«El costillar de Caín»/ Orlando Guillén

Mario Raúl Guzmán

Orlando Guillén: cuatro volados para una agnición

 

[Prólogo a El costillar de Caín/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, colección Práctica Mortal/ México, 2001]

 

 

desastres1

 

Primero

En los años setenta no fuimos pocos los lectores de poesía quienes le dimos la espalda a la mayoría de los “poetas” con que nos bombardeaban los suplementos y revistas. Era tan aburrido el panorama que resultaba ocioso asomarse a la paz octaviana y a la aceda impostura de la espiga abotinada. Hoy siguen aburridísimos, una vez consumado el recambio generacional de los vasallos pacistas y la muerte súbita por oportunismo de la retórica de izquierda. Son incluso peores, porque en sus soporíferas páginas publican jóvenes que escriben como el licenciado García Terrés en los años sesenta, o como el señor Chumacero en los cincuenta. ¡Y jovencitas que uno confundiría con la embajadora Castellanos! ¡Nuevos rucos refiriéndose a su esterilidad con sandeces como “las diversas posibilidades significantes de la materia verbal”! Pero las cosas, afuera de ese predio delimitado y censado los fines de semana, son ahora harto distintas. A casi tres lustros de la primera edición de Poesía inédita 1970-1978 (la segunda por cierto pésima edición toluqueña, es importante sin embargo porque por voluntad del autor su obra de juventud aparece definitivamente ya con el título Versario pirata, de 1983), creo que la contribución de Orlando Guillén a la renovación radical de la poesía ha sido fructífera. Incluyo por razón de ubicuidad que impone mi ética crítica en mi examen otros dos libros suyos: Rey de bastos, escrito en la ciudad de México en 1980 y editado fallidamente por la Universidad Autónoma de Chapingo en vísperas del terremoto de 1985, y El costillar de Caín, dado a luz en Barcelona y Martorell en 1984 y cuya edición en Jalapa está por verse*.

 

desastres2

 

 

[* Esa edición estuvo por verse y nunca se vio. Por otra parte, este prólogo debió acompañar a la edición de Versario pirata de 1994 en la colección Lecturas Mexicanas. Al publicarse ahora cobra un nuevo sentido y se satisface el interés de ambos autores.
“Orlando Guillén: cuatro volados para una agnición” apareció originalmente en La Jornada Semanal del 14 de febrero de 1993 en la ciudad de México.]

 

 

SONY DSC

 

Versario pirata se insertó a trompicones oníricos/lúdicos en una línea no abolida desde Díaz Mirón pero tal vez soterrada o subterránea, manchada a trechos por una voluntad desacralizadora, irónica y de reanimación conceptual y vital, dentro de la cual venían aportando hallazgos valiosísimos Ramón Martínez Ocaranza y Efraín Huerta. Pese a su labor aduanal, la censura filistea no impidió que Versario pirata circulara entre viejos y nuevos lectores de poesía, emocionados por la supervivencia de valedores que, muy lejos de los fanáticos del palomeo mortecino, le sacaban brillo al coraje, al espíritu de aventura, al gozo incierto de la pasión, al amor, a la vehemencia, al sufrimiento, al fervor por empalmar el estro con el lenguaje vivo lacerante y fiestero de los caminos…

Los críticos al uso han hecho demasiado hincapié en el afán destructivo del Versario, en sus enconos mórbidos, en sus transiciones violentas hacia el cogollo oscuro de las cosas (Díaz Mirón: “y un relámpago enciende mi alma negra”), pero desde ese terraplén alícuota no se divisa el entendimiento cabal del sostenido arrebato lírico de Guillén como una afirmación de la vida. Cabalgata contradictoria, acaso porque la vida también necesita de la angustia y de la destrucción para afirmarse. “Vamos a hacer el vacío/ en tu columna vertebral/ y a tocar con las manos y la lengua/ el tuétano feroz/ el agua oscura en que se contiene vida”. Sucumbir pareciera la obligación de Orlando, su designio, su inexplicable empeño. Mas su obstinación dramática no es sino servidumbre de la verdad como función de la vida, yendo y viniendo de la imaginación como el minero con su carga arrancada a cuajos de las entrañas de la tierra. ¿El malacate se rompió? Pues otra vez abajo, abajo: hasta darnos un banquete de vida con la muerte. Nietzsche lo expresó así: “Dionisos descuartizado en trozos es una proeza de vida: renacerá eternamente y regresará de la destrucción”. Y la filiación de Orlando por su verso: “Recupera/ su integridad la anaconda sagrada de la vida”. Estoy cincho de que Versario pirata se adhiere a una posición de raigambre dionisiaca, cuyos “salta canta baila venado loco/ a la luz de la luna” y “yo sueño también” proponen la exaltación, el éxtasis, la música y el delirio contra los preceptos y silogismos dogmáticos del Sistema, la Academia, la Universidad, el Estado y el fariseísmo de la Kultura: “[…] es necesario imprecisar para que fluya el drenaje intestino, la guerra civil del espíritu”. Si a Guillén lo sacuden relámpagos, esos relámpagos danzan: son las iluminaciones de la ebriedad, la alegría, “la espalda invertebrada de la música”, el fermento orgiástico que se escinde de las aberraciones lógicas de la Maquinaria, un picotazo ácrata contra el Cálculo y la Ganancia. “Aún muerto respiro la miasma del mundo/ un denso vaho semejante a las virtudes humanas”. Si el Raciocinio vanamente cuadricula el Misterio, si la hipertrofia del intelecto desdeña el instinto vital y sus poderes cognitivos, Orlando se desconcepta, arreflexiona, se asume idiota, alterna lo gemebundo y bronco con su ánimo travieso, apuesta por lo mímico contra lo declamatorio, por la intemperie de las sensaciones contra la falacia de las certezas científicas, por lo histriónico contra lo letárgico, por las calles contra el cubículo, por el diálogo de personajes contra el monólogo pétreo, por lo problemático y terrible contra el estatus y la complacencia, por los recursos sutiles de las ideas contra la reiteración del cliché. “Es la poesía una cacería de relámpagos?/ Una percha para colgar las alas?/ El látigo con que golpean las cosas los ojos de los ciegos?/ Una fogata entre los restos del día?”

Sus incursiones bajo el cielo podrido de la ciudad de México son las del poeta que sale al centro del circo y se apropia de cuanto le viene en gana; su esquizofasia es una “explosión del entusiasmo en el culo del diablo”; las entidades cachondas de su poesía no tienen una puta madre cantable (y alcanzan una danzante síntesis en Rey de bastos: “Oh flor de árbol de mujer/ oh negra flor, melancolía peluda/ Ala dulce de murciélago/ Vena cava en el sueño de Drácula”); un orate veracruzano descolgándose en paracaídas a lo más tupido del campo de batalla del lenguaje donde bregó Vallejo por su cuenta con parecido retorcimiento sintáctico. Pero advierto en su hez mancomunada una diferencia esencial. Lo juro. Ese triste esqueleto cantor peruano es monocorde en su aliento a infortunio: “hoy sufro suceda lo que suceda”; “todo está alegre, menos mi alegría”. En su tórax sólo se palpa un óxido profundo de tristeza. El pulso de Vallejo es perpetuamente adolorido; su diamante sintético, desgraciado. Orlando entristece pero no como Vallejo: se ríe de sí mismo, alaba su verso y luego con una trompetilla lo zancadillea, esgrime a raptos “la batuta improbable de un director de orquesta circense” y después se oscurece en la contemplación del agua agria y emponzoñada del mundo. Guamán Poma: “Había tanto dolor, que era cosa ya de reír”. Nuncamente Vallejo podría haber escrito esto: “De mí se ríe Tristan Tzaratustra/ y yo/ claro/ yo me río de mi verso/ lindo/ limpio/ azul/ mi verso/ arrumaco artificioso y profundo”. No recuerdo dónde leí que el humorismo es la expresión irónica de la simpatía por el fracaso, por el fracaso que es el hombre mismo, pero no fue en Poemas humanos. No exhumo semejanzas ni escindo los homenajes: éstos y aquéllas aún viven coleándose: Vallejo: “Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá ahora para mí?” Orlando: “Un pedazo de madre no le sobrará a alguien,/ no podrá alguien ofrecérmelo?”

 

Segundo

Ambiguo por su máscara apolínea, Rey de bastos significó un giro a estribor en la travesía de Orlando Guillén respecto de los islotes que van sobreviviendo en Versario pirata. Giro no del todo sorpresivo: el vuelo de algún ave de presa sobre los despojos vivos de Títulos del miedo y por entre los sonetos densos de Un muerto rema rayo abajo podría ya otearse en el horizonte vagamente próximo, a ojo de buen vigía. Orlando se plantea y enfrenta desafíos distintos en cada uno de sus libros; pero aunque se parece demasiado a sí mismo, no por ello deviene su propio discípulo. No menoscabo “los pulsos diversos del espíritu” según sus libros responden a épocas de vida, pero entreveo la unidad interior de un carnal braceando en dorso combinado por el drenaje profundo de la música como técnica del pensamiento.

 

 

desastres4

 

A pesar de que el movimiento del verso en Rey de bastos, por lo que atañe a su cadencia, ritmo y distribución de los sonidos, es sumamente seductor para los afanes ajenos de recreación (por ejemplo para los míos), este libro no genera a su doppelgänger ni siquiera por el saqueo de sus valores musicales toda vez que éstos no tienen que ver únicamente con la forma sino con la sustancia misma del pensamiento que decanta una conciencia trágica de la vida. Una experiencia irrepetible, pues; una única irreproducible manera de registrar la presencia de los seres, las cosas y las bestias en sus relaciones desconocidas, una intuición que no es calcomanía sino tatuaje en la piel del alma como estigma, huella o marca. Mas por lo que a la imitación, el remedo, la suplantación del estilo de Rey de bastos se refiere, el efraínbartolomé ungido hoy por la canallocracia se caerá solito mañana. Una cosa son las influencias y otra muy distinta la falsificación, la imitación como ejercitamiento huero de testimonio de sí propio. Digo eso sin desavecindar el criterio de Ezra Pound: el artista amalgama y sintetiza los resultados de los trabajos de muchos hombres, pero sólo la veracidad de su tentativa es lo que nos importa. Esa florecilla que cuesta siglos de trabajo acariciada por Blake en sus proverbios del infierno es resultado de una chinga asidua y de una consciente aplicación. Quiero decir que en Rey de bastos recoge Orlando por elección la savia aún viva de la tradición representada por Rubén Darío. Ya sé que a lectores como Pedro Damián Masson les parece insoportable ese vicio por el ritmo en el que bogan faunos, minotauros, ninfas, unicornios, efebos, doncellas, etcétera. Pero yo no me refiero a la filigrana léxica rubendariana ni tampoco a los moldes métricos en los que Orlando se regodea hasta el hartazgo de abrir “una fisura en la parodia”. Se trata en realidad de un alto homenaje. Quizá al oído de Raúl Cáceres suene sublime lo que a ojos de La Condesa no sea sino utilería extemporánea; mas eso es cosa de cada lector. Yo columbro en otro plano a Darío en Guillén: en los galopes rítmicos, el lago sonoro, el tropel vibrante de fuerza y armonía, y sobre todo en los azoramientos del cisne entre los charcos; es decir: en el estilo que brota cuando la belleza se asoma al brocal de lo hórrido, lo monstruoso, ese “vago resplandor de la suciedad que hay en uno” explorado por Orlando también como un aspecto instrumental y técnico de la música. Al mago de Prosas profanas le sumerge tal glóbulo blanco en su puerco torrente sanguíneo, con “una fuerza que transfusiona, suelda y unifica” (Pound) con la suya lo siempre palpitante en la estética del vate nicaragüense. Por supuesto, son cabalmente de Orlando la gran longitud y cesura de su verso, el ímpetu proyectivo tan diestro en los relieves y pesos del material que emplea en sus construcciones eufónicas, la ancha ancha respiración, su vocabulario proclive a lo que pende como racimo de horca, el agilísimo encabalgamiento de la ola rítmica, el manjar salvaje de sus símbolos, la observación agudamente expuesta mediante las inflexiones de una voz rica en tonos y matices, el guiño imprevisto que comunica con malicia estados de alma, aparentes ardides como vía para acceder a las esencias. ¡Uff! ¿Qué ráfaga se agita en lo que estoy diciendo? ¿Qué soplo, qué huracán? Creo que Rey de bastos y La insurrección solitaria son las cuerdas líricas que más contribuyen a demostrar que Darío aún está vivo (¿Una suntuosa ruina con algunos de sus cuartos todavía habitables, según Lezama Lima? Más que eso). Pero Orlando, a diferencia de Carlos Martínez Rivas, es un innovador: ha llevado la poesía un poco más allá de donde la encontró.

El vasto y misterioso viento que sopla en Rey de bastos proviene de lo que Pound nominara ritmo absoluto: un ritmo que corresponde exactamente a la emoción o al matiz emotivo que deseaba expresarse. Rey de bastos es una bestia que en seguida abre sus anchas fauces y exhala un voluptuoso frote con las palabras por cómo éstas están sonando, la lúbrica alegría de un lenguaje inauditamente flexible, esas entidades sensuales trastornadas por la ebriedad de los signos populares. Y al fondo: la intuición desarrapada de lo trágico sólo alumbrada por fogonazos metafóricos:

 

 

Desastres8

 

 

Harta y ancha vagina, tiradero de condones,
hostal de bubas, ya parió la leona, ya parió la leona,
bisturí del amanecer en el sueño de ángeles siameses,
flor de cirugía, sietemesinos magro,
ya parió la leona, ya parió la leona,
pudridero de cordones umbilicales,
estación San Lázaro del Metro, salen los corriosos,
meconio, dorado ladrido de un amanecer de estómagos,
las blancas manos de las enfermeras nietas de plateados coños,
ya parió la leona, ya parió la leona
Tiradero de bubas
Hostal de condones
Meconio, ladrido íntimo, al alba, de un amanecer de vísceras
Y el bisturí del amanecer en el sueño de los ángeles siameses

De la ensoñación dionisiaca a la vigilia apolínea, de los instintos tanáticos a los efluvios eróticos, del “bebo en el baile” a “la humazón de las cosas”, es un método brutal de artista el suyo: primero abarca líricamente y luego condensa teatralmente en su amor a esa musigalla terrible que es el devenir del hombre en el callejón de lo có(s)mico. Nietzsche: “La música que acompaña a la tragedia de la existencia”; lo dionisiaco esencial. Sí, el Misterio sintetiza la verdad de cada quien como sedimentación de la experiencia de la especie: “Arde el bosque en la flor de mi ceniza”. Sí, bien recuerdo a Nietzsche en los muladares diciendo a voz en cuello las cosas más abstractas de la manera más corpórea y más sangrienta; y esta madrugada en Rey de bastos:

Muertos arrojados al miradero de los muertos
:
por una miradura penetró el sol del alba como un arco
entre lo oscuro
como un árbol vivo entre lo abstracto florece
como una raspa como una limadura entre muslos preñados
como una astilla de la vida
en el fuego del añico
de la horca

He atisbado apenas algunas de las cosas que este libro sugiere. Me he internado varias veces en sus encrucijadas diría inexpugnables. Ahora que lo he leído para esta nota me sigue emocionando como uno de los poemas más bellos que conozco en mi pinche vida. Al paso del tiempo lo he visto cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente, dicho sea bajo paradoja en préstamo del Neruda de Residencia en la tierra. ¿Comprendo el secreto de la bestia? ¿Me asomo a sus íntimos hocicos? Su inclinación mañosa por unir melodía e idea me complica enormemente las cosas. Más que comprender sus temas me abandono a la suficiencia del oído que en la cresta escucha versos como estos: “El machete que canta al cuello del mediodía”, “oh tronco del canto bajo el hacha de los difuntos”, “la música de fuelle de los síncopes”, “y una partitura en la noche es un zapato que sueña las patas de la música”.

Es un hueso duro de roer: enardece la voluntad de vivir y plañe la muerte. Lo que dice brutalmente luego lo atempera con destreza técnica, y lo que tañe con finura después lo revienta para que cante por sus vísceras. Se remonta a los trágicos porque su sacrificio es religioso y heroico en los hechos cotidianos de la existencia. Los juegos por nada de este mundo apolíneos de Rey de bastos son una superación sombría, exigente (realmente excesiva, diría La Condesa), de la desbordada alegría dionisiaca de Versario pirata.

Bajo el ser el soy
Y el amanecer
Y la guitarra
Y el lampo
Guitarras abajo el puro sol
Y el poema copado por mi lúcida hez

Sus resentimientos e insidias los resuelve con agilidad verbal de comediante. Disfruta sus caprichos y al ratón se los adjudica a algunos de sus personajes. Para su poesía levanta lo que su bastón topa en la calle y en su cubil descifra palimpsestos. El énfasis del yo es su whitmaniana “merienda suculenta de unidad”. Como toda gran obra de arte, Rey de bastos está abierta a una inagotable flor de interpretaciones. Antes que cualquier otra, la hermenéutica furtiva explicitada por el propio Guillén al revelar la temática y estructura de su libro: “He mezclado los géneros: no hay separación entre poesía lírica y poesía dramática. Dentro de estructuras dramáticas he utilizado la forma lírica. Rey de bastos tiene una estructura dividida en tres partes y, desde luego, es una estructura dramática con tres perspectivas simultáneas susceptibles de ser separadas convencionalmente en términos de teatro: una, la perspectiva de Cristo ya vencido, derrotado; otra, la versión de Judas, y, jugando la parte intermedia, una mezcla de la perspectiva de Juan el Bautista y de la de Juan, el del Apocalipsis. Lo señalo porque con respecto a Juan el apóstol hay un rollo apócrifo según el cual él fue Lázaro, el resucitado por Jesús, y Lázaro aparece preferencialmente en mi texto. Juan, el de la revelación, es San Juan, y es aquí quien ladra. Mi libro, en el fondo, es una enorme reprobación del cristianismo. Y precisamente como símbolo de la muerte de Cristo, está dividido en tres partes de 33 páginas”.

En 1985 Rey de bastos unificó en su contra a todos los suplementos, revistas y críticos que se hicieron los occisos, aunque en privado quién sabe. Es inútil el ninguneo, pero dejo aquí constancia de ese proceder ruin, nuevamente desplegado en torno a Hombres como madrugadas: la poesía de El Salvador, libro de Guillén cuya segunda edición apareció en 1989 bajo el sello de la UAM. Francisco Seguí apuntó en Barcelona, a la salida allá de la primera edición, el siguiente juicio:

Desde la conceptualidad quevediana hasta la espiritualidad rilkeana, pasando por Josep Carner, Agustí Bartra, Gabriel Ferrater y Joan Vinyoli (poetas catalanes ya desaparecidos), de quienes ha realizado una labor de traducción al castellano encomiable, Orlando Guillén se encuentra hoy en un punto de creación verdaderamente importante. Su visión de la poesía no sólo de Centroamérica y de América Latina sino de la España clásica y de la moderna y de la contemporánea, es cognoscitiva y asimilada como lector y receptor de la razón del hecho poético que él mismo intensifica en sus escritos [Suplementos de la revista Anthropos, 1987]

 

 

desastres5

 

Tercero

El costillar de Caín: un recorrido delirante por los pueblos del habla. ¿Qué entra en sus pulsos? El albur y la majadería machista, el letrero de doble sentido y la truculencia sexista, el graffiti soez y la rocola ecléctica, el exabrupto homofóbico, los gestos tiránicos del caporal y el engreimiento del padrote de burdel, el corrido y su dulzumbre octosilábica, la tonadilla ranchera y el gemido callejero ante el apañe, todo ello amalgamado o anudado por un vasto propósito dramático cuyos soportes simbólicos se expresan mediante desafíos y jugarretas culturales muy difíciles de descifrar y hacer propios. “Herpes el aquí en el cual por mi vecino soy antípoda/ en el corazón de la cábula”. Un destripadero de picardías puestas a orearse crepitando en el pretil de la Kultura, donde las tensiones profundas de la vida mexicana irrumpen con la arrebatada brutalidad de los jodidos. Es sin embargo babor de tontos a pique ubicar a Orlando como especie de patriarca de una pretendida generación lumpen o sostener en el aire que es algo así como un vendaval que arrasa todo, imponiéndose por la velocidad y por la fuerza. ¡Niguas! En prosa y en verso Guillén es un trabajador intelectual a leguas luz de sus coetáneos, quienes al excluirlo niegan también las propuestas y propósitos artísticos, “del tronco de mi música a la avería de la vida”, que su obra asume y despliega.

En El costillar de Caín es rasgo preponderante la mezcla de espontaneidad y artificio, de arte y maña, de desbocamiento absurdo y reflexión sobre el estallido del chiste como instrumento activador de la puesta en escena del Drama, de fraseo lumpen anónimo y juegos poéticos personales —crisol crispado imposible de unificar y armonizar en sus entreveramientos sorpresivos sin un previo certero dominio de los recursos formales y, en el caso, estructurales. Mancuerna temible la de este libro: una desenfrenada vulgaridad y una suntuosa voluntad de estilo, la acrimonia de cuya colisión es responsabilidad plena del planteamiento dramatúrgico de Guillén, concentrado por paradoja bufonesca en los avatares de una imaginaria puesta escénica: “Un briago páramo de actores y de actrices huelga en mi cráneo”. Prófugos y proscritos, vástagos orgullosos y legítimos del pueblo, pintores y poetas desde el arroyo que o dicen su parlamento y salen de escena doblándose de risa o se demoran acuclillados por su sino trágico: viento disímil, hordas que bajan a beber en Marlowe, tugurios de la madrugada, impugnaciones subrepticias o estentóreas, un circo de tres pistas arremolinándose o aternurándose o violentándose irrefrenablemente: en las entrañas de la pátina.

Orlando desde luego no rescata nada, porque su libro no practica el deporte abyecto clasemediero de “darle voz a los que no la tienen”. ¡Cómo no habrían de tenerla! En su safari libérrimo va a grupas de una sabiduría que entronca con toda naturalidad en el genio vivo parlante del Pilongano colectivo. El abigarrado y bullente deshuesadero idiomático y léxico de El costillar de Caín se surte y se despacha en esa lengua-alegoría popular, y su tesitura artística supone a un tiempo un acarreo y un enriquecimiento de magnitud admirable. Lo que Josep Carner afirmara respecto del pueblo español, vale para el Acámbaro mexicano: el primer poeta de México es el pueblo, sin rival en sus modos imaginativos de agudísima fineza, en su estado de gracia verbal, en su trato rico y variado del verso, caracterizado por su extrema plasticidad y libertad. El costillar de Caín opera sobre una formidable exacerbación del lenguaje de la vida real mexicana, la abrumadoramente prángana y parrapa, mediante la metaforización asqueante y festiva del cuerpo visceral. Aguijoneado pero en chinga, Guillén emplea hasta sus últimas inconsecuencias todo su dispositivo: dislocamientos sintácticos, extravagancias nonatas, juegos de palabras vertidos sobre la tiesa Kultura, andanadas contra la Razón y El Orden, retruécanos y aliteraciones desquiciantes, relampagazos alógicos, recursos paradojales cual espejeo de meditaciones éticas, carcajadas que se alzan como trinchera contra la estulticia ambiente. Y la luz que ilumina tal escenario, “una luz encharcada y jedionda”, sucesivamente revela estados de conciencia bajo tonalidades sarcásticas o sombrías, decorados sucios y deslumbrantes, y una vida, un drama esencial en el que dialogan y se husmean como perros el culo el esplendor y la postrimería. Se trata de una poesía trepidatoria cuyo epicentro viene desde los principios de la repugnancia, sobre todo si se registra con el sismógrafo de una estética de la depredación. “En lo alto de una abrupta serranía de mi corazón miserable/ acampado se encontraba un pabellón de pránganas”. Un ojo duramente abierto a lo que uno trae por dentro; guiño miope que recuerda la montura o la armazón diazmironiana: “Pese a ti, lo real no anda fuera,/ sino en sellos del alma”.

 

Desastres7

¿El costillar de Caín premio nacional de poesía? ¡Uta! Puedo imaginarme a los morábitos jurados tapándose las narices mientras le levantaban la página gargajienta, para de volada limpiarles con pétalo la sinalefa a sus queridillos cagaurrutias deslavados. Obvio el ratonil chisguete de su criterio: no es la de El costillar poesía escrita en el sauna marmóreo de la clase media, sino reto poético concebido desde los cuchitriles, cagandurriales, muladares, covachas: cuartos de azotea del espíritu que se vomita en las inmediaciones del carnaval de podredumbre del capitalismo gandalla cuya modernización de vitrina me la sé de memoria asediada y desmentida hasta por la mugre, las cloacas, las cucarachas y la cárcel.

En ese único sentido, la inmersión de El costillar de Caín en la hibridez cultural de este país es irreversiblemente política. Su plastilina metafórica, que une con algo más que pritt las junturas disímbolas ya previamente aprehendidas en su relación por el espíritu, opone la risotada de los de abajo a la hipocresía criminal de los oligarcas, la rebeldía a la pusilanimidad, el sueño al reloj chocador, el desparpajo al simulacro pulido, la grosería a la cortesía enana, lo cabrón a lo bonito, “afeando con su fuerza su hermosura” (Quevedo). Henos aquí ante el estremecedor mas regocijante espectáculo de un kamikaze sobrevolando la tradición para despedazarla y con sus harapos enarbolar una vivificante subversiva dicción, una entonación que al explorar las inéditas multiplicidades de lo real, supura una fonética radicalmente distinta al tono modosito, mediomediocre y últimamente escolarizado de la poesía mexicana. ¿Y las momias oficiales? ¿Y los artilugios de la Nómina? Baste recordar el papelazo patético que hizo el burocratón Bonifaz Nuño el día que se disfrazó de peladito y desde cualquiera de sus puestos declaró que acababa de abandonar la decencia. Quizá por eso es que se mantuvo en sus cheques y su molde neoclásico indecentes. La vida y los simulacros rimbombantes: dos barrios que el arte auténtico delimita y distingue. El libro de Guillén se abre paso con bisturí en dos o tres síntomas del cuerpo tumefacto de nuestro país, y con un pulso preciso extirpa sobre la plancha todo tejido adiposo, toda abominable retórica subsidiaria del estructuralismo francés y falsa heredera de Lezama Lima. El costillar de Caín, se lo proponga o no, corroe esas premiadas suplantaciones. Es un libro de burlas por su fe quevedesca contemporánea. Si Quevedo se caga en el blasón de los monarcas, Orlando hace lo propio en la infamia del poder de nuestros días. Una y otra vez: obsesivamente, narcisistamente, infantilmente. ¿Duda de su excremento unos segundos? ¡Qué va! Se caga hasta en el extenso linaje de la mierda, para decirlo con un verso-kaopectate de ese de algún modo atroz su Góngora, Mario Santiago. Góngora quiñá, quiñá, acaso, o atrocito de la raya por lo menos. ¿En qué papel higiénico escribió Orlando que la mierda es el producto de la locura de las vísceras? Esta metafisiología es sin embargo mucho más que una coprolalia arbitraria: es una posición frente al mundo. El costillar de Caín es el sitio y la sátira escatológica la manera escogidos por Guillén para verter o evacuar su experiencia de la vida, sobre todo una vez derrumbadas las ilusiones de juventud. El gran teatro del mundo lo ha hechizado, como a Quevedo y a Calderón, y por estirpe, como a Rabelais y a Aristófanes. Similar a sus grandes gratuitos abuelos, se entromete en los pliegues del culo del ángel del lenguaje, aborreciendo lo ladino enemigo del disfrute esencial de estar vivos por la verdad y la belleza: “Tanta mierda como puedan arrempujar miles de mayates iluminados/ y sus descendientes en el tiempo no alcanza para taponearle lo bocón/ a la Usura” (…)

La desembocadura de este libro es asimismo su catástasis: el punto en que el drama deviene tragedia: el enfrentamiento entre Dios y Caín, un golpe inesperado o súbito de escena que saca a flote algo que subyace a lo largo del drenaje textual, recorriéndolo por debajo sin desmayo. Imposible decirlo: “Las zonas oscuras del libro están/ como puede apreciarse a simple vista/ por entre las llamas y los cascos de sangre blanca de los caballos/ manchadas por mierda de persona/ obra/ a juzgar por el ámbar/ de alguna fierecilla domada por la muerte”.

Finalmente, una noticia rápida sobre la naturaleza cósmica del libro desde el punto de vista muñón de la finitud humana, los desastres de la guerra a modo de homenaje vivo a Goya, y el edén subvertido de la metáfora bíblica según la cual a la mujer la saca Dios de la costilla inane de Adán, deben subrayarse. A la mujer la saca Dios desde este libro del costillar de Caín y es, como este antihéroe judaico, una asesina. La inseparable compañera en el recurso renovable y sin esperanza del crimen de la especie.

 

DESASTRES6

 

Cuarto

Joven, ex joven, betabel con ácido úrico en las coyunturas de paso, refugiado de Acayucan en las vecindades pajarracas del aguerrido y proleta DF, antiguo guía de turistas por los congales de la Martín Carrera, autoexiliado al que ya no soportaban ni Bruno Montané ni El Enano Mancera en Barcelona; gran esteta pero asiduo a los banquetes de mierda del Metro Moctezuma, un bardo perennemente detestado por todos los críticos y versificadores yuppies a los que él por su parte ha ridiculizado de una vez o al topón… Un bacilo del Siglo de Oro; un virus que canta en el XXII. Si su rojo demonio arde sin tregua alimentándose en el forcejeo entablado entre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia, su ángel negro invariablemente gira sobre el desvarío compacto pero expansivo, dionisiaco pero riguroso, meditado mas impredecible de sus libros. El reconocimiento de un personaje cuya calidad se pretendía ignorar pero que a luz de lampo aquí advertimos, tiene un nombre en la tragedia y en la comedia. Ese reconocimiento se llama agnición.

 

[Ilustraciones: De Los desastres de la guerra/ Goya] •

Deja un comentario