
Brindo a la memoria protopoética del gran escritor, historiador y pensador de cosas antiguas perfectamente contemporáneas Alfredo López Austin, este registro mío nervioso menor de obras mayores •
López Austin y los orígenes
mierderos del albur
El teco Toledo, pintor de polendas, sostiene desde hace algún tiempo el proyecto editorial que lleva su nombre. Bajo ese sello apareció en 1988 Una vieja historia de la mierda, libro amarillo notable que con el olor por guía acometió el olfato antropoeta y escatolúdico de Alfredo López Austin.
Si sólo tomáramos estos legajos cagaos como un ramo de epígrafes, la importancia del tomillo que conforman aquellos diseminaría sobre estos la pringa prieta de su flor de mierda original, pues es sabido el poder de sugerencia de los epígrafes en el alma de los artistas y el que obran sobre los pueblos las grandes obras de arte, sobre todo si apestan. Mas, en la misma medida en que la mierda es sinonimia de la obra en tanto producto acabado de una digestión de espíritu y ya externo: des-echado, también pueden purgarse estas páginas y sacar de ellas jugo verde espeso acerca de los orígenes del albur.
Así tenemos que:
El recto es cuilchilli: “el chile pintado”, y los bordes del prolapso rectal son cuilchiltentli.
El esfínter del ano es tzinmotzoliuhcáyotl: “el agarrador que está en el ano”.
El trasero, y en particular el ano, es tzintli: significa tanto “el pequeño” como “la base”. Otro nombre del ano es tzóyotl: “el mugroso”.
La carne de las nalgas es tzinnácatl. Las nalgas son tzintamalli: “tamales del trasero”; su piel es tzintamalehuayo, y sus pelos tzintamaltzontli.
La línea interglútea es tzinatlauhyo: “la barranca del trasero”.
Si el recto es el chile pintado, la expresión “hablar al chile pinto” o la sincopada simple “hablar al chile”, remiten hablando rectamente a la claridad de que se le habla al culo, al ojete, la neta para que entienda. Y así se desface un entuerto: que siendo macho el que habla se dirija a la verga de su interlocutor, pues tal podría desprenderse de que la palabra chile en lenguaje corriente nominal fálico se ostenta. Quien pide en cambio que se le hable al chile pinto, extiende manifiestamente sus cartas credenciales de culero.
Por otra parte, visto como “agarrador” el esfínter del ano, la palabra coger, tan nuestra, vindica un remoto entronque sodomario —aunque yo prefiero aquello de “ir a coger flores”…
Y si el nombre mismo del ano resulta ser “el pequeño”, deshoja la margarita de su misterio el título de “el chiquito” para tan encantadora joya escatofílmica y metafálica. Y se comprende la razón que asiste a “La Chiquita” González para no levantar la mano por las plazas de este mundo al masculino de su alias. Y asimismo el elegante saludo a quien se tira un pedo: “—Si ese es el perfume, guárdame el frasquito”. El hecho de que tzintli signifique también “la base”, no hace referencia al juego de pelota sino deslinda el uso extendido como propio y para nada eufemístico del vocablo asentaderas en lugar de nalgas. En este mismo orden de ideas, si entendemos el ano como tzóyotl es de lesa inteligencia no capizcar por qué cuando a alguien lo agarran de su puerquito le recomiendan que se lo lave. A propós: “te lo labastidas, jaime, porque te apessoa”, dijo Julián Guillermo Gómez.
Es oportuno reverenciar el sentido jugueteatrero que asume el comensal que a las nalgas llama tamales del culo, pues de ahí se desprende la representación gráfica que indica que andarse comiendo a alguien es andárselo cogiendo, y así igual remonta al conocimiento de por qué se revierte un raudo “cómo no” (con acento cuya curva pierde en la recta como en el recto) a la mera mención de tal palabra de olla.
Y para bajar al vuelo desde la cima hasta la callosa punta del pie de este apartado vi que era bueno decir que si la línea interglútea puede concebirse como “la barranca del trasero”, se explica solo el memoriero y soberbio albur doble según el cual el alburero se autodesigna El Chico Temido de la Cañada Honda.
Los hijos de la fe son instrumentos de la muerte.
La mierda es el producto de la locura de las vísceras.
Cuerdas de amor hieden a bálsamo, pero igual ahorcan: universo escindido el de los mexicas, hacía del cuerpo pasto de batalla de dos mitades por opuestas complementarias. La parte alta también aquí acoge para sí las razones del espíritu que dan sustancia al destino. La pasión que es meollo de vida, comparte el habitat ominudo de la mierda. El sexo ocupa así por vivir en quinto patio una posición transgresora.
Los pecados sexuales invadían el organismo con flemas malignas que envolvían el corazón, provocando la locura del incontinente. Sólo había una forma de librarse del mal: el enfermo, arrepentido, acudía al sacerdote a confesar sus culpas, disolviendo con ello las flemas de la opresión. El sacerdote que recibía la confesión era el de Tlazoltéotl (la “Divinidad de la Basura”), por otro nombre Tlaelcuani (“La Devoradora de Excrementos”). Era ella la que había provocado la lujuria: en ella estaba la desaparición de sus consecuencias: recobraba el influjo y lo ingería (“lo chupaba”), volviéndolo a su fuente. El pecado sexual era excremento: la diosa lo hacía suyo de nuevo.
Adviértase de paso a la luz de esta cita por qué se dice “ir a tirar la basura” o con trino de pájaro carpintero “ir a tirar la viruta” como sucedáneo válido de ir a cagar. Y ahora olvidemos el pasado y volvamos al amor:
Mierda y pecado sexual se unen en el máximo oprobio. Puta y puto son mierduchas, perra y perro de mierda. López Austin reproduce el pasaje testimonial del Códice Florentino de acuerdo con el cual el puto llena de mierda el olfato de la gente y por hacerse pasar por mujer merece ser quemado. Traigo a cuento todo esto porque, para los fines de mi análisis trunco es preciso dejar establecido “el rigor con que los mexicas perseguían a los homosexuales”.
El albur es en efecto lenguaje furtivo, catártico si se quiere, pero siempre a la defensiva: en un mundo de machos, no pasar por puto: al menos, no ‘pasivo’. Su fuente, por tanto, bien puede compartir con el caló del hampa la primigenia esoteria de un lenguaje de perseguidos; la línea defensiva de un mundo de habla impune frente al común no iniciado. Los recovecos que han hecho posible la forma que el albur asume hoy pueden o podrían seguirse a compás de pato del andar de una sociedad de machos que evoluciona (sobre todo después de verse aplastada por la bota —ibera— de otra, y acomodarse a ras), pero ese ya no es asunto que me competa por más que no me exceda.
Cuando un trompo “no se las barría” (es decir: cuando al cesar su baile la inercia no lo empujaba un trecho) se decía de él con desprecio en los espaciosos patios de mi infancia que donde cagaba ahí meaba. Nunca podrá decirse tal del libro de López Austin que me ocupa, pues su texto sí que se las barre, y meando y cagando y embarrando y embarrándose a destajo permite y sugiere múltiples lecturas. Terminaré, pues, este escrito jugando a las adivinanzas. Para comenzar, a la siguiente que el autor expone: ¿Qué cosa es “ya va a salir, toma tu piedra”?, cuya respuesta es: la mierda, opongo esta otra de estirpe sincrética zoque popoluca: “En medio de dos cerros/ Bramó un becerro”, cuya respuesta es: el pedo (Y también de los patios aquellos sobre los cuales tanto ha llovido ya retrotraigo el hedor picante de la palabra con que se nombra todavía la caca de las gallinas y demás aves acorraladas: escuitate. Y encuentro dos hachas posibles para abatir el tronco de su enigma: metzcuítlatl: la mierda de la luna, e ixcuítlatl: la mierda de los ojos: la lagaña. Acaso el maestro sepa de cuál procede, incluso si al pelo viene otra ráiz).
Y el anillo de Tlalocan se cierra con una respuesta al perplejo:
—¿Para qué trabaja el teco?
—Para que la teca gaste…
[Recogido en mi glosario de vida periodística y otros garabatos espirituales La estampida de los hipócritas, México, 2006; texto de 1990]
