Tururúctuc de Adelaida

Ana Maria 037

Orlando Guillén y Adelaida Caballero en França Xica, guarida de Ivo Arnillas en Barcelona. Abajo: texto leído por la autora en la presentación de «Tururúctuc» (17/06/2014) en Arts Santa Mònica, también en Barcelona ●

 

 

Tururúctuc

Adelaida Caballero

 

La última vez que vi a Orlando antes de aquí, fue en junio de 2012. Yo había venido a Barcelona a trabajar bajo su tutela el manuscrito de lo que más tarde se convertiría en mis Horcas invisibles, y fue durante ese viaje que tuve el privilegio de verlo encarnar el oficio en que pocos llegan a más que aprendices. Puede que las cataratas le tendieran trampas entre ojo y hoja, pero a quien ve a través del ser y del espíritu la ceguera carnosa del globo ocular «le hace los mandados» y eso es algo que él sabía entonces como ahora, dos años, dos libros y dos presentaciones después, porque si de algo suele tildarse a los ciegos es de visionarios.

Quien tenga el gusto de conocer, además, al loco detrás del genio sabrá que esos dos rostros son de hecho dialéctica: Orlando el hombre, como su obra, es una plaza donde las vidas improbables del resto de nosotros se sientan a conversar mientras fuman, mientras alimentan con alpiste memorioso a las palomas del tiempo nunca venido a más. Al loco en Orlando lo conocí también durante aquel viaje en 2012, exactamente tres días antes de la presentación de Funda Sobaquera, cuando éste me encasquetó la tarea de presentarlo tres días después. Que no sería cosa del otro mundo, me dijo. Y qué va. Para un hombre iniciado en los misterios más negros de la sintaxis castellana —uno que, además, tiene don de araña tejedora de imágenes en todos los niveles tipológicos textuales conocidos por el hombre y la mujer, la cosa y la divinidad— ir de pe a pa en un dos por tres parece ejercicio de olán en falda voladora más que acto de lectura propiamente estructurado. «Cuidaos de Orlando, oh [lectores] neuróticos, porque de él es el reino de la palabra rítmica y la semántica voluntariosa», debería leerse a manera de advertencia en cada uno de sus libros, que son como estrofas en un canto general de esos cuyo único fin siempre es dos: ser el testamento de un poeta libre a la humanidad —libre o no— de su tiempo, y ser el voladero por el que un lector se cae hacia su propia vida insospechada, o la consagración de uno y la iniciación de otro en los placeres y dolores del día a día transfigurado en incertidumbre, amor cortés, futuros desolados, guerras miopes, misticismo, objetos mnemónicos, cornadas políticas, sexo fuera de foco, nostalgia de esa que se encarna como uña al pasar los años y un infinito etcétera al que habría que añadir, además, los placeres y dolores del día a día que nunca nos tocó pero que habría podido tocarnos vivir y cuya existencia en subjuntivo nos tenía despreocupados hasta ahora, hasta haber leído a Orlando, hasta habernos dado cuenta de que, lo mismo que el presente, el pasado que-no-fue también es carne de cañón ante la tropa del destino.

 

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En Tururúctuc, lo que Orlando le ofrece a quien se atreve a leerlo es una canción redondeada, un tallarse los ojos ante el picor de la lagaña existencial por la mañana, y un no parar hasta verse los párpados rotos ya bien entrada la noche. Inicia ofreciendo a la venta de los venteros vacada flaca y vuelo de bruces, como el de todo pájaro —las vacas son siete, flacas y eternas porque es todo lo que queda en ese sitio donde hasta “la tierra difunta se sacude el lomo y mata moscas con el rabo”. La anatomía del tiempo lo hace cojear a la inversa —o sea avanzando hacia la izquierda en la carátula— hasta llegar al yo mortal de fango hasta los codos:

Érase un sentimiento agudo
Deslastrado en
Canto:
Tierra de un difunto
Adentro
Que yo daba por mío
Igual que si sentir me fuera jardín propio
Y exclusivo
Y yo fuera algo suficiente
Y absoluto
Y sentir o las cosas fueran
Propiedad
De cálices mortales
Y no del caos barítono del orden del
Misterio
Entre los charcos pútridos.

Su fortuna es no ser afortunado y siete vacas flacas que “esquivan las plumas del vuelo que cae / Y en cayendo lo devoran”. Él mismo atrasó y adelgazó la sombra larga del ganado al esquivar la hecatombe, y sigue al pie con hilo detractor los esguinces del amor acalambrado con un alma en vuelo “jovencita y un mucho atrabancada” como su misma dueña, y se empeña en dar cuenta valiente de nidos y víboras más allá del océano:

El grande, el enorme México
Poseía un gusano
Intestinal y tres poetas. Todavía
Está traspuesto, pavonado
De plata,
Buscando pareja
De petróleo
En la sombra. Se reproducirá
De sí mismo si no encuentra nada mejor,
Porque aprendió partenogénesis
En la bacinica de su procedencia sangrienta
Y los gusanos de maguey
Se los zampa
De botana,
Indiferente al ojo de la
Serpiente
Que o lo envidia
O lo engulle.
Una de dos.
Garra y ala y pico listos,
Lo sabe el águila que acecha.

Como el águila, Orlando sabe que “la baraja del mal es un mazo de ases debajo de la manga del bien” porque “en manos de los hombres el bien y el mal son tijeras que los amputan”, pero no por eso deja —al contrario: quizás precisamente por eso no deja de convocar al “primer ministro del Primer Ministerio Neoliberal de Todas las Romas de este Mundo”, quien, “meando como un pillo las nubes, paga, corta y manda publicar/ La lengua de Baudelaire traducida al siciliano como/ Las flores del bien” y no le importa porque “se siente inmenso” y “eterno se le hace poco”, y no sabe lo que el poeta le tiene reservado como su fin del mundo. Por lo demás:

El amor que arree.
La guerra
Que se la pele
Sin soldados de ambos bandos
O que se atice con quimeras el culo.
Da pena y de la chingona
Veracruzana
Tener
Que prolongar
La primera fila,
Chorreantes de manteca de cochino
Como tacos de canasta.
Llorar o padecer, esa es la cosa;
Esa
La «alternativa»
Que te dejan.

En la cronotopía de Orlando, el vuelo de las cosas teje otras cosas y el tejido resultante, la poesía decantada, “produce envidia a los intrusos del canto”:

Pobrecillos. Pobrecitos. Están hechos
A andar de ventanilla en ventanilla
Tramitando el poema de su pinche vida.
Una vida de perros
A quienes dio de mamar
La gata.

 

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Y a cada uno de esos “ciegos de la vista gorda, ciegos que no vocalizan, que siguen pronunciándose pero cada vez escriben peor y no escarmientan, deplorables hasta por los codos”, “ni modo de echarle[s] una mano que no sea un puñado de tierra sobre su tumba”, parece decir al tiempo que registra ambiente “música en sordina para una generación de oídos enlatados”, a la cual más que reprender le pone los actos al espejo:

Dejar que, pisándose el genio,
Los niños se alarguen
Por la última fila
De la platea
Sin ser el centro noroeste del proscenio,
Acaba como acaba
Porque da chance palatino
De hacerse célebres
A los tontos más ansiosos. Parece
Que de eso
Se tratara. Famosos.
Mediáticos. Y si se puede
Ricos. De por sí
Una profusa mediocridad
Recorre el mundo
Como un escalofrío el espinazo
De los días
Y gobierna el gobernalle
De las barcas
Que se hunden
Con la carga de la cosa pública
En los riñones.

Crudo y duro de carne mineral, rebelde hasta lo negro en su poesía más roja, lo suyo sigue estando en la autobiografía, en su ser agridulce hilvanado a la revelación amorosa más que a la declaración de un amor del que él mismo se libera:

Los días anteriores
A que yo naciera con un grito en la mano,
Empuñé la pala
Y me enterré en la sombra de un sueño
De mujer a punto
De dar de flor el fruto
Aciago.
Por eso traigo de nación el domicilio
Enamorado, y si ando como un perro olisqueando
El rabo de las diosas mortales más que
De las duraderas, es de puro cabrón. Me busco
Entre las sombras de una mujer que a veces hallo
Enterrada como yo entre sombras
Que se abren y nos paren
En sangre de epifanía, y
En criadero de días terminales
Nos apagan.
Sangre simultánea
De 2 en una sombras dividida.

Así, Tururúctuc es bitácora astral del yo a su dilución en todos los pronombres y los vientos cartesianos, pasando por dioses a los que no teme porque él se mea en ellos como ellos “eterna y despaciosamente [mean] contra la pared de las estrellas”, “rosa innumeral”, “espina sucesiva” sobre la cual su mano se revuelve transportada y escribe por dentro “a cincel y pincel” ese yo que es tanto de él como de él es el de su ella. Tururúctuc, entonces, se diría nombre de becerro oriplata venido a mamar de vaca flaca y “harto de progenitura” que es la poesía vital de nuestro Orlando, y digo nuestro porque su yo vive implícito en estos nosotros y porque como él dice, sabiéndose “un sol Melenas que se hace el jaraquiri y apenas si se rasca el ombligo de oro bruto, Tururúctuc”, “máscara no come máscara”.

“La propiedad del mundo no es humana y nadie es dueño ni siquiera de sus días” dice, y nos advierte que su corazón está “tan lleno de puntas de flecha hundidas de pico” que si tardamos más nos arriesgamos a que la nuestra ya no quepa. Justo antes de re-tocar principio, el poeta se enfunda en las garras del profeta y se da gustos
como este:

Todo será llevado
A prisión si no sirve para otra cosa
O desollado en la plaza pública
O pasado a cuchillo
Y no se salvarán ni los niños
Ni las mujeres preñadas
Ya no digamos los lobos que aúllan
En la sesera de los locos
Reina de Oros. Pero
Cuando llegare apedreado el tiempo de esto
Todo será llevado a las bóvedas centrales
Y a los monstruos y animales
De pensamiento fabuloso
Se les asignará su proporción
Bajo tierra. Todo será
De cada asesino según su víctima
Y el día dinero se acuñará de luto y niebla.

Sólo después de esto, en medio de un danzón telúrico, ella en él será de sombra diluida y el resto de nosotros hallaremos en el suyo nuestro pecho picoteado. Y decir más sería estropearle la sorpresa a los lectores de este mundo: baste con augurarle feliz viaje a la vacada, buena estrella a ese becerro tururúctuc que se gesta hijo de toro tururúctuc cósmico en el vientre de la vaca flaca que llamamos «existencia», mientras nos espantamos nuevas moscas con el rabo.

Uppsala, Suecia
junio, 2014

 

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