
Ayer sustituí actualizándola mi versión completa a Menja’t una cama (Chúpate el dedo grande), de Gabriel Ferrater, en mi edición virtual de Doce poetas catalanes del siglo XX, nunca se sabe hasta cuándo en movimiento • Salimos perdiendo en la distribución de los versos [fajillas cerriles del sostén virtual/ allá y en esta p.] y ampliamente ganando en el texto • Doy ahora esta muestra que, salvo excepciones pensables y documentables, ya no puede ser comparada con su antecesora infeliz:

EL TÍO
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Para ellos, la hora mala. Confituras,
naranjas y tostadas y café.
Pero sus manos tiemblan sin frío,
desnudas burbujas de nivel, y acusan
su incertidumbre. Los padres tosen,
meditan la polilla que se pega a lo viscoso
del tazón de leche, y olisquean otras membranas
de vida amarilla y plana que los enmaraña.
Se llevan su asco a la calle
y debe haber tardado en disipárseles.
A medio día, es cierto, vuelven los padres
ya con muy otra cara. Ya son ellos,
tal como deben ser. Conocen los principios
de los buenos órdenes, domésticos y políticos.
Afirman y disponen, dejan dicho.
Remueven el cajón de sus más viejas
madejas de experiencia, y las cuelgan,
para ovillarlas, en las manos de sus hijos.
Las manos se cierran, el frío gana dedos,
la sangre toda del mundo circula lenta.
Hablan los padres y zumba la espera
de que callen. Las imágenes de la mañana
como bestias temblorosas en el fondo de las cuevas,
han permanecido, miserables, en sus ojos
vaciados de fe. Y los hijos, segurísimos de lo poco
que han visto y de lo mucho que para ellos quieren,
no olvidan que a sus padres se les ha abierto,
ominosa, la grieta en la pared.
Brumosos de desprecio, resbalan por los cristales
de la calle inhóspita que fuera un hogar.
¿Dónde está lo seco y seguro? Se revira un guante,
y lo de adentro queda afuera. Las cosas creíbles
están afuera. Desde algún Ningunaparte oyen
que los llama el Tío. Saben quién es: el Tío malvado,
con quien sus padres no se llevan. Lo buscarán,
mendigarán que los eduque para una vida
donde nunca, por mucho que los despoje la noche,
desnudos por la mañana, conozcan la vergüenza.
Siempre rondando terrenos de entendimiento,
el Tío no se les rehusa. Cómplice sutil,
les sale al paso en los rincones donde se pierden.
Deferente con lo que quieren, Él mismo los guía.
Años por Ningunaparte, y cuando también Él muere,
vuelven. No hablemos más de eso. Cierto día, sienten
que la mañana es para ellos la hora mala.
Ya crecen sus hijos. Miran a su alrededor, se cuentan,
y no se encuentran completos. No ven en Ningunaparte
a la hermana, tan tranquila
que mató a su gato pegándole con una piedra
y durmió tres noches con el gato muerto.
¿Dónde está el hermano mayor que los atormentaba
dándoles a cumplir tareas oscuras?
¿Y aquel que decía que siempre andaban sucios,
que apestaban todos a peste de hombre? No conocen
las buhardillas de Ningunaparte, hasta las que subían,
en los tiempos del Tío muerto, sus preferidos.
Todos los perdidos se hallan allí: están esculpiendo
para los hijos nuevos la cara del nuevo Tío.
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