¡Ya parió la leona…! ¡Ya parió la leona…!

cherezadaportada

Acaba de aparecer en México (segunda edición, revisada; la primera es de 1992) coeditada por La Zorra Vuelve al Gallinero y Ediciones Le Prosa, la comedia trágica en dos actos de la cual doy la muestra abajo espiritualmente iluminada con las iluminaciones ilustres originales de Rodolfo Zanabria. Con el verso de Rey de bastos que da título a esta entrega así me lo anuncia Mario Raúl Guzmán

Orlando Guillén

Cherezada en la noche de los alfanjes

Primer acto

Escena segunda

Sala de la casa del visir, padre de Cherezada y Donaziada.

DONAZIADA: Por Alá sobre ti, padre mío, levanta ya ese ceño arrugado y ten confianza en Cherezada.

VISIR: Ah, Donaziada, hija mía, querida mía que has sabido ser como la luna durante esta larga noche amarga, durante estos tres meses oscuros… Por fin se cumple el plazo que, en consideración a que tanto tiempo he sido su visir, el sultán nos concedió, pagando así mis años de servicio… Me desespera y me abruma no saber ya si mañana las doncellas se atarearán con los siete vestuarios nupciales de Cherezada o si mi vejez, como pago de mi vida al Altísimo, a Aquel que todo lo dispone, habrá de soportar sobre su propio peso el peso del sudario frente al patíbulo de mi propia hija… Al alba… Ah, ¡pero cómo tarda el alba!

DONAZIADA: No debes tomar así las cosas, padre mío. El sultán es poderoso y terrible, pero sólo Alá es rey… Padre, padre, mira que desde estos últimos tres meses, desde que Cherezada vive con el sultán, han podido dormir con sueño tranquilo las hijas de los musulmanes; los padres de las vírgenes han podido por fin encontrar un momento de descanso, y la huida de las familias está a punto de cesar después de tres años de sangre y espanto… Mira también, mira padre mío, que apenas hace una semana que el sultán ha liberado al pueblo de pesadas cargas, impuestos y alcabalas… Aunque temerosa todavía, la gente se arremolina alrededor de los zocos, y los mercaderes ofrecen otra vez al aire libre el ajetreo de la mercadería, el olor de las especias… Y todo esto, padre, todo esto es obra de Cherezada… No puedes dejar de saberlo: la gente lo dice y el viento lleva esa voz por todas partes… El pueblo eleva su corazón hacia Alá, el Omnisciente, y agradece a Cherezada.

VISIR: Eres muy joven y arrebatada, hija mía… La llama del amor sólo florece mientras la atiza la pasión. Esa astilla tiene el corazón podrido y fácil la virtud. Además, no conoces al sultán. Es un hombre caprichoso y solitario, y hoy mismo puede ya estar harto de Cherezada. Hasta puede que sólo se complazca tanto tiempo en su compañía pensando en que pronto habrá de degollarla, y más todavía pensando en que ella lo sabe. Ese hombre es astuto y miedoso como una zorra vieja, y el crimen ha endurecido su corazón… Temo por Cherezada, hija mía… Ese hombre es un harén de sangre.

DONAZIADA: Perdona, señor y padre mío, si es vasto mi atrevimiento… Permíteme decirte que así como yo no conozco al sultán tú pareces no conocer a tu propia hija, que es carne de tu sangre. Padre, Cherezada es bella como la luna del alba y es inteligente y es sensible y es gentil y pura y ha leído los Libros… Cherezada, padre, conoce y sabe tratar a los hombres… Ni tú ni yo tenemos nada que temer.

VISIR: No es que no conozca a Cherezada, cuando que por ti y por ella he entregado mi vida y les he dado lo poco que he alcanzado a saber, con la gracia de Aquel que apaga y enciende el día. Es, simplemente, que conozco al sultán… Es tarde, Donaziada, retírate a dormir; eleva tu corazón hacia Alá y sueña y piensa en Cherezada. Yo voy a quedarme aquí esperando, hasta que la noche dé caza al amanecer. Hasta mañana, Donaziada.

DONAZIADA: Escucho y obedezco. Hasta mañana.

Hace una reverencia y sale. La luz se va con ella, siguiéndola, hasta que un resplandor solo ilumina la cara del visir. Su mirada escruta entre el público.

VISIR(tras una larga pausa): ¡Hasán, carroña hedionda, salta ya de tu escondrijo y ven a acompañar la vigilia de tu protector! (El visir espera mientras la luz va apareciendo sobre los focos de atención, mirando poco a poco hacia la puerta) ¿No me oyes, cabeza de chorlito, pedazo de junto al culo?

Se oyen pasos afuera. La puerta lentamente se abre. Entra un jorobado vestido con el traje de Arlequín. El gorro, sin embargo, es el del mago Merlín.

HASÁN (imitando la voz de Donaziada): Escucho y obedezco… (Ahora con su voz aguda natural) Viejo usurero del coño de las vírgenes ajenas, ¿temes por la dulce Cherezada?

VISIR: Temo, monigote. ¿Escuchabas detrás de la puerta?

HASÁN: Como corresponde y cumple a tu divertidor, gran barriga. Pero disimulé caminando primero hacia atrás y luego para adelante, siguiendo al revés volteado la dirección que siempre siguen tus pasos. ¿Qué? ¿Mucho miedo?

VISIR: ¡Ah, desgraciado, burla de Alá entre los mortales! Mucho miedo, sí. Mucho miedo, si es que en pocas palabras puede decirse lo que tengo.

HASÁN: Pues tienes mucho miedo pero muy poca vergüenza. ¿Sabes lo que significa la palabra IN-VE-RE-CUN-DIA? (El visir niega con la cabeza) Pues DES-VER-GÜEN-ZA… Una desvergüenza del tamaño de este día entre los días…

VISIR: Toma esa botella y sirve. A mí dame un vaso mediano. Tú puedes servirte hasta en tu propio gorro si te place.

Hasán sirve en un vaso que ofrece a su señor y luego en su propio gorro.

VISIR: ¡A tu salud, gañote aventurero!

HASÁN: ¡A la tuya, proveecoños!

Beben. Hasán lanza su gorro ya vacío al visir y luego piruetea a dos manos.

HASÁN (deteniéndose): Sírveme otra gorrocopa, patrón de tullidos, mientras me ejecuto unas cuantas machincuepas (Semisalta y semibaila. Se para de pronto y señala al visir con el índice) ¡Proveecoños!: tú pintaste de rojo las sábanas del sultán, ¿te acuerdas? Pero más roja fue la mañana del día siguiente, cuando sobre el rojo fondo de la naturaleza el sultán vertía la sangre de las muchachas decapitadas por su mano. Tres años, ¿eh? Se dice pronto… ¿Lo recuerdas, proveecoños?

VISIR: Nada tengo que recordar, infame pajarraco. Nunca mi mano cortó el cuello de las musulmanas.

HASÁN: Ya lo dijo el poeta:

Tan roja la mano de quien tira de la cabeza de la muchacha

               como la de quien la corta y a recogerla se agacha;

               o sea, que tan culpable el que la vaca mata

               como el que le agarra la pata.

VISIR: Mi visirato estaba ligado al sultán por un pacto sagrado; por un juramento secreto entre su padre y yo, allá en los días de la juventud. Ese juramento y ese pacto me obligaron exactamente hasta el día de hoy. Mi separación del sultán, pues, está próxima. Y ahora vete, negro zumbón…; ya me he divertido bastante. Deja que me quede solo con Aquel en quien puede confiarse.

HASÁN: Adiós, amigo viejo. Te deseo que la dulce Cherezada siga por la mañana viva. Y si es así invítame a la boda, porque los muertos también envejecen y hay que aprovechar mientras el cuerpo aguante. (Cantando) Adiós, adiós, adiós.

Sale dando brincos y trompicones. Se oyen sus pasos alejándose.

VISIR: ¡Hasán, carroña inmunda!

Hasán vuelve.

HASÁN: ¿Decías, «rey de los hidalgos, señor de los tristes»?

VISIR: Olvidaste tu gorro. (Se lo arroja) ¡Toma, vete!

Hasán lo atrapa. Hace una reverencia y sale.

Oscuro.

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