Doce poetas catalanes del siglo XX/ 4

llull 2


 

https://docepoetascat.wordpress.com/category/doce-poetas3/

 

Epílogo

Enric Casasses

NOTICIA DE LA POESÍA CATALANA

[Fragmento]

 

 

llull 1

 

 

Sembraba el amado diversas simientes en el corazón de su amigo,
donde nacía y enramaba y florecía y graneaba un fruto único;
y la cuestión es si de este fruto pueden nacer diversas simientes.
Ramon Llull, Libro del amigo y del amado, 257

 

COMIENZAN LAS METÁFORAS MORALES

 

La poesía escrita en lengua catalana empieza con esta frase anunciadora de lo que vendrá. Es la primera línea del Llibre d’amic i d’amat de Ramon Llull (1232-1316): “Comienzan las metáforas morales”. En seguida vienen unos pequeños poemas en prosa, tantos “como días tiene el año”, escritos en Montpellier en 1283. El autor del libro no es propiamente Llull sino un personaje suyo, Blanquerna, quien en el último capítulo (el 99) de la novela que lleva su nombre decide escribirlo. Estamos al final de la novela y Blanquerna ya es viejo. Completó su educación, ha llegado a lo más alto, incluso a ser papa de Roma; pero aún aspira a más y renuncia al papado para hacerse pobre y ermitaño. Escribe entonces el Libro del amigo y del amado, que constituye el capítulo 100 de la novela, y esta se cierra, así, con los escritos del protagonista, con la quintaesencia de su lección (y no se podría encontrar cerradura más abierta). Llull, pues, presenta su obra mayor como obra dentro de una obra; simula que la experiencia que relatan los poemas es la de un personaje de ficción, y la presenta como imaginaria y, por tanto, como imaginable. Eso no la hace ni más ni menos sincera: es una de las obras de la literatura universal que más sinceridad respiran. De hecho, sin siquiera cuestionarlo, se ha entendido esta obra en todas las épocas como la manifestación de la experiencia más intensa de Llull, y lo es. El juego literario del autor ficticio y de la obra dentro de la obra (en el sentido en que se emplea aquí), es un truco para echar la mirada hacia delante, factible de formularse blakeanamente: es imaginable, ergo será. Porque Llull no habla de algo que le ha pasado a él sino de lo que te pasará a ti; aquello que, habiéndote dejado cautivar por la novela puedes llegar a creer inminente que te pase: si te identificaste, por poco que haya sido, con el protagonista, cuando llegas al final te conviertes en autor de los poemas, compartes su elevación espiritual. Tener que pasar por Blanquerna intermediario es un atajo más directo que si directamente te lo indicase Llull. Sea como fuere, el caso es que pese a todo, de inmediato, todavía en vida del autor, el Libro del amigo y del amado se independizó de Blanquerna y empezó a circular con vida propia y es hoy todavía la obra más difundida y traducida de la literatura catalana. Vuelvo al capítulo 99: cuando Blanquerna se siente inflamado por la inspiración no se pone a escribir para satisfacerse a sí mismo, o por el gusto o por alguna comezón interior sino en desagravio de la realidad, gravemente perjudicada por los hombres, que actúan más por miedo que por amor. Por decirlo en palabras de Llull: “Quien teme más a Dios que lo que lo ama, se ama más a sí mismo que a Dios”. Esto pertenece a un libro posterior, el de los Mil proverbios (dado en Mallorca, en 1302, cuando él tenía setenta “viniendo de ultramar”), donde también se lee: “No ocultes la verdad que conoces a aquellos que la han menester”. Uno de los antiguos manuscritos que preservan este libro atribuye su paternidad ni más ni menos que al rey Salomón. Pero los proverbios de Salomón se fundan en el temor a Dios, y los de Llull en el amor. Entre ambos libros, en 1298, en París, el sabio mallorquín había terminado el Árbol de filosofía del amor, su libro más atacado por los inquisidores, donde sostiene que las ciencias del entendimiento y la verdad sin las ciencias de amor y de bondad abonan el crecimiento de una “mayor capacidad de hacer el mal y de engañar y de traicionarse los unos a los otros”, y llevan al desastre. Pues bien: el árbol de la filosofía del amor le da su definición: “Amor es cuerda con la cual está el amigo atado a su amado”. No me baso en estudios profundos que no he llevado a cabo sino en lecturas mías, interesadas, ávidas; y entiendo que a despecho de lo que digan los filoteólogos, Dios en Llull quiere decir la realidad. Aproximadamente. Es un concepto que no se está quieto; que está en proceso constante de casi dejarse definir, y queda abierto. No estoy negando la lectura católica estándar sino afirmando la otra. Los conceptos básicos de Llull (lo subraya él mismo explícitamente y es uno de sus caballos de batalla), son válidos para cristianos, judíos y sarracenos. Y en consecuencia, añadiría yo, también lo son para estoicos, epicúreos, y para nosotros, europeos u occidentales de estos tiempos del todo es ahora y nada también. El momento de ponerse a escribir el Libro del amigo y del amado (aquel en que Blanquerna se enciende de inspiración, tan bien descrito en pocas líneas en el capítulo 99), es precisamente el que hace suyo Vinyoli en la nota al poema “Si de nit” de Domini màgic. “Si de nit” es un poema llulliano por las razones expuestas por Vinyoli en la nota, pero también por la “fortuna/ de fer un tot unit/ amb sol, terra i lluna”, y más todavía por la aparición en sus últimos versos de la escalera de los seres, que lleva al mayor saber y es practicable por amor y no de otra manera.

 

 

Así, desde el título de su primer libro la poesía catalana nomina con total claridad su territorio: el amigo, el amado, y entre ambos la cuerda, la y copulativa del amor (que ya no es exactamente el mismo de los trovadores). Amor a la realidad. Y en la primera línea de su primera página define el medio y la manera: las metáforas morales (que comienzan ya a ser las nuestras). Mirad en la introducción de Orlando Guillén sus comentarios sobre la moral en Ferrater y la ética en Vinyoli. En una breve anotación de diario, Ferrater despeja: “El tema de la literatura moral no es la experiencia que el escritor tiene de los demás; es la inexperiencia en que se siente frente a ellos”. En Llull las metáforas morales son los poemas; o mejor: lo que quieren decir los poemas; o mejor todavía: lo que te dicen los poemas —los cuales en el Libro del amigo y del amado están en prosa: nada más lejos del arte formal de los trovadores. El libro fue escrito (lo dice su autor en el citadísimo capítulo 99) según el estilo de “esas gentes que llevan nombre de sufíes”; es decir: inspirándose en modelos de la literatura mística o religiosa del islam. Comienzan las metáforas morales.

La poesía catalana, pues, arranca en prosa. El poema en prosa es un género que no reaparecerá con peso en las lenguas europeas hasta los siglos XIX y XX; entonces acudirán a él, además de algunos románticos, el modernista, el simbolista, el dadá, el surrealista… Todos ellos tocados por Llull o por lo menos por la huella llulliana, como veremos más abajo. Se puede decir que en la civilización europea todo proviene del verso de los trovadores y de la prosa del amigo y del amado (digo civilización: hay otra onda europea, la incivilización, que surge de los inquisidores y sus piras, y que aún intenta predominar —por más que la civilización en que viven los poetas sea en realidad mucho más poderosa, porque pese a tanta sangre y tanta brutalidad existe todavía). El poema en prosa tiene su santo patrón en Llull.

 

Llull 5

 

 

Antes del gran mallorquín ya había poesía catalana, pero se componía en lengua provenzal. Incluso Llull cuando escribe en verso escribe aprovenzalado. La irradiación de la cultura vecina era de tal magnitud en el terreno poético que fascinó a los poetas catalanes y también a muchos del norte de Italia y otras regiones. Nos referimos a la poesía culta, o para decirlo más cultamente, a la poesía de autor. Muy pronto la cultura provenzal se vio clausurada por decreto apostólico y por la fuerza de las armas, de manera que hoy la podemos ver como un todo (el gran canto) y verle su sentido: si el descubrimiento de los trovadores es la inseparabilidad de la poesía y el amor, el tema concreto de sus versos es la práctica posible del amor libre y multiforme, lo que imbrica toda una visión de la sociedad que contribuya a ello, que a ello se preste, que a eso se dedique: el amor, el disfrute del amor, la gentileza, imponen una escala de valores que está por encima de las diferencias de riqueza y de rango, porque es más activa y porque importa más que estas. Y en su horizonte ideal visible las anula. El tema es el amor; y el medio o el modo (su metáfora moral), la rima. El campo del amor, tanto si surge del corazón (Bernat de Ventadorn), cuanto si encarna uñero en la uña (Arnaut Daniel), es el campo de la rima: “es lengua en el beso/ entremezclada”: así define la poesía el trovador Bernat Martí el Pintor. Algunos de los grandes trovadores, o algunos de los trovadores de la gran época son catalanes. El catalán y el provenzal son lenguas muy cercanas: musicalmente tienen una sintaxis casi idéntica: “Vos que hicisteis catalán el lírico/ verso de Bernat de Ventadorn”, dice Ferrater a Foix, y tiene razón ciertamente por lo que toca a Foix, pero en su conjunto la poesía catalana siempre ha tenido por suyo, siempre ha sabido sentir en catalán o como si estuviese en catalán, el lirismo de Ventadorn, la brusca reprensión fonéticomoral de Marcabrú, la recta ley de la nada de Guilhem de Peiteu, y la poesía trovadoresca misma en vilo. Cuando la cultura provenzal cayó en picada, la catalana se sintió su heredera porque era su heredera, y mantuvo (por mucho tiempo) su lengua, y (para siempre) sus formas y su espíritu. O séase que la poesía catalana comienza en provenzal.

En la microfonética espiritual íntima de la poesía catalana este legado llega claro y vivo hasta nuestros días, viajando por el espacio donde flotan las semillas de los poemas (el mundo real) sin necesidad de recuperaciones románticas ni de ninguna otra clase. El tiempo de los trovadores se acaba de súbito porque redondamente se quedan sin sociedad: “desaparece el sostén, el medio de cortes y oyentes que da vida, material y artística, al trovar”, dice el poeta francés actual Jacques Roubaud, y “La razón es clara: la cruzada contra los albigenses, la invasión francesa, la instauración de la inquisición. La inquisición combate a los cátaros, pero poco a poco las ideas del amors se van haciendo indefendibles y acaban siendo explícitamente condenadas”. Más adelante Roubaud matiza que el trovar “no desaparece, en realidad. En un lugar, a pesar de todo, se prolonga por más de un siglo: en Cataluña. Las razones de lengua son evidentes. Las de poder también. Son los siglos de la gran Cataluña mediterránea. De Cerverí de Girona a Jordi de Sant Jordi y Andreu Febrer, el trovar catalán parece suspender el tiempo, o más bien dicho darle una marcha mucho más natural, donde la forma de la canción y el serventesio permanecen, y donde el juego de las rimas se continúa practicando”. El caballero Jordi de Sant Jordi, autor de escasos poemas, algunos de los cuales cuentan entre los más poderosos de la musa catalana, tiene uno muy famoso en provenzal catalanizado o en catalán provenzalizado: “En la misma frente llevo vuestra bella imagen”, que suele cerrar las antologías de los trovadores y abrir las de poesía en catalán: un mismo y solo poema es el último de una lengua y el primero de otra.

 

 

Se necesitó tiempo para que la lengua poética se fuera desaprovenzalando, poeta a poeta y poema a poema, hasta el verbo ya totalmente arrancado del corazón de nuestro idioma de Ausiàs March. Este valenciano que renegaba de hacerse viejo (“porque vejez en valencianos poco aprovecha”) mete la mano en las entrañas de la lengua y le saca batiente su corazón vivo, poniéndolo a la vista; el corazón en la mano, hace siglos que nos lo enseña y el corazón no muere. Como Llull, es un autor que hoy se lee más que, seguramente, en cualquier otra época. Pese a tener una tradición ya secular y muy prestigiosa detrás (y que llega hasta su propia casa), a March se le considera, y lo es, el primero que versifica en su lengua y “dejando aparte el estilo de los trovadores”. Pero, naturalmente, cuando busca un ejemplo de amante fuera de serie entre aquellos a los cuales ya “la tierra les es velo”, recuerda justamente a Arnaut Daniel: eso está en el poema 47, el que comienza: “A mal extraño, pena extraña/ y el remedio tendrá que ser extraño”, y al final declara que el amor “uñas no tiene con que mi carne rasguñe”. Dije “hasta su propia casa” porque dos maestros de la poesía medieval son su tío Joan March, y su padre, Pere March —autor este de los famosos poemas “Me maravillo de cómo no ve quien ojos tiene” y “Al punto que se nace comienza el morir”.

Si Llull pone los pies en la tierra y siente subir hasta él desde la tierra misma la savia del amor, Ausiàs le clava por amor los dientes a la realidad y no afloja la mordida, o cuando menos así suena la muy concreta música de sus versos. Estas dos obras, la de Llull y la de March están vivas y vivificantes en la poesía de hoy en una medida en la que quizá no lo esté ningún autor posterior. La forma de su letra no mata; al contrario: nos provoca, deslumbra y estimula. Y la vida de su espíritu, tan llena de virtudes todavía por descubrir, interpela ahora más que nunca o tanto como siempre: su obra no ha callado, no lo ha dicho todo: no hay tal todo, porque está viva y aún nos sorprenderá. El uno es una fuente que riega una cuenca inmensa y mana y mana. El otro un volcán en erupción, y escupe y escupe lava encendida. Quizá en la catalana es más intenso, más cargado de intención que en otras lenguas latinas el diálogo con los grandes medievales y sobre todo con estos dos: su presencia otorga a la poesía catalana del siglo XX, en su sensatez, una pujanza osada como el amor (la brillantez de Llull no se apaga ni declina) y un eje de inteligencia moral activa (March no para de aguijonear). En algunos raros pasajes estos dos tan disímiles autores parece incluso que intercambiaran los papeles: “Desenamorado fui engendrado y desenamorado nacido y desenamorado he sido en este mundo casi todos los días de mi vida” (Llull, Libro de contemplación en Dios, cap. XIV, 21). “En lo finito pretendiendo los infinitos” (March, poema 122).

 

jaume I 3

 

 

Todo esto en la poesía, porque la fascinación por el provenzal sólo se había dado en verso. Las únicas prosas escritas en provenzal en Cataluña fueron tratados de versificación provenzal. Y es que mientras los poetas cantaban o renegaban en la lengua vecina, la prosa se escribía en catalán puro: el bello catalán gótico simultáneamente románico, porque lo gótico catalán transfigura lo románico sin arrinconarlo. Es un gótico dignificado por su contención romana. Uno de los primeros y más notables prodigios de la prosa, y de la lengua, es el Libro de los hechos de Jaume I El Conquistador, única autobiografía de un rey medieval. Como protagonista y como autor el rey tiene gran talla; escribe componiendo con la confianza y la sencillez de aquel que sabe que adquirirá altura mítica. Es una crónica (de los hechos de su reinado) y unas memorias (de su evolución como persona). Un fundador mitológico humano, ¡y que escribe! En la nación catalana algunos de sus mitos más importantes son reales, humanos y escritores (Jaume I, Ramon Llull, mossèn [cura, padre o padrecito] Cinto Verdaguer, Pompeu Fabra…). Pues bien, la gran prosa inicial e iniciadora es la de Llull, como lo hemos visto y lo volveremos a ver, y Llull también es un personaje de la mitología, quizá el principal de todos. Algunos católicos quisieron declararlo hereje; otros quisieron hacerlo santo; y ni unos ni otros se salieron con la suya. Giordano Bruno (filósofo que sí que fue ignominiosamente quemado vivo por los católicos en el año 1600), hablaba de él así: “Entre aquellos que en soledad han conseguido la visión y adquirido poderes maravillosos se encuentran Moisés, Jesús de Nazaret, Ramon Llull y los contemplativos establecidos entre los egipcios y los babilonios”. El Llull filósofo y el Llull poeta y todos los Llulls son un mismo Llull, algo excepcional en aquella época. Cuando filosofa, más que el razonamiento lineal (o deductivo: de un punto se pasa al siguiente y se avanza recorriendo una línea), la forma predominante de su lógica es analógica (se argumenta con base en paralelismos y armonías entre líneas, lo que es algo mucho más potente y requiere, en lugar del criterio de verdad demostrada de los deductivos, un punto de intuición llamado también sentimiento o bondad: la filosofía del amor; y entonces no falla). Es el criterio de verdad que escribe en estrofa sáfica y sin comas Brossa: “Borra amor imaginarios límites/ Oh Verdad el anhelo con que te recibo/ El ardor con que te deseo te hace perenne/ Inextinguible” (El pedestal son sus zapatos, 1955).

Ahora vuelvo a comenzar de cero.

 

llull 6

 

CERO

 

Un monje ripollés, abril de 1151… El monasterio de Ripoll, célebre ya hacía más de tres siglos por sus sabios, primeros introductores y traductores de la ciencia arábiga al mundo europeo occidental, inventores del cero… La villa de Ripoll, rica y bien acompañada por la incesante y poderosa canción del río Ter, entre prados de yerba abundante, densos boscajes plenos de rumores y las cimas del Pirineo… La biblioteca del monasterio: un amontonadero de centenares de libracos y legajos en cajas, en pilas, en armarios; y entre ellos, casi hundido en el olvido, un viejo diccionario escolar, el Liber glossarum et timologiarum, que entonces ya había cumplido más de docientos años, que muy poco lo habría de consultar nadie, y que tenía unas cuantas páginas escritas por una sola cara… 1151, pues, al despuntar la primavera, un monje ripollés anónimo y enamorado se lleva este voluminoso volumen a su rincón de escritorio y aprovechando aquellos ya para él antiguos pergaminos, escribe en un latín de andar por el claustro y sobre todo de andar por los alrededores del pueblo y por los pueblos de los alrededores, una bella colección de poemas eróticos o amorosos: Cum aprilis redit gratus/ Floribus circumstipatus/ Philomena cantilena/ Replet nemoris amena/ Et puelle per plateas/ Intricatas dant choreas (“Cuando vuelve el grato abril largamente cargado de flores, el canto del ruiseñor llena los rincones gustosos de los bosques y las mozas en las plazas trenzan sus danzas”). Es el latín de los goliardos, de los monjes vagabundos, de los clérigos de hábito a menudo arremangado, el de las Carmina burana y el de estas Carmina rivipulliensis [Canciones ripollenses]. Es una poesía que circulaba por toda Europa entre monjes y estudiantes que sabían una pizca de latín, desde las orillas de la Mar del Norte hasta los confines de la Marca Hispánica, con gran celeridad gracias a la comunidad de lengua, así estuviera muerta o medio muerta: sólo existía en los oficios divinos, en las escuelas del trivio y el cuadrivio, y en los libros serios. Mientras tanto, afuera, en las plazas y en los caminos, el latín vulgar, el que la gente común había aprendido a medias, no se había muerto para nada: se había metamorfoseado hasta convertirse en otra cosa, en romance.

 

 

El enamoradizo monje innominado de Ripoll no es ningún heredero de Horacio (ni su lengua ni su versificación ni su poesía tienen nada que pelar con las de los clásicos; es por completo otro universo; y, además, los conoce muy poco) ni figura entre los primitivos poetas catalanes (la poesía catalana está llegando por otras vías, escuchando quizá los mismos torrentes de los alrededores de Ripoll, pero despertándose de un sueño mucho más diverso). El monje escribe apartado de la sociedad (porque es monje y porque escribe en una lengua incomprensible hasta para la amiga destinataria de sus versos) y a escondidas de los colegas del monasterio (aprovechando los rincones en blanco de un viejo glosario y disimulando sus títulos con trucos como escribir al revés MACIMADA por AD AMICAM, “a la amiga”): es un vivo callejón sin salida histórico y cultural. Pero así escribe él sus poemas de amor y resulta que al cabo de setecientos setenta años han sido redescubiertos y revueltos a la luz para que los podamos leer.

Por las calles de Ripoll, en las riberas del Ter, el monje versario oía y a lo mejor hasta coreaba las canciones vulgares en lengua vulgar (en catalán llano) que entonaban las chavas, ricas o pobres, porque “toda clase de gente: cristianas, judías y sarracenas, emperadores, príncipes, reyes, duques, condes, vizcondes, hijodalgos, clérigos, burgueses, villanos, chicos y grandes, ponen todos los días su entendimiento en trovar y cantar” y “hasta los pastores de la montaña el mayor solaz que tienen lo tienen de cantar” (Ramon Vidal de Besalú, Razós de trobar, del XIII). En la estrofa que improvisa el herrero a ritmo de martillo, en las coplillas rimadas que pautan los juegos de la chiquillería, en el chorro del trino de la sembradora sí que se encuentra una de las fuentes inagotables y siempre activas de nuestra poesía, pero el problema es que de esta época temprana casi nada se ha conservado. La poesía más antigua de la lengua no pasó por los tinteros de los copistas y cayó casi íntegramente en los vacíos insondables de nuestra ignorancia (porque entre las canciones tradicionales que se cantan hoy, las más viejas deben ser de los siglos XVI o XVII). De estas primeras canciones no obstante sólo se ha perdido la letra y la música. Las canciones en sí no están perdidas: forman parte del código genético del idioma, viven en su interior y a veces algún poeta se encuentra alguna de ellas…

Por las plazas de Ripoll el monje enamorado podía escuchar una poesía distinta en lengua vulgar; una poesía empero culta, de autor, casi profesional, y cantada en una lengua vulgar que tampoco es la catalana pero se le parece mucho y se siente y oye casi como propia: la de los trovadores; la prestigiosa poesía de la lengua de oc, provenzal, lemosina, occitana o como se le quiera llamar. Y esto de prestigiosa no estamos repitiéndolo como babosos, porque lo era, y mucho, por toda Europa por entonces: la interrelación entre las lenguas latinas (e incluso con algunas germánicas y eslavas) era más intensa en aquel tiempo que ahora, en razón de las dificultades de comunicación y de la multiplicidad de las lenguas, nuevas en ese momento y efervescentes. En tiempos en que se viajaba a pie o como máximo a lomo de burro, cuando un forastero llegaba a Barcelona había tenido tiempo de sobra para aprender catalán por el camino. En tiempos en que muchos de los poetas eran nómadas, las canciones se traducían haciendo camino al andar y había un verdadero diálogo entre las alemanas, las provenzales y las portuguesas… Mucho más claro, rápido y limpio que hoy. Comunicación directa entre poetas: y entre poemas. El único intermediario posible era artístico: el juglar que transmite el poema cantándolo o recitándolo. Verdadero profesionalismo, en el cual el único valor que se cotiza es el arte. El mundo trovadoresco es la edad de oro de la poesía europea; es el paraíso vivido; es la civilización europea propiamente dicha. Con la cruzada contra los cátaros París y Roma se encargan de truncar violentamente y dejar herido de muerte para siempre al mundo occitano. A Cataluña le anduvo de un pelo. Sus primeros autores son trovadores por su lengua y también por su espíritu.

 

 

Uno de los más potentes y de verbo más afilado es Guillem de Berguedà, un aguerrido vizconde de la montañosa región de Berga: el mayor denostador poeta de esta historia, el rey poético del insulto: ya peleado con el rey, ya con otro conde, ahora con el obispo, a ratos con el arzobispo, siempre con el señor de al lado… Y a todos insulta del modo que sabe que les escocerá más; acierta en el tono que conviene a cada uno, y el resultado, el poema, es divertido y despatarrante, deslumbrador, y terrible y temible para el atacado. Los poemas contra el obispo de Urgel (“que se coge hombres hasta durmiendo/ y ha preñado a más de ciento”), insultan de una manera con mucho diferente a los de aquellos que atacan al señor Pere de Berga, a quien se dirige con el mote de Mi Suegro, y a cuya mujer envía mientras tanto cantos de amor (¡Mi Suegra!): “Dulce mujer de Berga,/ vos sois oro fino, y vuestro marido mierga”. Su enemigo favorito, el de los “ojos de chivo en ventanal”, es el noble Ponç de Mataplana, llamado Marqués sin serlo, quien se pasó la vida recibiendo insultos, burlas y desafíos en verso: Marquès tant co’us sapcha en terra/ veus camp e caval e guerra [“Marqués: en tanto os sepa yo en esta tierra/ aquí teneis campo y caballo y guerra”]. Pues bien, cuando Guillem recibe la noticia de la muerte del Marqués en lucha contra los moros, arrepintiéndose de haber peleado tanto con él le dedica una endecha sentida, elogiosa, que termina con una curiosa y muy poco católica visión: “En el paraíso, en el mejor lugar, donde está el buen rey de Francia, cerca de Roldán, sé que está el alma de mi Marqués de Mataplana, y mi juglar de Ripollés, y mi Sabata igualmente: están con las mejores mujeres, sobre un palio cubierto de flores, junto a Oliver de Lausana”: los protagonistas del canto pirinaico de Roncesvalles, el rey semimítico Carlomagno, las damas más gentiles, su juglar, su amigo Sabata… y su enemigo preferido: se trata ciertamente del paraíso. Este virulento poeta es distinguido con el senhal o distintivo poético de Fraire (hermano, compañero de oficio) por trovadores como Bertran de Born o Peire Vidal, que lo citan y se comunican con él desde el interior de sus poemas. Sus obras más famosas fueron a pesar de todo dos canciones de amor —una, sutil (“tanto temo su amor que me tiene en disciplina”) y otra que cuenta que la noche pasada con su animada huéspeda se aventó “uno y dos y tres y cuatro/ cinco y seis y siete y ocho” cogidas, y “si no me hubiese aferrado a su cota/ pronto me habría de tumbar/ porque me hacía rebotar/ como si fuese pelota/ que es difícil cabalgar/ sobre bestia que así trota”. También escribió un joc partit [contienda poética] con Aimeric de Peguilhan, donde el de Berga más que amar sin ser amado prefiere desamar y ser amado “porque ni he venido en amor a esperar/ ni fui nunca de aquellos despreocupados:/ yo juego para ganar, en mujeres como en dados”. Finalmente al buscapleitos de Berguedà lo mató un peón, un soldado de infantería, probablemente pagado por alguien. Como él mismo dejó dicho en un serventesio: “habré seguido el camino del lagarto”.

La poesía en el mundo provenzal, sin renunciar al vuelo bandido de su bandada, sin perder de vista la radical radicalidad del individuo, tiene una inmediatez llamémosla social como nunca se ha vuelto a ver en Europa; una presencia activa en la vida de muchos, una efectiva participación en todo tipo de acontecimientos públicos. Es la luz: cumple su trabajo de inventar (trobar) constantemente el amor, plantea afirmativamente la cuestión del paraíso ahora mismo en la tierra, y con dureza y con humor se da tiempo para plantar cara al llamado problema del mal. Su padecer es el padecer de los felices. Protagonistas las mujeres, y que los días sean para ellas, y la muerte que no venga ni habiéndosela llamado. Y cuando los grandes absurdos se acerquen a rozarnos la mejilla, que el miedo conviva con el juego, con el jugar, con el puro respirar: el soneto “malvado y bueno” del maestro de trovadores Giraut de Bornelh, el “no sé qué se es” del gran Raimbaut d’Aurenga, la tensó de la nada que opone Aimeric de Peguilhan a Albertet de Sisteron: al nient vulh respondatz (“a la nada quiero le respondais”). El latido del ansia por un igualitarismo social real es tan potente en esta poesía, en el espíritu de esta gente, que la sociedad en que se produce, pese a ser todavía marcadamente clasista, se ve aplastada y ocupada por una monarquía y una iglesia que no cesan en su intento de ahogar un espíritu que no es posible acallar. La espiritualidad cátara pareció haberse esfumado de pronto, después del golpe, pero poco a poco algunos de sus anhelos y contenidos, como aserta C. G. Jung, fueron resurgiendo en la alquimia, ampliamente practicada y estudiada en las tierras occitanas y catalanas a partir del otoño de la edad media. Un buen número de occitanos emigraron, huyeron o se exiliaron a y en las tierras de habla catalana.

En tres lenguas, pues, se versifica en este momento inicial de Cataluña: la del gran canto de los trovadores, la residual y semioculta de los monjes, y la puramente oral del pueblo (ricos y pobres) que canta en lengua propia sus propias canciones. Esta última se nos aparece hoy tan transparente que nos es invisible como el aire que respiramos. Por indemostrable que aparezca, su influencia en la poesía posterior es incluso más importante que la de los trovadores. Pero la partida es de cuatro, y también debe contar la lengua desaparecida, la de antes de los romanos: el habla ibérica o vascoide que, subsumida en el latín, y dejando su rastro entre otras cosas en ciertas maneras de mover la lengua, determina la sonoridad que adquiere el catalán, su fino fuego, todas estas elles iniciales: “el llampec d’un bot de llebre” [“el relámpago de un salto de liebre”]…

La sonoridad de la lengua es, generalmente, intraductible. Es su parte casi animal y más idiosincrática. Pero no importa porque —Brossa lo ilustra en su libro Canto de encuentro y de victoria (1951): “No canto en mí mismo, como encuentra el buey/ Murmurios en los que menear la lengua; canto/ Para que nuestra mente se llene de fuego/ Hacia sus lindes”, y esta ambición sí que puede expresarse en todos los idiomas humanos. Cada palabra, como esclarece en largas frases Walter Benjamin, es intraductible; pero todos los discursos pueden ser traducidos. Los componentes elementales de cada lengua son peculiares a cada una, pero una lengua en conjunto es exactamente equivalente a cualquier otra. Es muy diferente el ser castellano, que llega temperado por Quevedo, del ésser catalán galvanizado por Ausiàs. Pero todos somos.

 

portada12

 

https://docepoetascat.wordpress.com/category/doce-poetas3/

Deja un comentario