La poesía de Carlos Martínez Rivas

Orlando Guillén
La insurrección solitaria

 

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Única y ascética por el filo de su desolación humanísima y por su renuncia, la insurgencia poética en solitario de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) es a su muerte resurrección. Teoría de la poesía por su práctica. Solo de poesía para ejecutante irrepetible cuya elección es elegía. No por reducción a destino sino por desnudez la palabra es el hombre. Y cuando perfección es lo contrario de obra maestra, el poema es el crimen de amor perfecto: el poeta y el instrumento. Teoría autónoma por cuanto su práctica como queda arriba implícita la espolea por el costillar trágico: el tamaño del poeta que enfrenta con la vida en la mano el tamaño de la muerte y los tamaños del cosmos y del mundo. Así la canción en acto es la consecuencia y es la causa y la creación el misterio enamorado. Amor y muerte a una piedra de prodigio tensos y al conjuro simultáneos. Pie de ausencia que triunfa, la mujer de Lot y no la Amada Inmóvil. De Yadira de carne y hueso poéticos rotunda, pasando por Melba epigramática, a Dalila real y alegórica, el encanto al acecho con la castradura del amor cotidiano de la mujer contra la creación del insurrecto. La desolada compañía. La desoladora. El amor borracho a grandes puños de lumbre. Mujer a pique y hombre al agua ni vanidad por intento por la gema virgen del logro (y aún ahí la contradicción: ¿Y si fuera otra cara la verdadera, y no ésta,/ sino la otra, la mal hecha, la que no se parece/ y es distinta cada vez? ¿La del Hombre/ del Trapo en la Cabeza, el que se cortó/ la oreja con una navaja de afeitar/ para dársela a la menuda prostituta?): la creación del absoluto: el poema. A solas el poema es lo que existe en sí por su belleza y es verdadero y está vivo por el poder creador que lo rescata como forma de la totalidad. Paisaje de hombres y mujeres recio. Reciedumbre más allá de la misoginia y la misantropía, el poema es genio de contemplación abstracta y plástica: «Ten cuidado con los casados que se retiran temprano./ Témeles./ Al Marido, a su Trabajo, a su Mujer, témeles./ No les toques ni te toquen. Yo, les tiemblo./ Es contra nosotros que se han casado./ Es contra ti y contra mí, amor mío,/ que ellos se retiran temprano a su trabajo;/ los productores, los engendradores, los publicadores de libros./ Son el Demonio. El Demonio más activo que Dios./ Es el diablo y su banda de muertos laboriosos». La mujer

 

 

se ancha en la resurrección de los miserables desde el andrajo enamorado de sus progenitales y donde mea y caga allí croan aquellos enamorados hasta las heces. En el retrato la clase social es grey abyecta de pensamiento y de sentimiento, en oposición a la conciencia creadora individual, sin lucrar odio y resentimiento de la alta para arriba. Habla de su propia gente y de sí mismo: de su familia, de sus amistades y de todo lo humano que se mueve en ultrachinga de ser. Se trata de un moralista ético: ácido como imagen de aguafuerte en Goya, cuyo moralismo es raro ingenio temerario por Rubén Darío. El poema es el punto de absoluto. La vivencia y la encomienda: sostener única y nada más la poesía. Figura más bien de un atlante solo, eso tiene de prometeica y de mesiánica esta insurrección solitaria que también es la de un católico. Habla a grandes cuadros con voz de la Biblia, y no por mero saludar a Walt Whitman. Esta poesía aduce la convicción de la misión creadora hasta la caricatura kamikaze. Convicción y no intento, y fuerza ciega de espíritu. Estilo castigado como ataque de cuchillo a guitarra. Esta poesía mete la mano ensangrentada en la entraña de la víscera tañendo. El desconsuelo es fatal y fecunda la agonía cuando canta. Cuando hace de su amor canción en vilo. La concisión de música para ética poética es arrebato de ritmo interior en la meditación y el sarcasmo y aún en la ironía. La necesariedad de lo estricto: la mujer enemiga. La soledad del poeta es la de la tribu como quien brutalmente recuerda. Tribu de este siglo entre la tribu del tiempo tribulado. Por Neruda residencia en la tierra del espíritu. Harmonía del gran Todo por Rubén Darío. Patología del ser que es del espíritu en Ramón Martínez Ocaranza. Relampagazo a salvo de la Usura en Pound. Alma que a todo un Dios prisión ha sido y polvo enamorado en Quevedo. Jardín de Edward Stachura que devora la langosta. Dios ni hijo de Dios sin desarrollo por Vallejo. El límite es el punto de arranque allí donde Paco Seguí decapita la prohibición de amar las cucarachas: avara presencia la andadura de la poesía y todo vuelo a tranco de ala inmortal. La pira de lira que necesita proclamarse para parecer ardiendo en el rescoldo editorial ha desvanecido y ocultado a Carlos Martínez Rivas, muerto de los de antes y muerto de ahora poco, poeta día que avanza hasta de bruces en la Noche. Allá en Nicaragua de

 

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donde es indígena, pétalo a pétalo se sustrajo a la muerte: «Pues si esta noche el alma./ Si esta noche quisiera el alma hundirse/ en la infamia o la ira/ hasta el fondo, hasta que el pulgar del pie/ brille contra la roca en la tiniebla/ del agua; y desde allí/ intentara una vez más/ bracear, cerrar los ojos,/ hundirse aún más hondo, no podría./ La ola de la Tontería, la ola/ tumultuosa de los tontos, la ola/ atestada y vacía de los tontos/ rodeádola ha, hala atrapado./ Inclinada sobre el idioma, sobre/ el pastel de ciruelas, lo consume/ y consúmese ella disertando./ Y danza. Pero no al son del adufe,/ sí del castañeteo de los dientes/ que agitados por el rencor y el miedo/ producen un curioso tintineo./ Al son del ¡sun-sun! de la calavera». Un día habrá que no será. Y será memoria en San José

 

[México,1999]

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