu esgarriat i goig marcit.

                                                                             

I ella, exaltada en sa presó deserta

per la gran solitud i el cel rogent,

es bada tota al vent.                                                                                  

Estranyament oferta,

 

és un aspi d’horror:

diu, de l’infern a les mateixes ribes,

amb profètiques ires venjatives,

el mal nom de l’amor

 

 

 

Noche de San Juan •

 

Bajo el claro de luna llena un amigo y yo

estuvimos comiendo cerezas en el portal.

Salta el fuego en la noche deslumbrada

en memoria de aquel dragón antiguo

 

que doncellas y más doncellas quería…

De pronto el dragón desfallece, tiene miedo.

Se pierden risas, gritos y murmullos

en un regolfo de tristeza.

 

Gachas las cabezas, mi amigo y yo salimos,

dejándonos guiar por la acequia.

Al otro lado se ven casitas de olor a cerrado,

cualquier otra noche plenas de medianas vidas:

las cuentas del rosario ahora están dormidas,

y ha mermado el reniego.

 

Una ventana de buen enrejado guarda

(en una casa de donde todo mundo salió

menos ella) a la loca, pletórica

de incendios en su cuerpo infeliz.

 

Era una mujer piadosa y tierna

que nunca había conocido la oscuridad,

el terrible desorden del pecado.

Un año antes su hija se había marchado

lejos, a la grupa de un enamorado.

 

La madre cayó a tierra. Al levantarse,

se había envilecido su mirada serena:

los ojos aguijoneantes, la cabellera revuelta,

llamaba a los hombres con aullidos obscenos.

 

Esta noche de San Juan la excita y prende

más que ninguna otra noche.

Ya todo en el silencio va dejándola aparte,

rescoldo descarriado y marchito gozo.

 

Y ella, exaltada en su prisión desierta

por la gran soledad y el cielo ardiendo,

se ancha entera al viento.

Extrañamente ofrendada

 

es un aspa de horror:

en las orillas mismas del infierno,

con proféticas iras vengativas proclama

el alias, el apodo del amor •

 

 

 

[De El cor quiet (Serenidad o El corazón en calma) de Josep Carner, dentro de Doce poetas catalanes del siglo XX, versión de Orlando Guillén] •

Deja un comentario